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Una diócesis más misionera

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Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Octubre es el mes misionero por excelencia. Este año celebramos la 100ª Jornada Mundial de las Misiones y el papa León nos urge a «renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera y avanzar juntos en el compromiso de la evangelización».

Es necesario renovar este ardor, pues corremos el riesgo de refugiarnos en un trabajo pastoral intenso pero muy circunscrito a los estrechos límites de lo más próximo. Sin embargo, la labor evangelizadora en la diócesis se enriquece si traspasa océanos, llevando el Evangelio a otros pueblos, insertándose en otras culturas, impulsando la llamada “misión ad gentes”: llevar el Evangelio a quienes aún no lo conocen y reforzar las comunidades cristianas que viven en minoría y dificultad, perseguidas incluso.

Recientemente, he tenido la alegría de conversar en Málaga con Juan Manuel Barreiro, misionero en Venezuela, un pueblo tan íntimamente unido a la inquietud evangelizadora de nuestra diócesis. Así lo he podido constatar hojeando las reflexiones y vivencias de Lorenzo Orellana. También, he presidido la Misa de envío de David Roca, sacerdote diocesano que acaba de partir hacia Mozambique como misionero, respaldado por el IEME. Y he seguido complacido, y con cierta inquietud por los efectos del terremoto sufrido, la experiencia “Espíritu misionero. Colombia 26” de un grupo de jóvenes malagueños acompañados por el delegado de Misiones, P. José Luis Pereyra IMC.

«La labor evangelizadora en la diócesis se enriquece si traspasa océanos, llevando el Evangelio a otros pueblos, insertándose en otras culturas, impulsando la llamada “misión ad gentes”»
Cuando el verano convierte a Málaga en lugar deseado de tantos turistas, hay ejemplos magníficos de misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares dispuestos a arriesgarse por el Evangelio en tierras a veces inseguras. Quiero expresar mi gratitud a Dios y compartir con todos el gozo que siento por las personas que nos recuerdan el grato deber de predicar el Evangelio a todos los pueblos. He podido constatar, como obispo de Málaga, que nuestra diócesis no solo es extensa, sino que sabe superar fronteras, viviendo la universalidad de la Iglesia.

Pero, esta acción de gracias por los misioneros y misioneras malagueños, nos invita a todos a reflexionar. Me hago a mí mismo y os ofrezco tres preguntas. Primera: ¿Los que nos quedamos aquí, ¿nos sentimos solidarios con la misión ad gentes, acompañando a los que parten con nuestro cariño y teniéndoles presentes en la oración? Segunda: ¿Colaboramos económicamente en las colectas para las misiones y nos implicamos en algún proyecto misionero concreto, comunicándonos con sus responsables? La tercera es más personal y reclama una respuesta valiente: ¿Podría el Señor estar llamando a alguno de nosotros a entregar unos años a la misión ad gentes? Pensad con libertad y generosidad esta opción. No supondría una pérdida, sino un verdadero regalo para nuestras comunidades cristianas y para nuestro presbiterio.

Una diócesis, sobre todo si es grande como Málaga, no puede pensar solamente en sus necesidades particulares. Hemos de permanecer abiertos y disponibles a la Iglesia universal.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Centro de Noche

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El pasado lunes, 28 de septiembre, tuvo lugar un pequeño acto que nos colmó de alegría y esperanza: la bendición e inauguración del Centro de Noche ‘Saiz Meneses’, destinado a acoger y acompañar a personas que viven una de las formas más dolorosas de pobreza y exclusión: no tener un hogar, un lugar propio en el que descansar, sentirse seguro y saberse esperado. No se trataba únicamente de la apertura de un inmueble, sino de un lugar llamado a convertirse en signo visible del amor de Dios y de la solicitud de la Iglesia por sus hijos más vulnerables. El ritual que estamos celebrando expresa precisamente este deseo: que quienes vengan aquí «sientan cercana la presencia de Jesucristo y sean acogidos con amor solícito».

En el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo Jesús afirma con claridad: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 35.40). Estas palabras del Señor no admiten muchas interpretaciones. Jesucristo se identifica con el hambriento, con el sediento, con el extranjero, con el enfermo, con el encarcelado, con quien carece de lo indispensable. El pobre no es únicamente alguien a quien el cristiano debe ayudar. En él sale Cristo a nuestro encuentro. Por eso, cuando cualquier noche alguien atraviese la puerta de este centro buscando cobijo, no podemos contemplarlo simplemente como un “usuario”, ni como un número, ni como un problema social que hay que resolver. Ante nosotros habrá una persona, con un nombre, una historia, unas heridas, unas esperanzas y una dignidad que nada ni nadie puede arrebatarle.

