Lee la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece hoy.
Primera lectura
Lectura del libro del Génesis 1, 1 – 2, 2
Salmo 103
Segunda lectura
Lectura del libro del Éxodo 14, 15 – 15, 1
Tercera lectura
Lectura del libro de Isaías 54, 5-14
Cuarta lectura
Lectura del libro de Isaías 55, 1-11
Quinta lectura
Lectura del libro de Baruc 3, 9-15. 32 – 4, 4
Sexta lectura
Lectura de la profecía de Ezequiel 36, 16-28
Séptima lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11
Salmo
R/. Aleluya, aleluya. aleluya.
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. R/.
«La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. R/.
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 1-7
Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: – «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?»
Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande.
Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo:
– «No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.
Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.»
El Viernes Santo ha comenzado, en la Catedral de Jaén, con el rezo solemne de Laudes. Ya por la tarde, el Obispo de Jaén, Don Sebastián Chico Martínez, ha presidido la celebración de los Santos Oficios de este Viernes Santo, en el primer templo de la Diócesis. Una ceremonia solemne, pero con el templo en penumbra, y marcada por la sobriedad en la ornamentación del presbiterio y la mesa de altar desnuda ante la muerte del Crucificado.
Don Sebastián ha estado acompañado por el Provicario General de la Diócesis, D. José Antonio Sánchez; el Canónigo y Rector del Seminario, D. Juan Francisco Ortiz; y otros miembros del Cabildo catedralicio, como D. Juan García, D. Emilio Samaniego, D. Antonio Lara, y D. Manuel Carmona. Asimismo, han participado en la celebración los seminaristas.
Tras la procesión de entrada, al llegar al presbiterio, el Prelado, el Provicario General y el Rector se han postrado ante el altar. Los demás concelebrantes, seminaristas y pueblo fiel se han arrodillado.
Las lecturas han sido participadas por miembros de la Cofradía de la Buena Muerte y el salmo por el seminarista Guillermo Pérez.
Después, el relato de la pasión y muerte de Cristo ha sido cantado por el canónigo D. Emilio Samaniego; y los seminaristas Daniel Cano y Salvador Ruiz.
Homilía El Obispo ha realizado su predicación sentado y sin mitra. Ha comenzado recordando que la Iglesia nos invita hoy “a contemplar la pasión y la muerte del Señor, a entrar dentro de estos momentos tan intensos en la vida de Jesús, estos sentimientos de Jesús que constituyen el centro de la historia de la humanidad y del mundo. ¿Cómo podemos acercarnos al interior de estos acontecimientos? Nada mejor que intentar acercarnos a la persona de Jesús con el amor y la cercanía de su Madre, la Virgen María”. Y en este sentido ha añadido: “Ella y el apóstol Juan, siguiendo de cerca los pasos de Jesús, acompañando a Jesús en la terrible soledad de la cruz, representan a la Iglesia entera, y son los modelos de todos los que a lo largo de los siglos queremos acercarnos a la pasión y a la muerte de Jesús”.
Del mismo modo, Don Sebastián ha subrayado que la pasión y muerte de Jesús fue la consumación de su amor. “Él aceptó con serenidad y entereza aquellos sufrimientos físicos y morales que se le vino encima para mantenerse del todo fiel en el cumplimiento de la voluntad salvadora de Dios, para mantener claro y firme su testimonio sobre la bondad de Dios, para mostrarnos y abrirnos el camino de la vida verdadera en la comunión de fe y de amor con Dios por encima de todas las tentaciones y de todas las dificultades que podamos encontrar en nuestra vida”.
El Prelado jiennense, además, ha apelado a la adoración y gratitud de los cristianos, de manera particular, en este Viernes Santo. “Acerquémonos, esta tarde y siempre, a la Cruz de Jesús, al Jesús de la Cruz, con el amor de María y del apóstol Juan, con un corazón agradecido, porque sus sufrimientos nos han curado, porque sus dolores han iluminado nuestra vida, porque su fidelidad, su comunión amorosa con el Padre nos limpian de nuestros pecados y nos permiten vivir en paz con Dios y con los hermanos”.
