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Cuaresma, “un tiempo profundamente bautismal”

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Homilía en la Eucaristía del miércoles de ceniza, con el que e inicia la Cuaresma, celebrada en la Catedral el 22 de febrero de 2023.

Queridos sacerdotes concelebrantes;
querido presidente y miembros de la Federación de Hermandades y Cofradías de Granada;
queridos hermanos y hermanas:

Estamos con esta liturgia, con esta celebración eucarística, comenzando este tiempo santo de la Cuaresma. Este tiempo de preparación para la Pascua. Este tiempo profundamente arraigado en la piedad popular de nuestras gentes, que influye en tantas cosas. También, hasta en lo culinario. Este tiempo que nos hace ponernos a punto cristianamente. Y para eso está. Esos 40 días que recuerda de Jesús en el desierto, esos 40 años del pueblo de Israel, también a través del desierto hacia la patria prometida. Pero, sobre todo, nosotros recordamos nuestro itinerario bautismal.

Es un tiempo profundamente bautismal el tiempo de la Cuaresma. Es el tiempo en que los catecúmenos que se preparan para el Bautismo, ya de adultos jalonadamente a lo largo de los domingos del tiempo de Cuaresma, van asumiendo de manera próxima los compromisos cristianos, manifiestan su confesión de fe, hacen su renuncia a todo lo que suponga la vida anterior, la vida de pecado para vivir la vida en Cristo que reciben en las aguas saludables del Bautismo. Entonces, se le aplican los méritos de la pasión, muerte y resurrección del Señor y somos salvados. Eso que ya se ha producido en nosotros, queridos hermanos, en el momento de nuestro bautismo; que somos cristianos ya con muchos años a las espaldas de vivencia cristiana y que, a lo largo del año, vamos viviendo el Misterio de Cristo a través de la liturgia, y vamos intentando identificarnos con Él y tratar de traducir sus exigencias a nuestra vida concreta.

Empezamos una nueva Cuaresma. Y nosotros tenemos que recordar y actualizar los compromisos bautismales. En definitiva, se nos invita a la conversión, para prepararnos a la Pascua, para que nosotros también experimentemos en las celebraciones pascuales, en la celebración de la Pasión, muerte y Resurrección del Señor, una verdadera vivencia religiosa que nos haga actualizar el Misterio Redentor de Cristo por el que hemos sido salvados y hechos cristianos. Eso no se improvisa, queridos hermanos. Eso no se llega sin más como uno llega a una fiesta, sino que, para los primeros cristianos y también para nosotros, es tan importante la celebración de la Pascua que nos tenemos que preparar y tenemos que preparar quitando de nosotros todo lo que nos aparta de Dios y de los demás. Y necesitamos sacudirnos el polvo del camino o quitar de nosotros todas esas adherencias que el pecado, que el ambiente, que este mundo nuestro de secularismo, muchas veces de superficialidad, ha ido como trayendo sobre nosotros. No vivimos en un mundo aparte. Somos caminantes. Y como dice el Papa, nos contaminamos y necesitamos este tiempo. Pero, para eso, queridos hermanos, necesitamos la conversión; la conversión que es la vuelta a Dios; que es dejar lo que no va conforme a su enseñanza, lo que no va conforme al Evangelio.

Hoy escucharemos al recibir la ceniza, una de las fórmulas es: “Conviértete, cree en el Evangelio”. Es decir, tómate en serio tu vida cristiana. Y para eso tenemos este tiempo, para ponernos a punto, para afinar y enderezar lo que no va bien, para potenciar lo que en nosotros hay de virtud. Pero también necesitamos sacudirnos el pecado de nosotros. Por eso, es un tiempo de conversión. Es un tiempo de conversión para con Dios; para volver y darnos cuenta de que nuestra vida no puede ir por un lado nuestras palabras, nuestras buenas intenciones, y por otra, nuestras obras, nuestra asistencia.

Hoy la Palabra de Dios, en la Primera Lectura, el profeta Joel nos invita a la coherencia de vida, a que el verdadero ayuno está en vivir como Dios nos pide, viviendo y cumpliendo sus mandamientos. Nos invita a una autenticidad que vaya más allá de los signos, que vaya más allá –digamos- del cumplimiento religioso de unas costumbres. Nos invita a una rectitud de vida. Y como el Señor sabe de qué barro estamos hechos, nos invita a la conversión. Y la conversión pasa, en este tiempo de Cuaresma, con una vuelta al Sacramento del Perdón y de la Penitencia, al sacramento de la alegría, donde Dios nos abraza por el ministerio de la Iglesia, donde Jesucristo nos sale al encuentro y nos perdona a través del sacerdote. Necesitamos acudir porque somos pecadores, porque somos necesitados del perdón de Dios. Y mientras no tomemos conciencia de esto, no hay conversión. Seguiremos con una costumbre, un año más, cíclica, y vuelta a empezar el año que viene. Pero el Señor pide de nosotros que esta Cuaresma haya un cambio; que yo sea mejor que hace unos meses; que yo quite lo que tengo que quitar que me impide ser mejor, ser más santo.

