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El Comedor Social de Cáritas en Algeciras retoma su actividad social en el interior de sus instalaciones

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El Comedor Social de Cáritas, ubicado en el Centro Social “Padre Cruceyra” de Algeciras, ha retomado, hoy 11 de abril, su labor de ofrecer almuerzos en el interior de sus instalaciones. De esta forma, se recupera la normalidad del funcionamiento del comedor alterada al decretarse el confinamiento por la COVID19 en marzo de 2020. Previa a la apertura de las salas, el arcipreste de Algeciras, Francisco Castillo, ha bendecido los alimentos que serán servidos en esta primera ocasión. En este momento, han participado el equipo humano, voluntariado y técnicos, y el director de Cáritas Diocesana de Cádiz.

Si bien durante estos largos y difíciles años, las personas necesitadas han seguido siendo atendidas, la distancia social exigida y la capacidad limitada del aforo de nuestro recurso provocó que las personas no pudieran entrar en la sala del comedor, obligándonos a modificar el modelo de atención social tradicional, optando por un servicio de preparación de comidas servidas en recipientes portables. Sin embargo, a pesar de que las personas que acudían a recibir la ayuda alimentaria no accedían a la sala comedor, no se ha dejado en ningún momento de prestar este servicio.

Tal como explica, la dirección de Cáritas Diocesana de Cádiz “para Cáritas, poder abrir de nuevo las puertas del comedor y poder ofrecer la ayuda en el interior es muy importante, porque nuestra vocación es acoger y ayudar a las personas que lo necesitan y ofrecer nuestra ayuda de la forma más digna posible. Cáritas, de nuevo, te sienta a su mesa».

El comedor ofrecerá, como antes del COVID, dos turnos de comida en la que se podrá atender en total a unas 100 personas. Durante los dos años que el servicio se ha visto alterado, el equipo técnico de Cáritas ha realizado un análisis de la realidad social de las personas que acuden a este servicio y ha establecido un nuevo proceso de acogida, derivación y atención social. El resultado de este estudio establecerá una mejora en las respuestas de Cáritas a cada problemática personal y conectará el comedor social con la red de Cáritas en las parroquias de Algeciras y con el proyecto de atención social a personas sin hogar que se ubica en el mismo centro social.

Desde Cáritas se agradece la inestimable colaboración que voluntariado; donantes particulares y empresas; Área de Asuntos Sociales del Excmo. Ayuntamiento de Algeciras, así como a Protección Civil, que han ayudado en este tiempo, para que Cáritas pudiera seguir ofreciendo ayuda a pesar del aumento de personas usuarias del servicio y del encarecimiento de los precios, especialmente, desde que comenzó el conflicto bélico en Ucrania.

Tal y como declara el Secretario General de Cáritas Diocesana de Cádiz: “aunque contamos con una aportación importante desde la Junta de Andalucía, desde el Ayuntamiento de Algeciras y de muchas donaciones privadas, es fundamental contar con más ayudas porque el alza del coste de los alimentos y del mantenimiento del edificio pone en riesgos la continuidad de la actividad«.

Igualmente, además de la necesidad de más financiación, Cáritas considera de vital importancia recuperar el voluntariado que, previo a la pandemia, acudía diariamente a este proyecto, ya que al volver a servir las comidas en el interior se requiere el aumento de personas voluntarias para cubrir los diferentes turnos de comida semanal.

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Cuatro adultos y un niño recibirán los sacramentos de iniciación cristiana el domingo de la Divina Misericordia

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Fruto del encuentro personal con Jesucristo. Fruto de la fe. Fruto de una decisión meditada. Este domingo de la Divina Misericordia, cinco adultos recibirán los sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, comunión y confirmación.

Se trata de cinco hombres de entre 9 y 53 años de edad, que se acercan ahora a la fe a través de la Delegación Episcopal de Catecumenado y de un proceso de formación y acompañamiento en el que ha recibido catequesis y han conocido de cerca a la Iglesia y han discernido su vocación cristiana como la mejor opción para su vida.

Fue el primer domingo de Cuaresma cuando participaron en el rito de elección, de manos del Obispo, quien ahora administrará los tres sacramentos de iniciación a estos catecúmenos.

La Diócesis cuenta con la Delegación de Catecumenado que acoge, atiende, forma y acompaña a aquellas personas que no han recibido la fe de pequeños, a las que cambian de credo o a las que, habiendo recibido el bautismo en los primeros años de vida, no han mantenido una fe viva ni contacto alguno con la Iglesia ni el resto de los sacramentos.

El Concilio Vaticano II tomó la decisión de restaurar el catecumenado, el proceso de iniciación de la Iglesia primitiva. Ese proceso es el fundamento del Rito de iniciación cristiana de adultos (RICA) para iniciar a las personas en la vida de la Iglesia. Al restaurar el catecumenado, los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía vinieron a ser recibidos en una sola liturgia, resaltando así su conexión. Una persona queda completamente iniciada en la Iglesia y adoptada como pertenencia de Dios cuando recibe el Espíritu Santo en el Bautismo y la Confirmación, y se acerca al Padre a través de Cristo en la Eucaristía.

