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“Jesucristo pide tu vida para que se la entregues a Él”

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La Catedral de Córdoba ha acogido el viernes, 12 de mayo, el Rito de Admisión y la institución de Lectores y Acólitos

Un total de siete seminaristas del Seminario Conciliar «San Pelagio» y el Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater «San Juan de Ávila», han recibido el Rito de Admisión y la institución de Lectores y Acólitos, en la Santa Iglesia Catedral.

El obispo de Córdoba ha presidido esta celebración, el viernes 12 de mayo, en la que dos seminaristas recibieron el Rito de Admisión de manos del prelado: Francisco Daniel Fernández Calero y Rafael Arturo Sánchez Torrealba (del Seminario Misiosero Redemptoris Mater “San Juan de Ávila”). Igualmente, en este día fueron instituidos Lectores y Acólitos los seminaristas Francisco Salvador Flores Hidalgo, Javier González Martínez, Javier Rodríguez Calmaestra, Francisco Solano Aguilar Tejada y Javier Montes Jiménez.

En su homilía, el pastor de la Diócesis ha manifestado que celebramos con gozo este día, recordando que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los demás”.

“Aquí está la Iglesia representada en todos vosotros”, ha aclamado el pastor de la Diócesis al tiempo que ha explicado que “es un momento de gran alegría porque uno constata que es Dios el que os ha llamado, porque si esto hubiera sido una ocurrencia vuestra, a estas alturas habría desparecido, pero si perseveráis y crecéis hacia el sacerdocio es porque habéis descurbiero que os llama Dios y lo habéis descubierto porque os ha llamado en la serenidad y en la paz de un año y otro, de un tiempo en el que habéis podido entender esta llamada, clarificarla y constatarla con vuestros formadores”.

Monseñor Demetrio Fernández ha subrayado que el Seminario “no son solo unas paredes, sino que es una comunidad articulada en la que vuestros formadores os van ayudando”. Asimismo, dirigiéndose a los jóvenes seminaristas, les ha recordado que “la Iglesia os llama por vuestro nombre y apellidos, constatar eso es una alegría inmensa, Dios ha entrado en vuestras vidas de jóvenes y vosotros habéis respondido a su llamada, una llamada que hace capaz al sujeto. Recordad la frase de san Pablo: “Doy gracias a Cristo Jesús que se fio de mí, me hizo capaz y me confió este ministerio”, y en el silencio de Dios entended por qué Jesucristo quiere ser el todo de tu vida”.

El Obispo ha resaltado la necesidad que tiene la Iglesia de tener sacerdotes, incluso para la Iglesia universal, por eso es importante ver “cómo Dios actúa en el corazón de estos jóvenes y los ayuda a ser fieles al Pueblo Santo de Dios”. Al hilo de esto, a los seminaristas les ha instado a entregarse al servicio de Dios y a abrirse a su gracia para que Jesucristo los ayude a prepararse para ser sacerdotes. “Se trata de saborear la Palabra de Dios y todo lo que la rodea. Sois llamados a este rito para que veáis de cerca, con los ojos de la fe, la ofrenda del Padre y aprendáis a ofrecer vuestra vida con la de Él”, ha aclamado.

Ha culminado la homilía pidiéndoles que ayuden siempre a los pobres, a los necesitados, para llegar a la santidad, porque “esa es la tarea encomendada como presbíteros o diáconos”.














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Entretenida mañana en el Trofeo Solidario de Fútbol 7 del alumnado de religión

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Entretenida mañana en el Trofeo Solidario de Fútbol 7 del alumnado de religión

Mañana de fútbol solidario en el campo federativo de La Orden este jueves 11 de mayo. Tras la finalización del cuadrante de partidos, los alumnos de los diferentes centros finalistas también tuvieron la oportunidad de participar en una competida prueba de atletismo con medallas para los tres primeros clasificados en categoría femenina y masculina.

Agradecer la presencia y colaboración del jugador del Real Club Recreativo de Huelva, Juanjo Mateo, que ha sido el encargado de entregar los trofeos de campeón y subcampeón así como las medallas a todos los participantes. También dar las gracias a la Federación Onubense de Fútbol, el Comité de Árbitros de Huelva, Aqualia y Sporting Club de Huelva.

Durante la entrega de trofeos se han sorteado diferentes regalos entre los asistentes. ¡Enhorabuena a todos!

Delegación Diocesana de Educación y Cultura

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Las Rogativas

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Las Rogativas

El papa San Pablo VI, al aprobar las Normas universales sobre el año litúrgico y el nuevo calendario romano general, pretende adaptar las diversas celebraciones que constituyen el año litúrgico a las directrices dadas por el Concilio, tanto en lo que respecta a la ordenación del Propio del tiempo y de los Santos, como a la revisión del Calendario Romano.

En los números 45 al 47 se establecen los principios generales sobre la celebración de las Témporas y las Rogativas. El papa faculta a las Conferencias Episcopales para que adapten estas celebraciones, teniendo en cuenta las peculiaridades de cada pueblo o nación.

Aunque las Rogativas tienen un origen anterior, la tradición atribuye su institución a San Mamerto, obispo de Viena, hacia el año 470. Se celebraban, en los tres días anteriores a la fiesta de la Ascensión del Señor. Las Rogativas siempre iban acompañadas de una procesión con letanías hacía alguna iglesia a las afueras de las ciudades, con el fin de impetrar la misericordia divina ante las calamidades o carencias sufridas en aquella región. A finales del siglo V se institucionalizan, pasando a formar parte de los ritos contenidos en los libros litúrgicos. El papa León III las estableció para Roma y pronto se extendieron a todo el Rito Latino.

El significado espiritual de las Rogativas lo encontramos en las palabras de Jesús que recoge el evangelio según san Juan (16, 23-24): “En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa.”  Animada por estas palabras de Jesús, la Iglesia instituyó las Rogativas, reconociendo en el Divino Salvador la única mediación posible ante el trono de Dios.

A lo largo de los siglos el pueblo de Dios ha celebrado procesiones de Rogativas, en situaciones de graves carestías, implorando la misericordia de Dios. En estas procesiones la intercesión de los santos es una constante, pues son invocados al cantar o rezar las letanías. La que es considerada “toda santa”, santa María la Virgen, ocupa un lugar destacado, por ser contemplada por la Iglesia como la gran intercesora ante su Hijo. (Cf. Jn 2, 1-11)

El Concilio Vaticano II al hablar de la maternidad de María en la Economía de la Salvación, afirma que: “Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador. (Cf. Lumen Gentium n. 62)

Al procesionar en solemne Rogativa, junto a la Santísima Virgen de la Cinta, el pueblo de Huelva, con su Pastor a la cabeza, desea impetrar de Dios, Todopoderoso, el don tan necesario de la Lluvia. Los ojos del Pueblo de Dios que camina en Huelva miran a la Madre y la Madre conduce los ojos de sus hijos hacia su Hijo, Jesucristo, el Señor. ¡Que por su mediación se rieguen los campos!

En sintonía con la tradición de la Iglesia, a nosotros nos corresponde elevar por intercesión de María, nuestras suplicas a Dios. Pero también es nuestra obligación, como buenos cristianos, hacer un uso responsable del don del agua. El papa Francisco nos advierte seriamente de la obligación que todos tenemos en la administración de los recursos naturales (Cf. Laudato si, n. 27). En esta Rogativa pidamos al Señor el don del agua, que es tan necesaria, y al mismo tiempo, que nos dé un corazón capaz de administrarla.

Delegación diocesana para la Liturgia.

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Homilía en la fiesta de San Juan de Ávila

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Catedral de Sevilla, 11 de mayo de 2023.
Lecturas: Hch 13,46-49; Sal 22,1b-6; Mt 5,13-19

Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Obispos Auxiliares electos, presbíteros, diáconos, seminaristas; miembros de la vida consagrada y del laicado. Especialmente, saludo a los hermanos que celebráis este año las bodas sacerdotales de plata y oro. José María Campos Peña, Claro Jesús Díaz Pérez, José Ángel Soto Peña, José Antonio Escobar González, Francisco José Ortiz Bernal, Leonardo Javier Giacosa, y Ángel García-Rayo Luengo cumplen 25 años de ordenación. José Vicente Ortiz Bohórquez, Florencio Bernal Barriuso, Rafael Hernández Hernández, Carlos Moreda de Lecea y Luis Ferrer-Bonsoms Miller, 50 años de ordenación.

