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La Virgen María hizo la Voluntad de Dios

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Homilía de D. José María, arzobispo coadjutor, en la Eucaristía en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, celebrada el 8 de diciembre de 2022, en la S.I Catedral. En la Eucaristía se celebró el 75 aniversario de la llegada salesiana a Granada.

Queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos tres miembros de la comunidad salesiana de Granada;
queridos hermanos y hermanas en el Señor, especialmente a quienes os hacéis presentes en esta Solemnidad en nuestra Catedral, en el corazón de la Diócesis, para dar gracias a Dios por la presencia salesiana de 75 años ya en nuestra ciudad de Granada:

Con esta devoción a María Auxiliadora, tan querida por Don Bosco, tan llevada en las entrañas del apostolado salesiano por todo el mundo, de tal manera que donde hay una presencia salesiana, hay una presencia de María especial, de sus llamadas, de sus colegios, de sus obras sociales. Y en nosotros, 75 años, desde que en 1946 vinieron los primeros salesianos y vienen en esta vocación de María Auxiliadora, el pueblo cristiano. Cuánto nos debemos a María. Siempre está. Auxilio de los cristianos la llamamos en la letanía del Santo Rosario. Auxilio nuestro. Con esta vocación concluimos en esta celebración, en la Solemnidad de la Inmaculada, estas fiestas. Ellos han hecho un aporte más mariano a lo que es ya de por sí es una impronta de Granada. Su cariño a la Virgen, y especialmente esta ciudad. Esta diócesis es la diócesis de la Inmaculada Concepción. El triunfo expresa ese reconocimiento, pero no como algo pasado, simplemente, sino como un tributo del pueblo cristiano a uno de los privilegios que adornan a Nuestra Señora y que la Iglesia reconoció oficialmente en 1854, cuando el Papa Pío IX proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción, por el cual, lo que ya el pueblo cristiano había creído desde sus inicios, y el pueblo de Granada de manera especial, que la Virgen desde el momento de su concepción estaba limpia de todo pecado.

Hemos escuchado la Palabra de Dios. Por una parte, esas dos escenas esenciales: la historia de la Salvación. La primera nos muestra con ese lenguaje del Libro del Génesis, tan bello, pero, al mismo tiempo, tan enigmático; tan sencillo, pero, al mismo tiempo, tan sublime, nos muestra el primer pecado de la humanidad, que, en el fondo, es un apartamiento, un querer suplantar a Dios. Cuando se rompe esa prohibición de Dios al hombre creado en ese estado original de felicidad y de amistad con Dios, rompe esa alianza pretendiendo ser como Dios a instigación del demonio. Y, ¿qué hace Dios? Ciertamente, hay un castigo. Ese pecado lo arrastramos todos. Es el pecado original, originante, con el que nacemos los desterrados hijos de Eva. Pero ya desde los inicios, Dios abre la puerta a la esperanza. Nos abre la puerta el Mesías, el enviado por Dios, el Hijo de Dios. Y en este tiempo de Adviento, qué bien lo recordamos animando la esperanza que movió a todo el pueblo de Israel, en esa espera en la historia, esperando al Mesías, al Salvador, Aquél que nos quita el pecado del mundo, el Cordero de Dios, como soñaba Juan el Bautista, el que carga sobre Sí nuestras culpas, siendo Él el inocente, el Hijo de Dios. Pero hay una mujer también protagonista. Los padres de la Iglesia dicen que el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por una mujer, por María, con su obediencia. María es la nueva Eva. Así nos la muestra el evangelista San Juan con palabras del propio Jesús cuando la llama “mujer”, tanto en las bodas de Caná como cuando nos la entrega en la cruz como madre: “Mujer”.

