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«Estas jornadas son una oportunidad para seguir profundizando en la clave de fraternidad que nos propone el Papa»

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Encarni Llamas Fortes

Encarni Llamas Fortes es esposa y madre de tres hijos. Periodista que desarrolla su labor profesional en la Delegación de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga. Es Bachiller en Ciencias Religiosas por el ISCR San Pablo y está realizando el Máster de Pastoral Familiar del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II.

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Boletín Misionero para noviembre y diciembre

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La Delegación de Misiones de la Diócesis de Málaga ofrece su Boletín Misionero para los meses de noviembre y diciembre de 2022.

Descárgalo aquí.

En su mensaje, Danilo Cantillo, delegado de Misiones de Málaga, invita a vivir este tiempo de cara a la misión: «Con la llamada a la santidad, la apertura al Adviento y en preparación a la Navidad, vamos a intentar vivir y solidificar esa experiencia de Dios en nuestro corazón, luego transmítesela a tus cercanos, a tu familia, a tus vecinos y conocidos; este es un tiempo propicio para hacernos conscientes de que todas las personas hemos sentido alguna vez el anuncio de una nueva gestación en nuestra vida».

El número acerca el testimonio de Daniel y Gema, padres de 14 hijos que son misioneros en Copenhague (Dinamarca). Además, ofrece claves para quienes quieren ser misioneros ad gentes, consejos de animación misionera por Carlos Baeyens (Laico Marista y miembro de Proyecto Bolivia), oraciones, recursos y actividades dirigidas a la misión.

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Círculo de Silencio, este miércoles

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La Delegación Diocesana de Migraciones de Málaga convoca a un nuevo encuentro para reflexionar en la vida de los migrantes desde el silencio y el testimonio. En la capital es el 9 de noviembre, a las 20.00 horas, en la plaza de la Constitución.

Este mismo día se celebran también Círculos de Silencio en Álora, a las 18.30 horas, a las puertas de la iglesia de la Veracruz, y en Churriana, a las 19.45 horas en la plaza del Mirador, y en Arriate, a las 20.00 horas.

En Alhaurín de la Torre se celebra el segundo lunes de cada mes. 

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Tras las huellas de Sor San José, la dominica mártir de Huéscar

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Tras las huellas de Sor San José, la dominica mártir de Huéscar

El Monasterio de las Madres Dominicas de Baza ha celebrado este domingo 6 de noviembre, por primera vez, a su nueva beata Sor Ascensión de San José, que fue beatificada el pasado mes de junio, en Sevilla. Sor Ascensión de San José era religiosa dominica del convento de Huéscar y fue martirizada en los inicios de la Guerra Civil. La beatificación tuvo lugar el sábado 18 de junio, en la Catedral de Sevilla, junto a otros 26 dominicos más. La beata Ascensión de San José era la única mujer del grupo.

La fiesta litúrgica de esta mártir beata es el 6 de noviembre y hoy habrá sido para las religiosas de Baza, pero también para la ciudad y para Huéscar, un día de acción de gracias por su beatificación y de intercesión a la nueva beata, que se venera de manera especial en el Monasterio de la Santísima Trinidad, de Baza, donde están sus restos.

Ofrecemos aquí una semblanza de la vida de Sor Ascensión de San José, escrita por José Gabriel Concepción y que fue publicado recientemente en la revista de Cáritas Interparroquial de Baza:

TRAS LAS HUELLAS DE SOR SAN JOSÉ, LA DOMINICA MÁRTIR DE HUÉSCAR

En la capilla del convento de Baza hay una urna con sus restos, para la veneración de los fieles

 

Las religiosas dominicas de Baza están felices, pues una hermana dominica, como ellas, está ya en los altares. Se llama Sor Ascensión de San José, aunque es más conocida como “Sor San José”. Murió mártir en Huéscar, cuando estaba a punto de cumplir 76 años. Sus

restos reposan ya en la capilla del convento de la Santísima Trinidad de Baza. Están una bellísima urna-relicario de plata, realizada por orfebres de Sevilla, la ciudad donde fue beatificada el pasado 18 de junio. Muy cerca del altar, donde está el Señor sacramentado,

que fue durante toda su vida su consuelo y su fortaleza.

Es un inmenso regalo del Cielo tener en Baza estas sagradas reliquias. Es un don y una fuerte llamada a la conversión. A “Sor San José” la tenemos ya de intercesora en el Cielo y acogerá sin duda nuestras peticiones, penas y dolores. Acudamos a esta humilde hija de

Santo Domingo. Más de mil quinientas estampas han repartido ya las monjas dominicas por medio mundo, desde México hasta Polonia. Nosotros hemos querido realizar un recorrido por los lugares donde vivió y murió esta santa religiosa, recogiendo sus palabras

que estas hijas de Santo Domingo guardan como un tesoro.

 

MI ESPOSO ES CRISTO CRUCIFICADO

Sor San José nació en Huéscar el 9 de mayo de 1861 en la cueva-cortijo de sus padres. Penúltima de una familia de ocho hijos. Fue Bautizada tres días después de su nacimiento. El 11 de noviembre fue confirmada. Profesó el 10 de octubre de 1885, con 24 años, en el

Convento de la Madre de Dios de Huéscar, en la actualidad, cerrado. Antes de hacer su Profesión solemne, alguno de sus pretendientes se atrevió a presentarse en el convento para hacer una última tentativa, engañando a la tornera, pues se hizo pasar por un familiar

de Sor San José. Tan pronto como ella salió al locutorio y le reconoció, descubrió el engaño. Con gran entereza volvió a rechazarle con estas palabras. “No quiero nada de la tierra, ni más amor ni más esposo que a Jesucristo Crucificado. Por tanto, márchate de

aquí”. El Cielo escuchó aquellas palabras. Siempre lo hace. Y fue hasta el final Esposa de Cristo Crucificado. Primero, en el silencio y en la oscuridad, haciendo suya esa vida oculta del hogar de Nazaret.

Así, en el día a día, en las tareas ordinarias y también en las más ingratas fue encontrándose con el Señor, que fue preparando su alma, como hace el mejor jardinero en el más hermoso jardín. Dios mismo quiso probarla también con una cruel enfermedad, Su cuerpo llegaba a ser una llaga viva desde los pies a la cabeza, No podía ni echarse. Era un suplicio ponerse la túnica. Todo los soportaba con paciencia y amor. Como los escrúpulos que también atormentaron sin consuelo su alma delicada con las cosas santas. Fue avanzando así en esa escuela de la Cruz., Así pasaron los días como las cuentas de un Rosario, que ella rezaba con tanta devoción. El momento de la prueba llegó al cumplir 51 años de vida religiosa.

 

LA ACEPTACIÓN DEL MARTIRIO

En la última quincena del mes de julio del año 36 la comunidad de 14 religiosas realizó unos Ejercicios Espirituales, predicados por el padre José del Cerro. España vivía unos momentos de división y suma violencia, que presagiaban la Guerra Civil. Las monjas comprendieron que su convento podía convertirse en una cárcel, tal vez, en su tumba, si las turbas lo asaltaban. Lo dispusieron todo para una posible salida, buscando refugio entre las familias amigas, que acogiéndolas no tenían miedo de exponer así sus vidas.

“Nos hicimos trajes seglares para que pudiéramos pasar desapercibidas…Influidas por este ambiente de malestar- aseguraban- solíamos hablar muchas veces de lo que podía pasar, y en más de una ocasión, llegamos a pensar e incluso a hablar de algún posible martirio”. En esas conversaciones francas intervino Sor San José “Dios mío, si a mí me matan, que sea de un tiro y por detrás, que yo no me dé cuenta”. Sus hermanas preguntaron por qué quería morir así. “Porque tengo miedo de no ser lo suficientemente valiente para sufrir el martirio cara a cara y faltándome la fe, fuera capaz de renegar”. Así era Sor San José, tan humilde que no se veía merecedora de la gracia del martirio. Dios tenía otros planes.