La celebración de la fiesta de san Juan de Ávila es una ocasión propicia para dar gracias a Dios por el don del sacerdocio y del ministerio pastoral en la Iglesia. Su vida es transparencia del único Pastor, Cristo el Señor, que nos ha llamado por nuestro nombre para que prolonguemos su misión en el mundo. Modelo de vida cristiana y sacerdotal que nos impulsa a vivir una vida de seguimiento del Señor hasta la entrega de la vida por él y por los hermanos, modelo de vida sacerdotal santa.

Hemos sido llamados por el Señor, ungidos y consagrados por su Espíritu Santo en el sacramento del Orden y enviados a servir al Pueblo de Dios para que cada uno de los bautizados llegue a vivir plenamente como hijo de Dios, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Para cumplir esta sagrada misión es preciso plantear nuestra vida en clave de santidad. Porque no somos meros trabajadores de una institución, que realizan su tarea en un lugar concreto y durante un tiempo determinado; no somos meros empleados responsables y eficientes. Nuestra vida es una ofrenda que se une a Cristo sacerdote y víctima para la redención del mundo, es pan partido para la vida del mundo. Esto abarca toda la existencia, en una entrega sin reservas, a tiempo completo, siguiendo a Jesucristo pobre, casto y obediente, y haciendo que nuestra vida fructifique por la caridad pastoral en el servicio a los hermanos.

Vivimos tiempos de secularización, de desvinculación, de fragmentación y liquidez; tiempos recios, como definía santa Teresa su tiempo y el tiempo de san Juan de Ávila, tiempos difíciles y apasionantes, en los que somos llamados a participar en los “duros trabajos del Evangelio” (2Tm 1,8). San Juan de Ávila tomó parte en estos duros trabajos según las circunstancias de su época, que eran tan dificultosas como las nuestras. Nosotros, que somos pobres y pequeños, hemos sido llamados a esta misión, y “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2Co 4,7-10).

Pero no podemos olvidar nunca que es el Señor quien ha tenido la iniciativa, quien nos ha llamado. Nuestra vocación sacerdotal no es el resultado de un proyecto personal o de una estrategia humana. Es un don de Dios, una iniciativa misteriosa del Señor, que entró en nuestra vida y nos cautivó con su amistad, con su llamada, con la misión encomendada, con la belleza de su amor, y revolucionó nuestra existencia hasta el punto de dejarlo todo para seguir sus pasos. Él es el Señor de la vida, el Señor de la historia. Él ha vencido al mundo y nos dice que no tengamos miedo, que no se turbe nuestro corazón ante las dificultades; porque Él siempre da fuerza y la gracia para llevar a término la misión encomendada.

Hoy pedimos al Señor una vez más la gracia de estrenar cada día nuestro sacerdocio, de recobrar el fervor primero que a veces puede experimentar desgaste o altibajos a causa de nuestra debilidad. Estamos llamados a ser santos sacerdotes, esto es lo que la Iglesia y el mundo actual necesitan. Sacerdotes con una fuerte experiencia de Dios que se alimenta continuamente en la oración abundante. Con una entrega total de sus vidas, desprendidos de todo, incluso de sí mismos. Con una disponibilidad misionera para evangelizar donde sea necesario.

Sacerdotes enamorados de Jesucristo, que viven la configuración con él como el centro que unifica todo su ministerio y toda su existencia. Hombres de Dios, oyentes de la Palabra, que se entregan a la oración y que son maestros de oración. Que viven la centralidad de la Eucaristía en su vida y en su acción pastoral. Que en la celebración eucarística expresan su unión con Cristo e intensifican dicha unión, ofrecen su vida al Padre y reciben la gracia para renovar e impulsar su ministerio, se encuentran con los hermanos y alimentan su caridad pastoral para entregarse a todos, especialmente a los más desfavorecidos.