Ella es la mujer nueva, la creyente que acepta la Palabra de Dios, el designio de Dios sobre su vida y sobre la historia. Ella es la que pisa la cabeza del Maligno. Ella es la nueva Eva. Y de ella, también, de su limpieza participamos todos. También porque participamos de la Redención de Cristo, que a nosotros se nos aplica después del Misterio de la Cruz, a través del ministerio de la Iglesia en el Sacramento del Bautismo, incorporándonos a Cristo, haciéndonos también poseedores de esa bendición que relata San Pablo en la Carta a los Efesios, ese himno tan precioso que hemos escuchado en la Segunda Lectura: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en la persona de Cristo nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Nos eligió antes de la constitución del mundo, para que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor. Cristo nos ha salvado y María anticipa Su salvación en previsión de los méritos de Cristo, Su Hijo, al que llevó en sus purísimas entrañas. Cuando miramos a María, no sólo hemos de verla como la limpia de todo pecado, sino como la llena de santidad, la llena de Gracia, como la saludó al Ángel, aquélla que hace la Voluntad de Dios. Por eso nosotros, que nos unimos, queridos amigos, a aquella mujer que en el Evangelio le sale al paso Jesús y le dice: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”, Jesús dice: “Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. María es grande porque es la Madre de Dios. Y porque iba a ser la Madre de Dios, fue preservada de todo pecado, es inmaculada. Y porque es la Madre de Dios, es virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Porque es la Madre de Dios. Está asunta a los cielos en cuerpo y alma, y no podía conocer la corrupción del sepulcro, la que lleva, la que llevó en sus purísimas entrañas al autor de la vida. Pero María, sobre todo, es todo eso, porque hizo lo que Dios Le pidió, porque hizo la Voluntad de Dios.

Queridos hermanos, ahí sí podemos imitar a la Virgen. No en su pureza, no en su limpieza. “Dios libró del lobo a nuestra cordera”, canta la vieja cantiga castellana. ¿En qué podemos imitarla? En hacer lo que Dios nos pide. Y por eso estamos a los pies de María. Y porque hizo lo que Dios Le pedía, aceptó la Encarnación del Verbo en sus purísimas entrañas. Por eso, es la Madre de Dios. Los Padres de la Iglesia dicen que María concibió a Cristo antes por la fe que en sus purísimas entrañas aceptó el designio de Dios. Y Jesús nos dice: “No todo el que dice ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre, ése entrará”. Y Jesús mismo nos ha dicho de Sí mismo que su alimento es hacer la Voluntad del Padre y llevar a cabo Su obra. Y nos ha puesto en el Evangelio, cuando nos enseña el Padrenuestro, esa petición “hágase Tu voluntad en la tierra como en el Cielo”. Luego, queridos hermanos, ahí está el camino de la santidad a la que estamos llamados todos por nuestra condición de bautizados. La santidad no es para unos pocos. El Concilio Vaticano II nos ha recordado que todos estamos llamados a ser santos, a imitar a María, y podemos imitarla en nuestras condiciones de vida ordinaria, en el trabajo, en la vida de familia, en la vocación que cada uno desarrolla en la Iglesia, en nuestras relaciones con los demás. Porque nuestra vida está “cristificada”, ya está bendecida por Dios por la Redención de Cristo. Hemos pasado de la muerte a la vida. Hemos resucitado con Cristo a la vida de la gracia que un día llegaremos a la plenitud a la que ya nos ha precedido Cristo, nuestra Cabeza. Y está María junto a Él, por su Asunción.

Y la Voluntad de Dios, ¿cómo la sabemos? Pues, lo tenemos en sus Mandamientos. Nosotros también somos depositarios de ese mandato del Señor a poner la primacía de Dios por encima de todo nuestra vida. En cambio, cuando dejamos a Dios a un lado, cuando nos dejamos llevar por el secularismo que nos invade, cuando Dios se convierte en un “sin papeles” en nuestra vida, en algo marginal, sólo para casos de emergencia, o cuando van las cosas mal, cuando desacralizamos nuestra existencia de creyentes, de cristianos, de otros cristos, nuestra vida pierde el sentido original, aquel sentido original que encarna María con la Gracia, aquel sentido original que nace de la Redención de Cristo. Estropeamos nuestra vida cristiana. El pecado vuelve a aparecer en nuestra existencia en múltiples formas y en nuestra sociedad como manifestación de la maldad de los seres humanos. En la violencia, en los egoísmos, en la corrupción, en la falta de paz, en los enfrentamientos, en la desunión. Vuelve a aparecer en tantas y tantas lacras que afean nuestro mundo. Ese mundo bueno, querido por Dios desde sus comienzos, como nos relata el propio Libro del Génesis: “Vio Dios que esto era bueno”. María nos recuerda que estamos llamados a la santidad; que estamos llamados a vivir como cristianos de verdad, de cuerpo entero, a dejar a un lado esa modalidad de cristianismo ramplón, esa modalidad de cristianismo de creyente y no practicante, o sólo en caso de emergencia, cuando van las cosas mal y entonces “nos acordamos de santa Bárbara cuando truena”, como dice el dicho popular.