 

TOCANDO EL CIELO

En aquellos momentos inciertos, al comienzo de la guerra civil, las religiosas tomaron una decisión heroica, consumir las sagradas formas y evitar así que fueran arrojadas al suelo y pisoteadas, como ocurrió en la Iglesia Mayor de Huéscar. Sabían que esa comunión podía costarles la vida. Por todas partes iban grupos armados, sin ninguna autoridad que los contuvieran. Sus blasfemias y amenazas contra las monjas debían llegar hasta el más apartado rincón del convento. Las llamaban unas “brujas muy malas”, a las que pensaban matar. Nos sobrecoge esa última comunión, que llegó a las dos o tres de la madrugada. Las religiosas, ya con ropas seglares, se encontraban de rodillas ante el altar. Siguiendo las instrucciones del padre José del Cerro, la priora abrió el sagrario. Todas temblaban y lloraban. Se fueron pasando el copón unas a otras. Con la lengua fueron tomando las sagradas formas hasta consumirlas. Aceptaban la voluntad de Dios. Que las protegió en todo momento. De las bombas de la aviación y del infierno desatado en Huéscar. Y por último, gracias a un miliciano, al que llamaron su ángel protector, pudieron salir del convento antes de que fuera asaltado por las turbas. El 4 de agosto de 1936 encontraron refugio en la casa de Laureano Díaz Morenilla, hermano de “Sor Inés”. Un día después las 14 monjas se fueron repartiendo por casas de familiares y conocidos. Sor San José fue acogida por una sobrina, llamada Ascensión Reche, esposa de Alfredo Motos, en una casa que todavía existe en la calle Ángel. 

 

DETENIDA POR LLEVAR UNA CRUZ

La persecución se recrudeció en Huéscar a principios de febrero de 1937, coincidiendo con la llegada de una columna de milicianos, que impusieron un estado de terror. Detenciones indiscriminadas. Registros arbitrarios y destrucción de todos los símbolos religiosos que encontraban. Sor San José estaba entre los detenidos. Le delató una cruz que siempre llevaba al cuello. Pese a sus ropas seglares, su forma de andar también revelaba su condición de religiosa, acostumbrada al hábito durante toda su vida. Fue conducida como un peligroso delincuente al calabozo, un cuartucho lóbrego en los bajos del Ayuntamiento. Antes de llegar a ese lugar, “Sor San José” vio por última vez la imponente iglesia de Santa María la Mayor de Huéscar. Fue su último consuelo ante el suplicio que le esperaba. Era el día 15 de febrero de 1937, por la tarde.

 

LA ROMPIERON TODOS LOS HUESOS

Sor San José se encontraba sola ante una jauría de hombres, que solo quería que blasfemara. Su determinación les encorajinó aún más, sobre todo, porque estaban ante una anciana de 76 años.” Si no renuncias a tu dios te mataremos”. “Jamás diré una blasfemia”, repetía Sor San José, que no dejaba de repetir sus jaculatorias más queridas, “Alabado sea el Santísimo Sacramento” o “Viva Cristo Rey”. Al ver sus captores que no podían doblegarla, la golpearon una y otra vez. No contentos con eso la arrojaban una y otra vez contra la pared del calabozo, rompiéndole brazos y piernas. A “Sor San José” no conseguían que cediera, pues le asistía la gracia de Dios. Finalmente, le cortaron los pechos y hasta introdujeron pedazos de su propia carne en la boca, en un remedo sacrílego de la comunión.

 

ENTREGA SU VIDA AL SEÑOR

Al amanecer del día 16, Sor San José fue conducida al cementerio de Huéscar, junto con otros presos. Como un fardo fue arrojada a la plataforma de un camión. No podía tenerse en pie. El traslado al cementerio fue otra tortura. Sabía que pronto llegaría el final. Volvieron las amenazas de muerte. Al ver la determinación de Sor San José, sus verdugos idearon un último tormento. Ver cómo fusilaban una a uno a todos los detenidos; el último su sobrino Florentino. Cuando terminaron, volvieron sobre San José. Murió gritando un sobrecogedor “Viva Cristo Rey”, mientras perdonaba con gestos inequívocos a sus verdugos, que acabaron aplastándole la cabeza con una gran piedra “por testaruda”. No lograron que renegara de su fe. Solo “Sor San José” murió, salvándose milagrosamente la priora y otras 12 hermanas

 

SON YA MÁS DE DOS MIL MÁRTIRES

Sor San José forma parte de una lista de 2.096 mártires, reconocidos por la Iglesia. Un caso singular y único en la historia de la Iglesia, pues estos testimonios martiriales ocurrieron en apenas cinco años, desde el año 1934, la Revolución de Asturias, y el final de la Guerra Civil. Hay laicos, religiosos, sacerdotes y hasta obispos, como Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix. Todos murieron perdonando a sus verdugos, como recordó el Papa un día después de la beatificación de Sor San José y otros 26 miembros de la Orden de Santo Domingo. Su fiesta será el día 6 noviembre, que está dedicada a todos los mártires del siglo XX.

“Todos asesinados por odio a la fe en la persecución religiosa que ocurrió en España en el contexto de la guerra civil del siglo pasado. Su testimonio de adhesión a Cristo y el perdón para sus asesinos nos muestran el camino de la santidad y nos animan a hacer de la vida una ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Un aplauso a los nuevos beatos”

(Ángelus del día 19 de junio de 2022)

Un aplauso que habrá llegado sin duda hasta el Cielo.

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“La Iglesia vive porque todos sus miembros colaboramos con ella y por ella”

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Coincidiendo con la celebración del Día de la Iglesia Diocesana, la Catedral de Cádiz ha acogido esta mañana una nueva entrega de las medallas Pro Ecclesia Gadicense et Septense.

Esta distinción, que se presentó en el marco del Año Jubilar por el 750 Aniversario del Traslado de la Sede de Medina Sidonia a Cádiz y el 600 de la creación de la diócesis de Ceuta, reconocen la dedicación de personas de nuestra diócesis en favor de la Iglesia en ámbitos como la atención a la comunidad parroquial, la caridad o el desarrollo de iniciativas pastorales.

Así, en este día en el que se da a conocer y se valora la labor que hace la Iglesia, que hacemos todos, dentro de la iglesia diocesana y se da las gracias por la generosidad de todos los fieles que hacen que seamos una parroquia viva, apasionada por Jesucristo y entregada a los demás, han recibido este galardón, de manos del obispo diocesano, Mons. Rafael Zornoza: Jerónimo Vicente, secretario y coordinador de la Fundación Centro Tierra de Todos; José Ortega, director de Cáritas parroquial de Nuestra Señora del Carmen (Algeciras); y Diego Mejías, sacristán perpetuo de la Parroquia de San Benito (Puerto Real).

Durante la ceremonia, Mons. Zornoza refiriéndose al lema del Día de la Iglesia Diocesana, Gracias por tanto, aseguró que “la Iglesia vive porque todos sus miembros colaboramos con ella y por ella, al mismo tiempo que nos beneficiamos de su amor, de su fraternidad, de la vida de la gracia y los sacramentos, de la escucha del Evangelio y del consuelo de la caridad”.

Por otro lado, el obispo diocesano destacó la importancia de la fe en el mundo de hoy. “Tenemos que reconocer que la fe va unida a la esperanza. Tener fe es vivir en la esperanza y es la que nos hace abundar nuestra caridad, por la que nos podemos entregar a los demás y a la Iglesia. Le pedimos al Señor que sigamos siendo portadores de esperanza en un mundo que necesita por encima de todo ese sentido de eternidad, para creer en uno mismo, en el proyecto y en la vocación”.

