En este tercer domingo de Pascua contemplamos el relato evangélico de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Su relectura nos permite profundizar en el núcleo central de nuestra fe que es el encuentro con el Resucitado. Toda obra de evangelización nace de este encuentro y desde él hemos de reconsiderar cualquier iniciativa evangelizadora y de pastoral. El episodio de los discípulos de Emaús se presenta como un texto paradigmático, para comprender la misión eclesial. En 2019, el papa Francisco regaló a toda la Iglesia y en especial a los jóvenes, la exhortación apostólica postsinodal Christus Vivit, fruto de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tuvo como tema los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Os animo a seguir profundizando en las orientaciones que ofrece esta exhortación. Especialmente quisiera rescatar algunas ideas que aparecieron tanto en el documento final fruto del Sínodo de octubre de 2018 como en la exhortación. En concreto la explicación de Emaús que hace el papa Francisco en el número 237:
«Jesús camina con los dos discípulos que no han comprendido el sentido de lo sucedido y se están alejando de Jerusalén y de la comunidad. Para estar en su compañía, recorre el camino con ellos. Los interroga y se dispone a una paciente escucha de su versión de los hechos para ayudarles a reconocer lo que están viviendo. Después, con afecto y energía, les anuncia la Palabra, guiándolos a interpretar a la luz de las Escrituras los acontecimientos que han vivido. Acepta la invitación a quedarse con ellos al atardecer: entra en su noche. En la escucha, su corazón se reconforta y su mente se ilumina, al partir el pan se abren sus ojos. Ellos mismos eligen emprender sin demora el camino en dirección opuesta, para volver a la comunidad y compartir la experiencia del encuentro con Jesús resucitado». El Papa subrayó este dinamismo misionero en el camino de Emaús con tres verbos: reconocer, interpretar y elegir. Hay una escucha atenta y profunda mientras se camina por parte del Resucitado. La Palabra hecha carne camina, escucha y explica al ritmo de los discípulos para entrar en su noche.
Vemos que existe un modo, una metodología paciente del Maestro. Él nos propone una manera de trasmitir y educar en la fe para llevar sin miedo la luz del Evangelio a tantas noches que presentan adultos y jóvenes en la actualidad. Es necesario un aprendizaje en el arte del acompañamiento espiritual para poder escuchar y discernir a la luz de la Palabra. La tarea de la evangelización no puede olvidar recurrir con naturalidad a la Sagrada Escritura leída y proclamada en el surco de la Tradición viva de la Iglesia. Con la guía del magisterio y abiertos al Espíritu Santo, acogemos de nuevo cómo la Palabra de Dios nos habla y hacer arder nuestros corazones de discípulos misioneros. Qué importante es vivir desde la Palabra y preparar encuentros con los catecúmenos o con los ya iniciados en la fe donde nunca falte la presencia de la Palabra de Dios.
Pero vemos como esa Palabra conduce a los discípulos de Emaús a la mesa de la Eucaristía. Es ahí definitivamente donde se le abren los ojos y lo reconocen. El Misterio Pascual, Su Cuerpo y Sangre es la fuente y el culmen de toda obra evangelizadora. Cualquier proyecto de pastoral, en su itinerario y metodologías, debe partir del altar y regresar al altar. El Resucitado conduce a su desvelamiento en la Eucaristía y desde ahí nos abre los ojos para reconocerlo. Por eso toda pastoral con jóvenes debe educar en este asombro que nace de la Eucaristía. Educar desde este encuentro con Cristo Vivo para salir, para convertirse en misioneros de otros jóvenes. La centralidad de la Eucaristía es clave en la vida y en la formación cristiana, y en todas las iniciativas que traten de llevar el anuncio de Cristo Vivo a los que no lo conocen.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla











