El pasado lunes, 28 de septiembre, tuvo lugar un pequeño acto que nos colmó de alegría y esperanza: la bendición e inauguración del Centro de Noche ‘Saiz Meneses’, destinado a acoger y acompañar a personas que viven una de las formas más dolorosas de pobreza y exclusión: no tener un hogar, un lugar propio en el que descansar, sentirse seguro y saberse esperado. No se trataba únicamente de la apertura de un inmueble, sino de un lugar llamado a convertirse en signo visible del amor de Dios y de la solicitud de la Iglesia por sus hijos más vulnerables. El ritual que estamos celebrando expresa precisamente este deseo: que quienes vengan aquí «sientan cercana la presencia de Jesucristo y sean acogidos con amor solícito».
En el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo Jesús afirma con claridad: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 35.40). Estas palabras del Señor no admiten muchas interpretaciones. Jesucristo se identifica con el hambriento, con el sediento, con el extranjero, con el enfermo, con el encarcelado, con quien carece de lo indispensable. El pobre no es únicamente alguien a quien el cristiano debe ayudar. En él sale Cristo a nuestro encuentro. Por eso, cuando cualquier noche alguien atraviese la puerta de este centro buscando cobijo, no podemos contemplarlo simplemente como un “usuario”, ni como un número, ni como un problema social que hay que resolver. Ante nosotros habrá una persona, con un nombre, una historia, unas heridas, unas esperanzas y una dignidad que nada ni nadie puede arrebatarle.
Este centro es uno de los frutos más hermosos y concretos del II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular de Sevilla. Al concluir aquel Congreso señalábamos que las hermandades no pueden pasar de largo ante el sufrimiento de los más necesitados, sino que están llamadas a desplegar «una mirada compasiva que reproduzca la del mismo Cristo, el Buen Samaritano». Hoy aquella reflexión se convierte en paredes, habitaciones, puertas abiertas y, sobre todo, en personas dispuestas a servir. La fe verdadera siempre acaba haciéndose caridad. El culto, la oración, nuestras procesiones, nuestras devociones y nuestras tradiciones perderían una parte esencial de su verdad si no nos condujeran al hermano. En las conclusiones del Congreso recordábamos que la piedad popular «debe traducirse en obras concretas de amor y servicio» y ofrecer respuestas reales a las necesidades de los más vulnerables.
Como Iglesia que peregrina en Sevilla hemos de dar un paso más. No basta con ofrecer una cama, alimento, higiene o seguridad, por importantes que sean. Hay que ofrecer acogida, cercanía y acompañamiento. Hay que ayudar a cada persona a ponerse de nuevo en pie, hay que ayudarle a sentirse en cada comunidad cristiana en familia, en su hogar. Eso quisiera que llegara a ser este lugar: una casa. Una casa en la que nadie sea preguntado primero por sus errores, sino por lo que necesita. Una casa en la que nadie sea juzgado por su pasado. Una casa donde se escuche, se acompañe, se cure, se ayude a reconstruir vínculos y se abra una puerta hacia un futuro posible. Porque la caridad cristiana no mira desde arriba. Se pone al lado.
En nuestro recordado Congreso fuimos invitados a una «audaz renovación de la mirada». Necesitamos aprender a mirar como Cristo. Allí donde la sociedad puede ver una carga, Cristo contempla una vida de valor infinito. Allí donde aparecen soledad y exclusión, nosotros hemos de sembrar fraternidad y esperanza. Por eso quiero dar las gracias de corazón a cuantos han hecho posible este centro: a las hermandades y cofradías, a Cáritas, a las instituciones, benefactores, profesionales, voluntarios y colaboradores. Gracias por comprender que el Congreso no podía terminar solamente con palabras hermosas y una inolvidable procesión de clausura; tenía que dejar detrás de sí una huella de caridad. Y a quienes servirán en este centro de noche les pedimos algo muy sencillo: que no pierdan la ternura. La eficacia es necesaria, la organización es necesaria, los recursos son necesarios; pero quien cruza esa puerta necesita también una mirada limpia, una palabra respetuosa, paciencia, escucha y afecto. Que no olvidemos jamás las palabras de Jesús, que han quedado como el verdadero lema de este centro: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