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Un grupo de jóvenes evangeliza por diversos puntos de la ciudad

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Desde la parroquia de Santa Luisa de Marillac se promovió una experiencia de evangelización por el Polígono Guadalquivir y el Sector Sur

Puerta Verde, el programa impulsado por la parroquia de Santa Luisa de Marillac de Córdoba para dar formación y promoción a los vecinos más jóvenes de una de las zonas más desfavorecidas de la ciudad, ha vuelto a ponerse en acción llevando a cabo una experiencia de evangelización de calle el Viernes Santo por diversos puntos de la ciudad, una experiencia de misiones por el Polígono Guadalquivir y el Sector Sur que comenzó con una carrera de coches y se prolongó durante tres días de actividades.

El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, realizó el envío del mandato misionero a los jóvenes que desarrollaron la misión procedentes de Madrid, Sevilla y Málaga junto a los de Santa Luisa de Marillac y la parroquia de San Martín de Porres.

Asimismo, el mismo Viernes Santo se unieron a la misión un grupo de chicas de la Obra procedentes de Pamplona y el Sábado Santo se llevó a cabo un taller sobre ‘la Maleta de Luisa’ a un grupo de universitarios que han estado estos días con los Hermanos Maristas.























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Domingo de Resurrección 2023 | “No es lo mismo que Cristo haya resucitado o no”

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Saludos: ¡Feliz Pascua, Santa Pascua de Resurrección! Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: arzobispo emérito, obispo auxiliar electo, Cabildo Catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; distinguidas autoridades; queridos todos en el Señor. Hemos vivido estos días santos con el corazón, con los sentimientos; también con el entendimiento, y sobre todo con la fe, focalizados en los misterios de nuestra redención. Hoy culminamos con esta solemne misa del Domingo de Pascua de Resurrección.

La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación o de una experiencia mística, no es mitología. Es un hecho histórico, un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella definitiva. No es lo mismo que Dios exista o no, no es lo mismo que Cristo haya resucitado o no. No estamos aquí desarrollando una representación cultural, o manteniendo viva una tradición de nuestros antepasados; nos encontramos actualizando un misterio de redención. El sepulcro vacío y las apariciones confirman la resurrección del Señor.

Cada domingo renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, al proclamar unidos el Credo. Este hecho histórico es un gran misterio que ha cambiado el curso de la historia y que actualizamos en cada celebración eucarística; además, el tiempo pascual es el tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal y en su fuerza inagotable, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad. Cada año, en el Triduo Pascual, recorremos, en un clima de oración y penitencia, las etapas finales de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

Es muy importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica, por otra parte, está ampliamente documentada. Si se debilita en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se desvirtúa, y todo se acaba desmoronando. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos. La certeza de que Cristo resucitó es la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas. El encuentro con Jesús vivo ha cambiado la vida de innumerables hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio. «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe», tal como afirma el Apóstol san Pablo (1Co 15, 14). Pero lo cierto es que ha resucitado.

El anuncio que a lo largo del tiempo pascual iremos escuchando es que Jesús ha resucitado, y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

Él sigue presente entre nosotros tal como nos ha prometido: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.

«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8). Testigos de Jesús. Nosotros hoy continuamos dando testimonio de Cristo resucitado, seguimos el anuncio del Evangelio. Sin miedo, aunque llegara el caso de poner en peligro nuestra vida.

¿Cómo lo haremos? Con un estilo de vida propio, inspirado en el Evangelio, que será siempre novedoso. Tal como lo indica san Pablo a los cristianos de Colosas: “Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3, 1-2). Puesto que hemos resucitado con Cristo, busquemos vivir de forma coherente con la enseñanza de Cristo: una fe viva y profunda, amor a Dios y al prójimo, solidaridad, esperanza, alegría, firmeza, defensa de la verdad y no de lo políticamente correcto, o lo que esté de moda en cada momento.

Tenemos una Madre que es también Maestra: María Santísima. Ella nos guía y acompaña. Salimos con María al encuentro de Cristo resucitado. Vivamos el gozo de su victoria, reavivemos nuestra fe, seamos testigos de esperanza y alegría. ¡Santa y Feliz Pascua!

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

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Vigilia Pascual 2023 | “Ésta es una noche gozosa porque sólo ella fue testigo de la resurrección de Cristo”

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Vigilia Pascual 2023 | “Ésta es una noche gozosa porque sólo ella fue testigo de la resurrección de Cristo”

Saludos: Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: arzobispo emérito, cabildo catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; Cuarta Comunidad Neocatecumenal de la Parroquia de la Sagrada Familia, que ha finalizado el Camino; queridos todos en el Señor.