Este centro es uno de los frutos más hermosos y concretos del II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular de Sevilla. Al concluir aquel Congreso señalábamos que las hermandades no pueden pasar de largo ante el sufrimiento de los más necesitados, sino que están llamadas a desplegar «una mirada compasiva que reproduzca la del mismo Cristo, el Buen Samaritano». Hoy aquella reflexión se convierte en paredes, habitaciones, puertas abiertas y, sobre todo, en personas dispuestas a servir. La fe verdadera siempre acaba haciéndose caridad. El culto, la oración, nuestras procesiones, nuestras devociones y nuestras tradiciones perderían una parte esencial de su verdad si no nos condujeran al hermano. En las conclusiones del Congreso recordábamos que la piedad popular «debe traducirse en obras concretas de amor y servicio» y ofrecer respuestas reales a las necesidades de los más vulnerables.

Como Iglesia que peregrina en Sevilla hemos de dar un paso más. No basta con ofrecer una cama, alimento, higiene o seguridad, por importantes que sean. Hay que ofrecer acogida, cercanía y acompañamiento. Hay que ayudar a cada persona a ponerse de nuevo en pie, hay que ayudarle a sentirse en cada comunidad cristiana en familia, en su hogar. Eso quisiera que llegara a ser este lugar: una casa. Una casa en la que nadie sea preguntado primero por sus errores, sino por lo que necesita. Una casa en la que nadie sea juzgado por su pasado. Una casa donde se escuche, se acompañe, se cure, se ayude a reconstruir vínculos y se abra una puerta hacia un futuro posible. Porque la caridad cristiana no mira desde arriba. Se pone al lado.

En nuestro recordado Congreso fuimos invitados a una «audaz renovación de la mirada». Necesitamos aprender a mirar como Cristo. Allí donde la sociedad puede ver una carga, Cristo contempla una vida de valor infinito. Allí donde aparecen soledad y exclusión, nosotros hemos de sembrar fraternidad y esperanza. Por eso quiero dar las gracias de corazón a cuantos han hecho posible este centro: a las hermandades y cofradías, a Cáritas, a las instituciones, benefactores, profesionales, voluntarios y colaboradores. Gracias por comprender que el Congreso no podía terminar solamente con palabras hermosas y una inolvidable procesión de clausura; tenía que dejar detrás de sí una huella de caridad. Y a quienes servirán en este centro de noche les pedimos algo muy sencillo: que no pierdan la ternura. La eficacia es necesaria, la organización es necesaria, los recursos son necesarios; pero quien cruza esa puerta necesita también una mirada limpia, una palabra respetuosa, paciencia, escucha y afecto. Que no olvidemos jamás las palabras de Jesús, que han quedado como el verdadero lema de este centro: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

Asidonia-Jerez acoge la presentación del Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025

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Asidonia-Jerez acoge la presentación del Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025

Asidonia-Jerez acoge la presentación del Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025

El Auditorio San Juan Pablo II del Obispado de Asidonia-Jerez acogió en la tarde de ayer, 1 de octubre, la presentación del Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025, elaborado por Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN España) bajo el lema «Tu derecho, no un privilegio».

El encuentro estuvo presidido por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, y contó con la participación de D. José Fernández, responsable de promoción de Ayuda a la Iglesia Necesitada; el P. Naim Shoshandy, sacerdote de Qaraqosh (Irak); y D. Eugenio Camacho, periodista y comunicador.

Al comienzo del acto, Monseñor José Rico Pavés dio la bienvenida a los presentes y expresó su agradecimiento a Ayuda a la Iglesia Necesitada por la labor que desarrolla desde hace décadas al servicio de quienes sufren a causa de su fe. El pastor diocesano recordó las palabras de San Pablo para explicar el sentido de esta misión: «Cuando uno sufre, todos sufren con él. Cuando uno se alegra, todos se alegran con él».

En este sentido, el Obispo destacó cómo la asociación pontificia contribuye a hacer presente esta comunión entre los cristianos: «Desde hace décadas, Ayuda a la Iglesia Necesitada está animando a los fieles del mundo entero a que nos alegremos y a que suframos juntos».

Monseñor José Rico Pavés puso también el acento en la importancia de escuchar a quienes conocen directamente la persecución religiosa, ya sea porque la han padecido o porque ayudan a transmitir estas realidades. Un testimonio que, señaló, permite «ensanchar el corazón» y tomar conciencia de las situaciones que atraviesan numerosos cristianos en diferentes lugares del mundo.