Sacerdotes fieles a su misión. Conscientes de la predilección que el Señor ha mostrado con ellos. Que han respondido generosamente a su llamada, han seguido su voz y han empeñado su vida en el sagrado ministerio, en ser prolongadores de la misión que Cristo recibió del Padre y de la cual les ha hecho partícipes. Sacerdotes que son un «grano de trigo», que renuncian a sí mismos para hacer la voluntad del Padre, que saben vivir ocultos entre el clamor y el ruido, que renuncian a la búsqueda de aquella visibilidad y grandeza de imagen que a menudo se convierten en criterio e incluso en objetivo de vida de tantas personas de nuestro mundo.

Sacerdotes que hacen de su existencia una ofrenda agradable al Padre, un don total de sí mismos a Dios y a los hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesús, que cumple la voluntad del Padre dando su vida en la cruz para la salvación del mundo, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud» (Mc 10, 45). Los sacerdotes vivimos en medio de la sociedad haciendo del servicio a Dios y a los demás el centro de nuestra existencia, vivimos la actitud de servicio aceptando la voluntad de Dios, ofreciendo su vida en totalidad, gastándonos y desgastándonos por los hermanos, especialmente por los más pobres y pequeños.

Pidamos al Señor la gracia de ser verdaderos hombres de comunión, que viven el misterio de la unión con Dios y con los hermanos como un don divino, desde la diversidad de carismas que supone un enriquecimiento y una complementariedad dentro de una unidad en la que todos los dones del Espíritu son importantes para la vitalidad de la Iglesia; pero asimismo desde el convencimiento de que la unidad es la condición indispensable para ser creíbles en el anuncio del Evangelio de Jesucristo. Por eso hemos de curar las heridas, tender puentes de diálogo, promover el perdón en las relaciones humanas, hacer de cada parroquia, de cada comunidad cristiana, una casa y escuela de comunión y sinodalidad.

Que el Señor nos conceda un profundo amor y devoción a María Santísima, como san Juan de Ávila. Ella es, especialmente, Madre de los sacerdotes. Ella es, en todo momento, nuestro consuelo y fortaleza, la Madre y Maestra que nos enseña y nos ayuda a vivir unidos a su Hijo Jesús. Que así sea.

Recibiréis el Espíritu de la verdad

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VI domingo de Pascua

Observad la grandeza de Dios, que se preocupa de nosotros con exquisito cuidado. En estas semanas siguientes veremos cómo el Señor Resucitado nos va preparando para que podamos entender el tiempo que nos viene de una aparente ausencia; días para recordar los consejos a los Apóstoles y para poner a prueba la fe y aplicarnos lo que Cristo le dijo a Tomás: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». A Cristo no lo veremos con nuestros ojos, pero estará presente y no nos ha dejado desamparados, sigue viviendo, «yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Recordemos que las palabras de despedida el día de la Ascensión serán: «Yo estoy con vosotros todos los días».

Jesús resucitado vive, está cercano y sus palabras nos llevan a la confianza en su promesa, porque nos da señales de su presencia viva y real en la misma comunidad de los hermanos, en su Palabra, en los sacramentos y de modo particular en la Eucaristía, también en la persona del prójimo. Pero nos ha dejado su Espíritu, el mejor regalo del Resucitado, el mejor defensor que podemos tener. Jesús en la Última Cena prometió a los suyos el Espíritu como defensor, el Espíritu de la verdad, el Espíritu que estará siempre con nosotros.

La alegría por la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte se multiplica en este tiempo de Pascua por la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia, esta es también la dimensión esencial de la Pascua. La fe se enriquece en el creyente por la presencia del Resucitado y por la acción vivificadora del Espíritu. El Espíritu, el mejor don del Señor Resucitado a su comunidad, el que la anima y la lleva a la plenitud del amor y la verdad. El Espíritu, «Señor y dador de vida».

¡Cuántas gracias debemos dar a Dios por el inmenso regalo que nos hace! En la segunda lectura de este domingo nos dice san Pedro que glorifiquemos en nuestros corazones a Cristo Señor y que estemos atentos a dar razón de nuestra esperanza; que nos mantengamos firmes en la fe y tengamos ánimo; prontos para dar razón de nuestra fe con mansedumbre y respeto, haciendo siempre el bien. Debemos estar atentos a sus palabras, porque no han perdido valor, valen para los cristianos de este tiempo tan difícil y oscuro. Nos ha propuesto con firmeza el modelo que nos animará a la perseverancia: el mismo Cristo Jesús, que fue objeto también de persecución y que fue llevado a la muerte por su testimonio de la verdad. Pero resucitó y ahora triunfa en su nueva existencia.