Monseñor Chico Martínez ha concluido su homilía pidiendo alSeñor “valentía para ir por la vida con la señal de tu Cruz marcada en nuestra frente”. “Danos valentía ante el sufrimiento, libertad ante el juicio de los que no te aceptan a ti, fuerza para multiplicar en el mundo las obras de tu misericordia que son las obras de Dios y las obras de nuestra salvación”.
Adoración de la Cruz Uno de los momentos de mayor recogimiento ha sido la adoración a la Cruz. El Rector del Seminario y Canónigo, D. Juan Francisco Ortiz, acompañado por dos seminaristas, han llevado el Crucificado desde el coro hasta el presbiterio. Mientras se acercaban al altar mayor han pronunciado tres veces, “Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavado la salvación del mundo”. Posteriormente, el Obispo se ha descalzado y se ha quitado la casulla, para arrodillarse ante la Cruz. Más tarde presbíteros, seminaristas y pueblo fielhan hecho lo propio ante el símbolo de la salvación. Después se ha dado la Comunión de la reserva de ayer.
Bendición con el Santo Rostro Al concluir la celebración litúrgica el Obispo ha procedido a la bendición del pueblo diocesano con el Santo Rostro, desde los cuatro puntos cardinales. En esta ocasión, y debido a las inclemencias meteorológicas, no ha podido hacerlo, como es tradición, desde los balcones de la Catedral, pero sí lo ha hecho desde el interior del templo. Finalmente, se ha expuesto a los pies del altar, para la veneración de todos los fieles.
Mañana la Catedral acogerá la Solmene Vigilia Pascual a las 22.30 horas, presidida también, por Monseñor Chico Martínez.
Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Arzobispos, Deán y Cabildo catedral, dignísimas autoridades, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; queridos todos en el Señor.
Hoy contemplamos la pasión y muerte de Jesús en la cruz. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tal como proclama el texto del profeta Isaías que hemos escuchado: “fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53, 5). Su muerte en cruz es un misterio de amor. El Hijo se entrega hasta la muerte por amor al Padre, -“se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8)- y por la redención de todos, y el Padre entrega al Hijo por amor a los hombres. Contemplamos en la pasión y muerte de Jesús este amor hasta el extremo.
Fijémonos en la última palabra de Jesús del relato de la pasión que hemos escuchado: “Está cumplido” (Jn 19, 30). ¿Qué significa esta expresión? Significa que todo ha llegado a su término, a su total cumplimiento. La misión que el Padre le confió ha sido llevada a término: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1); “siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna (Heb 5, 8-9). Se ha llevado a cabo la prueba suprema de su amor, un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras fragilidades y pecados. No se trata de la muerte de alguien que ha caído en manos de sus enemigos; al contrario, “este extremo cumplimiento del amor, se cumple ahora, en el momento de la muerte. Él ha ido realmente hasta el final, hasta el límite y más allá del límite. Él ha realizado la totalidad del amor, se ha dado a sí mismo” (Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 260). Se han cumplido plenamente las Escrituras.
“Está cumplido”. En esta palabra de Jesús podemos percibir también como una especie de sensación de victoria, porque ha llevado a cabo el encargo recibido del Padre. Con el amor del Padre ha podido recorrer el camino desde Getsemaní, momento en el que pidió: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26,39), hasta dar la vida en la cruz. Ha cumplido la misión que el Padre le había confiado, que en la hora culminante ha consumado. Jesús ha vivido su misión en la tierra en el dinamismo del amor del Padre y en la culminación de la historia de la salvación. Si el misterio de la Eucaristía que contemplábamos ayer nos sobrepasa absolutamente, del mismo modo nos supera este misterio del amor de Dios que se expresa en el dolor y la muerte de Jesús en cruz.
La culminación de la obra realizada por Jesús no es solo la victoria de una persona extraordinaria que resistió todas las pruebas y torturas sin flaquear ni desdecirse de lo que había enseñado. La plenitud de su obra de salvación nos incluye a todos, nos incorpora a todos, porque tiene un valor infinito por el hecho que Jesús no es simplemente una persona excepcional, un hombre extraordinario; es el Hijo de Dios hecho hombre, y su muerte redentora tiene un valor infinito. En la muerte de Jesús admiramos su firmeza inquebrantable, y sobre todo que su costado traspasado por la lanza del soldado se ha convertido en fuente de salvación, de vida y esperanza.