Volvamos a la santidad. Seamos santos. “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo”. Los santos, nuestros amigos, nos enseñan que la santidad es la primera. Los profetas, apóstoles en el Evangelio, nos muestran que ellos también estaban cargados de defectos, que no los niega el texto sagrado, y ellos fueron capaces de seguir a Jesús. ¿Por qué nosotros no? Fijémonos en esa santidad de la puerta de al lado que llama el Papa Francisco. Pidamos como Dios nos pide. Pongamos en práctica sus mandamientos y, si queréis, que ese resumen de los mandamientos, que es el amor a Dios y el amor al prójimo, vivamos una vida cristiana, de oración, de frecuencia sacramental, de acercamiento al perdón de Dios para limpiar nuestras manchas. No nos quedemos en un cristianismo externo, en un cristianismo de sólo de procesión. Llevemos la procesión por dentro. Vivamos un cristianismo que se note en la sociedad, cambiándola, haciéndola mejor, no viviendo un cristianismo privado, tan privado que no nos atrevemos a imponernos a nosotros mismo. Seamos respetuosos y exquisitos con las conciencias y las convicciones de los demás, pero sin renunciar a las propias; sin dejarnos llevar de una pasividad o de un cristianismo de cruzamiento de brazos ante el diseño de una sociedad que no tiene nada que ver con el proyecto de Dios y mucho menos con esa plenitud del proyecto de Dios que nos trae Cristo, que le dice al hombre lo que debe ser el hombre, qué es la vocación suprema del hombre. Seamos cristianos de verdad.

Que esta fiesta de la Inmaculada nos espolee y nos lleve a sacudir de nosotros todo lo que nos aparta de Dios y de los demás, y hacer el propósito de vivir como hijos e hijas de Dios. Nosotros, que le rezamos a Santa María, “ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Nosotros, que le pedimos a Ella que nos haga dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo. Nosotros que le decimos a Ella, de verdad, “muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre”.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo coadjutor

8 de diciembre de 2022
S.I Catedral de Granada

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Juan Yersin Méndez, nuevo diácono para la diócesis de Córdoba

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Juan Yersin Méndez, nuevo diácono para la diócesis de Córdoba

Monseñor Demetrio Fernández, preside la ordenación diaconal de este seminarista del Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater “San Juan de Ávila” en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

El Obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, ha presidido en la Santa Iglesia Catedral la misa pontifical en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María y ha ordenado diácono a Juan Yersin Méndez Ozuna, formado durante nueve años en el Seminario Diocesano Misionero Redepmtoris Mater “San Juan de Ávila”.

En el día de la Inmaculada Concepción de María, el Obispo ha invitado a la alegría al contemplar el rostro de la Virgen, “a la que Dios le ha concedido todas las gracias” y ha explicado que lo que vemos en María es lo que Dios “nos quiere dar a nosotros, pecadores, según la medida de Cristo”. Mirarla es sentirla cerca, porque es madre, ha continuado el Obispo, y esta cercanía “en Ella se convierte en esperanza y promesa para nosotros”. Monseñor Demetrio Fernández ha llamado a la obediencia, al modo de la Virgen María, porque “todos los pecados vienen por desobediencia” y “la redención del mundo se hará por el camino de la de la obediencia, que lleva a la cruz”, ha dicho durante su alocución.

Durante la homilía, el obispo de Córdoba ha felicitado al Seminario Diocesano Misionero “San Juan de Ávila” en el vigésimo quinto aniversario de su creación que ha dado como fruto la ordenación de veintinueve presbíteros, diez de ellos en misión por el mundo. Al nuevo ordenado en el grado diaconal, el Obispo se ha dirigido asegurando que este “sí” al Señor y a la Iglesia implica una “expropiación” y una entrega que “no brota de una decisión personal; brota de un atractivo de Jesucristo, que se presenta en nuestra vida con una fuerza capaz de enamorar”.