De esta manera, al finalizar la ceremonia, Mons. Rafael Zornoza hizo entrega de las medallas, disculpando a Diego Mejías, que no pudo asistir por tener que atender asuntos personales.

Perfil de los galardonados: 

José Ortega Díaz, es director de Cáritas de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Palma de Algeciras. Esposo y padre de tres hijos se diplomó cuando era muy joven en Ciencias Empresariales para posteriormente encargarse de la empresa familiar hasta su jubilación.

A pesar del poco tiempo del que disponía, siempre era capaz de encontrar un hueco para mostrar su compromiso con las personas más desfavorecidas y ayudar a los demás. Pepe es una persona de sólidas y profundas convicciones cristianas, plenamente comprometido con la Iglesia y con su parroquia, solidario y que encuentra en el Señor la fuerza necesaria para luchar por los más necesitados,  y hacer la vida un poco más fácil a los demás.

Actualmente, y desde hace cinco años, es el director de la Cáritas de esa misma Parroquia, responsabilidad  desde la que sigue demostrando diariamente su compromiso con la caridad cristiana y con la ayuda a los colectivos más vulnerables.

Ese compromiso, que le lleva a estar siempre dispuesto a ayudar, le hace ser demandado por otras muchas organizaciones benéficas de la plaza a las que siempre corresponde con su trabajo y esfuerzo,  siendo colaborador habitual en el Banco de Alimentos del Campo de Gibraltar y en el comedor social “Padre Cruceyra”, de Cáritas Diocesana en Algeciras.

Por su concepción de la caridad cristiana, convencido de que ayudar a los demás es una de las tareas más hermosas que se pueden desarrollar,  su actuación ha trascendido del ámbito de su parroquia y la ha desarrollado por toda la ciudad, siendo su labor muy conocida en Algeciras.

Pepe cuenta con el reconocimiento,  respeto y el cariño de todos los que le conocen.

Jerónimo Vicente Ruíz, nació en Cádiz y es esposo y padre de dos hijos. Cuando se confirmó conoció al P. Gabriel Delgado, convirtiéndose en padre y mentor con el que estuvo trabajando y compartiendo hasta su muerte en noviembre de 2021.

Desde joven ha estado muy comprometido con el mundo obrero y constituyó cooperativas para combatir el paro juvenil. Fue fundador de la Asociación Nivel, de la Fundación Construyendo Futuro y de la Asociación Cardijn –de la que es actual secretario-. En esta última, implementó acciones dirigidas a contribuir a la mejora de la Iglesia Diocesana con la construcción de los actuales bancos de la Iglesia de Santa Cruz, la restauración de la Biblioteca y patio del Seminario Diocesano, la demolición y construcción de la tercera planta del edificio del Obispado de Cádiz y Ceuta entre otras.

Actualmente, es Secretario y Coordinador de la Fundación Centro Tierra de Todos desde su constitución. Tanto la  Fundación Centro Tierra de Todos como la Asociación Cardijn están al servicio de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, a través de su Secretariado de Migraciones.

Diego Mejías Tocino, nacido en Puerto Real (Cádiz). Fue educado en el seno de una familia humilde y trabajadora, marcada bajo la penumbra de la posguerra civil española, por las penurias que ésta acarreó. La escasa subsistencia señaló una sencillez que forjaría su convicción religiosa. Diego es esposo y padre de cuatro hijos y desde la inauguración de la actual Parroquia de San Benito Abad, el 26 de enero de 1988, hasta la actualidad, ejerce la labor de sacristán de la misma ininterrumpidamente. En estos treinta y cuatro años al servicio de la Iglesia, ha ayudado en misas, bautizos, comuniones y funerales; ha sido catequista de niños en su formación para recibir la Primera Comunión; ha conocido y acompañado a todos los párrocos de esta iglesia y ha conocido también a los últimos cuatro obispos de la Diócesis de Cádiz y Ceuta.

Hoy, a sus ochenta y un años, Diego Mejías continúa colaborando como sacristán. Ni las adversidades, ni su avanzada edad, ni su enfermedad han podido frenar el ímpetu que brota de su joven espíritu lasaliano para continuar hacia adelante en el mismo lugar donde el destino y el amor por Cristo y María le reservaría uno de los rincones más especiales que guarda en lo más profundo de su corazón, la Parroquia de San Benito Abad.

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“Es la vida eterna la que nos ha abierto Jesucristo”

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Homilía del arzobispo coadjutor D. José María en la Eucaristía del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario y Día de la Iglesia Diocesana, celebrada en la S.I Catedral el 6 de noviembre de 2022.

Queridos hermanos;

Nos reunimos en el domingo, en el Día del Señor. Y en este XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, cuando ya estamos enfilando el final del año cristiano, la Palabra de Dios nos trae textos de las Sagradas Escrituras que nos hacen pensar en esas realidades últimas del final de la vida y del final de la historia. Nos trae cuestiones que se le plantean a Jesús, por las que Jesús habla en los llamados discursos escatológicos, los del final.

En este mundo nuestro secularizado, en que Dios parece que estorba y ha sido quitado de en medio; en este mundo nuestro que incluso hasta del lenguaje, ya decirle a una persona “quede usted con Dios”, “quedaos con Dios” o “Dios se lo pague”, pues te miran con cara de extrañeza, como si fueses una persona de otro siglo; en este mundo nuestro que incluso a muchos cristianos rezar les da vergüenza y han reducido la vida religiosa a algo tan íntimo y tan privado que sólo está en el ámbito personal, sin manifestaciones en el ámbito de familia o en la vida social; Dios ha sido o es quitado, parece que molestan incluso los signos religiosos. Y lógicamente, cuando se quita a Dios de en medio, aunque se conserve ese sentimiento profundo que no se puede borrar nunca del anhelo de Dios en todo ser humano; cuando se quita a Dios de en medio, también “se nos caen los palos del sombrajo”, se quita el fundamento de nuestra vida y, sobre todo, el sentido.

El ser humano no es sólo un ser que busca medios de vida. No sólo busca reproducirse o sobrevivir o alimentarse, pervivir, sino que el ser humano tiene hambre de eternidad. Y sobre todo, no sólo busca medios de vida, sino también razones por las que vivir. Y cuando quitamos a Dios, quitamos el fundamento de nuestra existencia. No, no sabemos bien cómo es la vida sin un sentido. Y aparece la casualidad. Pero no somos unos seres lanzados a la existencia sin un sin sentido. Somos hijos e hijas de Dios y anhelamos una eternidad, para la vida eterna. Estamos hechos para Dios. “Nos hiciste, Señor, para Ti -decía san Agustín- y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Y ese anhelo lo tienen todos los seres humanos, incluso aquellos que nos parece que han vivido la antigüedad o en la increencia. El culto a los muertos, el anhelo de la vida eterna, el anhelo de una plenitud. El ser humano es el que pregunta que busca la verdad para las que sólo Dios tiene respuesta. O mejor dicho, para las que sólo Dios es la respuesta y busca el bien. Y porque quiere obrar por el bien, y se pregunta por la moralidad de las cosas, por la razón de ser de su existencia: ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Y aquí, queridos hermanos, entre las grandes preguntas por el destino del ser humano, la muerte, dolorosa siempre, herencia y consecuencia del pecado del hombre, y la muerte que está ahí para un cristiano no es el final. Cuando no hay fe, pues no se quiere pensar en la muerte. Se hace como si fuese una cosa de fantasía o una cosa sólo de los telediarios o de las películas. Pero la muerte está como realidad, ahí aparece en nuestra vida y, sobre todo, la sentimos de manera más fuerte cuando perdemos un ser querido próximo. O aquellas personas con las que estamos relacionados por la sangre, la amistad, lástima. La muerte aparece siempre como interrogante, siempre es dolorosa, pero para un cristiano no es el final. Anhelamos la vida eterna. Es la vida eterna la que nos ha abierto Jesucristo.