En este Viernes Santo, vamos a adorar la cruz una vez más. Hagámoslo con todo el amor, con todo el fervor, con todo el agradecimiento de que seamos capaces. El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, y, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre sobre todo nombre” (cf. Flp 2,2 8-9). Por su cruz hemos sido salvados. El instrumento de suplicio que mostró aquel Viernes Santo el juicio de Dios sobre el mundo, se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, en signo de reconciliación y de paz. Fijemos la mirada en Cristo crucificado. Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna.
“Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. La Iglesia nos invita a adorar la cruz gloriosa y a llevarla con firmeza, sin miedo, sin complejos, para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por nosotros, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol que portaba la muerte, ha surgido de nuevo la vida. “Venid a adorarlo”, porque en medio de nosotros se encuentra Aquel que nos ha amado hasta dar su vida por nuestra salvación, derramando hasta la última gota de su sangre. Acerquémonos con confianza y entreguémosle nuestro corazón.
María santísima se mantuvo firme al pie de la cruz; participó en el misterio desconcertante de la humillación de Jesús, de su despojamiento total; participó en la muerte del Hijo que tanto quería, en su muerte redentora. Ella es maestra de fidelidad y fortaleza; ella nos enseña y nos acompaña tanto en los gozos como en las pruebas de la vida. Madre querida, enséñanos a mantenernos firmes en nuestra peregrinación de fe, enséñanos a creer, a esperar y a amar como tu; llévanos de la mano en el camino que nos conduce a tu Hijo Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Viernes Santo en la Catedral de Sevilla. El arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, ha presidido esta tarde la celebración de la Pasión del Señor, en la que se contempla la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y se adora su Cruz.
La ceremonia ha sido concelebrada por el nuncio apostólico en Marruecos, mons. Alfred Xuereb; el arzobispo emérito de Monreale (Sicilia), mons. Michele Pennisi; el deán del Cabildo catedralicio, Francisco José Ortiz, y una representación tanto del clero como del Seminario metropolitano. Asimismo, por parte de las autoridades civiles han participado el Subdelegado del Gobierno en Sevilla, Francisco Toscano Rodero; la embajadora de Estados Unidos en España y Andorra, Julissa Reinoso, y el comendador en Andalucía de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lorenzo de Jerusalén, Rafael Álvarez y Álvarez, así como representantes municipales.
“Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”
El segundo día del Sagrado triduo Pascual es una celebración sin Eucaristía. En un primer lugar, tiene lugar una Liturgia de la Palabra, en la que se proclama y medita la Pasión según el evangelista San Juan. A continuación, la atención se ha centrado en pedirle al Señor que su salvación se extienda por todos los hombres, por lo que la oración de los fieles se ha realizado de una manera más extensa y solemne. Posteriormente, se ha llevado a cabo la entronización y adoración de la Cruz, momento cumbre de estos oficios. Finalmente, ha tenido lugar la Sagrada Comunión, con el Santísimo Sacramento reservado ayer jueves en el Monumento de la Capilla Real.
“Está cumplido”
En su homilía, monseñor Saiz ha subrayado que “si el misterio de la Eucaristía que contemplábamos ayer nos sobrepasa, también nos supera este misterio del amor de Dios que se expresa en el dolor y la muerte de Jesús en cruz”. “Contemplamos en la Pasión y muerte de Jesús este amor hasta el extremo”.
Asimismo, el arzobispo de Sevilla se ha detenido en las últimas palabras del Señor en la Cruz: “Está cumplido“. “Todo ha llegado a su término, a su cumplimiento- ha explicado monseñor Saiz Meneses-. Se ha llevado a cabo la prueba suprema de su amor, un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras fragilidades y pecados”.
“La plenitud de su obra de salvación nos incorpora a todos- ha añadido el arzobispo- porque tiene un valor infinito por el hecho que Jesús no es simplemente una persona excepcional, un hombre extraordinario. Es el Hijo de Dios hecho hombre, y su muerte redentora tiene un valor infinito”.
Monseñor Saiz Meneses ha instado a los presentes a fijar la mirada en Cristo crucificado: “Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna”. “El instrumento de suplicio que mostró aquel Viernes Santo el juicio de Dios sobre el mundo, se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, en signo de reconciliación y de paz”.