Sacerdotes, formadores, familiares, amigos y fieles se han unido a esta celebración para acompañar al joven, natural de Santo Domingo, en el día en que ha recibido el primer grado del orden sacerdotal, un momento para el Camino Neocatecumenal lleno de alegría, por el inicio, también, de la causa de beatificación de Carmen Hernández, su fundadora junto a Kiko Argüello, que, en palabras del Obispo de Córdoba, fue cristiana con “una gran estima por la Escritura, por la centralidad de la eucaristía y con un gran apasionamiento por la misión”

Por su parte, Juan Yersin ha vivido este día como un regalo de Dios, rodeado de su comunidad que lo ha acompañado durante todo este tiempo en el que ha podido “abandonarse a la mano de Dios” y entregar su vida al servicio de Dios y de su Iglesia.
Sus años de formación y, especialmente los que ha vivido en misión, le han permitido salir de una profunda timidez y comprobar que había una persona que lo quería por encima de todas sus debilidades, Dios. Hoy ha dado un paso más en su vocación convirtiéndose en el nuevo diácono de la diócesis de Córdoba. “Es un ministerio que Dios me regala y es un servicio en el que el Señor me invita a entregarme totalmente a Él y a su Iglesia”.

 














































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Mons. Saiz: “Tener por madre a María Inmaculada es un don inmenso”

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Mons. Saiz: “Tener por madre a María Inmaculada es un don inmenso”

La Catedral de Sevilla acogió un año más la celebración de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, “la fiesta de Adviento por excelencia”, expresó monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo hispalense, durante su homilía.

A la ceremonia asistieron sacerdotes, miembros del Cabildo Metropolitano, de la vida consagrada, de la Asociación de la Virgen de los Reyes y San Fernando, hermanos y hermanas del pueblo de Dios.

“Después del pecado original – reflexionó mons. Saiz – Dios se dirige a la serpiente, que representa a Satanás, la maldice y añade una promesa: Pongo hostilidad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia: esta te aplastará la cabeza cuando tu la hieras en el talón”.

María, nueva Eva

En esta línea, “tener por madre a María Inmaculada es un don inmenso, que Jesús nos hace desde la cruz, una inmensa alegría.  Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión del mal, podemos dirigirnos a ella, y nuestro corazón recibe luz y consuelo”.  Incluso, añadió “en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos sus hijos y que las raíces de nuestra existencia se hunden en la gracia infinita de Dios”.

Don José Ángel ha referido que “María es la nueva Eva, la verdadera madre de todos los vivientes, de quienes por la fe en Cristo reciben la vida eterna”.

Por tanto, “también a nosotros se nos ha otorgado la «plenitud de la gracia» que debe resplandecer en nuestra vida, porque el Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, nos eligió para que fuésemos santos e intachables, y nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos”.

De esta manera, “esta filiación la recibimos por medio de la Iglesia, en el día del Bautismo. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e irreprochables en el amor, a imagen de Dios”.

Finalmente, el arzobispo de Sevilla exhortó a dar gracias a Dios por este signo maravilloso de su bondad, “encomendemos a la Virgen Inmaculada a cada uno de nosotros, a nuestras familias y comunidades, a toda la Iglesia y al mundo entero”.

 

 

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Homilía de Mons. José Ángel Saiz Meneses. Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8-12-2022)

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El 8 de diciembre celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Es la fiesta de Adviento por excelencia. Los textos bíblicos de la liturgia de hoy nos presentan tres momentos de la historia de la Salvación: el pecado original, en el libro del Génesis; el relato de la Anunciación del Evangelio de san Lucas; y la llamada a la santidad, en la carta de san pablo a los Efesios.

Después del pecado original, Dios se dirige a la serpiente, que representa a Satanás, la maldice y añade una promesa: “Pongo hostilidad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia: esta te aplastará la cabeza cuando ti la hieras en el talón”. Es el anuncio de un resarcimiento: En los primeros momentos de la creación parece que prevalece Satanás, pero vendrá un hijo de mujer que le aplastará la cabeza. Así, mediante el linaje de la mujer, Dios mismo vencerá, el bien vencerá. Esa mujer es la Virgen María, de la que nació Jesucristo que, con su sacrificio, derrotó de una vez para siempre al antiguo tentador. Por esto, en numerosas pinturas o estatuas de la Inmaculada, se la representa aplastando a una serpiente con el pie.