Precisamente, uno de los momentos centrales del encuentro fue el testimonio del P. Naim Shoshandy, sacerdote de Qaraqosh (Irak), quien acercó a los presentes su experiencia de persecución por razón de la fe. Su intervención permitió poner rostro a una de las realidades que recoge el Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025.

El Obispo de Asidonia-Jerez insistió además en que conocer estas situaciones lleva consigo una responsabilidad. «Esa cadena de transmisión nos quiere implicar», afirmó, invitando a llevar a otros tanto la alegría de aquellos lugares donde la libertad religiosa puede ejercerse como el sufrimiento de los hermanos que continúan siendo perseguidos «simplemente por confesar su fe».

La presentación del informe permitió así acercar a Jerez la realidad de la libertad religiosa como derecho fundamental, así como conocer de primera mano las dificultades y persecuciones que siguen sufriendo personas y comunidades a causa de sus creencias en diferentes lugares del mundo.

Las palabras del prelado concluyeron dejando una llamada a no permanecer indiferentes ante estas situaciones y a continuar fortaleciendo esa comunión a la que hizo referencia Monseñor José Rico Pavés: hacer propios tanto los momentos de alegría como el sufrimiento de los hermanos que padecen a causa de su fe.

La entrada Asidonia-Jerez acoge la presentación del Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025 se publicó primero en Diócesis Asidonia – Jerez.

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«Uno en Cristo, unidos en la misión»

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Queridos hermanos y hermanas:

Con motivo del centenario de la institución del Domund por Pío XI y tras el Año Jubilar de la Esperanza, el Papa León XIV invita a la Iglesia a continuar con alegría y celo el camino misionero, desde la unidad, la corresponsabilidad y el amor. Su mensaje culmina con una oración que hago extensiva a toda la Diócesis:

«Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza.»

En primer lugar, esta oración nos llama a la unidad: «Padre santo, concédenos ser uno en Cristo». No se trata solo de un esfuerzo humano, sino de permanecer unidos a Cristo como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15,4). De esa unión nace la comunión entre los creyentes y toda fecundidad misionera. Vivir «arraigados en su amor que une y renueva» significa acoger un amor que derriba muros, reconcilia, reconoce la dignidad de cada persona y convierte las diferencias en dones. Es un amor capaz de transformar el corazón y hacer visible ante el mundo la fraternidad que brota de Dios.

En segundo lugar, nos anima a la corresponsabilidad: «Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión». Todos estamos llamados a evangelizar, poniendo nuestros talentos al servicio de un mismo propósito. Unidad no significa uniformidad: el Espíritu Santo reúne y potencia la diversidad de carismas y vocaciones. Por eso necesitamos vivir «dóciles al Espíritu Santo», abiertos a su acción y dispuestos a dejarnos transformar en personas compasivas y misericordiosas, dando frutos de amor, alegría, paz, paciencia, bondad y mansedumbre (cf. Gál 5,22).

Esta corresponsabilidad exige también ser «valientes en dar testimonio del Evangelio»: vivir la fe con coherencia en nuestras acciones, decisiones y relaciones; anunciar a Jesucristo en la familia, la comunidad y la sociedad; y asumir personalmente el crecimiento de nuestra vida cristiana. Una Iglesia unida, sin divisiones ni polarizaciones, hace más creíble su testimonio.

En tercer lugar, la misión es misión de amor: «anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura». Evangelizar es anunciar con la palabra y, al mismo tiempo, hacer tangible el amor de Dios mediante el servicio al prójimo, el respeto a toda persona y el cuidado de la creación. Es una misión universal, abierta a todos sin distinción.

Pidamos al Señor que haga de nuestra Diócesis una comunidad cada vez más unida en Cristo, corresponsable en la misión y abierta a todos, especialmente a quienes más necesitan experimentar la ternura y la misericordia de Dios. Que María, Estrella de la Evangelización, acompañe nuestros pasos y nos enseñe a responder con generosidad a la llamada del Señor.

Con estos deseos, encomiendo a todos los misioneros y misioneras, y a cuantos colaboráis con la misión de la Iglesia, a la protección del Señor.

+ Jesús, Obispo de Córdoba

 

Ceuta: una crisis humanitaria que nos interpela a todos

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El papa León XIV ha definido lo sucedido en Ceuta como una «crisis humanitaria». La expresión nos ayuda a situarnos ante una realidad que no puede reducirse a cifras, fronteras o debates políticos. Estamos hablando, ante todo, de personas y de una situación que exige respuestas desde la dignidad humana, la responsabilidad y el bien común.