El arzobispo ha finalizado recordando a María Santísima, quien se mantuvo firme al pie de la Cruz: “Madre querida, enséñanos a mantenernos firmes en nuestra peregrinación de fe, enséñanos a creer, a esperar y a amar contigo; llévanos de la mano en el camino que nos lleva a tu Hijo Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos”.
Mañana, Sábado Santo, la Vigilia Pascual comenzará a las once de la noche con el rito del fuego en la Puerta del Príncipe de la Catedral de Sevilla.
La Santa Iglesia Catedral de Huelva ha sido testigo hoy, 29 de marzo, de una conmovedora celebración de la Pasión del Señor, presidida por monseñor Santiago Gómez Sierra, obispo de la diócesis. En este Viernes Santo, la comunidad cristiana se ha reunido para reflexionar sobre el significado del sacrificio de Jesús y su amor supremo por la humanidad.
Durante la homilía, monseñor Gómez Sierra ha enfatizado la importancia de contemplar la Cruz y ser testigos de Cristo Crucificado, invitando a los fieles a orientar su mirada y corazón hacia el Crucificado como hiciera María “su madre” así como las “piadosas mujeres“.
“Hoy, el amor sacrificado, hecho servicio desinteresado, y éste es el único verdadero, cuenta poco; aunque sabemos muy bien que la felicidad o la infelicidad no dependen tanto de saber más, tener más o disfrutar más, sino de amar o no amar, de ser amado o no ser amado”, expresó el obispo.
La ceremonia ha continuado con la oración universal, un momento solemne en el que se ha pedido por la Iglesia, la unidad de sus miembros, la conversión y evangelización de los no cristianos, los gobernantes de las naciones y todos los que sufren. Este acto ha resaltado la universalidad del sacrificio de Jesús y su relevancia para todos los ámbitos de la vida.
Uno de los momentos más destacados ha sido la adoración de la Cruz, llevada a cabo por miembros de la Hermandad de los Judíos de la parroquia de Ntra. Sra. de La Merced. La sagrada imagen del Cristo de Jerusalén y Buen Viaje ha sido portada en hombros al canto del diácono, invitando a los presentes a venerar el símbolo del triunfo de Jesús.
Los fieles han mostrado su devoción acercándose al presbiterio para adorar la Cruz. El altar, despojado de ornamentos en señal de luto por la muerte de Cristo, se ha preparado sencillamente con un mantel blanco para la comunión, trasladando el Santísimo desde el monumento donde se había reservado tras el oficio del Jueves Santo.
Homilía íntegra de Monseñor Santiago Gómez Sierra en la celebración del Viernes Santo en la Pasión del Señor
La celebración de esta tarde nos invita a poner toda nuestra atención en la Cruz del Señor. Hemos escuchado el relato de la Pasión y después haremos la adoración de la Santa Cruz. La liturgia del Viernes Santo nos lleva “al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron” (Jn 19 17 s.).
¿Quién nos encontramos al pie de la Cruz? Responde el Evangelio “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María, la Magdalena” (Jn 19, 25). La presencia de María, su madre, no necesita muchas explicaciones. Era “su madre” y esto lo dice todo; las madres no abandonan a su hijo, aunque sea despreciado por todos, incluso condenado a muerte. También las otras, que llamamos “las piadosas mujeres”, son mucho más que “piadosas mujeres”: son además mujeres valientes. Desafiaron el peligro que implicaba mostrarse en aquella hora abiertamente a favor de un condenado a muerte. A ellas se les puede aplicar las palabras que Jesús había dicho: “¡Bienaventurado el que no se escandalice de mí!” (Lc 7, 23). Estas mujeres son las únicas que en la hora de la Pasión no se escandalizaron de Él.
Esta conducta que muestran las mujeres sobresale de un modo extraordinario cuando se la compara con la ignominiosa historia de miedo, huida, y negación que protagonizaron los Apóstoles. Ellas fueron las últimas en abandonar a Jesús muerto, e incluso después de la muerte acudían a llevar aromas a su sepulcro (cf. Mc 16, 1).
¿Cuál es el motivo de este hecho? ¿Por qué las mujeres resistieron al escándalo de la cruz? ¿Por qué permanecieron cerca de Jesús cuando todo parecía acabado e incluso sus discípulos más íntimos lo habían abandonado?