En definitiva, este tiempo es un tiempo para volver a la santidad, para tomarnos la santidad en serio. Cada uno mire su vida. Y al mismo tiempo, sabemos que está ofrecida la reconciliación de Dios y que nosotros tenemos que ser para los demás también, pues agentes de reconciliación en este mundo tan dividido, en este mundo tan crispado, tan polarizado unos contra otros. Necesitamos con ese perdón y esa gracia de Dios, nosotros también ofrecer serenidad y paz a nuestra sociedad, empezando por nuestra ciudad, empezando por nuestras familias, porque hemos empezado por nuestra conciencia. Cuando uno tiene esa paz, que nace de vivir como Dios nos pide, esa paz se irradia. Se irradia a la familia, se irradia a los hijos, se irradia entre los esposos, se irradia a los amigos, se irradia en el trabajo, se irradia en la sociedad, en nuestra ciudad. Y cuán necesitados estamos de esta paz y serenidad en nuestro país, en nuestro mundo. Cuando las noticias nos preocupan, cuando se vuelve a hacer planteamientos de guerra y de enfrentamiento, cuando Dios se ha dejado que esté ausente, cuando Él está a nuestro lado permanentemente. Necesitamos volver a Él. Y se nos ofrece la oportunidad en este volver a Dios y vivir una vida cristiana más plena, y se nos pone como un trípode de lo que debemos vivir en la Cuaresma, especialmente.

Más oración. Tenemos que rezar. Quien cree en Dios le reza, quien espera en Dios le reza, quien ama a Dios le trata y le reza. Santa Teresa de Jesús decía que la oración –y mirad que sabía mucho de esto- es tratar muchas veces de amistad con quien sabemos nos ama. Pues, eso es la oración. Y hace tiempo que no lo hacemos. Si a lo mejor vamos todo el día atropellados de un lado a otro y acabamos rendidos, que encontremos un espacio y un tiempo para Dios; que nos sirvamos de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios, que no esté en la estantería, que no nos conformemos con la lectura del domingo en la misa, que ha llegado el martes y ya no nos acordamos, sino que la Biblia, el Evangelio, cada día, podamos leer un rato. Y así, conoceremos más a Jesucristo para tratarlo más y para darlo a conocer mejor.

La oración, el ayuno. El ayuno no sólo es material de los alimentos. El ayuno también de tantas cosas que nos estorban, o en las que hemos puesto el corazón, o estamos todo el día en los móviles, o estamos que no atendemos a las personas. Cada uno sabe de qué tiene que privarse, que le cueste. Y ese ayuno ofrecido al Señor nos llevará a ser generosos también con los hermanos, porque la religión pura tiene presente a Dios, pero tiene presente al hermano. Cómo nos dice la Sagrada Escritura, quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso; cómo va a amar a Dios a quien no ve si no ama a su hermano a quien ve. Luego el cristianismo nos lleva necesariamente…, aquí nuestro distintivo, el del amor fraterno, nos dé esa autenticidad; y en la oración, el ayuno, la limosna, la caridad. En definitiva, vivamos ese tiempo así, con la escucha de su Palabra, con esa oración compartida, también en comunidad, y con esa caridad que se manifiesta en gestos, empezando por la familia, echando una mano, saliendo al paso, teniendo más tiempo para escuchar, siendo generoso, la limosna, con quien lo necesita, dando nuestro tiempo a quien están deseando que nos paremos un poco, que no vayamos con la bandera de taxi bajada en nuestro corazón y nadie pueda… nada más que vivimos para nosotros mismos. Que vivamos este tiempo así y veréis cómo la Cuaresma irá impregnando.

Tenemos un signo sencillo de la ceniza. También se nos dice: “Acuérdate que eres bueno y al polvo volverás”. Esta experiencia de la ceniza que vemos y se derrama sobre nuestras cabezas el miércoles es señal de penitencia. De una penitencia que tiene que ser después de vida, pero, al mismo tiempo, es señal de nuestra fragilidad. Cuando uno contempla en un envase embellecido la ceniza de un ser querido, uno se da cuenta de que es poca cosa. Uno se da cuenta de que tiene que poner el corazón en cosas que merezcan la pena, de ponerlo en Dios y en los demás y no sólo en lo material. Como dice el Papa, no nos llevamos nada. Nunca he visto detrás de un coche fúnebre, un camión de la mudanza. Necesitamos darnos cuenta de nuestra pequeñez. Y vaya si nos ha servido el covid para darnos cuenta de que somos necesitados de Dios y de los demás.