Desde Canarias conocemos bien esta realidad. Durante años hemos visto llegar a nuestras costas a miles de personas después de atravesar una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. Hemos conocido sus historias, sus sufrimientos y también la enorme respuesta solidaria de nuestra sociedad. Pero esta experiencia nos ha enseñado igualmente que la acogida, siendo imprescindible, no basta.

La respuesta cristiana no consiste en escoger entre defender al migrante o defender a la población que acoge. No podemos aceptar esa falsa disyuntiva. La dignidad de quien llega y la dignidad de quien acoge forman parte de una misma preocupación por la persona y por el bien común.

Ante lo sucedido en Ceuta quisiera señalar cuatro principios que considero fundamentales.

El primero es la defensa incondicional de la dignidad humana.

En Arguineguín, ante el drama que conocemos tan de cerca en Canarias, León XIV afirmó: «Aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad». Y añadió después: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Este debe ser siempre nuestro punto de partida. Quien atraviesa una frontera sigue siendo una persona con derechos, una historia y una familia. Nunca puede convertirse en una cifra, un problema o un instrumento al servicio de otros intereses.

Pero precisamente porque defendemos la dignidad humana debemos contemplar la realidad completa. También debemos cuidar a las sociedades que reciben, especialmente cuando soportan una presión extraordinaria. Defender al migrante y cuidar a la población que acoge no son objetivos contrapuestos. La dignidad de unos no puede construirse a costa de la inseguridad, el abandono o el deterioro de las condiciones de vida de otros.

El segundo principio es la defensa del bien común y la atención efectiva a la población de Ceuta.

La acogida necesita recursos, organización y responsabilidad. Cuando miles de personas llegan en un periodo muy breve a un territorio limitado, no basta con apelar a su solidaridad. Es necesario proporcionar los medios humanos y materiales adecuados y hacerlo con rapidez.

La experiencia de Canarias nos ha enseñado que no se puede dejar solos a los territorios que están en primera línea. Y esto vale también para Ceuta. La respuesta a una crisis humanitaria no consiste únicamente en atender a quienes han llegado. El Estado tiene también la responsabilidad de cuidar a los ciudadanos que están soportando directamente sus consecuencias.

Ceuta necesita una presencia efectiva y suficiente del Gobierno de España: funcionarios que permitan agilizar los expedientes, personal sanitario y social, recursos para atender dignamente a los menores y a las personas más vulnerables y fuerzas de seguridad suficientes para preservar la convivencia y la tranquilidad de la población. Las medidas adoptadas deben traducirse cuanto antes en una mejora real de la situación que viven los ceutíes.

No podemos pedir a una población que sea solidaria y, al mismo tiempo, hacer que se sienta sola ante una situación que la supera. La solidaridad necesita estructuras que la hagan posible. De lo contrario, quienes llegan no reciben la atención que merecen y quienes acogen terminan soportando una carga que no pueden asumir solos. Defender la dignidad del migrante y garantizar el bien común de los ciudadanos de Ceuta son dos obligaciones que deben caminar juntas.

El tercer principio es mirar hacia los países de origen y tránsito y exigir también su responsabilidad.

En Arguineguín, León XIV pidió un «examen de conciencia» a las naciones de origen, a las de tránsito, a Europa y a la comunidad internacional. También recordó que existe «el derecho a no tener que migrar»: el derecho de una persona a poder permanecer en su tierra y construir allí una vida digna.

Esta llamada adquiere una importancia particular ante lo sucedido en Ceuta. Marruecos no es un país en guerra ni puede ser contemplado únicamente como víctima de circunstancias externas. Es un Estado con instituciones propias, mantiene una estrecha relación política y económica con España y con la Unión Europea y recibe importantes recursos y cooperación precisamente en ámbitos relacionados con el desarrollo y la gestión migratoria.

Esa cooperación debe llevar aparejada responsabilidad. No sería coherente mantener importantes acuerdos económicos, comerciales y de cooperación y, al mismo tiempo, eludir las obligaciones que corresponden a cada Estado respecto a sus ciudadanos y al control de sus fronteras.

La solidaridad internacional no puede convertirse en un camino de una sola dirección. España y Europa deben colaborar con Marruecos, pero también deben pedirle que asuma plenamente sus responsabilidades. Y entre ellas está impedir que las personas, especialmente los menores, puedan ser utilizadas como instrumento de presión o queden expuestas a situaciones que ponen en peligro su integridad y su vida.