La rica y bella experiencia que nos transmite la Iglesia en este tiempo de Pascua no nos exime de la tarea fundamental: ser testigos de Cristo y anunciar a todos lo que hemos visto y oído, ser testigos de la alegría y de la paz que nos ha dado el Resucitado y ser testigos de la acción del Espíritu de la verdad, que sigue actuando y abriendo caminos de esperanza y de fe. Mucho ánimo, que el Espíritu mantiene vivo e interpreta el mensaje evangélico, nos da seguridad a cada uno en su confrontación con el mundo, y nos ayuda a interpretar el sentido de la historia y lo que Dios nos está pidiendo con claridad.

Palabra de Vida. Sexto Domingo de Pascua

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Jesús promete volver pronto. Su regreso al Padre no es para nosotros orfandad ni soledad, sino regalo del Espíritu Santo, quien nos concederá experimentar la cercanía del Señor de una forma nueva. En la víspera de la Pasión hay despedida y anuncio de nueva presencia. Jesucristo parte para volver al Padre; regresará para que el Padre sea todo en todas las cosas. Mientras llega, contamos con regalos que nos permiten reconocer su presencia viva entre nosotros. El tiempo de Pascua es ocasión preciosa para identificar esos regalos, dar gracias a Dios por ellos, custodiarlos y hacerlos crecer. Cuando llegamos con la Iglesia al sexto Domingo de Pascua, Jesús mismo sale a nuestro paso y nos revela en el evangelio de este día los dones de su nueva presencia: amor y mandamiento, morada y paz. Quien nos trae esos dones es el Paráclito. Acoger los dones es recibir en docilidad a la Persona del Espíritu Santo.

La primera presencia prometida pasa por guardar los mandamientos del Señor. Con su muerte redentora, Jesús ha puesto en el corazón humano capacidad de amor infinito. Para devolver amor al Hijo, necesario es conservar sus palabras de vida eterna. En su Palabra está la vida, la luz y el gozo. Custodiar sus palabras significa llevar sus enseñanzas a lo que hacemos y nos pasa, alejar las tinieblas con el resplandor de su luz, vencer la tristeza con la alegría plena que Él quiere para los suyos. Quien ama a Jesús guarda sus palabras y en ellas Él mismo nos acompaña.

La Palabra custodiada con amor garantiza la segunda presencia prometida: las Personas divinas habitando en el alma del justo. Guardando las palabras de Cristo, recibimos la presencia interior de la Trinidad Santa. Misterio insondable de amor: el Creador habitando en la criatura. Ahí está el secreto de la paz verdadera: la comunión que comparten el Padre, el Hijo y el Espíritu sosteniendo al ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. La paz interior despeja temores, elimina cobardías y convierte a su portador en sembrador de concordia.

En realidad, los dones de la presencia prometida nos llegan con el “Don sobre todo don”, el Espíritu Santo. Él nos trae el Amor de la Trinidad. La Iglesia celebra el VI Domingo de Pascua, la Pascua del Enfermo. Una jornada con la que la Iglesia concluye la Campaña del Enfermo bajo el lema «Déjate cautivar por su rostro desgastado» que pone el foco en el cuidado de los mayores. Quien se sabe habitado por dentro por la Trinidad Santa, reconoce el rostro de Cristo por fuera en sus predilectos. Entre ellos se encuentran nuestros mayores. Dejémonos cautivar por su rostro desgastado para experimentar la presencia de Dios que nos acompaña.