Queridos amigos, queridos hermanos, vivamos esta Cuaresma porque dará la medida de nuestra vivencia, de nuestra gran Semana Santa de Granada. Preparemos nuestro corazón y veréis cómo es la mejor manera de embellecer la presencia de Cristo y de Santa María entre nosotros.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

22 de febrero de 2023
S.I Catedral de Granada

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Viernes, 24 de febrero

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Dossier de prensa diario elaborado por la Delegación diocesana de Medios de Comunicación Social de la diócesis de Córdoba.

20230224 Dossier de prensa

La entrada Viernes, 24 de febrero apareció primero en Diócesis de Córdoba. Ver este artículo en la web de la diócesis

Corregir el rumbo, conversión

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No vamos bien. Por este camino vamos a la ruina de la persona y de la sociedad. Sin detenernos a describir todo lo que va mal (guerras, nuevas leyes, costumbres, persecución de los cristianos, etc.), entremos en nuestro corazón y veamos que también nuestra vida necesita un cambio de rumbo, una conversión. A eso viene la Cuaresma, a ofrecernos una nueva oportunidad de cambio. Pero el cambio debe ser profundo, se trata de un cambio del corazón.

El horizonte de la cuaresma es la Pascua, donde la fuerza del Espíritu Santo es más potente que todas las debilidades humanas. Ese Espíritu Santo ha sido derramado en virtud de la ofrenda redentora de Cristo: de su costado salió sangre y agua. Sangre redentora que inunda el mundo entero. Sangre derramada para el perdón de los pecados. Sin derramamiento de sangre no hay redención. Todas las fuerzas del mal cayeron sobre él, sobre Jesucristo, y él las venció con una dosis abundante de amor, porque llevaba en su corazón el Espíritu Santo, que desde la Cruz ha derramado sobre el mundo entero.

La Cuaresma nos invita a la oración, al ayuno, a la limosna como tres pilares en los que se apoya nuestra conversión. En este primer domingo se nos presenta Jesús en el evangelio luchando cuerpo a cuerpo con Satanás, al que vence con la oración y el ayuno. Como si se hubieran desatado todos los demonios, vemos que la mentira, la violencia, el atropello de los derechos humanos, el mal en todas sus formas aflora por doquier. No podemos afrontar tanta maldad solamente con un programa político. El mal se vence a fuerza de bien. Estos demonios sólo se expulsan con oración y ayuno, nos recuerda Jesucristo.

Pero, cómo pueden los humanos llegar a tal desprecio de la vida, que haga cada vez más fácil el aborto y no ofrezcan más medios para las personas que están en peligro de matar al hijo de sus entrañas. Se suprime el tiempo de reflexión, se rebaja la edad para cometer este “crimen abominable”, como dice el Vaticano II. Se niega la información previa al consentimiento informado. Crecen los derechos de los animales y sus crías, mientras el nascituro es despojado de todo derecho. Más aún, se proclama que el aborto es un derecho. Dieciocho meses de prisión por matar una rata, y se puede matar al niño en el seno materno con todas las facilidades, nos recordaba estos días Mons. Bernardito Auza, nuncio apostólico del Papa en España.

Por eso, junto a esa oración y ayuno que brotan de la conversión, hemos de despertar la conciencia personal y social ante la dormidera de una sociedad que parece entumecida y narcotizada. La vida ha vencido sobre la muerte en Jesucristo muerto y resucitado. También hoy la vida vencerá a la muerte.

Apoyo de corazón la valiente iniciativa “40 días por la vida”, desde el miércoles de ceniza hasta el jueves santo, que tiene lugar en el mundo entero para hacernos caer en la cuenta de la tremenda desgracia del aborto, al que no debemos acostumbranos. También en nuestra diócesis, hay personas que se apuntan voluntariamente para rezar ante la clínica abortiva y ofrecer a las mujeres otra alternativa, respetando siempre su libertad. En nuestra ciudad de Córdoba ya han sido rescatadas varias vidas, que estaban destinadas a su destrucción, y se han convertido varias mujeres que iban camino del exterminio. Surgen también iniciativas de apoyo a los cuidados paliativos, en lugar de la eutanasia que suprime a los enfermos terminales. Si quieres colaborar, pregunta en tu parroquia.

La Cuaresma es tiempo de conversión, de cambio de rumbo. La vida prevalecerá, pero la lucha encarnizada entre la cultura de la muerte y la cultura de la vida, que ya denunciaba Juan Pablo II, está librando en nuestros días una de sus más importantes batallas. Tú, de parte de quién te sitúas. Qué acciones concretas realizarás esta Cuaresma en favor de la vida.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

“La fidelidad del carisma está en ese rasgo de la centralidad de Cristo”

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Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía con el movimiento de Comunión y Liberación con motivo del XVIII fallecimiento de su fundador, Mons. Luigi Giussani, y del XLI reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación.