La respuesta la dio anticipadamente Jesús cuando, saliendo al paso del escándalo de Simón, el fariseo que le había invitado a su casa, dijo acerca de la mujer pecadora que le estaba lavando y besando los pies: “porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco” (Lc 7, 47). Sí, esta es la razón para resistir al pie de la cruz: porque han amado mucho. Las mujeres habían seguido a Jesús por él mismo, por gratitud del bien recibido de él, no por la esperanza de hacer carrera siguiéndolo a él. Ellas no preguntaron a Jesús como Pedro: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?” (Mt 19, 27). Ellas tampoco han pedido como los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mc 10, 37). Por el contrario, las mujeres, cuando Jesús “iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce… (ellas) les servían con sus bienes” (Lc 8, 1-3). Las mujeres lo seguían “para servirle”. Además de María, su Madre, eran las únicas que habían asimilado el espíritu del Evangelio, entendieron antes que los Apóstoles que todo se encerraba en Amar y Servir.
Así, la presencia de estas mujeres junto al Crucificado contiene una enseñanza vital para nosotros en este Viernes Santo. La podemos expresar como lo hace san Pablo: “Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles…Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas…Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, (no sería nada) de nada me serviría” (1 Cor 13, 1-3).
La gran crisis de fe en nuestro mundo consiste en que sabemos mucho y amamos poco. Por desgracia, nuestro extraordinario progreso de los conocimientos científico y técnicos no van acompañados del desarrollo de nuestra capacidad de amor. Hoy, el amor sacrificado, hecho servicio desinteresado, y éste es el único verdadero, cuenta poco; aunque sabemos muy bien que la felicidad o la infelicidad no dependen tanto de saber más, tener más o disfrutar más, sino de amar o no amar, de ser amado o no ser amado. El motivo es muy sencillo: hemos sido creados a imagen de Dios y Dios es amor.
Mientras Jesús pendía de la cruz, las miradas de las “piadosas mujeres” fueron las únicas que se posaron con amor y compasión en él. Debemos admirarlas y, también, imitarlas. San León Magno dice que “la pasión de Cristo se prolonga hasta el final de los siglos” (Sermón 70, 5: PL 54, 383) y Pascal ha escribió que “Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo” (Pensamientos, n. 553 Br). La Pasión se prolonga en los miembros del cuerpo de Cristo. Imitemos a las “piadosas mujeres”, permaneciendo al lado de los ancianos, de los enfermos, de los pobres, de los que sufren, de los encarcelados, de los rechazados de cualquier tipo. Cristo nos repite hoy: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).
A la primera de las “piadosas mujeres” y su incomparable modelo, la Madre de Jesús, pidámosle que interceda por nosotros.
Al igual que hiciera ayer, Jueves Santo, monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla, ha compartido hoy un nuevo vídeo en sus redes sociales en el que reflexiona sobre lo que hoy, Viernes Santo, vivimos los cristianos.
Hoy, dice, “ponemos el acento en la Pasión y en la Muerte del Señor y nos centramos en su sacrificio redentor por toda la humanidad”. Esta entrega entrega voluntaria del Señor “por amor a la humanidad es un memorial de la misericordia divina y la redención”, explica el arzobispo hispalense.
Por este motivo, añade “hoy adoraremos la Cruz, con solemnidad, con devoción y respeto. La cruz, símbolo del sacrificio de Jesús, nos es presentada para que podamos venerarla y meditar sobre su significado. Que sea un momento de humildad y gratitud”.
Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos (Is 58, 6-7)
En uso de mi jurisdicción ordinaria y de las facultades de las que dispongo, por el presente Decreto,
DISPENSO a los fieles de la Diócesis de Asidonia-Jerez que devotamente participen en las Procesiones de Semana Santa, del ayuno y abstinencia prescritos para el Viernes Santo de esta Semana Santa de 2024.
Para poder disfrutar de dicha dispensa los fieles guardarán la debida austeridad y moderación, y deberán realizar una obra de caridad en favor de los más pobres y necesitados.
Para que así conste, lo firmo y sello en Jerez de la Frontera, a 28 de marzo de 2024.