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez

El Espíritu Santo, Señor y dador de vida, nuestro abogado

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Hay un personaje silencioso y discreto, pero vitalmente necesario en la vida humana y
más aún en la vida sobrenatural. Sin él no podríamos vivir. Aunque no nos demos
cuenta, él está sosteniendo nuestra vida, él trabaja en nosotros. De él nos habla Jesús en
el evangelio de este domingo, y en tantas otras ocasiones. Se trata del Espíritu Santo,
tercera persona de Dios, que ha sido enviado por Jesús resucitado desde el seno del
Padre sobre su Iglesia para santificarla.
En el seno de Dios, el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, es el abrazo, el
beso de amor entre ambos. Su papel es el de unir, porque brota de la comunión del
Padre y del Hijo discretamente, silenciosamente. Los autores hablan de la humildad del
Espíritu Santo, que no tiene un papel de lucimiento, sino de eficacia.
El Espíritu Santo es el que ha formado en el seno de María virgen la naturaleza humana
del Hijo eterno hecho hombre. Él es el autor de la encarnación del Hijo, misterio
inabarcable, por el que Dios ha llegado desde su mundo al nuestro, anudando una
relación irrompible, como es la alianza nueva y eterna de Dios con el hombre.
El Espíritu Santo ha sido el motor del corazón de Cristo, el que lo ha encendido en el
fuego de su amor, el que le ha infundido las ansias redentoras, el que lo ha llevado a la
entrega suprema de la Cruz, el que lo ha resucitado del sepulcro, dándole una vida
nueva a estrenar. Jesús ha mantenido durante toda su vida terrena ese contacto filial con
el Padre, en el amor del Espíritu Santo, en una intimidad honda, que ha querido
compartir con nosotros.
Y cuando Jesús va a partir de este mundo, se preocupa de los suyos anunciándoles que
les enviará otro abogado, que esté a nuestro lado y nos defienda, que nos recuerde todo
lo que Jesús nos ha enseñado, que nos haga experimentar algo de esa intimidad que
Jesús tiene con su Padre. “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté
siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16). “Paráclito” es el que está a
nuestro lado y habla de nuestra parte ante un juicio, es como el abogado defensor. El
primer abogado defensor es el mismo Jesús: “Hijos míos, os escribo esto para que no
pequéis. Pero si alguno peca, tenemos uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo el
Justo” (1Jn 2,1).
Cuando Jesús está para partir de este mundo, continuando de manera invisible junto a
nosotros, nos promete otro Paráclito que estará siempre con nosotros, nos defenderá
siempre, nos introducirá en la intimidad jugosa del Padre y del Hijo, nos incendiará el
corazón, nos infundirá las ansias redentoras de Cristo, el celo apostólico por llevar el
Evangelio al mundo entero. De ese Espíritu habla Jesús, y cumplirá su promesa cuando
lo envíe a su Iglesia el día de Pentecostés.
La vida cristiana no es la imitación externa de Jesucristo desde nuestro esfuerzo y desde
nuestras capacidades. La vida cristiana es la vida de Cristo en nosotros, parecernos a él,
vivir como vivió él. Y esta transformación de nuestro corazón en un corazón como el
suyo la va realizando el Espíritu Santo silenciosamente, humildemente, eficazmente.
Por eso, es necesario recurrir continuamente a su actuación, pedirla, desearla,
disponernos a recibirla.

Ven, Espíritu Santo, manda tu luz desde el cielo, enciende nuestros corazones en las
ansias redentoras del corazón de Cristo. Ven, Espíritu Santo, ilumínanos, purifícanos,
sánanos con tu potente actuación. Llévanos a la verdad plena, la que Cristo nos ha
predicado como testigo de la verdad, introdúcenos en la intimidad de Dios, haz que
gocemos de Dios y de su amistad. Impúlsanos a la misión, a la evangelización, a dar la
vida.
Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

Una vida de amor y de servicio

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Seguimos avanzando por el mes de mayo contemplando a María, que va desde Nazaret a la aldea de Judá donde vivía Isabel con su marido Zacarías. Se olvida de sí misma para ponerse al servicio de su prima, gestante de avanzada edad, que necesitaba ayuda. El amor es el principal distintivo de la vida de María. El amor es la esencia de Dios mismo, y es la característica principal del comportamiento de toda persona que ha conocido y ha experimentado el amor de Dios. A partir de la experiencia de encuentro con Él, su vida sólo se puede entender como correspondencia al amor de Dios y como amor al prójimo.

La vida de María estará centrada en el amor a Dios, su Señor, y en el amor al prójimo. Ella no pretende grandezas, simplemente es la humilde sierva del Señor, que se pone a disposición de su voluntad. Es una mujer que ama a Dios sobre todas las cosas y que está siempre en servicio delicado a los demás, tal como narran los evangelios: en silencio contemplativo durante la infancia y la vida oculta de Jesús; con delicadeza y prontitud en Caná; con discreción y humildad durante la vida pública; con firmeza al pie de la cruz; en su función de reunir a los discípulos antes de Pentecostés y en la comunidad de Jerusalén.