Y esa vida eterna es la Resurrección. Y esa vida eterna nos hace plantearnos la vida de otra manera. Por eso, hoy la Palabra de Dios nos trae, por una parte, el testimonio de los siete hermanos que en tiempos de los Macabeos y ante la persecución de Antíoco IV, que pretende imponer al pueblo de Israel costumbres paganas, ellos quieren ser fieles a la ley de Dios y tienen un sentido. Luchan y se esfuerzan por vivir con coherencia su fe, su fe judía y su fe creyente. Es el Dios de Israel. ¿Y que ocurre? Que eso le lleva a la muerte. Y no andan con contemplaciones. Pero, ¿por qué pasa la muerte de esa manera? ¿Como nuestros mártires, como los mártires que fueron beatificados hace unos meses del siglo pasado, aquí en la Catedral de Granada? Porque esperan la Resurrección y van perdonando, pero, al mismo tiempo, van con la esperanza, que es la gran virtud que nos falta hoy. La esperanza en Dios, la esperanza en la vida eterna, la esperanza viviendo esa parte del Credo que es el final del Credo: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”. Amén. Por eso tenemos que recordar estas verdades. Nuestra vida tendrá un fin aquí en la tierra y nos presentaremos ante Dios para ser juzgados ante el amor, como nos dice San Juan de la Cruz: “En el ocaso de la vida seremos examinados en el amor que el Señor ya nos ha dado”. ¿Cuáles van a ser las preguntas? “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed, y me disteis de beber. Fui peregrino y me acogisteis. Estuve enfermo en la cárcel y me visitasteis. ¿Cuando lo hicimos Señor? Cuando lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos, conmigo lo hicisteis”. Luego, sabemos las preguntas. Dios nos va a examinar de amor. No si tenemos mucho dinero, no si tenemos títulos. El Papa dice, de manera gráfica y al mismo tiempo con humor, que no he visto nunca detrás de un coche fúnebre un camión de la mudanza. Nos lo quedamos aquí. Entonces, tenemos que ir cargados de buenas obras cuando creemos en la vida eterna, cuando sabemos que nos vamos a presentar ante Dios para dar cuentas de nuestra vida. Y que ser juzgados en la misericordia de Dios, tenemos que vivir con coherencia. “No todo el que dice ‘Señor, Señor Jesús’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre”, ése entrará, es definitiva, el que vive la Voluntad de Dios.

Queridos hermanos, el que vive como Dios manda, el que vive siguiendo a Jesús, viviendo con ese estilo que es el que tiene que vivir un cristiano con coherencia como nuestros hermanos Macabeos, con coherencia con su fe, con su fe en el creyente, en el Dios de Israel. Y vemos también cómo nosotros -nos ha dicho San Pablo- somos llamados a una esperanza; una esperanza que no la limita la muerte. “La vida de los que en Ti creemos -se dice en la liturgia- Señor, no termina, se transforma”. Y al deshacerse nuestra eternidad adquirimos una mansión eterna en el Cielo y esperaremos. Y por eso, rezamos por nuestros difuntos. Y por eso, porque tenemos fe en la Resurrección.

Los cristianos, queridos amigos, no seguimos a un muerto ilustre, no seguimos a un personaje con un gran mensaje que se nos empieza en la noche de los tiempos. Nosotros seguimos a Alguien que está vivo. Nuestro Dios es el Dios de vivos, es el Dios que en Su Hijo ha resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, y ha resucitado primogénito de los que han muerto. Él nos ha abierto a esa esperanza. Por eso San Pablo, cuando hay cristianos que empiezan a dudar y que dice que no creen en la resurrección de los muertos, como los saduceos que hoy le plantean a Jesús, esta pregunta, cuando ocurre eso, San Pablo nos dice: “Si los muertos no resucitan, Cristo no ha resucitado, y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”. Somos los más tontos de los hombres. Los cristianos no creemos en la Resurrección como si fuese un consuelo de tontos o un consuelo para pasar a injusticias de aquí abajo. No. Los cristianos creemos en la Resurrección como plenitud; como plenitud a la que estamos llamados, como ese abrazo de Dios con base al hombre, como ese abrazo de Dios que colma de belleza todo lo que aquí vemos. Como ese abrazo de Dios que colma de bienes y de amor aquellos que aspiramos y da sentido a la vida humana. Esta esperanza es la que trasciende la muerte. Y qué distinto es cuando te encuentras con un enfermo terminal, cuando te encuentras con una persona sufriendo y esa persona tiene fe; cuando asistes a un enfermo o moribundo que está esperando la muerte, pero sabe que no es el final, te dice un hasta luego, hasta un mejor ver. Pero hasta como hemos dicho, queremos ver tu rostro, Señor, “al despertar me saciaré de Tu rostro Señor”. Esa es la esperanza y por eso la vida merece la pena ser vivida. Y por eso el esfuerzo. Pensamos en el Cielo, no como algo que nos distraiga de ser labradores de un mundo mejor, trabajadores por una sociedad mejor. Ganarnos el Cielo a base de vivir como Dios manda y transformando la sociedad según los criterios del Evangelio. El Cielo no se gana con un cristianismo pasivo. El Cielo no se gana con un cruzamiento de brazos. El Cielo no se gana esperando sin más, como San Pablo recrimina precisamente a los cristianos de Tesalónica. El Cielo se labra viviendo como cristianos, siguiendo a Jesús, viviendo esa fe en el Señor resucitado, esa esperanza de que un día Dios nos acogerá y nos premiará. Y ese amor que no pasará nunca, que tendremos por toda la eternidad. Acudamos a la Virgen. La Virgen está en los cielos, en cuerpo y alma. Lo que un día será realidad en nosotros al final de los tiempos. La resurrección también de nuestros cuerpos, porque es la persona entera, no es el alma y un cuerpo, al final de la historia, al final de los tiempos, nuestros cuerpos resucitarán también gloriosos, de una forma nueva que sólo Dios conoce.

Pidamos a la Virgen que Ella nos haga dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Que Ella nos muestre a Jesús, “el fruto bendito de tu vientre”, su vientre. Y en este día de la Iglesia Diocesana caminamos hacia esa Resurrección como pueblo, como es el pueblo de Dios, que es la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo en la historia. Dice San Pablo: “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo”. Esta Iglesia que se hace presente en Granada y que este año tiene este lema “Gracias por tanto”. Gracias por tantas personas que ayudan y que trabajan en la Iglesia, desde catequistas a voluntarios de Manos Unidas, de Cáritas; a tantas personas que ayudan en las parroquias, a tantos cristianos que arriman por sacar adelante la Iglesia de Jesucristo presente entre nosotros.