No estamos hablando de señalar a un pueblo ni de buscar culpables. Estamos hablando de corresponsabilidad entre Estados. Precisamente porque existe cooperación y porque Marruecos es un socio relevante para España y para Europa, debe existir también una exigencia clara de cumplimiento de los compromisos asumidos.

Y aquí vuelve a aparecer el principio que debe orientar toda nuestra reflexión: la persona. Quien llega a Ceuta merece ser acogido y tratado dignamente; quien vive en Ceuta merece sentirse protegido y acompañado; y quien permanece en Marruecos tiene derecho a que su propio país vele por su futuro y por su dignidad.

El cuarto principio es combatir con firmeza las mafias y las redes que trafican con personas.

También aquí las palabras de León XIV en Canarias fueron muy claras. El Papa denunció la existencia de «mafias que trafican con la desesperación» y de «tratantes que esclavizan mujeres y niños».

Quienes hemos conocido de cerca la ruta canaria sabemos hasta qué punto estas redes se aprovechan de la necesidad. Prometen un futuro que muchas veces termina en explotación, sufrimiento o muerte.

Combatir a las mafias no significa criminalizar al migrante. Es exactamente lo contrario: significa protegerlo. La acogida y la persecución de quienes comercian con seres humanos forman parte de una misma defensa de la dignidad humana.

La situación de Ceuta vuelve a recordarnos que estamos ante una realidad demasiado compleja para responder con consignas. No podemos caer ni en la indiferencia ante quien necesita ayuda ni en una visión ingenua que ignore las responsabilidades, las causas y las consecuencias de estos movimientos de población.

Canarias ha demostrado que una sociedad puede responder con humanidad y solidaridad. Pero nuestra experiencia también nos dice que ningún territorio puede afrontar solo una realidad de esta magnitud.

Por eso, hablar de crisis humanitaria no significa renunciar al análisis de sus causas. Al contrario. Nos obliga a ampliar la mirada.

Acoger a quien llega, cuidar a quien acoge, exigir responsabilidad a los Estados y combatir a quienes trafican con seres humanos no son cuatro caminos diferentes. Son cuatro dimensiones de una misma respuesta.

Una respuesta que debe colocar siempre en el centro a la persona y su dignidad.

Mons. José Mazuelos Pérez
Obispo de Canarias

Los mayores, parte activa de la vida y la misión de la Iglesia

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La Catedral de Canarias acogió este jueves, 1 de octubre, la celebración de la Eucaristía con motivo del Día Internacional de las Personas Mayores, presidida por Mons. José Mazuelos.

 

Durante la homilía, el obispo puso el acento en una realidad que afecta especialmente a muchas personas mayores: la soledad. Frente a ella, recordó que Dios acompaña siempre e invitó a cuidar la oración, la Eucaristía y el Rosario como formas de mantener viva esa relación con Él.

 

A partir del Evangelio de la mies y los obreros, Mons. Mazuelos recordó también que el valor de una persona no depende de lo que pueda hacer o producir. Los mayores siguen teniendo un lugar y una misión en la Iglesia, desde la oración, el servicio y el testimonio de una vida y una fe que se comparte con los demás.

 

El obispo tuvo palabras de agradecimiento para quienes, después de muchos años de trabajo, continúan dedicando su tiempo a las parroquias y comunidades. También destacó el papel de tantos abuelos y abuelas que transmiten la fe y acompañan a sus familias en lo cotidiano.

 

En este sentido, invitó a mirar a las personas mayores no como una carga, sino como hombres y mujeres que tienen mucho que aportar desde su experiencia, su memoria y su forma de afrontar la vida.

 

Mons. Mazuelos agradeció finalmente el trabajo de la Pastoral del Mayor y la colaboración de Cáritas, Pastoral Familiar, Pastoral de la Salud y Vida Ascendente en el acompañamiento a las personas mayores.

Iglesia por el Trabajo Decente denuncia que la crisis de la vivienda expulsa a los jóvenes trabajadores

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Reclama empleo estable, salarios suficientes y políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible

 

Acceder a una vivienda y construir un proyecto de vida autónomo se ha convertido en una carrera de obstáculos para miles de jóvenes. A la escalada de los precios de la vivienda, marcada por dinámicas especulativas, se suma un mercado laboral que cada vez ofrece menos garantías de estabilidad y protección. El resultado es que solo el 31% de las personas entre 18 y 34 años vive de forma independiente sin ayuda familiar y la edad media de emancipación alcanza ya los 30,2 años. Ante esta realidad, las organizaciones que integran la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) denuncian que la actual crisis de acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de exclusión social. En su manifiesto para la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, que se celebra el próximo 7 de octubre bajo el lema «Ante la exclusión, trabajo decente», alertan de que disponer de un empleo ya no garantiza una vida digna.

