
Querida Comunidad de esta nueva parroquia.
Autoridades civiles, militares y judiciales. Asociación Nazaret. Vida consagrada. Vicario General, sacerdotes, querido hermano José, que has llevado el peso de estas tareas para adecuar aquí una iglesia y que serás su primer párroco. Hermanas y hermanos todos.
Hoy es un día de profunda alegría para toda la comunidad cristiana. También para la Vega de Acá. Nos hemos reunido para dedicar esta iglesia al Señor: este lugar que, desde hoy de manera especial, queda consagrado para honrar a Dios, para la celebración de los sacramentos, para la escucha de su Palabra y para el encuentro de su Pueblo Santo.
En un principio, entre los siglos I y IV, las comunidades cristianas, se organizaban principalmente en las ciudades, presididas por un obispo y sus diáconos. No existía todavía la parroquia tal como la conocemos hoy. Las parroquias nacieron cuando la evangelización salió de las murallas de nuestras ciudades. Cuando los bautizados dieron testimonio de su fe adentrándose en las zonas rurales, los pagos, de ahí la palabra: paganos. Muchos eran soldados, otros comerciantes, otros monjes, o familias que buscaban un terreno para vivir o un nuevo lugar para desempeñar su oficio, todos fueron misioneros de una Buena Nueva.
Cuando surgieron las comunidades en el campo, hacia el siglo VI, fue necesario crear parroquias y el obispo, en su nombre, envió presbíteros que las presidieran. Cuando las comunidades crecían y no podían reunirse en las casas, fueron construyendo las iglesias, como lugar de encuentro. Primero era la comunidad y luego la iglesia. Y tomaron este nombre evitando llamarlas templos, para que no hubiera ninguna relación con las religiones politeístas de entonces.
Pero la liturgia de hoy nos invita a mirar más allá de las paredes y la decoración de este espacio. Porque una iglesia no es solamente unos muros construidos y decorados por manos humanas. La verdadera Iglesia somos nosotros, el pueblo que Dios ha convocado y que Cristo ha reunido como su Cuerpo. Por eso san Pablo nos dice: «Vosotros sois edificio de Dios». Cada uno de nosotros es una piedra viva de ese templo espiritual que Dios está construyendo. Hoy, por tanto, dedicamos este templo, pero también renovamos nuestra propia llamada a ser templos vivos de Dios.
Cada iglesia está llamada a ser, ante todo, casa de oración, es la petición y el deseo de Jesús. Aquí vendrán niños y adultos para recibir el Bautismo y la Comunión; aquí los jóvenes recibirán la Confirmación; aquí los esposos celebrarán su Alianza de bodas; aquí encontraremos el perdón de nuestros pecados; aquí se proclamará la Palabra de Dios; aquí se celebrará la Eucaristía; aquí adoraremos al Señor; aquí acompañaremos a nuestros enfermos y aquí despediremos con esperanza cristiana a nuestros seres queridos.
Esta iglesia debe ser una casa donde cada persona pueda entrar y sentir que Dios la está esperando. Uno de los significados etimológicos de la palabra “parroquia” es: “la casa de todos”. El Señor quiere construir con nosotros una comunidad donde haya lugar para el niño y para el anciano, para quien tiene una fe fuerte y para quien apenas comienza a buscar a Dios, para quien está lleno de alegría y para quien llega cargado de sufrimiento. Una verdadera iglesia no puede ser un lugar cerrado sobre sí mismo. Tiene que tener las puertas abiertas, no solamente las de la calle, sino también las del corazón, que siempre sangra por donde ama,
Al final, la belleza más grande de una iglesia no está en sus paredes, sino en la vida de la comunidad que la habita. La Iglesia de Cristo está formada por personas. Cada bautizado es una piedra viva. Algunos son piedras grandes y visibles; otros permanecen casi ocultos. Algunos tienen responsabilidades; otros sirven silenciosamente. Pero todos son necesarios. Nadie sobra en la Iglesia.
En todas las iglesias que visitéis el centro es el altar. Sobre este altar, ya ungido y con muchos años convocando a su alrededor a la comunidad de las Siervas de la Iglesia, sobre él, se hará presente el mismo Cristo. Aquí escucharemos sus palabras: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». El altar nos recuerda que la vida cristiana consiste en aprender de Jesús a entregarnos, a partirnos y repartirnos como alimento, a cumplir la voluntad del Padre.
Una iglesia dedicada no adquiere su verdadero sentido por la solemnidad de sus ceremonias, sino porque en ella se celebra el misterio de Cristo muerto y resucitado. Cada Eucaristía será una invitación a salir de aquí transformados. No tendría sentido venir a Misa y continuar viviendo en la indiferencia, en la división, en el resentimiento o en la falta de amor. Venimos a recibir el Cuerpo de Cristo para convertirnos nosotros también en cuerpo entregado, en comunidad que sirve, perdona y ama.
Al dedicar este templo, ponemos nuestra comunidad bajo la protección de Santa María de Nazaret. Nazaret, era un pueblo muy pequeño asentado en las cuevas de una colina y, según las deducciones arqueológicas, tendría poco más de trescientos habitantes. Su nombre significa “lo que brota”. Nazaret, es el lugar de la Encarnación, Santa María de Nazaret con un SI, en medio de este pueblo, acogió al Hijo de Dios en su seno: por nosotros y por nuestra salvación.
Nazaret es la espiritualidad de la vida cotidiana. La simplicidad de una vida entregada a Dios: es hogar, es familia, es pueblo para convivir, para comenzar a mar a todos. Este es nuestro modelo de familia en la vida cotidiana, nacido de la vocación a la santidad: “por encima de todo está el amor, que forja la unidad en la perfección”.
Jesús volvió a Nazaret, donde se había criado, hemos proclamado en el Evangelio. Volvamos también nosotros a Nazaret, busquemos el sentido de nuestra vida, de nuestra vocación, del verdadero Amor, que es entrega callada. Jesús allí, en Nazaret, entre los suyos, proclamó su vocación. Y lo hizo en un espacio litúrgico, de celebración comunitaria, como tenía costumbre cada sábado, nos dice el evangelista.
Pidamos para que nosotros seamos una Iglesia viva. Y que cada vez que atravesemos las puertas de esta iglesia recordemos nuestros compromisos adquiridos en el Bautismo. No venimos simplemente a cumplir una obligación: venimos a encontrarnos con Jesucristo en su Cuerpo, hecho alimento y comunidad.
Que Santa María de Nazaret nos enseñe a decir SI al Señor. Que nos enseñe a guardar su Palabra, a meditarla, a confiar en Él en los momentos difíciles y a permanecer junto a Cristo hasta la cruz y hasta la alegría de la Resurrección. Que el Señor bendiga esta iglesia. Que bendiga a quienes han hecho posible esta realidad y a quienes la cuidarán. Que bendiga a esta comunidad cristiana y a todas las generaciones que aquí celebrarán su fe. Y que, por encima de este templo visible, haga de cada uno de nosotros una piedra viva donde Dios quiere habitar para siempre. Amén.
Almería, 8 de septiembre de 2026
+ Antonio, vuestro obispo