María será llamada por Dios a prestar un servicio singular: ser la Madre del Mesías. Este es su amor y su servicio materno. Cuando recibe el anuncio del ángel, responde: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Responde desde la experiencia de fe en la que Dios se muestra todopoderoso y el ser humano se entrega con confianza aceptando sus designios. Su servicio está en sintonía con lo que Cristo afirmará de sí mismo: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45; cf. Mt 20,28).

Desde el momento de la Anunciación su vida será una entrega total de servicio a los designios de Dios y de servicio al prójimo. Para poder captar la grandeza y la profundidad del servicio que María presta en la Historia de la Salvación, hemos de iluminar su figura desde la vinculación con Cristo, su Hijo. La obediencia y la docilidad de María están en línea con lo que será una constante en la vida de Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4,34). María asumirá también como principio unificador de su vida el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Su servicio materno consiste en aceptar el plan de Dios y ofrecer su existencia en totalidad. De esta manera, vivirá una unión progresiva y perfecta con su Hijo, y desarrollará su maternidad espiritual sobre los discípulos y su función mediadora. Por nuestra parte, sólo podemos ser verdaderos discípulos de Cristo y dignos hijos de María si hacemos del servicio a Dios y a los demás el eje central de nuestra existencia. Porque somos los discípulos de Cristo, el Siervo del Señor, y somos los hijos de María, la esclava del Señor.

En este mes de mayo, pidamos de todo corazón a María Santísima que nos enseñe a servir a Dios y a los demás,  que nos alcance la gracia de ser personas serviciales en las pequeñas cosas de cada día, y también en las grandes; y sobre todo, que nos enseñe y nos ayude a romper la coraza egocéntrica y narcisista que nos lleva a vivir centrados en nosotros mismos y en nuestro interés, para que nuestra vida esté centrada en Cristo, buscando siempre la voluntad de Dios y orientada al servicio de los hermanos.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

📖 Reseña literaria: ‘Padre Nuestro’ de Alessandro Deho

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📖 Reseña literaria: ‘Padre Nuestro’ de Alessandro Deho

Esas experiencias de algunos hombres y mujeres que conforman el relato de la Pasión de Jesucristo en el evangelio de San Juan son las que nos narra Alessandro Deho’ en ‘Padre nuestro’, historias que hablan del Padre, de los sentimientos de sus hijos, y que en definitiva hablan de nosotros, si sabemos encontrarnos en ellas.

La hermana Pilar González, de la Librería Welba desgrana este libro cuestionando “¿qué tienen en común Magdalena, Tomás o José de Arimatea?. Su experiencia de encuentro con el Resucitado”.

Reseña literaria de la Hna. Pilar González, de la Librería Welba (El Espejo de COPE Huelva, 12/05/23)

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El proyecto «El Surco» celebra el Día del Comercio Justo con una degustación de sus productos

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El próximo 13 de mayo se celebra el Día Mundial del Comercio Justo con el lema “Le sienta bien a todo el mundo”. Con él se quiere llamar la atención de los consumidores ante las condiciones abusivas de trabajo, la explotación infantil o la destrucción de bosques que se esconden detrás de productos cotidianos como el café, el cacao, el azúcar, el té o la ropa.

En el marco de esta jornada, el proyecto “El Surco”, de Cáritas Diocesana de Tenerife, ha querido invitar a todas las personas que aportan su granito de arena en la lucha contra la pobreza, a una degustación de sus productos.

Dicha degustación será el sábado 13 de mayo, de 17:00 a 19:00 horas, en la tienda “El Surco” (Calle Quinteras s/n, en los bajos de la Casa Parroquial de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán en La Laguna).

De esta forma, se quiere dar a conocer una variada oferta de productos de alta calidad que, además, respetan el medio ambiente, garantizan los derechos laborales y humanos y tienen repercusión positiva en sus productores.

A través de la web interactiva www.lesientabienatodoelmundo.org el público puede conocer lo que hay detrás de estos productos.

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