«La crisis habitacional se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la exclusión», señala ITD. Los elevados precios de la vivienda y de los alquileres obligan a muchas personas trabajadoras a compartir piso durante años, endeudarse o renunciar a desarrollar un proyecto de vida autónomo. «Cuando el derecho a la vivienda se subordina a la lógica especulativa, el trabajo pierde su capacidad de sostener una vida digna», advierten las entidades.

La iniciativa subraya que esta situación golpea especialmente a la juventud. Lejos de las expectativas que durante décadas asociaron formación, empleo y bienestar, miles de jóvenes encadenan contratos precarios y salarios insuficientes mientras ven alejarse la posibilidad de acceder a una vivienda.

 

«Muchos jóvenes tienen dificultad para llegar a fin de mes, comparten piso con personas desconocidas hasta los cuarenta años porque no hay forma de encontrar alquileres asequibles», recoge el manifiesto. Para visibilizar esta realidad, las organizaciones de Iglesia por el Trabajo Decente celebrarán el 7 de octubre actos públicos en distintas ciudades de España. Bajo una escenificación que contrapone los espacios de exclusión y de inclusión, las acciones mostrarán cómo el trabajo decente constituye la «llave» que permite acceder a derechos fundamentales como la vivienda, la protección social y un proyecto de vida digno. Con esta iniciativa, ITD quiere recordar que la exclusión no es el resultado de decisiones individuales, sino la consecuencia de estructuras económicas y laborales que deben transformarse desde la corresponsabilidad social y las políticas públicas.

El Centro de Noche ‘Saiz Meneses’ protagoniza la programación diocesana de COPE Sevilla

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El Centro de Noche ‘Saiz Meneses’ protagoniza la programación diocesana de COPE Sevilla

El Centro de Noche ‘Saiz Meneses’ protagoniza la programación diocesana de COPE Sevilla

Este fin de semana, la programación diocesana de COPE Sevilla se centra en la inauguración del Centro de Noche Saiz Meneses, que ha tenido lugar esta semana.

Así, El Espejo de la Iglesia incluye una entrevista al coordinador de este proyecto gestionado por Cáritas Diocesana, Salvador González, en la que explicará a qué perfiles atenderá este proyecto, las instalaciones preparadas para este fin y cómo este se ha convertido en un centro pionero en la atención a las personas sin hogar.

La cita es hoy, viernes 2 de octubre, a las dos menos veinticinco de la tarde, en COPE Sevilla (99.6 F.M), y a las tres y media en COPE MÁS (105.8 FM).

A esta entrevista se sumará el domingo la de Lola Valenzuela, responsable del Área de Grave Exclusión Social de Cáritas Diocesana, el departamento que precisamente acoge los proyectos de atención a personas sin hogar de la oenegé católica. Ella ofrecerá una mirada más amplia del problema del sinhogarismo en la Archidiócesis hispalense, presentando algunos proyectos parroquiales y diocesanos que ya se desarrollan y el impacto que estos tienen en recuperar la dignidad de las personas que atienden.

La entrevista se emitirá el domingo, 4 de octubre, a las diez menos cuarto de la mañana en el programa Iglesia Noticia Sevilla, conducido por Pablo Enríquez.

También podrá escuchar estos contenidos en los podcasts de nuestro perfil en Spotify Iglesia en Sevilla.

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La diócesis de Canarias y Banco Sabadell renuevan su convenio de colaboración

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El acuerdo, ratificado este miércoles por el Vicario Episcopal de Economía y Patrimonio y la directora regional del banco, facilita el acceso a soluciones financieras a parroquias, sacerdotes, centros escolares y entidades vinculadas a la Iglesia

La diócesis de Canarias y Banco Sabadell renovaron ayer, 30 de septiembre, el convenio de colaboración que mantienen ambas entidades. El acuerdo fue ratificado por Jorge Martín de la Coba, Vicario Episcopal de Economía y Patrimonio y Secretario Canciller de la diócesis de Canarias, y por Luisa Julia Quevedo, directora regional de Canarias de Banco Sabadell. También participó Santiago José Portas Alés, director de la dirección territorial Sur de España de Instituciones Religiosas y Tercer Sector del banco.