Queridos hermanos y amigos de Comunión y Liberación:

Me da mucha alegría celebrar esta memoria, este recuerdo, esta fiesta. Estamos celebrando la memoria de un hombre de fe: D. Giussani. Hay un texto en la Carta a los hebreos, en el capítulo XIII, que nos dice: “Acordaos de aquellos superiores vuestros que os expusieron la Palabra de Dios. Fijaos en el desenlace de su vida. Imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.

Estas palabras de la Carta a los hebreos escrita para cristianos perseguidos nos viene muy bien para hacer memoria de Don Giussani. Acordaos, la memoria. El Papa Francisco nos dice que tenemos que ser memoriosos, con ese neologismo. No podemos olvidarnos de dónde venimos y quienes nos han ayudado, quienes han sido para nosotros referentes en el camino cristiano.

“Es de bien nacidos el ser agradecidos”. Luego, esta celebración y su Eucaristía es una acción de gracias a Dios. Y esa acción de gracias a Dios por un hombre de fe, por un santo. Con alguien que se ha encontrado con Cristo y no se ha encerrado, sino que ha salido a seguirlo. “Acordaos”. Y mantened la memoria de quienes han sido referentes es para nosotros no simplemente un recuerdo; es, al mismo tiempo, una mirada y es un espolear nuestra vida para ver si realmente reproducimos en nosotros los rasgos de aquellos de los que Dios ha querido servirse para manifestarnos Su camino, nuestro camino. Aquellos que han sido y son para nosotros ejemplo como Pablo lo es, y nos dice en una de sus cartas: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Jesucristo”. Eso también podría decir yo de Don Giussani, especialmente a sus hijos y a sus hijas: “Acordaos de aquellos superiores que os expusieron la Palabra de Dios. Imitad, fijaos en el desenlace de su vida”.

Y cuál ha sido el desenlace testimonial de la vida de Don Giussani. Como decía Ratzinger de aquella homilía en el Duomo, aquel púlpito tan magnífico, tan llamativo, tan glorioso; decía que Don Giussani se había encontrado con Cristo, buscando la belleza encontró a Cristo. Es un hombre de búsqueda, es un hombre de inquietud. Es un hombre que resume en sí en su vida toda la problemática del hombre de su tiempo, del hombre contemporáneo, en medio de las incertidumbres, en medio de toda esa crisis que ha azotado el siglo XX. Él supo mantener la tensión y la búsqueda del sentido. La búsqueda del sentido en una sociedad que sólo busca medios de vida. Buscar las razones por las que vivir. Es un hombre de pensamiento. Expresa en sí la búsqueda humana. Esa búsqueda humana y esa razón humana que Dios no nos la ahorra en la hora de su búsqueda. Como decía Chesterton, Dios al entrar en la iglesia nos pide que nos quitemos el sombrero, no que nos quitemos la cabeza.

Esa búsqueda de un hombre inquieto. Inquieto por la belleza. Es verdad que en la Tradición occidental la belleza ha estado un poco separada de la búsqueda de Dios. En esto nos dan ejemplo nuestros hermanos de oriente. Nosotros hemos sido más de la razón, más de la verdad; más que de la belleza. Sólo hay en la liturgia –al menos que yo he descubierto- una oración en la que le pedimos al Señor contemplar la Belleza infinita de Su Gloria. Y es precisamente, en la celebración de la Epifanía del Señor, donde se nos pone delante, no los regalos de los Reyes Magos. Se nos pone delante a unos buscadores de Dios. Y la oración colecta dice: “Oh, Dios, que has revelado tu Hijo a los pueblos gentiles por medio de una estrella. Concede a los que ya Te conocemos por la fe encontrar, buscar, acoger, contemplar –sobre todo- la Belleza infinita de Tu Gloria”.

Y ese camino de los Magos, ese itinerario de búsqueda es el que sigue Don Giussani. La búsqueda también de la belleza. De la belleza que la encuentra en Cristo, plenitud. Cristo, alfa y omega. Cristo el que es, el que era y el que viene. Y así continúa la Carta a los hebreos. “Fijaos en el desenlace de su vida”. Esa búsqueda de Dios. Esa búsqueda de la belleza le lleva a Cristo. Y Cristo se convierte en el centro de su vida. Y esto no lo podemos perder de vista, la centralidad de Cristo. Ratzinger recuerda unas palabras de san Benito en su Regla, tomada de uno de los grandes Padres de la Iglesia, de Cipriano de Cartago, en su comentario al Padrenuestro. Y dice no anteponer nada a Cristo. Cristo es el centro. “Cristo ayer, hoy y siempre”, así dice la Carta a los hebreos a continuación. “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Y ha pasado de la búsqueda del atributo de Dios a la contemplación de Dios mismo en Su Verbo manifestado, en Su Hijo. “Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre”, le dirá Jesús a Felipe. “Muéstranos al Padre”. Nos basta. “Quien me ha visto a mi ha visto al Padre. El Padre y Yo somos una sola cosa”.

