LECTURAS: Isaías 61, 1-3; 1 Pedro 5, 1-4; Lucas 12, 35-44
Querida comunidad, hermanos sacerdotes y diáconos, Sr. Rector, Sr. Párroco de Vera, vida consagrada. Saludo a todos los que habéis venido de las distintas parroquias, en donde José Gregorio ha realizado su tarea, para acompañarlo y participar en esta celebración.
Cuando hace seis meses, el día de san José, te ordené de Diácono, tuvimos un recuerdo especial a tu familia que estaba en Venezuela. Hoy saludo agradecido a tus padres: Ditza y José, a tu hermano pequeño Víctor y a tu prima Mitzi, que están hoy entre nosotros. Así como a tus otros dos hermanos, que no han podido venir, y a toda tu familia.
Saludo también a tus amigos de Venezuela, los sacerdotes: Cleyver y Jesús, a los seminaristas que están estudiando en el Seminario Internacional Bidasoa y a su formador. Sed todos bienvenidos a esta Casa Madre de nuestra fe, nuestra Santa y Apostólica Catedral de la Encarnación.
Siempre, cuando ordeno un sacerdote, y eres el séptimo en estos últimos cuatro años, os pido que elijáis vosotros las lecturas de vuestra ordenación, como así lo hicieron conmigo, hace 45 años. Esta Palabra, con mayúsculas, que elegiste y hemos escuchado, nos ilumina con claridad sobre el sentido de tu llamada al sacerdocio ministerial.
Querido José Gregorio. La profecía de Isaías, que el mismo Cristo elije para hablar de su vocación en Nazaret, donde se había criado, marca un vínculo inseparable entre elección, unción y envío, por este orden. Tu has sido elegido, has escuchado la llamada, la has seguido en un largo recorrido y hoy el Señor te unge para enviarte en medio de su pueblo. Y no de cualquier manera.
Serás enviado para anunciar la buena noticia, para sanar los corazones, para proclamar la libertad y un año de gracia, para consolar, para dar dignidad: con una corona, con un perfume, con un vestido (recordad al hijo prodigo). Y frente a todo esto: están los pobres, los corazones desgarrados, los esclavos, los afligidos, los espíritus abatidos. Si trazamos una raya que parta de arriba abajo el texto, descubriréis en dos columnas paralelas la gracia por un lado y la desgracia por otro. Y justamente hay una frase en el medio del texto de Isaías que acabamos de escuchar, el versículo 2, que Jesús ese día se saltó y no fue por un olvido o un despiste. La frase dice “el día de la venganza de nuestro Dios”. En Cristo ya no hay venganza, su reino no es de este mundo, hay misericordia. Ya sabemos el camino: Jesús anuncia la salvación y nosotros también.
El texto de Isaías 61, es programático para Jesús, como así lo dijo ante los suyos: “hoy se cumple esta palabra ante vosotros”, pues también lo debe ser para ti y para cada uno de nosotros los sacerdotes que te acompañamos.
En el capítulo 5 de su primera carta, San Pedro, se dedica a dar distintos consejos. Primero a los presbíteros y luego a los fieles jóvenes. A nosotros los presbíteros y a ti, a partir de hoy, nos dice Pedro, presbítero como nosotros: “pastoread el rebaño”. Pero no nos dice en qué consiste el pastoreo, aunque si nos habla de las actitudes que debemos de tener para llevarlo a cabo: primero, mirad, (velad, cuidad), entregaros generosamente y finalmente, sed sus modelos, como Dios quiere. Pero al igual que en el texto de Isaías, de la primera lectura, descubrimos las contraposiciones (tres, en este caso): no hagas nada a la fuerza, no busques ningún tipo de ganancias, no seas un déspota. … ¿No te parece un buen examen de conciencia diario para cada uno de nosotros los presbíteros? Pues claro, ¡es Palabra de Dios!