El evangelista san Lucas, por su parte, nos muestra a la Virgen María recibiendo el anuncio del mensajero celestial. Aparece como la humilde y auténtica hija de Israel, en la que Dios quiere poner su morada, de la que debe nacer el Mesías. Dios quiere hacer renacer a su pueblo, como un nuevo árbol que extenderá sus ramas por el mundo entero, ofreciendo a todos los hombres frutos buenos de salvación. A diferencia de Adán y Eva, María obedece a la voluntad del Señor, con todo su ser pronuncia un “sí” generoso, que compromete toda su vida, se pone plenamente a disposición del designio divino. Ella es la nueva Eva, la verdadera “madre de todos los vivientes”, de quienes por la fe en Cristo reciben la vida eterna.

También a nosotros se nos ha otorgado la «plenitud de la gracia» que debe resplandecer en nuestra vida, porque el Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, nos eligió para que fuésemos santos e intachables, y nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos (cf. Ef 1, 3-5). Esta filiación la recibimos por medio de la Iglesia, en el día del Bautismo. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e irreprochables en el amor, a imagen de Dios.

Queridos hermanos: tener por madre a María Inmaculada es un don inmenso, que Jesús nos hace desde la cruz, una inmensa alegría. Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión del mal, podemos dirigirnos a ella, y nuestro corazón recibe luz y consuelo. Incluso en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos sus hijos y que las raíces de nuestra existencia se hunden en la gracia infinita de Dios. La Iglesia misma, aunque está expuesta a las influencias negativas del mundo, encuentra siempre en ella la estrella para orientarse y seguir la ruta que le ha indicado Cristo.

Demos gracias a Dios por este signo maravilloso de su bondad, encomendemos a la Virgen Inmaculada a cada uno de nosotros, a nuestras familias y comunidades, a toda la Iglesia y al mundo entero.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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YO ESTOY MUY CAPACITADO PARA NO HACER NADA

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“Yo estoy muy capacitado para no hacer nada. No soy de esas personas que dicen que necesitan estar ocupadas para realizarse”, afirmaba hace unos años el genial actor Fernando Fernán Gómez. Y me pareció, en cierta manera, revolucionario. Sacar el máximo rendimiento a cada día, no desaprovechar ningún minuto porque solo se vive una vez y hay que exprimir la vida hasta el final, es el discurso dominante de esta sociedad caracterizada por la “dictadura del hacer”.

¿Qué somos? ¿Lo que hacemos? ¿Lo que se ve? Es cierto que el trabajo, el cuidado, el servicio, la entrega a los demás realiza y aporta, pero también somos “valiosos” cuando estamos en la retaguardia, cuando rezamos, cuando callamos, cuando nos aburrimos. Una abuela que va a recoger todos los días al nieto al colegio es tan valiosa como aquella que los tiene a 1000 km de distancia y todos los días se acuerda de ellos y reza para que estén bien. Recuerdo que, durante mi larguísima formación previa a ordenarme sacerdote, me preguntaban insistentemente: “¿Cuándo vas a cantar misa?” Y ahora, con mirada retrospectiva, me doy cuenta de que era tan valioso cuando echaba horas en la biblioteca o estaba en silencio en la capilla, que cuando celebro la misa o escribo estos artículos.

Hemos convertido el “no hacer” en signo de fracaso, de pereza, de ser unos vagos. Y a partir de ahí se nos ha invitado a acumular. Acumular compromisos, viajes, planes. Acumular para tapar quizás una realidad que nos cuesta trabajo mirar de frente: no somos tan imprescindibles como creemos. No todo depende de mis obras, de mis acciones. Incluso me atrevería a afirmar que podemos caer en un cierto narcisismo. A lo mejor, tendremos que aprender no solo a HACER, sino a DEJARSE HACER.