¡Feliz y Santa Pascua! En esta Noche Santa todo el universo creado está llamado a velar junto al sepulcro de Cristo. Hemos escuchado unos textos de la Sagrada Escritura que hablan de la Historia de la Salvación, de las obras admirables de Dios en favor de los hombres; desde la creación a la redención, desde el éxodo a la Alianza en el Sinaí, de la antigua a la nueva y eterna Alianza. En esa noche santa se cumple el proyecto eterno de Dios que entra en la historia del ser humano y del cosmos.

El misterio pascual de Cristo lleva a plenitud la revelación del amor de Dios, por el que creó el mundo, creó el ser humano y lo rescató de la muerte eterna mediante el sacrificio de Cristo, ya prefigurado en el sacrificio de Isaac. La alianza de Dios con los patriarcas sería renovada en el Sinaí, con la promulgación de la ley. Las aguas del Mar Rojo son figura de las aguas bautismales, en las que somos sepultados con Cristo en su muerte y renacidos en la nueva vida de la gracia. También hemos escuchado cómo Dios acompaña a su pueblo una vez llegado a la tierra prometida, y por medio de los profetas revela su amor eterno, y promete el agua viva que brotaría un día del costado abierto de su Hijo en la cruz. Los profetas exhortaban a Israel a mantener la fidelidad a la ley, garantía de la amistad de Dios.

En esta noche de gracia, la Iglesia pide a Dios que mire con bondad a su Iglesia, que lleve a cabo la obra que empezó y que todos los pueblos puedan ser renovados por las aguas bautismales y la unción del Espíritu. Ésta es una noche gozosa porque sólo ella fue testigo de la resurrección de Cristo. Cristo ha resucitado. Y en el primer encuentro con María Magdalena y la otra María les dice: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28, 10).

¿Qué significa para los discípulos ir a Galilea? Recordemos que Galilea ha sido el principal escenario de su predicación y actuación. Allí pronuncia el “Sermón de la montaña”, las Bienaventuranzas y el Padrenuestro, la mayor parte de su enseñanza. Pero ahora existe una novedad importante. Entre las experiencias anteriores y el nuevo encuentro con Jesús ha tenido lugar la Pasión, Muerte y Resurrección. El “ver a Jesús”, el nuevo encuentro con Él, será el fundamento para su misión. Son apóstoles porque han visto a Jesús, han convivido con él, han sido testigos de su vida, de su pasión, muerte y resurrección. Jesús ahora les confirma en su misión desde una nueva dimensión, y les enviará a hacer discípulos a todos los pueblos.

¿Qué significa para nosotros ir a Galilea? Significa renovar y actualizar el encuentro con Cristo, redescubrir nuestro Bautismo como inicio de una nueva vida de hijos de Dios, llamados a la santidad y al apostolado. Significa reavivar el carisma, la gracia que hemos recibido y que debemos hacer fructificar, recrear la experiencia de encuentro con Cristo, que pasó a nuestro lado y nos llamó también a anunciar la buena nueva del Evangelio.

Los apóstoles no habían entendido el mensaje de Jesús y discutían camino de Jerusalén quién de ellos era el más importante, y cuando llegó el momento de la pasión no estuvieron a la altura de las circunstancias. Pero el Señor les encarga ir a Galilea para encontrarse con él, para recibir una nueva instrucción y su mandato misionero, a partir de la cruz y la resurrección. Cuando nosotros nos alejamos del camino, Cristo resucitado siempre nos espera en Galilea para ofrecernos su luz y gracia y para confirmarnos en la misión. Siempre de la mano de María Santísima, la Madre. ¡Santa Pascua!

 

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

 

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Granada se suma a las concentraciones en Andalucía y Canarias por el trabajo decente organizadas por la HOAC

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Granada se suma a las concentraciones en Andalucía y Canarias por el trabajo decente organizadas por la HOAC

La concentración en Granada será el 14 de abril, a las 12 horas, en la Delegación de empleo ubicada en la Avenida Joaquina Eguaras nº2.

La HOAC de Granada te invita a participar en nuestro GESTO PÚBLICO enmarcado en la Campaña que venimos desarrollando con el lema “Trabajo digno para una sociedad decente». El día 14 de abril a las 12 horas en todas las Delegaciones de empleo de Andalucía y también en Canarias, nos vamos a concentrar para entregar al Delegado Territorial de empleo, empresa y trabajo autónomo un MANIFIESTO donde le proponemos algunas puntos que son necesarios poner en marcha, para que “el trabajo sea digno” en estas dos comunidades autónomas y así poder avanzar en una sociedad decente y en un trabajo para la vida.

Esperamos que nos acompañes el 14 de abril a las 12 horas en la puerta de la delegación territorial de Empleo de Granada, situada en la calle Joaquina Eguaras nº 2. Edificio Almanjáyar (conocido popularmente como “el edificio del reloj”).