Vamos a pedir hoy por los sacerdotes, por Javier, por este pobre obispo que os ha llegado. Vamos a pedir por todo el Pueblo de Dios, por todos cuanto trabajan, por todos los que formamos esta Iglesia de Dios que peregrina en Granada. Y ahora, todos juntos, confesemos nuestra fe.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo coadjutor

6 de noviembre de 2022
S.I Catedral de Granada

Escuchar homilía

“Somos hijos de Dios, el Cielo ya está aquí”

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Homilía de D. Javier en la Eucaristía celebrada en la S.I Catedral en el XXXII Domingo del Tiempo Ordinario y Día de la Iglesia diocesana, el 6 de noviembre de 2022.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada, infinitamente amada de Jesucristo,
Pueblo santo de Dios;
queridos sacerdotes concelebrantes, hermanos y amigos todos:

Del Evangelio de hoy nos suenan raras bastantes cosas, porque la Ley judía a la que hace referencia el Señor en el Evangelio, que era conocida de todos los judíos de su tiempo (y hasta el libro de Rut que fue la abuela de David. Es un caso de aquella ley del levirato según la cual, cuando moría el marido y dejaba la vida sin descendencia, un hermano o el pariente más cercano asumía, si no estaba casado, a esa mujer. Y si estaba casado, en la época en que en el mundo judío estaba permitida la poligamia, pues la tomaba por mujer); esa Ley refleja todo un mundo que es muy extraño para nosotros. Luego hay otros problemas. También yo creo que de traducción, porque esa idea de que “yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, “yo soy Dios de vivos y no de muertos”, porque para Él todos están vivos, es como cuando la gente dice “bueno, eso es para ti, pero para mí los valores son otros”. O cosas de ese tipo. Simplemente cambiar el orden de las palabras. Es verdad que –diríamos- la expresividad de las lenguas semíticas es mucho más rica en matices que la nuestra. Pero cambiad el orden de las palabras en español y veréis cómo suena de otra manera, porque todos están vivos para Él, todos viven para Él. Y ya no es lo mismo. No es que Dios se imagina que están vivos, sino que cree que Abraham, Isaac, Jacob, tú y yo, y nosotros, todos, vivimos para el Señor y, por lo tanto, en la vida y en la muerte somos del Señor, como diría San Pablo.

Pero, yo quiero hablaros de este Evangelio que me resulta tan extraño, porque toca un punto muy esencial. En mi vida sacerdotal, que son ya muchos años y hablando con muchas personas, y personas de fe y personas que vienen a misa, uno se da cuenta de que la Resurrección y el Cielo son dos partes de la fe, dos verdades que profesamos todos los domingos en el Credo, pero como si no nos lo tomamos en serio, no sólo que no nos lo tomamos en serio, sino que no creemos en ello. Algunas personas te lo dicen explícitamente: “Bueno, bueno, que aquí no ha vuelto, nadie sabe lo que será”. Y otras veces, cuando dices si acercarse a la muerte es acercarse al nacimiento verdadero, ya que empieza nuestra vida de verdad. Y te dicen: “bueno, bueno, pero cuanto más lejos venga eso, mejor”. Frases de ese tipo yo las he oído miles de veces. Entonces, me vais a perdonar que se quedaron en fases en este punto, porque no creer en el Cielo y no tomarse en serio que estamos, que hemos nacido para el Cielo es no creerse que hemos nacido para Dios. Y si uno empieza a estirar del hilo y pensar un poquito, digo pensar, no digo hacer actos de fe rarísimos o tener apariciones místicas, simplemente pensar; si yo no creo en el Cielo, no puedo decir con seriedad que creo en Dios, porque yo soy en el que creo es un Dios que nos hemos inventado a la medida de nuestras necesidades. Es un Dios que tiene la única función de suplir las deficiencias de la sociedad o del consumo, o de la organización social humana, cuando eso no funciona. Y pongo un ejemplo: basta que salga un avión con el que uno tiene que hacer una conexión con una hora de retraso que te hace perder la conexión y nos da un ataque de nervios, y empezamos a rezar. Ya está, que se pueda hacer la conexión. Y es comprensible. Somos humanos. Somos dignos y capaces de algo muy grande y, al mismo tiempo, muy pequeños y muy mezquinos. Pero usamos a Dios para eso. Perdemos la salud: cuántas veces me han pedido a mí que pida por una abuela que tiene noventa años y que está demenciada.

Dices, Dios mío, yo pido para que pueda vivir sus últimos días, o sus últimos meses, o sus últimos años, incluso que los pueda vivir sabiendo que Dios la ama, que no está sola, pero no para que se cure, porque somos seres mortales y eso forma parte de nuestra vida. No es murmurar. Yo no puedo pedir al Señor que tu abuela vuelva a los treinta años porque no va a volver. Es verdad que Jesús resucitó a Lázaro, pero Él llamaba signos para facilitar la fe de los que veníamos después. Pero San Lázaro, la hermana de Marta y María, después de marcharse el Señor y seguir viviendo, pues cogería una gripe y se murió, como los demás, como todos, menos Jesucristo, el Hijo de Dios y su Madre, que Él ha vencido a la muerte y al mal, y está vivo para siempre. San Pablo ya lo decía. Si no creemos que los muertos resucitan, estamos negando que Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, no hay redención. Estamos en nuestros pecados. Nuestra imagen de Dios es pagana. Es el Dios al que utilizamos y un Dios al que utilizamos no es Dios, es un muñequito que tenemos y un osito de peluche para consolarnos cuando se nos acabaron los consuelos que nos da el poder ir de compras siempre que queramos y comprar todo aquello que nos apetece y tener todo aquello que nos parece, que necesitamos o porque estamos en el 2% de lo que tenemos. Y ese no es Dios. La fe, la falta de fe en el Cielo es una falta de fe en Dios y no se trata de ideas. Fijaros, porque el Cielo lo tenemos ya aquí. Nos falta que en el Cielo no hay Seguridad social, no hay Hacienda y no hay enfermedades. Pero al Señor ya lo tenemos. Vais a comulgar muchos de vosotros y en la comunión, ¿qué sucede? En la Misa, ¿qué sucede? Que Dios, el Dios que ha creado las galaxias, el Hijo de Dios (decíamos hace dos domingos me parece que era que el universo entero es una mota de polvo en la mano de Dios), ese Dios que el universo entero, galaxias incluidas, millones de años luz de estrellas, es una mota de polvo en Su mano (y aún así la metáfora es corta); ese Dios está con nosotros, vive con nosotros. ¿Pero en qué se nota eso en nuestra vida? Y no es que uno tenga que ir diciendo por la vida a la gente que te encuentras con alguien en el metro y digas “que existe el Cielo”. Verás, en todo caso no es a lo mejor en los que se puede hacer. Si se ha quedado ahí; si se ha quedado el metro encerrado en un túnel y hay un ataque de pánico, a lo mejor un cristiano tendría que gritarlo para que todo el mundo supiera que existe el Cielo, que no temáis; que nosotros no tenemos que tener miedo a nada y menos que nada a la muerte. Pero sí que se nota en todo lo que hacemos. En cómo celebramos un cumpleaños. ¿Me dejáis decirlo? Cómo bailamos. En cómo nos levantamos por las mañanas, en cómo si nuestro horizonte es el Cielo (porque el Cielo no es un sitio, el Cielo es Dios), estamos hechos para Dios. Por eso, cuando Jesucristo, por su Misterio Pascual, por Su muerte y Su Resurrección, nos da lo que dice San Pablo, la Lectura de hoy, una esperanza dichosa.

Pero el cristiano es un hombre o una mujer que se lleva la dicha en el corazón, que lleva la dicha en el cuerpo, que está feliz. Ayer iba yo a una celebración por un barrio muy típico de Granada, pero de calles muy estrechitas y muy laberínticas. Y me encontraba con un grupo de chicas que bajaban para el centro. Llevaban todos una cara de pena, de tristeza, de aburrimiento, de amargura. Y se lo dije sin conocerlas de nada. ¿Pero cómo vais tan triste sin tener 18 años o 20? ¿Cómo se puede ir así por la calle? Vamos a ver si pasa algo, vamos a ver si nos encontramos con algo. Es decir, vamos por la vida sin horizonte. Pues, tiene razón el Papa cuando dice la alegría es el primer signo.

Tendríamos que hacer un propósito. El primero que tendríamos que hacer es sonreír; sonreír a todo el mundo. Y si podemos sonreír a todo el mundo, y cuanto más amargada tenga la cara, más necesidad de sonreír; y si es alguien que tengo cerca, a lo mejor me cuesta mucho y tengo que pedirle mucha ayuda al Señor para que le pueda sonreír, pero hay que pedirlo. Es el primer pensamiento, el más importante, pero no creo en el Cielo significa no creer en Dios o creer en un Dios tan chiquitito que seguramente yo mismo sería ateo y entiendo que la gente lo sea, porque es el Dios que viene para tapar los agujeros que nosotros no somos capaces de tapar solos. Pues, entonces, es que no creemos en Dios, o sea, no es el Dios verdadero en quien creemos, no es el Dios que está en todas las cosas y que no se mueve una hoja de árbol sin que lo consienta. No, sino que lo haga sin que Él lo consienta.

La segunda cosa es eso de que en el Cielo los hombres no se casan. No sé, dejadme corregir simplemente dos cosas en esa idea. No voy a corregir, pero es verdad que en el Cielo no hay bodas, porque el Cielo mismo es una boda, cada Misa es una boda si lo entendiéramos bien. Yo le tuve que decir a una mujer un día de Viernes Santo que saliendo de la Catedral me decía “parece mentira, un día tan importante como el Viernes Santo y nos dejan sin decir Misa”. Y le dije, “señora venga aquí. ¿Usted sabe que cada Misa es una boda y la novia eres tú, y hoy la iglesia recuerda al Esposo cuya boda celebramos en cada Misa, nos da dos días de silencio para que nos demos cuenta que no está el Esposo? Entonces, no puede haber Misa. Nunca ha habido Misa en Viernes Santo, desde los principios del cristianismo, y nunca la habrá. Sabemos que el Señor está vivo, está en el Sagrario para llevárselo a los enfermos o a los que están necesitados. Pero no se celebra la boda. Significa que no se celebra la Eucaristía. En el Cielo no hay bodas, pero nos conoceremos y esperamos que no nos falte nadie.

Repito cosas que me decís vosotros a mí, hasta el chiste de “fijaros si sería bueno San Pedro, que el Señor cura a su suegra y siguió con Jesús”. Nos conoceremos. Lo que pasa es que no somos capaces de hacernos una idea de que es una vida llena y transformada por el amor de Cristo; una idea transformada totalmente por Cristo resucitado y vivo, donde su don se da a nosotros de tal manera que llena por completo nuestro corazón, pequeño, que cubre por completo nuestras faltas para el amor infinito de Dios, todas pequeñas; que desborda sencillamente la vida. Por lo tanto, será una alegría encontraros con vuestras suegras y será una alegría encontrarnos con las personas que han sido enemigos nuestros en la vida, y será una alegría encontrarnos con ellos, porque no habrá… No sé si os gusta mucho leer, pero alguno habrá que os gusta mucho leer. Hay un libro de un tal Fabrice Hadjadj, un judío árabe, educado en una familia maoísta y que, al final, después de una historia muy larga acabó convirtiéndose al catolicismo, y es un escritor católico converso y tiene un libro que se llama “La profundidad de los sexos”, donde explica muy bien la relación hombre-mujer de maneras bonitas, porque es un excelente escritor. Y el último capítulo se titula: ¿Quién será en el cielo el marido de mi mujer? Buena pregunta. Porque aquí el amor tiene siempre algo de posesividad. El mío, de Golum, “mi tesoro”, esto es mío, esto es para mi y esto no se lo puede dar a nadie más porque me creo que si lo doy o lo comparto me quedo sin ello. Ese niño diabólico de algún modo, que aquí el marido tiene que cuidar de su mujer y no dejar, evidentemente, que se le acerquen otros que a lo mejor uno se da cuenta cómo se acercan o qué es lo que buscan por lo que sea. Por supuesto, ya sabe protegerse ella mejor que la protege a veces el marido, pero en caso de necesidad, ahí está… Pero en el Cielo no hay eso y, por lo tanto, no es que los hombres no se casen o que no nos vayamos a conocer, o que no vayamos a estar juntos. Vamos a estar juntos con las personas que más queremos. Pero, ¿y si la persona que más ha querido a tu mujer a lo mejor era alguien que ha pasado la vida en un hospital y que ofrecía la vida porque era alguien de vuestra familia? Pues, estará más cerca de ella que tú. Lo siento, pero es así. Nuestras vidas estarán llenas de amor, pero como no hay lo mío y lo tuyo, porque Cristo será todo en todas las cosas, nuestras relaciones serán las que correspondan al amor de Cristo. Eso es lo que quiere decir el Señor. Son hijos de Dios, ya no somos aquí, pero como hay Seguridad Social, Hacienda y dolores de huesos, pues lo pasamos a ratos regular, pero somos hijos de Dios, el Cielo ya está aquí. Nos falta que desaparezcan esas cosas. Nos falta que desaparezca todo aquello que empequeñece nuestras vidas en nuestros corazones. Y eso hará que el amor sea una cosa muy distinta.

Y el ser esposo y esposa será una plenitud de amor que no está en contraposición con nada, porque todo es de Dios y porque todo viene de Dios, y porque todo lo que vivimos aquí es la vida de Dios. Y eso es lo que quiere decir el Señor. Perdonadme, pero tenemos tantas confusiones sobre el Cielo, y es verdad que no podemos imaginarnos lo que es, pero podemos representarnos ciertas cosas que sabemos que no va a ser: una fábrica de chuches, no va a ser (habrá chuches porque la Creación no hay nada que sea malo, pero serán chuches buenas que no dan empacho, que no da indigestión después y habrá chocolate, pero no será el chocolate que llega un momento en que te duele el estómago, no). Habrá todo, porque la Creación ha sido creada buena, y allí la Creación es un nuevo Cielo y una nueva tierra, y habrá cuerpo, tendremos cuerpo. “Son como los ángeles” no significa… Sólo porque somos hijos de la modernidad, en la carne y el espíritu se han contrapuesto. En la antigüedad, los ángeles tenían un cuerpo, un cuerpo muy sutil. Era una manera de decir que son criaturas creadas. Veis que tenemos que romper muchas imaginaciones falsas. Pero si no esperamos en el Cielo, no creemos en Dios. Si uno espera en el Cielo, se quitan los miedos y, sobre todo, el miedo más grande, que es el que más nos espanta, el miedo a la muerte.

Vamos a pedirLe al Señor que nos deje confesar la fe: “Creo en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna”. Con fuerza. Y si no somos capaces, no sale de nuestro corazón, pues, Señor, yo creo, pero aumenta mi fe, como decía aquel pagano que se encontró con Jesús: “Aumenta nuestra fe”. Porque esa fe es lo único que nos hace posible vivir con alegría, aunque tengas alguno que te ha puesto una pistola en el cuello.

Como decía aquella mujer egipcia que la gente colgaba a su marido, y ella oyó decir a su marido “Jesús”, justo antes de que lo iban a degollar, le preguntaba un presentador de televisión “¿siente usted odio por los que mataron a su marido?”. Y dice señora, “yo era la mujer de un obrero que no era nadie. Cuando me muriera, nadie se iba a acordar de mi y ahora soy la mujer de un mártir. Me han engrandecido. Mi marido es un mártir. Ahora yo soy la mujer de un mártir y no puedo más que sentir orgullo por serlo”. Esa mujer tenía fe. Ojalá nos parezcamos un poquito, nada más que un poquito a los hijos de los macabeos de la Primera Lectura.