En la historia del cristianismo se nos ha invitado permanentemente a convertirnos, a hacer obras buenas, a comprometernos. Esto ya lo hacía Juan el Bautista y lo recordamos en estos domingos de Adviento. Y está bien. Pero a mí me seduce más esa otra lógica: la lógica del DON, del dejarse hacer, del dejarse querer. El resultado de tanto amor recibido será devolver a Dios y a los demás ese amor en forma de obras y palabras bonitas. Pero el orden de los factores es importante en esta ecuación. “Para que Dios me quiera, tengo que convertirme” (modo Antiguo Testamento) versus “Me quiere, me regala tanto que no tengo más remedio que comprometerme con el Reino” (modo Jesús de Nazaret).

En una sociedad (y una iglesia) que nos atiborra de estímulos, de tareas, de planes, proyectos, cursos… lo revolucionario es el descanso, el aburrimiento. Hay que reconocer que no se puede con todo ni con todos. Que muchas veces somos valiosos en la retaguardia. Y que eso no nos hace más perezosos ni más inútiles. Solo nos hace más humanos, más necesitados de ayuda. Más conscientes de que no somos superhéroes, ni falta que nos hace.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Los jóvenes de la Diócesis rezan a la Virgen Inmaculada

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En la víspera de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, celebraron una Vigilia de oración en la Santa Iglesia Catedral

Los jóvenes de la diócesis de Córdoba, convocados por la Delegación diocesana de Juventud y la Pastoral Vocacional de la Diócesis, han protagonizado un año más la Vigilia de la Inmaculada en la Santa Iglesia Catedral.

Como antesala a esta celebración, partieron en procesión desde la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos (La Compañía) con la imagen de la Inmaculada Concepción de las religiosas Carmelitas rumbo al templo principal de la Diócesis donde los esperaba el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, para celebrar la solemne Vigilia.








































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Nace la nueva humanidad, cuyo modelo y prototipo es la Virgen María

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El obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, presidió la Eucaristía en la Catedral de Málaga con motivo de la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En su homilía, el prelado disertó sobre la madre de Jesús como prototipo de la nueva humanidad.

Profundizando en la primera lectura de la Misa, perteneciente al libro del Génesis, Mons. Catalá recordó que «Si por Eva entró el pecado en el mundo, por María Inmaculada nos llega la salvación. La Virgen María, sin mancha ni pecado, es prototipo de la nueva humanidad redimida». Y explicó que «el pecado original esclavizó a nuestros primeros padres y a toda su descendencia, también a nosotros; pero Dios anuncia su liberación mediante la descendencia de la mujer. El vástago que nacerá será Cristo Salvador y la Mujer será la Virgen Inmaculada».

Hombres nuevos

«La Virgen Inmaculada –afirmó Mons. Catalá– es la primicia de nuestra naturaleza salvada y de nuestra redención, que anuncia la plena reparación del género humano; somos regenerados por la gracia; somos hombres nuevos con María». Asimismo, reflexionó sobre el mensaje que nos trae esta fiesta: «La humanidad ha sido creada bella por Dios; pero el pecado ha emborronado la belleza del ser humano. Y Cristo, con su muerte y resurrección, vuelve a darnos la hermosura perdida. ¡Alegrémonos! La Virgen María, la “llena de gracia”, obtuvo por gracia la belleza sin par; y todos los demás estamos llamados a la regeneración, al re-embellecimiento».

En esta misma celebración litúrgica, recibieron los ministerios de lector y acólito un grupo de siete seminaristas a quienes recordó que: «Vuestro ministerio de proclamar la Palabra de Dios (lector) y ayudar en la liturgia, sobre todo eucarística (acólito), debéis ejercerlo desde el corazón, leyendo la Palabra de Dios, acogiéndola en vuestro corazón, meditándola con sabiduría y proclamándola con sinceridad y coherencia. De ese modo podréis contribuir a la renovación de la humanidad, a ejemplo de la Virgen Inmaculada».

Lee aquí la homilía completa.

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Homilía de monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Vigilia de la Inmaculada (07-12-2022)

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En el Evangelio que hemos escuchado contemplamos la visitación de María a su prima Isabel y el canto del Magníficat. María se levanta, se pone en camino y va con decisión a la montaña, a la casa de Zacarías e Isabel. En este episodio de su vida descubrimos un ejemplo luminoso para nuestro camino de peregrinos y apóstoles. El viaje de María es un viaje misionero por el que sale de sí misma, de su casa, de sus seguridades, de su entorno y va más allá. Ahí está la clave también de nuestra vida de cristianos y de apóstoles: una existencia que debe trascender, proyectarse hacia fuera, más allá de nosotros, siempre en salida, en peregrinación y testimonio.