Y Don Giussani en su itinerario, en esa búsqueda de Cristo, encuentra a Cristo, pero hace otro paso más que es el que nos hace falta continuamente: sigue a Cristo. De tal manera, que Cristo está ya en sus palabras, en sus obras, en toda su vida. Y ese itinerario de la vida de Cristo, ese seguimiento, esa sécula de Cristo –secular Christi que llamaban los clásicos de la espiritualidad-; ese seguimiento de Cristo
–“Camino, Verdad y Vida”- (san Agustín dice que Cristo es camino y es meta al mismo tiempo), eso le lleva a coger el itinerario de la cruz, que no está exenta en la vida de Don Giussani en las dificultades . Y como reza el frontispicio de san Pablo de extramuro, “Por la cruz a la luz”, sabrá iluminar con la iluminaria de la fe, en la centralidad de Cristo, su itinerario vital. Y así lo enseñará a otros. Y le toca la encrucijada de la revolución del 68 y mantiene firme el timonel sabiendo que hay tormentas, sabiendo que hay contrariedades, sabiendo que hay confusión. Pero mantiene esa belleza de ese encuentro en Cristo; que no es encontrarse con una ideología. Es encontrarse con Alguien personal. Esa es la manifestación “fijaos en el desenlace de su vida, imitad su fe”. Esas son las tonalidades de la fe de Giussani. Y esas son las tonalidades de la fe que os ha transmitido. Y esas son las tonalidades de la fe que debéis testimoniar en la Iglesia, en el aquí y ahora, y en el momento que nos toca vivir. Una fe explícita. Pero una fe metida en las entrañas del mundo para anunciar a Jesucristo, el que es, el que era y el que viene. Para decirle al hombre que no está la felicidad en las ideologías; que está en un encuentro personal. Pero, hay que ponerse en camino, amigos míos.

La fe, y así lo vivió Giussani, que pasó por la cruz, por incomprensiones, pero también por la incomprensión de los buenos; por la incomprensión, por la cruz, por la persecución (vamos a decirlo), y también por el camino del sufrimiento personal, no sólo anímico, sino también con su enfermedad. Y ese itinerario es el que el Señor nos pone a cada uno de nosotros porque es la exigencia del olvido de sí. Dice san Pablo: “Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mi”. El reflejar a Cristo es el sentido de nuestra vida. De tal manera que seamos reconocibles como Cristo por Dios mismo. Que vea reflejado en nosotros el Cristo, del que formamos parte. Porque otro de los rasgos de Don Giussani es su amor a la Iglesia. Un amor a la Iglesia no exento de dolor y de sufrimiento. Pero un amor, porque está basado, no en las preferencias personales (me gusta este Papa o me gusta el otro; o estoy de acuerdo, no estoy de acuerdo…), sino con una fe confiada en el Sucesor de Pedro. Una fe confiada de la que nos da ejemplo a todos en momentos de confusión, cuando hay gente que ataca al Romano Pontífice. Y una fe confiada, eclesial es la que vive Comunión y Liberación en estos momentos también. Y el Papa ese carisma lo ha puesto en manos de la Iglesia; ya no es propiedad sólo de los que siguen el ejemplo y las enseñanzas de Giussani. Sino que es un carisma al cuidado de la Iglesia, para servicio de la Iglesia y, si queréis, para Gloria de Dios.

Y la fidelidad del carisma está en ese rasgo de la centralidad de Cristo de mantener siempre la tensión de búsqueda hasta la plenitud que es Cristo total, Cristo mismo. El alfa y el omega. Pero, al mismo tiempo, acompañados en una comunión, que es la comunión eclesial. Eso es lo que nos pide el Señor y os pide el Señor. Y a los pastores, cuidad, alentad ese carisma, que ponéis, que ha puesto Dios al cuidado de su Iglesia, Madre nuestra como la entendió siempre Giussani.

Vamos a pedir por este hombre de fe. Sabemos y tenemos la confianza de que está ya gozando de la visión de Dios. Confiamos en que un día pueda estar en los altares, pero pedimos y lo sometemos al juicio de Nuestra Madre Iglesia. Con esa confianza, que nos lleva a orar por él, hacer memoria y, al mismo tiempo, a buscar también lo que nos decía la Carta a los hebreos: “Acordaos. Fijaos en el desenlace de su vida. Imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.

Que Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, como en las bodas de Caná también a nosotros, que muchas veces sólo tenemos el agua incolora, inodora e insípida de nuestra vida, nos dice que hagamos lo que Jesús nos dice, para que se convierta en un vino oloroso de virtudes.