Vamos a hacer profesión de fe.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

S.I Catedral de Granada
6 de noviembre de 2022

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Mensaje de Mons. Rafael Zornoza por el Día de la Iglesia Diocesana

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Celebramos este año el Día de la Iglesia Diocesana con el lema “Gracias por tanto”. Nos recuerda, ante todo, la importancia de dar gracias a Dios por su Iglesia y por contar con cada uno de nosotros. Somos Pueblo de Dios presente en la sociedad para ser sacramento universal de salvación, abrazo de Dios al mundo entero, donde también hay sitio para los últimos, los pobres y migrantes, los excluidos.

En España, la Iglesia está presente en 70 diócesis presididas por un obispo o arzobispo. A estas diócesis pertenecen actualmente las 22.988 parroquias que son atendidas por más de 16.500 sacerdotes, junto con otras realidades diocesanas. Las Órdenes y Congregaciones Religiosas, sus casas, los monasterios y el resto de las formas de vida consagrada, junto con las más de 13.443 entidades religiosas inscritas en el Registro de Entidades Religiosas (cofradías, hermandades, asociaciones, fundaciones, movimientos …) completan el mapa de las realidades de la Iglesia en España, una Iglesia que formamos muchos millones de católicos que contribuimos con nuestro testimonio, dedicación y trabajo a hacer presente el mensaje del Evangelio en la sociedad y el fruto de nuestra vida cristiana en la entrega a los demás.

Esta ingente labor no es patrimonio de unos pocos, sino que la misión apostólica está inscrita en cada cristiano por el Bautismo, y es compartida por todo hombre y mujer de buena voluntad que, abierto a la cooperación con las diversas instituciones, colabora al bien común de la sociedad. Por todo ello nuestra gratitud ha de llegar a todos. Es el momento de decir: ¡gracias!

En esta jornada os invito a orar por la Iglesia, por nuestra diócesis y por cada parroquia, y a colaborar donde vuestra labor pueda ser necesaria, por pequeña que ésta sea, en la catequesis, liturgia, caridad, servicio… Juntos hacemos que una comunidad sea viva, comprometida, apasionada por Jesucristo y entregada a los demás. Colaboremos para hacer nuestras comunidades más comprometidas, más cercanas, estando más unidos entre nosotros y con Dios, como nos está pidiendo el Papa Francisco a lo largo del reciente proceso sinodal. Escuchando la voz de Dios seremos sus testigos y llegaremos a todos. Ciertamente esto supone una participación en la que cada uno aporte según sus posibilidades y sus circunstancias: con su tiempo, con sus cualidades, con su oración, con su donativo.

Gracias a tantos acontecimientos a nivel eclesial estamos más convencidos y preparados para evangelizar unidos, trabajando en equipo, con más posibilidades de llevar a cabo la misión que nos ha confiado el Señor, algo que solamente podemos hacer desde la gratitud por la acción de Dios a través de su Iglesia, dando testimonio de fe, avivando el celo pastoral, abriéndonos a la gracia de Dios y uniendo nuestros esfuerzos, poniendo lo que somos al servicio de los otros y en la Iglesia.

Seamos agradecidos por el don de la Iglesia, por su vida y por su acción, y vivamos esta jornada como una fiesta de “esta gran familia” que quiere ponerse al servicio de los demás y contribuir para hacer de cada parroquia un espacio de cercanía y compromiso, porque, si miramos la vida con los ojos de Dios, vemos a tantas personas, en tantas circunstancias, y tantas situaciones que necesitan del amor de Dios y de nosotros. ¡Qué alegría poder colaborar! Es una gran satisfacción hacer el bien y contribuir con lo que somos y tenemos aportando lo mejor para que salga adelante el servicio, testimonio y consuelo de la Iglesia. Por todo ello, gracias.

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Mártires del siglo XX

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Mártires del siglo XX

Pocos días después de la celebración de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, la Iglesia española dedica, con el rango de memoria obligatoria, el 6 de noviembre a todos los mártires del s. XX.

Se estima que hubo de haber más de 10.000 mártires en esta persecución religiosa que tuvo lugar especialmente durante la primera mitad del pasado siglo. Las cifras son escalofriantes, con cientos de sacerdotes, laicos, así como decenas de obispos asesinados por odio a la fe.

Durante el pontificado de Juan Pablo II fueron beatificados 471 mártires; durante el pontificado de Benedicto XVI fueron beatificados 530; y con Francisco han sido hasta ahora beatificados (incluyendo, de nuevo, a los 26 mártires capuchinos que serán beatificados en Barcelona el 21 de noviembre) 570. Las causas que ya han recibido la beatificación son 59 y las ceremonias de beatificación, 18.

La diócesis de Granada ha beatificado a decenas de ellos. El pasado mes de febrero de 2022, se celebró la beatificación de Cayetano Giménez Martínez y otros 15 compañeros mártires. Las reliquias de todos ellos, que murieron perdonando por amor a Cristo a sus verdugos, están distribuidas por los distintos puntos de la diócesis en donde pasaron parte de sus vidas.

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Visita Pastoral a la Parroquia de El Salvador (Antequera)

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Homilía del Sr. Obispo de Málaga durante la Visita Pastoral a la Parroquia de El Salvador de Antequera.

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE EL SALVADOR

(Antequera, 6 noviembre 2022)

Lecturas: 2 Mac 7, 1-2.9-14; Sal 16, 1.5-6.8.15; 2 Ts 2, 16 – 3,5; Lc 20, 27-38. (Domingo Ordinario XXXII-C)

1.- El testimonio valiente de los siete hermanos y su madre

En este domingo XXXII del Tiempo Ordinario el Señor nos plantea la creencia en la otra vida. Hemos escuchado el testimonio de los siete hermanos con su madre que, en tiempos de los macabeos, fueron capaces de entregar su vida. Murieron uno a uno detrás de otro delante de su madre. Todos fueron testigos de la resurrección, porque esperaban que después de la muerte había otra vida.

Uno de los siete hermanos, como hemos escuchado, le dice a quien le quitaba la vida: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna» (2 Mac 7, 9).

Esto ocurre mucho tiempo antes de que viniese Jesús al mundo. Los fariseos creían en la resurrección, mientras que el grupo de saduceos no creían en la resurrección.

También en nuestra sociedad se repite esta situación. Hay un grupo llamado de cristianos que creemos en la resurrección. Hay otro grupo que, no son creyentes, son ateos, que no creen en la resurrección y que piensan que todo queda aquí en la tierra. Esto tiene sus consecuencias, lógicamente.

2.- Creer en la otra vida

No resulta fácil para todos creer en la otra vida. Unos viven tan bien que difícilmente pueden imaginar otra vida mejor, pues van buscando la felicidad aquí; aunque nunca la encuentran, porque el ser humano está llamado para compartir la vida con Dios. Por tanto, los goces, los placeres, las felicidades de esta vida no llenan satisfactoriamente el corazón humano, más bien lo dejan vacío, se quedan con más ganas. Estamos llamados a la eternidad.

Los creyentes confesamos otra vida: la eterna. Pero al decir otra vida, a veces, pensamos que esa vida solo se obtiene y se vive después de cruzar el umbral de la muerte temporal. Y no pensamos que, entre la otra vida y ésta, entre lo eterno y lo temporal ha habido ya una unión.

¿Quién ha venido desde la eternidad a la temporalidad? Jesucristo. Él es la Palabra eterna, el Verbo eterno, el Hijo eterno de Dios. Ese Hijo eterno se ha encarnado en la historia, ha entrado en el tiempo.

3.- La vida temporal y la eterna

Nosotros vivimos en las dos coordenadas de tiempo y espacio; vivimos en un año concreto y en un espacio concreto. No podemos vivir simultáneamente en dos años, ni estar simultáneamente en dos lugares geográficos. Parece una perogrullada, pero es importante que nos demos cuenta de que el ser humano vive en la temporalidad y en la espacialidad.