El ángel le había anunciado que Isabel esperaba un hijo y que ya estaba en el sexto mes de embarazo. María va a su casa y permanece con ella para ofrecerle toda la ayuda que pueda necesitar. Su vida consistirá en una entrega generosa a la voluntad de Dios y también de servicio al prójimo. Pero el mayor servicio de María consistirá en llevar y ofrecer a Jesús mismo; y ésta ha de ser la clave, el corazón de nuestra misión evangelizadora. Y cuando se comunica a Jesús y tiene lugar el encuentro con él, el corazón se llena de alegría. Por eso nota Isabel que el niño salta de gozo en su seno. Es la alegría de la salvación que se percibe desde las primeras páginas del Evangelio.

 María responde al saludo de Isabel entonando el Magníficat, el canto de los “pobres de Yahvé”, los humildes de corazón que rechazan la tentación del orgullo, de la riqueza y del poder. Los primeros versículos se refieren a experiencias vividas por ella misma: proclama que el Señor ha hecho obras grandes, celebra que Dios ha irrumpido en su existencia convirtiéndola en la Madre del Señor, expresa la alabanza, la acción de gracias y la alegría, fruto de la gratitud. Con esta alabanza representa a todos los creyentes que han experimentado la misericordia de Dios. Ella es consciente de que tiene una misión que desempeñar y de que su historia personal se inserta en la historia de la salvación, porque la misericordia del Señor llega a sus fieles de generación en generación.

 En un segundo momento se refiere a la acción de Dios en favor de Israel en el pasado y en el futuro, e indica siete acciones que el Señor realiza de modo permanente en la historia: Hace proezas, dispersa a los soberbios, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, despide vacíos a los ricos y auxilia a Israel. El Señor viene en auxilio de los pobres y los pequeños, desconcertando a los ricos y los poderosos del mundo y colma de bienes a los humildes. Su fuerza se revela en favor de los pequeños y sencillos de corazón. María reconoce la grandeza de Dios. Éste es el primer sentimiento de la fe, que da seguridad a la criatura humana y la libera del miedo, incluso en medio de las encrucijadas más difíciles de la historia.

“Como María, hemos de proclamar nuestro propio Magníficat. Como ella hemos de contemplar la obra de Dios en la historia con los ojos de la fe. Dios cuidó de Israel su siervo y cuidó de María su sierva, y también cuida de la Iglesia y de cada uno de nosotros a pesar de las dificultades y problemas que podamos tener a lo largo de la vida. La Iglesia, en medio de los avatares de la historia repite con María las palabras del Magníficat y también se ve confortada con la gracia de Dios, con la fuerza del Espíritu, para llevar a cabo su misión, para iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia (cf. LG 1)”.

Hoy muchas personas viven de espaldas a Dios, viven como si Dios no existiera. ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Cruzarnos de brazos? ¿Vivir con resignación, entre la nostalgia y el temor a las dificultades? ¿O pedirle a Dios el auxilio de su gracia para anunciar con nuestras vidas que Jesús ha resucitado? Los jóvenes de la archidiócesis de Sevilla optamos por levantarnos, por ponernos en camino y evangelizar sin temor, con coraje y libertad de espíritu; y anunciamos con gozo y sin complejos que Jesús es el único que da sentido pleno a nuestra vida.

Conocemos a muchas personas que están sedientas de felicidad, de trascendencia, de Dios, y sabemos que Jesús sigue ofreciéndoles la fe y el amor que saciará su sed. Del encuentro personal con Él surge una nueva vida que lleva a recibirlo como Salvador. La evangelización no es un conjunto de técnicas, de acciones o de estrategias, es una propuesta, un anuncio explícito de Jesús a través de la palabra valiente y el testimonio de vida que provoca la conversión de la persona que después entrará en contacto con la comunidad cristiana y se integrará en ella.