HOAC Granada

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Viernes Santo 2023 | “La mayor prueba de la vida de María tiene lugar en el Calvario”

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Viernes Santo 2023 | “La mayor prueba de la vida de María tiene lugar en el Calvario”

Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Sr. arzobispo emérito, Cabildo Catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; distinguidas autoridades; queridos todos en el Señor. Celebramos el oficio de la Pasión del Señor y contemplamos su muerte en la cruz.

La cruz de Jesucristo es la culminación de su trayectoria vital, una entrega en totalidad a los demás; la cruz se convierte así en el gesto supremo de gracia y de servicio. Desde la contemplación de la cruz podemos percibir el inmenso amor de Dios; un amor infinito, encarnado en la actuación misericordiosa de Jesús, que en el Calvario alcanza su máxima realización: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). No es tanto el sufrimiento el que da valor redentor a la crucifixión de Cristo sino el amor de Dios, el amor infinito de Dios encarnado.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Estas palabras, pronunciadas por Jesús en su coloquio con Nicodemo, nos revelan la esencia de la teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal; según estas palabras, Dios entrega a su Hijo al mundo para liberar al ser humano del mal, y en esta entrega se manifiesta el amor infinito del Hijo redentor y del Padre que entrega a su Hijo. La misión del Hijo consiste en vencer el pecado y la muerte, y lo realizará siendo obediente hasta la muerte, y vencerá a la muerte mediante su resurrección (cf. Salvifici Doloris, 14-18).

Gracias al sacrificio redentor de Jesucristo hemos recibido una vida nueva y una esperanza de vida eterna, y hemos recibido una nueva luz que da sentido a nuestra existencia en toda circunstancia, también en las dificultades y el sufrimiento, en la cruz de cada día que deberemos cargar. Esta verdad profunda y radical cambia la historia de la humanidad y la historia personal de cada uno de nosotros, porque Dios nos ama y nos ha salvado por Jesucristo.

La primera lectura que hemos escuchado contiene una descripción en la que se pueden identificar los diferentes momentos de la Pasión de Cristo. Lo que más impresiona no es cada detalle concreto, sino la profundidad del sacrificio del Señor, la actitud de cargar sobre sí mismo el pecado y el mal de toda la humanidad. Él, inocente, carga con el pecado de todos y con el sufrimiento merecido por todos. Con su sacrificio voluntario, borra el pecado del mundo.

Junto a la cruz estaba María, la Madre de Jesús. El Hijo se dirige a ella llamándola “madre”. Su maternidad divina es un misterio y un acontecimiento histórico, un misterio fundamental en lo que se refiere a la persona y a la función de María en la Historia de la Salvación. Dios le había encomendado esta misión, y ella corresponde con su fe y su vida. En la Anunciación, acepta el plan de Dios que le presenta el Ángel; su aceptación precede a la Encarnación. De este modo María, hija de Adán, fue constituida Madre de Jesús, y se consagró totalmente a la Persona y a la obra de su Hijo.

Al pie de la cruz recordó toda su vida, tan unida a su Hijo desde el principio, desde el momento de la concepción virginal hasta su muerte; cuando se dirige decididamente a la montaña a visitar a su prima Isabel; en la Natividad, cuando muestra a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito; cuando lo presenta en el Templo; cuando encuentra a Jesús, que se ha quedado en el Templo, ocupado en las cosas de su Padre. La Madre conservaba en su corazón, meditándolas, todas estas cosas. En la vida pública de Jesús, su Madre está presente en la boda de Caná de Galilea, y alcanza por su intercesión el primer milagro.

La mayor prueba de la vida de María tiene lugar en el Calvario. Al pie de la cruz su fe permanece intacta a pesar del sufrimiento, aunque su corazón es traspasado por la espada de dolor tal y como le había anunciado el anciano Simeón. El drama de la pasión y la muerte hizo tambalear la fe de los discípulos, que quedaron absolutamente desconcertados. El evangelista san Juan relata cómo María, en cambio, permanecía de pie junto a la cruz, firme, en ese momento de inmenso dolor. Sin duda fue ese el momento más doloroso de su “peregrinación de fe”, pero su fe se mantuvo firme, y su sufrimiento fue de una fecundidad incalculable. En estos momentos, se abandona sin reservas a la voluntad de Dios, y participa por medio de la fe en el misterio de la Cruz de su Hijo.

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19, 25-27). Según san Juan Pablo II, las palabras que Jesús dirige a María y Juan constituyen una «escena de revelación». Por un lado, revelan los sentimientos de Cristo en su agonía y al mismo tiempo contienen un profundo significado para la fe y la espiritualidad cristiana. El Señor, poco antes de morir, a través de estas palabras dirigidas a su madre y al discípulo amado, establece nuevas relaciones entre María y los cristianos. Más allá de la preocupación de un hijo por la situación material de su madre, esta entrega recíproca que hace Jesús constituye el hecho más importante para comprender el papel de la Virgen María en la historia de la salvación.