Pero Cristo, el eterno Hijo de Dios ha entrado, se ha hecho hombre en la historia con nosotros. Y, por tanto, ha roto el límite que había establecido entre lo eterno y lo temporal. Ahora resulta que la otra vida, la vida eterna, en prenda, en anticipo, no de manera plena ya está aquí. Es decir, por la fe, por el amor y por la esperanza, –que son las tres virtudes teologales–, podemos gozar ya, ahora en el tiempo, en esta vida temporal, de la otra vida, de la vida eterna. Eso es lo que nos regala la creencia en Dios, que nos regaló estas tres virtudes teologales en el bautismo. Por fe, esperanza y caridad nosotros ya somos eternos, porque nos ha hecho eterno el Hijo de Dios que es eterno.

4.- Llamados a la eternidad

A pesar de nuestra limitación hay como una puerta abierta en el cielo que comunica cielo y tierra, que es el Pontífice, el Puente, que es Jesucristo. El Dios-Hombre ha venido y ha unido los dos mundos.

Esto es esencial en nuestra fe cristiana. Mucha gente no quiere creer porque sus dioses no están allá, están aquí. El dios de buscar la felicidad donde a veces no está, el dios del poder, el dios de la fama, el dios del bienestar, el dios de… Todo eso se busca aquí, pero aquí no hay nadie que lo encuentre de manera plena, nadie.

Los cristianos podemos ser testigos de que existe mayor felicidad, mayor gozo, mayor bien viviendo como creyentes que esperan en la otra vida, que confían en las manos de Dios.

5.- Oración por los difuntos

El día dos de noviembre celebramos la conmemoración de los fieles difuntos. Ayer estuvimos en el cementerio de aquí, de Antequera, de la parroquia de Santiago Apóstol y estuvimos rezando por todos los fieles difuntos, por los vuestros también; tanto por los que están enterrados allí, como los que no están allí enterrados.

Rezamos por todos los fieles difuntos. Tuvimos una celebración de la Palabra hermosa y esa celebración tenía dos objetivos: primero rezar por los difuntos, que es un obsequio que hacemos a ellos, es un regalo. Cuando uno reza por otro es un regalo que le hace. Cuando rezamos por nuestros familiares, por nuestros enfermos, por nuestros amigos les estamos regalando una oración, es acordarte de ellos, pero es interceder por ellos. Y, en segundo lugar, esa celebración y esa oración por los difuntos es una confesión de fe, un testimonio público de que creemos en la otra vida.

6.- La fe en la vida eterna

El Señor hoy nos invita a que reforcemos nuestra creencia en la otra vida, en la vida eterna que ya se ha hecho presente gracias a la resurrección de Jesucristo.

En la otra vida nos encontramos con la presencia de Dios. Ahora la presencia es sacramental. Nos encontramos con Jesús a través de su palabra, a través del sacramento de la eucaristía, que es sacramento de presencia real de Jesucristo. Cuando atravesemos la puerta de la otra vida, después de la muerte temporal, no nos encontraremos con Jesús de manera sacramental, sino de manera plena. Ya no lo veremos a través de mediaciones, a través de un espejo. Lo veremos cara a cara.

El salmo que hemos cantando dice una frase que es preciosa. El salmista afirma: «Yo con mi apelación vengo a tu presencia» (Sal 16, 15). Hoy hemos venido a la presencia del Señor, a la presencia sacramental. Y continúa diciendo el salmista: «Y al despertar me saciaré de tu semblante» (Sal 16, 15). Al despertar, cuando muera, en la otra vida me encontraré rostro a rostro con el Señor.

Cuando una persona ama a otra, ¿qué es lo que más quiere?, ¿estar lejos?, ¿no verla? ¿Qué es lo que más desea? Estar con ella. Cuando se ama a una persona el mejor regalo es estar con ella, contemplarla, hablar.

Nosotros, como el salmista, cuando despertemos de la dormición de la muerte temporal nos encontraremos delante del rostro que más nos ha amado, el rostro de Cristo, que es el rostro de la misericordia de Dios, el rostro del amor de Dios. Entonces nos saciaremos, es decir, gozaremos de estar con Él para siempre.

«Y al despertar me saciaré de tu semblante» (Sal 16, 15). Esta frase podemos hacerla oración nuestra, porque nos ayudará a vivir mejor aquí, esperando ese encuentro definitivo, final, de presencia plena del Señor.

7.- Dios de vivos

Las lecturas de hoy nos dicen al final tres características sobre Dios. Dios no es un Dios de muertos, es un Dios de vivos. Por tanto, Dios es el Dios de la vida. De la vida porque resucita muertos, porque vive, porque Cristo venció a la muerte y resucitó.

En el evangelio se nos ha presentado el diálogo de los saduceos con Jesús sobre el caso de una mujer que se casó con los siete hermanos para dar descendencia, según la ley del levirato, pues la ley pedía que se diera descendencia a la mujer; de modo que si no le daba hijos el primer hermano tenía que ser el segundo y así sucesivamente (cf. Lc 20, 29-31).

Al final, ¿qué se pretende? Se pretende proyectar la vida, se pretende prolongarla.

Dios es un Dios de vivos, Dios es el Dios de la vida, que no se queda ni en la muerte ni en el pecado, que resucitó y nos resucita con Él.

8. Dios de la alegría y de la esperanza

Otra característica de Dios es que es el Dios de la alegría, porque si vence la muerte y vence el pecado, vence la razón de la tristeza del hombre. ¿Por qué lloramos fundamentalmente? Por la enfermedad, por la muerte de seres queridos, por las situaciones que nos producen dolor. Aunque a veces decimos que también se llora de alegría, pero eso es más bien unas risas.

Dios es el Dios de la alegría que ha trasformado nuestra existencia y nos ha llenado de su paz y de su alegría.

Además, Dios es el Dios de la esperanza. El cristiano tiene que vivir de la esperanza, porque si Dios ha resucitado a Jesús también nosotros seremos resucitados con Él.

Si se cree en la resurrección las tareas del mundo encuentran un nuevo sentido, porque están encaminadas a hacer presente el Reino de Dios en la tierra. Las tareas se hacen más ligeras, el fardo que nos toca llevar del trabajo, los sufrimientos, los dolores, la enfermedad, la muerte temporal se hace llevadero sabiendo que eso se quedará aquí, desaparecerá y seguiremos viviendo de una manera plena, luminosa, glorificada, resucitada.

9.- La Visita pastoral

Queridos fieles, la visita pastoral pretende que revisemos cómo vivimos la fe, cómo sabemos celebrarla, cómo profundizamos en la verdad revelada y cómo somos testigos en la sociedad de esta fe que celebramos aquí.

Esa es la doble pregunta que haremos después en la asamblea: ¿Cómo celebramos la fe y cómo somos testigos de la misma en esta sociedad que no es cristiana; que es pagana y está alejada de Dios? Los cristianos somos necesarios para poner un poco de luz en esta oscura sociedad, para poner un poco más de sabor. El Señor nos dijo que somos luz y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16). Hemos de poner sabor a esta vida, de lo contrario es muy amarga; poner felicidad y gozo a esta vida, si no es muy dolorosa.

Sois hombres y mujeres de Dios; sois hombres y mujeres de esperanza. La sociedad nos está pidiendo que le demos la esperanza que necesita. Si no hubiera cristianos estoy convencido que nuestra sociedad sería muchísimo peor.

Ánimo pues, y a vivir la fe con alegría, con esperanza y a ser transmisores de la misma. A ser testigos de esa resurrección a la que el Señor nos llama. Que así sea.

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