Es la hora de dar gracias a Dios por todo el amor que ha derramado sobre nosotros y de seguir correspondiendo con generosidad de hijos. Cristo cuenta con nosotros, nos ha elegido, nos llama por nuestro nombre, nos envía a dar un fruto abundante y duradero. El Espíritu Santo nos ayuda a vivir en comunión, en el amor, a aspirar a la santidad. María Inmaculada nos guía en el camino como una familia unida.

Queridos jóvenes de Sevilla: Hoy escuchamos la voz del Señor, que nos dice: “Joven, te digo, levántate”. Más que nunca la Iglesia y el mundo os necesitan. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan escuchar el anuncio del amor de Dios, la llamada a una vida nueva. La Iglesia cuenta con vosotros para renovar, para fermentar de Evangelio los ambientes con vuestro testimonio de palabra y de vida. Como dice el nuevo Plan Pastoral Diocesano: ¡Duc in altum! Mar adentro, sin miedo. En la tierra de María Santísima, de su mano de la Madre, en tiempo de gracia y salvación de Dios, en camino hacia la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa. Así sea.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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Iglesia en Jaén 682: «Virgen de la Cabeza: Madre de los humildes, consuelo de los que sufren»

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CARTA DE NUESTRO OBISPO
Carta Pastoral de Adviento. «Dios visitará a su pueblo».

ACTUALIDAD DE LA IGLESIA DIOCESANA
En el repaso a la actualidad que se produce en la Diócesis podrán leer noticias como: Constituido el nuevo Consejo del Presbiterio; juran sus cargos, ante el Obispo, los miembros del Tribunal Eclesiástico; o la Diócesis celebra la XXXVII Jornada Mundial del Joven, con su tradicional PEJ.

TAMBIÉN FUE NOTICIA…
50 jiennenses en el III Congreso de profesores de Religión.

ESTE MES HABLAMOS DE…
Dos semanas de gracia, bajo el manto de la Virgen de la Cabeza.

FAO
En este número se recoge un artículo de Fernando Chica Arellano, Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, IFAD y PMA: «Una sana provocación».

CARIDAD ES AMOR
En estas páginas se puede leer, entre otras, una información sobre el dispositivo para la atención a los temporeros.

SEMINARIO DIOCESANO
En esta sección se recoge dos crónicas, una sobre la visita del Nuncio Apostólico al Seminario de Jaén y otra sobre el encuentro de Seminaristas del Sur.

CATEDRAL DE JAÉN
En esta sección se ofrece una noticia sobre la Misa de los sacerdotes difuntos en los últimos dos años y otra sobre la visita a la exposición de la Catedral: “Vandelvira después de Vandelvira”.

AMAR DE COLORES
Se trata de una sección nueva en la que los miembros de Cursillos de Cristiandad de Jaén ofrecen un artículo bajo el título «Llamados a vivir una vida nueva de colores».

OPINIÓN
Diego Javier Cañizares Cano, Licenciado en Teología y Secretario de la Hermandad de la Amargura, ofrece un artículo de opinión: «Cristo reina en su Sagrado Corazón».  

MIGRACIONES
En esta sección se recoge un artículo sobre la sensibilización en Alcalá la Real sobre el acompañamiento desde la Iglesia a las personas migradas.

ATRIO DE LOS GENTILES
Como cada número, D. Juan Jesús Cañete Olmedo, sacerdote y profesor de filosofía, ofrece un artículo que lleva por título «Filosofía y mística III. ¿Dónde queda la profecía».

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Cinco jóvenes serán ordenados diáconos este domingo en Murcia

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A partir del domingo la Iglesia de Cartagena contará con el servicio de cinco nuevos diáconos. Tras varios años de formación intelectual, humana, pastoral y espiritual para poder ejercer este ministerio, Carlos Fabián Cabezas Pincheira, Rebin Zaki Habeeb Khorany, del Seminario Redemptoris Mater; y Andrés Caballero Martínez, Felipe Carmelo Ferreres González y Antonio José Gil Gómez, del Seminario San Fulgencio, recibirán el primer grado del Orden Sagrado.

Estos seminaristas serán ordenados diáconos en la Parroquia San Andrés de Murcia, en la celebración que comenzará a las 17:00 horas y que estará presidida por el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes.

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