El Viernes Santo la Iglesia Universal se une para rememorar la Pasión de Jesús. Este mismo día es tradición celebrar la Colecta por los Santos Lugares, con la que se recuerda especialmente a los cristianos de la tierra de Jesús. Al respecto, Gabriel Sánchez, delegado diocesano de Ecumenismo, Relaciones Interconfesionales y Relaciones Católicas Orientales, anima a que “seamos generosos, porque esta colecta implica la ayuda a los hermanos cristianos de Tierra Santa, más aún en este tiempo de guerra, en la que las peregrinaciones han decaído de manera tan importante”. En el siguiente artículo, Gabriel Sánchez da a conocer el origen e historia de esta solicitud de ayuda.
La Colecta para la Tierra Santa, conocida también como “Collecta pro Locis Sanctis”, nace de la voluntad de los Papas por mantener fuerte el vínculo entre los cristianos del mundo y los Santos Lugares. La colecta es la fuente principal de ingresos para el sostenimiento de la vida que se desarrolla alrededor de los Santos Lugares. Así, la Custodia de los franciscanos, por medio de esta colecta, es capaz de mantener y llevar a cabo la importante misión a la que está llamada: custodiar los Lugares Santos, las piedras vivas de la memoria, y mantener la presencia cristiana, las piedras vivas de Tierra Santa, a través de las distintas obras de solidaridad.
Durante siglos, los Papas no solo han renovado a los franciscanos su confianza, confirmándolos en el encargo de legítimos custodios de los Santos Lugares que les había sido confiado por la Santa Sede en 1342, sino que también los han apoyado en todos los aspectos de su vida, tanto a nivel religioso, como económico, social y político.
En este sentido, destaca la Exhortación Apostólica Nobis in animo (Las necesidades de la Iglesia en Tierra Santa), del papa Pablo VI, quien dio un impulso decisivo en favor de Tierra Santa. El Santo Padre insiste en la necesidad de una mayor colaboración del mundo cristiano, ya que, especialmente a partir de la mitad del siglo XIX, han aumentado las “actividades sociales, caritativas, culturales y benéficas” en Tierra Santa y los cristianos locales no tienen medios. Pablo VI, después de señalar que en la antigüedad “los Hermanos Menores se dirigieron directamente a los grandes y a los humildes para recoger limosnas y los religiosos destinados a esta obra tuvieron el título oficial de procuradores o de comisarios de Tierra Santa”, recuerda que en los tiempos modernos las necesidades han aumentado.
En este contexto, el Obispo de Roma dispone que en todas las iglesias se haga una colecta el Viernes Santo o en otro día, que debe servir “para el mantenimiento no solo de los Santos Lugares, sino ante todo para las obras pastorales, asistenciales, educativas y sociales que la Iglesia sostiene en Tierra Santa en beneficio de sus hermanos cristianos y de las poblaciones locales”.
En los últimos decenios ha sido la Congregación para la Iglesias Orientales quien se ha interesado, en nombre de la Santa Sede, en poner de manifiesto las necesidades de Tierra Santa, asegurando que “la Custodia de Tierra Santa y la jerarquía local, en el respeto de sus competencias, puedan continuar sus obras, consolidarlas y desarrollarlas aún más”.
En esta línea, en estos últimos años el 80 % de la colecta que reciben los franciscanos ha sido destinada a las obras pastorales y sociales, y solo el 20 % a los santuarios. Hay que recordar también que la Custodia recibe solamente el 65 % de la colecta, mientras que el 35 % restante está destinado a otras instituciones que trabajan en Tierra Santa. Asimismo, las actividades del Patriarcado Latino están sostenidas por los Caballeros del Santo Sepulcro y por otras instituciones.
Luis Rueda, delegado diocesano y prefecto de Liturgia de la Catedral de Sevilla, explica en este vídeo los detalles de la celebración de los oficios del Viernes Santo.
Es una celebración sin Eucaristía -liturgia de la Palabra sobre la muerte del Señor- y caracterizada por la adoración de la cruz.
La Catedral de Sevilla acogerá esta celebración, hoy viernes a las cinco de la tarde, presidida por el arzobispo, monseñor Saiz Meneses.
Luis Rueda, delegado diocesano y prefecto de Liturgia de la Catedral de Sevilla, explica los detalles de la celebración de los oficios del Viernes Santo.
La Catedral de Sevilla acogerá esta celebración, hoy jueves a las cinco de la tarde, presididas por el arzobispo, monseñor Saiz Meneses.