El encargo principal de Jesús no es confiar a su madre a Juan, sino confiar al discípulo a María, asignándole una nueva misión materna. Jesús pronuncia estas palabras en el momento culminante de su sacrificio redentor para después afirmar que todo estaba cumplido. Por tanto, son palabras pronunciadas en el marco y en el momento clave de su misión salvífica y por ellas María se convierte en madre de todos los hombres. ¡Cuántas veces hemos rezado con la oración más antigua que conocemos dirigida a María y que subraya su intercesión materna: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no desoigas la oración de tus hijos necesitados, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita”.

Continuamos nuestra celebración y contemplamos hoy especialmente el árbol de la Cruz, donde murió el Salvador del mundo para darnos vida, una vida abundante. María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, Madre del amor, nos ayude y acompañe en el camino de seguimiento de su Hijo Jesucristo.

 

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

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Jueves Santo 2023 | “La Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor”

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Jueves Santo 2023 | “La Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor”

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Comienza la celebración del Triduo Pascual con la Misa vespertina de la Cena del Señor. Nos reunimos hoy en la Catedral para recordar y actualizar aquel acontecimiento que tuvo lugar hace muchos años en el Cenáculo, en Jerusalén, y que la liturgia conmemora y actualiza. Queridos hermanos presentes en esta celebración: arzobispo emérito, obispo auxiliar electo, cabildo catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; queridos todos.

La liturgia de hoy actualiza algunos aspectos fundamentales de nuestra fe como son la Eucaristía, el amor fraterno, la comunidad eclesial y el sacerdocio ministerial. Hemos sido convocados para escuchar nuevamente la palabra de Jesús, que nos da un nuevo mandamiento en el que recoge la esencia misma de su evangelio, el resumen de toda la ley, el mandamiento del amor, porque “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Y en nuestra celebración repetiremos el gesto del Señor al comienzo de la Última Cena, el lavatorio de los pies. El texto nos muestra que ante la reticencia de Pedro, Jesús responderá que les ha dado ejemplo para que en sus relaciones vivan las mismas actitudes de servicio y humildad, porque, en definitiva, “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

La Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor, la actualización y ofrenda sacramental de su único sacrificio, que se realiza en la liturgia de la Iglesia, que es su Cuerpo. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, hace presente el memorial de la Pascua de Cristo, actualiza el sacrificio que ofreció de una vez para siempre en la cruz, y que permanece siempre actual (cf. Hb 7, 25-27). La Eucaristía tiene siempre un sentido sacrificial, que se manifiesta en las mismas palabras de la institución: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” y “este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22,19-20).

El Señor está presente de muchas maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la comunidad cuando se reúne en su nombre, en los pobres, en los necesitados, en los enfermos, en los que están encarcelados, así como también en los sacramentos, sobre todo en la persona del ministro, y de un modo especial en las especies eucarísticas. En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se encuentran “contenidos de forma verdadera, real y sustancial el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y, por tanto, Cristo todo entero” (Concilio de Trento: DS 1651). Esta presencia se llama “real” no de manera exclusiva, sino por excelencia, porque es sustancial y por ella Cristo se hace totalmente presente.

La Eucaristía es también un sacrificio de alabanza y acción de gracias. Presentamos sobre el altar las ofrendas del pan y del vino, como acción de gracias por todos los bienes que recibimos de Dios, por los bienes de la creación y de la redención. La redención se ha realizado mediante el Sacrificio de Cristo. La Iglesia debe seguir haciendo presente sacramentalmente este Sacrificio. La celebración de hoy nos lo recuerda con singular elocuencia. La primera lectura, del libro del Éxodo, evoca el momento de la historia del pueblo de la Antigua Alianza en el que ha sido prefigurado el misterio de la Eucaristía con mayor claridad: la institución de la Pascua.

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). La Última Cena atestigua ese amor con el que Cristo nos ha amado. ¿Qué significa que les amó hasta el extremo? Significa amar hasta el punto de entregar la propia vida. La Eucaristía es fruto y consecuencia de la muerte en la Cruz, la actualiza y la renueva continuamente, la significa y la proclama. Así ha amado a Jesús en esta última cena. Ha amado a los suyos que estaban con Él ya todos aquellos que debían recibir el fruto de su sacrificio redentor.

Las palabras que pronuncia sobre el pan y sobre el cáliz lleno de vino, las mismas palabras que nosotros repetiremos hoy con un recuerdo emocionado, las palabras que repetimos siempre que celebramos la Eucaristía, son la revelación de ese amor que, una vez para siempre, le ha llevado a la entrega de su vida por la salvación de todos. Antes de entregarse a sí mismo sobre la cruz como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, se ha entregado a sí mismo como comida y bebida para que tengamos vida, y una vida abundante. De esta forma los amó hasta el extremo; de esta forma nos ama hasta el extremo.