Asistieron al acto el ecónomo diocesano, José Antonio García Jiménez, y, por parte de la entidad, Santiago Góngira Álvarez y José Ángel Quintana Espino, director de la oficina de Triana.

El convenio permite a la diócesis dar a conocer entre parroquias, sacerdotes, centros escolares, fundaciones, instituciones y entidades vinculadas, así como entre su personal y sus familiares de primer grado, las soluciones financieras que Banco Sabadell ofrece a las entidades religiosas y del tercer sector. Las personas y entidades interesadas podrán dirigirse directamente al banco para recibir información y tramitar la contratación.

Además, el acuerdo contempla la posibilidad de que la diócesis participe, como candidata, en el Proyecto Ético y Solidario de Banco Sabadell, promovido junto con Sabadell Asset Management y la Fundación Lealtad para apoyar proyectos de fines sociales y humanitarios. También prevé un comité de seguimiento que se reunirá, al menos, dos veces al año para evaluar su desarrollo e impulsar sinergias entre los proyectos de acción social de ambas entidades.

Mons. Mazuelos: «Ceuta vive una crisis humanitaria que nos interpela a todos»

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El obispo de Canarias, Mons. José Mazuelos, ofrece una reflexión sobre la situación que vive Ceuta, a partir de las palabras del papa León XIV, quien la ha definido como una «crisis humanitaria».

 

Desde la experiencia vivida en Canarias ante el fenómeno migratorio, Mons. Mazuelos plantea cuatro principios para afrontar esta realidad: la defensa de la dignidad de toda persona, el bien común y la atención a la población que acoge, la responsabilidad de los países de origen y tránsito y la lucha contra las mafias.

 

Una reflexión que parte de una convicción: acoger y proteger al migrante no puede significar olvidar a quienes viven en los territorios de acogida. Ambas realidades deben ser atendidas desde la dignidad humana, la responsabilidad y el bien común.

 

Compartimos íntegramente la reflexión del obispo de Canarias:
Ceuta: una crisis humanitaria que nos interpela a todos

Mons. José Mazuelos Pérez
Obispo de Canarias

El papa León XIV ha definido lo sucedido en Ceuta como una «crisis humanitaria». La expresión nos ayuda a situarnos ante una realidad que no puede reducirse a cifras, fronteras o debates políticos. Estamos hablando, ante todo, de personas y de una situación que exige respuestas desde la dignidad humana, la responsabilidad y el bien común.

Desde Canarias conocemos bien esta realidad. Durante años hemos visto llegar a nuestras costas a miles de personas después de atravesar una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. Hemos conocido sus historias, sus sufrimientos y también la enorme respuesta solidaria de nuestra sociedad. Pero esta experiencia nos ha enseñado igualmente que la acogida, siendo imprescindible, no basta.

La respuesta cristiana no consiste en escoger entre defender al migrante o defender a la población que acoge. No podemos aceptar esa falsa disyuntiva. La dignidad de quien llega y la dignidad de quien acoge forman parte de una misma preocupación por la persona y por el bien común.

Ante lo sucedido en Ceuta quisiera señalar cuatro principios que considero fundamentales.

El primero es la defensa incondicional de la dignidad humana.

En Arguineguín, ante el drama que conocemos tan de cerca en Canarias, León XIV afirmó: «Aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad». Y añadió después: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Este debe ser siempre nuestro punto de partida. Quien atraviesa una frontera sigue siendo una persona con derechos, una historia y una familia. Nunca puede convertirse en una cifra, un problema o un instrumento al servicio de otros intereses.

Pero precisamente porque defendemos la dignidad humana debemos contemplar la realidad completa. También debemos cuidar a las sociedades que reciben, especialmente cuando soportan una presión extraordinaria. Defender al migrante y cuidar a la población que acoge no son objetivos contrapuestos. La dignidad de unos no puede construirse a costa de la inseguridad, el abandono o el deterioro de las condiciones de vida de otros.

El segundo principio es la defensa del bien común y la atención efectiva a la población de Ceuta.

La acogida necesita recursos, organización y responsabilidad. Cuando miles de personas llegan en un periodo muy breve a un territorio limitado, no basta con apelar a su solidaridad. Es necesario proporcionar los medios humanos y materiales adecuados y hacerlo con rapidez.

La experiencia de Canarias nos ha enseñado que no se puede dejar solos a los territorios que están en primera línea. Y esto vale también para Ceuta. La respuesta a una crisis humanitaria no consiste únicamente en atender a quienes han llegado. El Estado tiene también la responsabilidad de cuidar a los ciudadanos que están soportando directamente sus consecuencias.