Que así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

20 de febrero de 2023
Iglesia parroquial Sagrario Catedral

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ACÉRCATE A TU IGLESIA Y ORA POR LA PAZ

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“Tú que en todo tiempo y a toda hora en el cielo y en la tierra eres adorado y glorificado, Cristo Dios, muy paciente, de gran piedad y misericordioso. Tú, ¡oh Señor! Recibe nuestras súplicas en tiempo de tensión que nos amenaza la paz y la seguridad. Dirige nuestras vidas por las sendas de tu voluntad. Santifica nuestras almas, purifica nuestros cuerpos y nuestras intenciones, guía nuestros pensamientos y líbranos de toda aflicción, maldad y dolencia…”

  Oración de la Liturgia Bizantina (extracto)

Querida comunidad diocesana:

Hoy un año de la Guerra invasora en Ucrania. Hoy un año del sufrimiento, sin sentido ni razón, de tantos y tantos seres humanos, de nuestros vecinos de al lado.

Hoy, en pleno comienzo de cuaresma, vayamos a nuestras iglesias para orar por este pueblo de hermanos que sufre la impiedad. Pidamos por ellos, sin olvidar el mal en el mundo, que los poderosos infligen a la gente sencillas… siempre mueren los de abajo, sean el pueblo o los propios soldados llevados a la guerra, que sólo es lícita en defensa propia.

Ruego a nuestras comunidades que en la Eucaristía de hoy ofrezcan, junto al pan y el vino, tantas víctimas inmoladas que, como Cristo, sufren el injusto calvario en sus vidas (y ellos sin elegirla ni aceptarla, sin pasar por Getsemaní). Acércate a tu iglesia y ora por la paz. Deja tu corazón en manos de Dios y activa tu caridad, por el bien de los hermanos que sufren.

Ucrania, hermana, hoy colocaremos en nuestro altar una vela roja por ti. Una vela de sangre y de luz, una memoria viva por la paz. Unidos a las comunidades ucranianas en nuestra diócesis, ¡Gracia y Paz!

+ Antonio, vuestro obispo

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Iglesia y sinodalidad, tema central de la XXXI Jornada de Teología

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Iglesia y sinodalidad, tema central de la XXXI Jornada de Teología

La Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla acogerá la XXXI Jornada de Teología ‘Con audacia y libertad de corazón. Iglesia y sinodalidad‘, el jueves 2 de marzo.

La jornada iniciará a las once de la mañana con una intervención del arzobispo de Sevilla y gran canciller de la Facultad, monseñor José Ángel Saiz. Seguidamente, Miguel Ángel Núñez disertará sobre “El Sínodo Hispalense de 1973, ejemplo de sinodalidad eclesial”.

Sobre las doce y media de la mañana será el turno de Isaac Moreno, del Instituto Teológico San Leandro (Huelva), cuya ponencia versará sobre “La sinodalidad en la obra san Lucas: del camino de Emaús a la asamblea de Jerusalén. Se reunieron a examinar el asunto”.

El bloque de la tarde se iniciará con la Eucaristía a las cinco de la tarde, en el oratorio Gaudete et Exsultate. Posteriormente, tendrá lugar una mesa redonda titulada “Camino, Alteridad, Fraternidad y Comunión: una propuesta fenomenológica”, en la que intervendrán Manuel Palma, presidente-decano de la Facultad de Teología junto a Ramón Valdivia, José Manuel Sánchez-Romero y Joaquín Castellón, miembros del claustro de profesores.

Finalmente, a las siete de la tarde, Francisco Martínez, del Centro Español de Estudios Eclesiásticos, de Roma, pronunciará una ponencia que lleva por nombre “Evolución histórica de la tradición sinodal en Andalucía”.

La jornada está abierta a todas aquellas personas que deseen participar hasta completar el aforo. Más información en el teléfono 954 23 13 13 o el correo electrónico info@sanisidoro.net.

 

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El Boletín Oficial del Obispado, más accesible desde la web diocesana

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La Cancillería del Obispado de Almería informa de que, desde el presente año 2023, y como viene haciéndose en otras muchas diócesis, la edición del Boletín Oficial se realizará de forma electrónica, en versión pdf interactivo. La edición del Boletín seguirá siendo trimestral, y podrá consultarse siempre en nuestra web diocesana www.diocesisalmeria.org, en el apartado dedicado a transparencia, no sólo el último Boletín editado, sino también los anteriores editados desde el año 2003.

El enlace para acceder al Boletín Oficial del Obispado de Almería se enviará automáticamente a las parroquias e instituciones de nuestra diócesis, al clero, comunidades religiosas, movimientos laicales y asociaciones de apostolado seglar de Almería, así como a todas las diócesis de España.

No obstante, con carácter anual, en el mes de enero, se realizará una edición impresa en un solo volumen que recogerá los números de todo el año anterior. Aquellas suscripciones antes señaladas y los particulares que quieran recibir el boletín en formato físico, deberán enviar un correo electrónico a la dirección boletinoficialobispado@diocesisalmeria.es, antes del próximo 31 de marzo, indicando la dirección postal para su envío y abono.

