
Como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, “la Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central” (cf. 638). Por ello, este acontecimiento de fe ocupa un importante lugar en la iconografía y el arte cristianos. Presentamos hoy esta pintura que centra el magnífico retablo de la Capilla de los Evangelistas de la Catedral de Sevilla.
Presidiendo el retablo de la Capilla de los Evangelistas de la Catedral de Sevilla, que fue realizado por el pintor neerlandés Hernando de Esturmio entre 1553 y 1556, se encuentra esta tabla de la Resurrección de Cristo, iconografía justificada al ser esta una capilla funeraria, contratando y realizando el programa iconográfico el obispo de Marruecos y canónigo de la Catedral hispalense, Sebastián de Obregón.
La tabla muestra a Cristo Resucitado saliendo victorioso del sepulcro, como volando, elevado sobre la tierra. Su postura en diagonal le confiere gran dinamismo, reforzado por el vuelo del sudario que lo cubre, de color rojo, que simboliza la vida, al ser éste el color de la sangre. Sus brazos abiertos subrayan el carácter ascensional que presenta el Señor, el cual muestra en su cuerpo las llagas de la Pasión tanto en las manos, los pies, el costado y la frente, en la que se ven las heridas producidas por la corona de espinas. Su cabeza aparece nimbada por un halo luminoso que lo presenta como el Hijo de Dios.
El Resucitado está rodeado de los soldados que lo miran entre asombrados y asustados, quienes empuñan distintas armas mientras se muestran en posturas muy teatrales y forzadas, propias del manierismo. La composición está llena de detalles que enriquecen la escena, como los naipes esparcidos por el suelo, que indican que a los dos soldados que aparecen en primer término les ha sorprendido la Resurrección del Señor jugando a las cartas. Igualmente, se puede reconocer en la lápida, que contiene una supuesta inscripción en hebreo, un sello de lacre rojo sin romper que confirmaría que la piedra no ha sido removida por sus discípulos para robar el cadáver de Cristo, como después asegurarán los dirigentes judíos (cf. Mt 28, 12-15), si no que ha sido verdaderamente un hecho sobrenatural.
En el fondo de la composición, a la derecha del espectador, aparece el paisaje del monte Calvario con las tres cruces vacías, y en el camino que se abre ante dichas cruces, reconocemos a las mujeres que van buscando el sepulcro del Señor para embalsamar su cuerpo (cf. Lc 24,1; Mc 16,1-3).
Toda la composición por su dinamismo y el uso de colores vivos es capaz de transmitir la alegría de la Pascua que, en medio de este retablo en el que aparecen los evangelistas, presenta la Resurrección de Cristo como el culmen y el fin de toda la Sagrada Escritura.
Antonio Rodríguez Babío
Delegado Diocesano de Patrimonio Cultural
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