Nosotros, los cristianos, somos los que hemos creído en el amor de Dios, y ésta es la opción fundamental de nuestra vida. El encuentro con Cristo y su impacto renovador en nuestra vida es la única explicación de nuestro ser y actuar. Jesús hace del amor a Dios y del amor al prójimo un único precepto. Pero la gran novedad está en que no se trata de una norma externa y extraña que se nos impone, porque el amor ya no es sólo un mandamiento, sino sobre todo la respuesta al don del amor, con el que Dios nos amó primero y ha salido a nuestro encuentro.

El acto de entrega de Jesús queda perpetuado mediante la institución de la Eucaristía. Él anticipa su muerte y resurrección y se entrega a sí mismo. La Eucaristía nos adentra en ese misterio de la entrega de Jesús. Este misterio, que nos sobrepasa, tiene una dimensión de entrega como alimento, como unión con Él, como posibilidad de encontrarse con Él y permanecer en Él. Por otra parte, en la comunión sacramental cada uno de nosotros permanece unido al Señor junto con todos los que comulgan, y consecuentemente, forma con ellos un solo cuerpo, porque todos nos alimentamos de un mismo pan. La unión con Jesucristo es a la vez unión con los hermanos. Sólo a partir de ese fundamento se puede entender el mandamiento del amor, que no es una norma moral externa, porque la fe, el culto y la moral se convierten en tres dimensiones de una única realidad que se configura y es consecuencia del encuentro con Dios. Amar a Dios y al prójimo serán dos dimensiones inseparables de una única actitud.

Quizás alguien dirá que para el ser humano es imposible cumplir este mandamiento, y no le faltarán argumentos y pruebas echando un vistazo tanto a la sociedad como a las propias experiencias de fracaso después de hacer propósitos firmes. Pero por encima de todo y para que nunca perdamos la esperanza, una realidad es cierta y previa: Él nos ha amado primero, es Dios quien ha tomado la iniciativa, es él quien sigue amándonos, quien nos ofrece incesantemente su amor. De ahí nace la certeza de que podemos corresponder al amor de Dios y proyectar ese amor hacia los demás. Es posible cumplir el mandamiento nuevo de amar como Jesús nos ha amado porque el mismo Dios nos da antes la fuerza, la gracia, la capacidad de amar. Antes que un mandamiento externo, es un don, una gracia, la consecuencia de una transformación del corazón que posibilita una nueva vida.

El encuentro con el Señor en la Eucaristía será alimento y renovación continua de ese amor y también el encuentro con el Señor presente en el hermano necesitado. La vivencia del mandamiento nuevo de Jesús deberá ser el distintivo visible de cada comunidad cristiana, de nuestra Iglesia local de Sevilla. Por esta señal se reconocerá que somos discípulos de Cristo.

Amar al hermano, servir al hermano, dar la vida por él. Jesús nos invita a vivir el mandamiento del amor y nos da ejemplo ofreciendo su vida por la salvación de todos. Encomendémonos a María Santísima, Madre y Maestra de la escuela del amor. Ella nos enseñará a vivir la Eucaristía, ella nos enseñará a amar hasta el extremo. Que así sea.

 

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

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Misa Crismal 2023 | “Ésta es nuestra vida, éste es el testimonio que estamos llamados a ofrecer”

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Misa Crismal 2023 | “Ésta es nuestra vida, éste es el testimonio que estamos llamados a ofrecer”

Un año más celebramos la Misa Crismal, en la que se reúnen los presbíteros con su obispo en torno al altar. En ella se bendicen los aceites y se consagra el crisma, que servirán para ungir a los catecúmenos, para confortar a los enfermos y para conferir la Confirmación y el Orden sagrado. En esta celebración también renovaremos las promesas sacerdotales, nuestra consagración y servicio a Cristo y a la Iglesia. Queridos hermanos presentes en esta celebración: arzobispo emérito, obispos auxiliares electos, vicario judicial, vicarios episcopales, secretario general, arciprestes, delegados, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado.

Diversas circunstancias eclesiales confluyen en la celebración de la Misa Crismal de este año. El pasado sábado se hacía público que el Santo Padre Francisco ha nombrado dos Obispos Auxiliares para la archidiócesis de Sevilla; por otra parte, nos ha convocado a la Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Lisboa del 1 al 6 de agosto de este año; asimismo, nos ha convocado a la XVI Asamblea General de los Obispos el próximo mes de octubre «por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión». San Juan Pablo II, en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte, propuso la espiritualidad de comunión como alma de la comunidad eclesial y como principio educativo para llevar a cabo la misión pastoral de la Iglesia en el nuevo milenio. El Papa Francisco insiste en que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». Por último, el 27 de noviembre pasado, Primer Domingo de Adviento, tuvo lugar la presentación del Plan Pastoral Diocesano 2022-2027.