Estos cambios en la edición y difusión del Boletín Oficial del Obispado de Almería ayudarán a continuar haciendo de esta publicación una buena herramienta de información y testimonio histórico del gobierno pastoral de esta diócesis.

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Carta para la Cuaresma de 2023 de Mons. Francisco Jesús Orozco, obispo de Guadix

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Carta para la Cuaresma de 2023 de Mons. Francisco Jesús Orozco, obispo de Guadix

 

Cuaresma hacia la Vida: «Misericordia, Señor, hemos pecado».

El salmo cincuenta, conocido como el miserere, da tono penitencial a la cuaresma cristiana, ayudándonos a celebrar el ¡Aleluya! que la Iglesia entonará cincuenta días, desde la noche santa de la resurrección hasta la solemnidad de Pentecostés. El miércoles de ceniza hemos comenzado la Cuaresma, camino interior y espiritual para vivir la muerte y la resurrección del Señor. La ceniza nos hace reconocer nuestra propia fragilidad y nos trae el recuerdo cierto de nuestra mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. El signo externo nos lleva hasta la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a vivir en el itinerario cuaresmal, como nos dice el profeta Joel: «Rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos» (Jl 2,12-18).

La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. Los cuarenta días de Jesús en el desierto o los cuarenta años de desierto del pueblo elegido para llegar a la tierra prometida, nos dibujan el camino que la Iglesia y cada cristiano viven en este tiempo para, superando las tentaciones y las esclavitudes de nuestras pasiones y las ofertas ilusorias de nuestro mundo, caminar desde la noche oscura de la esclavitud y de las cárceles de nuestros pecados, a la libertad de la Vida resucitada y plena que nos ofrece el resucitado.

¡Qué necesaria es la Cuaresma! Viviendo los coletazos y las consecuencias de la pandemia mundial de la COVID 19 en todo el planeta y en los graneros de las seguridades del hombre, nuestro mundo sigue inmerso en graves tragedias: guerras, muerte, hambruna, catástrofes naturales, persecuciones, vulneración de derechos fundamentales, legislaciones contra la vida desde el inicio de su concepción hasta su ocaso natural, amparadas en mayorías decisorias que se arrogan el poder de ser como dioses, incluso decidiendo contra la naturaleza humana, la dignidad del ser humano y los derechos de los padres; dictaduras, falta de libertad religiosa, aparente victoria de las ideologías y de sus extremas e irrespetuosas imposiciones bajo el amparo de una falsa libertad, etc. Necesitamos la Cuaresma en un mundo decadente que pide a gritos la presencia de Dios en el corazón del hombre. Somos conscientes que nuestra Cuaresma no es una Cuaresma más, sino una oportunidad preciosa en el hoy de nuestra historia, para entrar en lo profundo de lo que somos, para discernir a la luz de la LUZ, para reconocer nuestra condición de hijos pródigos olvidados del amor paterno y sobre todo – porque el protagonista de la Cuaresma no es el pecado sino el Amor- para experimentar que, en el camino de vuelta a casa, nos sostiene la misericordia y la ternura de nuestro Dios, que es un Dios de vivos y no de muertos. Dios viene a salvar y «no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 18,21-28).

Para vivir este itinerario a la Pascua, la Cuaresma nos invita a abrir bien los oídos del corazón, para andar el sendero de nuestra conversión, como escuchamos en la imposición de la ceniza «Conviértete y cree en el Evangelio», recordando nuestro bautismo y viviendo nuestra reconciliación con Dios y con los hermanos, por medio de las armas de la «penitencia cristiana»: la oración, el ayuno y la limosna (Cf. Mt 6,1-6.16-18). Oración que nos abre a la escucha de la voluntad de Dios; ayuno que nos hace libres para romper los hilos de lo que nos convierte en marionetas, devolviendo la pureza transcendente de nuestra libertad; limosna que nos descentra del egoísmo soberbio y de la idolatría del propio yo.

Y junto a los oídos del corazón, la Cuaresma es un aldabonazo que nos grita la dignidad de criaturas y de hijos que fueron creados para oír a un Padre y su deseo de salvar. La Palabra de Dios es rica en este tiempo fuerte de lenguaje de Dios: la narración de las tentaciones de Jesús, la transfiguración del Señor, el evangelio de la samaritana, del ciego del nacimiento y de la resurrección de Lázaro, nos irán educando, durante los domingos de Cuaresma, en este itinerario de curación en la misericordia del Señor y en la mirada al horizonte de lo trascendente. La vivencia cotidiana de la Eucaristía, una buena confesión, la lectura diaria del evangelio, unos ejercicios espirituales, la lectura espiritual y conocer la vida de los santos, celebrar con devoción el santo Triduo pascual, nos ayudarán en este camino a que Cristo tome posesión del corazón humano.