Ceuta necesita una presencia efectiva y suficiente del Gobierno de España: funcionarios que permitan agilizar los expedientes, personal sanitario y social, recursos para atender dignamente a los menores y a las personas más vulnerables y fuerzas de seguridad suficientes para preservar la convivencia y la tranquilidad de la población. Las medidas adoptadas deben traducirse cuanto antes en una mejora real de la situación que viven los ceutíes.

No podemos pedir a una población que sea solidaria y, al mismo tiempo, hacer que se sienta sola ante una situación que la supera. La solidaridad necesita estructuras que la hagan posible. De lo contrario, quienes llegan no reciben la atención que merecen y quienes acogen terminan soportando una carga que no pueden asumir solos. Defender la dignidad del migrante y garantizar el bien común de los ciudadanos de Ceuta son dos obligaciones que deben caminar juntas.

El tercer principio es mirar hacia los países de origen y tránsito y exigir también su responsabilidad.

En Arguineguín, León XIV pidió un «examen de conciencia» a las naciones de origen, a las de tránsito, a Europa y a la comunidad internacional. También recordó que existe «el derecho a no tener que migrar»: el derecho de una persona a poder permanecer en su tierra y construir allí una vida digna.

Esta llamada adquiere una importancia particular ante lo sucedido en Ceuta. Marruecos no es un país en guerra ni puede ser contemplado únicamente como víctima de circunstancias externas. Es un Estado con instituciones propias, mantiene una estrecha relación política y económica con España y con la Unión Europea y recibe importantes recursos y cooperación precisamente en ámbitos relacionados con el desarrollo y la gestión migratoria.

Esa cooperación debe llevar aparejada responsabilidad. No sería coherente mantener importantes acuerdos económicos, comerciales y de cooperación y, al mismo tiempo, eludir las obligaciones que corresponden a cada Estado respecto a sus ciudadanos y al control de sus fronteras.

La solidaridad internacional no puede convertirse en un camino de una sola dirección. España y Europa deben colaborar con Marruecos, pero también deben pedirle que asuma plenamente sus responsabilidades. Y entre ellas está impedir que las personas, especialmente los menores, puedan ser utilizadas como instrumento de presión o queden expuestas a situaciones que ponen en peligro su integridad y su vida.

No estamos hablando de señalar a un pueblo ni de buscar culpables. Estamos hablando de corresponsabilidad entre Estados. Precisamente porque existe cooperación y porque Marruecos es un socio relevante para España y para Europa, debe existir también una exigencia clara de cumplimiento de los compromisos asumidos.

Y aquí vuelve a aparecer el principio que debe orientar toda nuestra reflexión: la persona. Quien llega a Ceuta merece ser acogido y tratado dignamente; quien vive en Ceuta merece sentirse protegido y acompañado; y quien permanece en Marruecos tiene derecho a que su propio país vele por su futuro y por su dignidad.

El cuarto principio es combatir con firmeza las mafias y las redes que trafican con personas.

También aquí las palabras de León XIV en Canarias fueron muy claras. El Papa denunció la existencia de «mafias que trafican con la desesperación» y de «tratantes que esclavizan mujeres y niños».

Quienes hemos conocido de cerca la ruta canaria sabemos hasta qué punto estas redes se aprovechan de la necesidad. Prometen un futuro que muchas veces termina en explotación, sufrimiento o muerte.

Combatir a las mafias no significa criminalizar al migrante. Es exactamente lo contrario: significa protegerlo. La acogida y la persecución de quienes comercian con seres humanos forman parte de una misma defensa de la dignidad humana.

La situación de Ceuta vuelve a recordarnos que estamos ante una realidad demasiado compleja para responder con consignas. No podemos caer ni en la indiferencia ante quien necesita ayuda ni en una visión ingenua que ignore las responsabilidades, las causas y las consecuencias de estos movimientos de población.

Canarias ha demostrado que una sociedad puede responder con humanidad y solidaridad. Pero nuestra experiencia también nos dice que ningún territorio puede afrontar solo una realidad de esta magnitud.

Por eso, hablar de crisis humanitaria no significa renunciar al análisis de sus causas. Al contrario. Nos obliga a ampliar la mirada.

Acoger a quien llega, cuidar a quien acoge, exigir responsabilidad a los Estados y combatir a quienes trafican con seres humanos no son cuatro caminos diferentes. Son cuatro dimensiones de una misma respuesta.

Una respuesta que debe colocar siempre en el centro a la persona y su dignidad.

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