El nuevo Plan Pastoral y la Carta Pastoral que lo acompañaba reflejan bien que nuestra vida y ministerio se desarrollan en un ambiente no exento de dificultades; vivimos inmersos en una cultura dominante relativista y subjetivista, recibimos el impacto constante de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías; somos testigos de la precariedad y la pobreza en la que viven muchas familias; constatamos un creciente empobrecimiento espiritual de nuestros coetáneos, y también la falta de firmeza y consistencia, la liquidez del sujeto posmoderno y de nuestra sociedad. A la vez, podemos comprobar aspectos positivos y esperanzadores como la búsqueda de sentido y de respuestas por parte de muchas personas, la presencia de numerosas iniciativas de solidaridad, una mayor conciencia ecológica, o el fenómeno del voluntariado, cada vez más presente en nuestro mundo.

Las dificultades del momento actual podrían llevarnos al desánimo o la desesperanza, pero, por el contrario, deben ser ocasión para fijar más que nunca la mirada en Jesucristo, porque en él encontramos el consuelo y la fortaleza. De hecho, en todo momento debemos centrar y recentrar nuestra vida en Jesucristo, ya sea a través de la contemplación y la oración, cuando se hacen presentes la cruz y el sufrimiento, o en el trabajo pastoral habitual. Nos ayuda recordar el episodio de la tormenta calmada en el Mar de Galilea (cf. Mt 8, 23-27). El texto es de sobras conocido: Hallándose en la barca, de repente se levanta una gran tormenta en el lago, hasta el punto de que las olas cubrían la embarcación. Los apóstoles, llenos de miedo y desconcertados, despiertan a Jesús, que dormía, y le dicen: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». Entonces Jesús se levanta, increpa a los vientos y al mar, y sigue una gran calma.

En este episodio el mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tormenta representa todo tipo de tribulaciones y dificultades que oprimen al ser humano. La barca se convierte en imagen de la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles. En ese momento están abandonados a sí mismos, expuestos a las fuerzas exteriores adversas, a los elementos de la naturaleza y también a los elementos interiores de la fatiga, el miedo y la desconfianza. Tienen más conciencia de la presencia de las dificultades y los peligros que de la presencia de Jesús, que está con ellos en la barca, aunque esté dormido.

Jesús les devuelve la serenidad, y antes de calmar la tormenta les dirá: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Les enseña, y nos enseña a nosotros a soportar con valentía las adversidades de la vida, desde la actitud de confianza en Dios. Si vivimos de un modo egocéntrico y narcisista, sólo pensando en nosotros mismos, o nos acomodamos a un estilo disperso y superficial, podemos acabar en manos de los vientos y las olas que cubren la barca de la vida y de la Iglesia, y difícilmente los podremos superar. El Señor nos dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). Él está presente en nuestra vida, camina con nosotros, pero necesitamos ser conscientes de su presencia. La oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos, particularmente la Eucaristía, nos ayudan a centrar la vida en Cristo, y a avanzar sin miedo, porque él es el Señor de los elementos, el Señor de la Historia.

También nos ayuda, en medio de las preocupaciones y ansiedades, tener muy presente el Salmo 15, que expresa bien la esencia de nuestra vida: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad». Cuando el pueblo de Israel llega a la tierra prometida y se procede al reparto de tierras entre las distintas tribus, cada una de ellas obtiene por sorteo su lote y así participa en el gran don que Dios había prometido. Sólo la tribu de Leví no recibe lote alguno, porque el Señor debe ser su porción y su heredad.

Los sacerdotes no vivían del trabajo de la tierra, sino de la participación en los bienes que se ofrecían a Dios, de los cuales recibían una parte como encargados del servicio divino. Su vida, por tanto, dependía del Señor y hacia él se orientaba. Dios era lo único que les garantizaba la existencia. Pero reparemos en que la afirmación tiene un sentido más profundo: Significa que Dios mismo es el verdadero fundamento de la vida del sacerdote, la raíz de su existencia. Ésta es la explicación de lo que significa nuestra misión sacerdotal, en comunión con Jesús mismo. También nosotros decimos que el Señor es nuestra porción, nuestra heredad, que el fundamento de nuestra existencia es Dios mismo.

Ésta es nuestra vida, éste es el testimonio que estamos llamados a ofrecer en una sociedad tan materialista, tan utilitarista. Nuestra misión principal consiste en llevar a Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Para ello, debemos ser hombres de Dios, porque sólo podemos cumplir esta misión si vivimos arraigados, cimentados en Él. Éste es el servicio principal que la humanidad necesita hoy. Si nuestra vida sacerdotal pierde esta centralidad de Dios, si Él deja de ser nuestra heredad, nuestro auténtico tesoro, corre el peligro de vaciarse de contenido y de sentido, y no habrá cargos, ni nóminas, ni honores capaces de llenar ese vacío. Estamos llamados a ser hombres de Dios, amigos del Señor Jesús, que aman a la Iglesia, que se entregan hasta dar la vida por la salvación de los hombres.