El Papa Francisco en el mensaje que nos regala para esta Cuaresma, «Ascesis cuaresmal, un camino sinodal», nos recuerda que la Cuaresma «nos invita a subir a un monte elevado junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis», «animados siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz»; «dejarnos conducir por Él a un lugar desierto y elevado, distanciándonos de las mediocridades y de las vanidades». Como Pedro, Santiago y Juan, también nosotros, elegidos por el Señor, somos invitados al Tabor para ser «testigos de un acontecimiento único», «caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje».

Vivir el camino penitencial de la Cuaresma es sólo poner a disposición del Señor lo poco que somos, nuestros cinco panes y dos peces, el vino agotado de nuestras heridas para poder vivir la autoridad del Amor y la Misericordia de Dios en nuestra existencia. Como nos dice el Papa, la transfiguración que el Señor nos quiere hacer vivir, «la belleza divina de esta visión es incomparablemente mayor que cualquier esfuerzo» que nosotros, sus «discípulos, podamos hacer para subir al Tabor». «Lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino». El protagonista de nuestra Cuaresma no es nuestro esfuerzo ni nuestro pecado, sino el Amor inconmensurable del Señor por nosotros, que, como nos dice el Papa, «tiene como meta una transfiguración personal y eclesial».

El Papa nos ofrece dos «caminos» para que la transfiguración de la Cuaresma sea posible en nosotros:

+ Escuchar a Jesús en la Palabra de Dios que la Iglesia nos ofrece. «Si no podemos participar siempre en la Misa, meditemos las lecturas bíblicas de cada día». Y escuchemos también a nuestros hermanos, «en los rostros y en las historias de quienes necesitan ayuda».

+ «No refugiarnos en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias subjetivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones», «vivir la pasión y la cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección».

Este es el camino que todos los bautizados vamos a vivir en esta Cuaresma. Es tiempo, especialmente intenso para nuestras Hermandades y Cofradías que se afanan en sus cultos cuaresmales y en la preparación de las bellísimas estaciones de penitencia. Estos retablos andantes son una preciosa catequesis visual para vivir la muerte y la resurrección del Señor y calcar los sentimientos de su Madre bendita en este camino de la pasión para la Vida resucitada.

Como decía el Papa a todos los cofrades, el pasado dieciséis de enero de este año en un encuentro con la confederación de las cofradías de las Diócesis de Italia, «vuestro fermento, vuestra levadura está bien presente en el tejido eclesial y debe ser mantenido vivo, para que pueda hacer fermentar toda la masa». El miércoles de ceniza he decretado la aprobación de unos nuevos Estatutos marco para las Hermandades y Cofradías para ayudarnos, como decía San Juan Pablo II, en «la urgencia de la evangelización que exige que también las Cofradías participen más intensa y directamente en la obra que la Iglesia realiza para llevar la luz, la redención, la gracia de Cristo a los hombres de nuestro tiempo» (Jubileo de las Cofradías, 1984). El Papa Francisco lo repite constantemente al afirmar que «la piedad popular constituye de hecho una poderosa fuerza de anuncio, que tiene mucho que ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo» (cfr. Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 126). En el encuentro del Papa con los Cofrades, animaba a cultivar la centralidad de Cristo, a vivir y caminar juntos, haciendo experiencia secular de sinodalidad y a caminar anunciando y siendo testigos del evangelio, cuidando especialmente a quienes sufren las nuevas pobrezas de nuestro tiempo. «Evangelicidad, eclesialidad y misión», es decir, la centralidad de Cristo, el amor a la Iglesia y el compromiso de ser misioneros, son tres acentos que nunca deberían faltar de la vida de nuestras Hermandades y Cofradías.

Queridos cofrades, agradecidos por vuestro servicio en la Iglesia, ayudadnos a todos a fortalecer la fe en estos días santos de Cuaresma, siendo testigos fehacientes de una fe que se celebra, se conoce por medio de una formación recia en los pilares de la Escritura, de la Tradición y del Magisterio eclesial; y es caridad cercana con los que más sufren.

La Virgen María es la mejor Cuaresma que hemos de aprender en nuestra vida cristiana. Ella y su ternura de Madre son el mejor antídoto para combatir la decadencia de un mundo que espera más de la soberbia humana que de la humildad del corazón. Cuaresma es reconocer que sólo Dios tiene palabras de Vida Eterna.

¡A todos, feliz, profunda y cristiana Cuaresma!

Con mi afecto y bendición. 

+Francisco Jesús Orozco Mengíbar

Obispo de Guadix

 

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Espejo Andalucía, 24 de febrero de 2023

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La exposición «COPE Málaga saca los guiones a la calle» entre los temas de esta semana.

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