Queridos hermanos presentes en esta celebración: damos gracias al Señor por participar del único sacerdocio de Cristo; oremos por los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales. También hoy damos especialmente gracias a nuestros sacerdotes por su trabajo pastoral, por su entrega generosa, por la fidelidad incondicional y la alegría que llena su vida en medio de situaciones no siempre fáciles, que son verdaderos retos y oportunidades para vivir el ministerio. Que María, Virgen de los Reyes, Madre y Maestra de los sacerdotes nos acompañe siempre e interceda por nuestra santificación. Así sea.

 

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

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Domingo de Ramos 2023 | “Estamos aquí porque somos los discípulos del crucificado”

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Domingo de Ramos 2023 | “Estamos aquí porque somos los discípulos del crucificado”

(Saludos)

“Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor”. Así hemos cantado la antífona que acompaña la solemne procesión con ramos de olivo y de palma en este domingo, llamado precisamente de Ramos y de la Pasión del Señor. Hemos actualizado lo que sucedió aquel día: en medio de la multitud llena de alegría en torno a Jesús, que a lomos de un pollino entraba en Jerusalén, había muchos niños. Algunos fariseos querían que Jesús los hiciera callar, pero él respondió que gritarían las piedras si aquellos pequeños callaban.

Hoy somos niños, jóvenes y adultos de Sevilla y de otros lugares, los que nos encontramos en esta celebración. Sed todos bienvenidos. El centro de nuestra celebración es la Cruz. Si nos encontramos participando en esta celebración es porque no nos avergonzamos de la cruz, porque no tememos la cruz de Cristo. Es más, queremos amarla y venerarla, porque es el signo de Jesucristo Redentor, muerto y resucitado por nuestra salvación. Quien cree en Jesús crucificado y resucitado lleva su propia cruz con la seguridad de que Dios es amor. Con la entrega total de sí mismo en la cruz, nuestro Salvador venció definitivamente el pecado y la muerte.

Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre que está sobre todo nombre. Estas palabras del apóstol san Pablo expresan nuestra fe, la fe de la Iglesia. Pero la fe de la Iglesia no es algo que pertenece al pasado. La lectura de la Pasión nos sitúa ante Cristo, vivo y presente en la Iglesia. El misterio pascual, que celebraremos durante los días de la Semana Santa, es siempre actual. Nosotros somos hoy los contemporáneos del Señor, y nuestro comportamiento se puede asemejar al de María, Juan y las mujeres, al de la gente de Jerusalén, o al de los discípulos. Hemos de revisar si de verdad estamos con él, o si tendemos a huir ante el sufrimiento, o si nos comportamos como simples espectadores de su muerte.

La narración de la Pasión pone de relieve la fidelidad de Cristo, en contraste con la infidelidad de los hombres. En la hora de la prueba, mientras todos, también los discípulos, abandonan a Jesús, él permanece fiel a la voluntad del Padre, dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que le ha sido encomendada. Junto a él permanece María, dolorosa al pie de la cruz, en silencio. Hemos de aprender de Jesús y de su Madre, que es también nuestra madre. Una prueba de la verdadera fuerza del ser humano consiste en la fidelidad con la que es capaz de dar testimonio de la verdad, resistiendo tanto a los halagos como a las amenazas, a las incomprensiones y a los chantajes, e incluso a la persecución cruel. Este es el camino por el que nos llama el Señor.

La liturgia de hoy nos invita a subir hacia Jerusalén con Jesús, que es aclamado por los niños hebreos. Dentro de poco padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día. San Pablo nos ha recordado que Jesús “se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo” (Flp 2, 7) para obtenernos la gracia de la filiación divina. De aquí brota el verdadero manantial de la paz y de la alegría para cada uno de nosotros. Aquí está el secreto de la alegría pascual, que nace del dolor de la Pasión.

Queridos hermanos, espero y deseo que cada uno de nosotros participe de esta alegría. El Maestro a quien seguimos, Jesucristo, no es un poderoso de este mundo, ni un populista vendedor de ilusiones, ni un sutil manipulador. Ha entregado su vida en la cruz por nuestra salvación. Estamos aquí porque somos los discípulos del crucificado, que ha muerto por nosotros, y ha resucitado por nosotros. Sólo él puede llenar nuestra vida de sentido y plenitud, de paz y justicia, del amor que tanto anhela nuestro corazón.

Que a lo largo de estos días nos acompañe María Santísima, Madre de Dios y madre nuestra, mediadora de todas las gracias; que ella nos ayude a través de las celebraciones litúrgicas y de los cultos externos a penetrar en este misterio de amor y salvación.

 

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

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