Si en la carta de Pedro, aparece la palabra “velad” referida a cuidar el rebaño que se nos ha entregado, en el Evangelio de San Lucas que hemos proclamado, este verbo se refiere más a estar vigilantes en la espera de la venida del Señor. No se refiere tanto a la vigilancia hacia los demás, sino hacia nosotros mismos, estando siempre preparados y siendo fieles. Muchas veces, enredados por nuestras cosas, se nos olvida que peregrinamos con Cristo hasta el final de los tiempos. Y como dice el texto, aunque el Señor tarde, se nos pide no actuar irresponsablemente. Pensemos, cómo estar preparados para no ser dignos de castigo: no descuidando a los demás ni aprovecharnos de ellos, permaneciendo fieles a la tarea y actuando con prudencia. ¡Fidelidad y prudencia!
Querido José Gregorio, la elección de tus textos nos han dado un buen repaso. Dios sigue hablándonos, la cuestión es que lo escuchemos. Si cuando comencé a hablar dije que estas lecturas nos iluminan con claridad, ahora debo decir, ante su exigencia, que nos iluminen con caridad: que el Señor nos mire con misericordia, y con esa misma mirada divina puedas contemplar tú a tus fieles, a tus parroquias y a toda persona que se te acerque necesitada, herida, abatida… Todas las lecturas nos llevan al proceso vocacional que hemos vivido, nos acercan al entusiasmo del amor primero. Ahora todos los que contemplaremos tu unción, nos recordará la nuestra, y avivará nuestro envío: cada latido de nuestro corazón escuchará el grito del pueblo esclavizado, como Moisés y los profetas, que le conduce a la libertad, que les cura las heridas envenenadas, que le consuela y alimenta, y que le da la dignidad, porque como nos dice san pedro, también en la primera carta: “sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis que todos sois amados por Dios” 1Pe 2,9. Esa es tu misión y nuestra misión: Anunciar con amor y misericordia que Dios nos ama.
Que el Señor te bendiga y te cuide siempre. ¡Ánimo y adelante!
La Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Merced acogió este sábado, 12 de septiembre, la celebración de las sagradas ordenaciones diaconales de los seminaristas Domingo Tejero Díaz y Yerso José Parra Altuve, en una celebración presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, y acompañada por numerosos fieles, familiares y miembros de la comunidad diocesana.
Durante la homilía, el obispo centró su reflexión en la vocación al servicio que caracteriza el ministerio diaconal, a partir de las palabras de Jesús proclamadas en el Evangelio: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Mons. Santiago Gómez Sierra recordó que el propio nombre del ministerio que recibían, diácono, significa servidor, y presentó a Jesucristo como el modelo de todo ministerio en la Iglesia: «Él, el Maestro y el Señor, no se limitó a enseñar el camino del servicio: lo recorrió hasta el extremo».
El obispo invitó a los nuevos diáconos a vivir su ministerio desde la disponibilidad, la humildad y la oración, tres actitudes que consideró inseparables para quien está llamado a servir a Cristo y a los hermanos. Asimismo, destacó las palabras de san Pablo: «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4,1), subrayando que «lo que se busca en los administradores es que sean fieles».
En este sentido, Mons. Santiago Gómez Sierra animó especialmente a Domingo y Yerso a convertirse en «servidores de la comunión». El obispo advirtió también sobre el daño que pueden provocar la murmuración, la calumnia y la división en la vida de la Iglesia, recordando que «la verdad no necesita la calumnia para defenderse» y que «la fidelidad a la Iglesia no necesita destruir la reputación de sus hijos».
En la parte final de su homilía, el obispo recordó a los nuevos diáconos que «para ser ministros fieles, tenéis que ser discípulos», invitándolos a mantener siempre una profunda amistad con Jesucristo: «No basta con hacer cosas por Él: hay que permanecer en Él. No basta con hablar de Cristo: hay que vivir de Cristo».
La celebración concluyó con la invocación de la intercesión de la Virgen María, «humilde Sierva del Señor», para que acompañe a los nuevos diáconos en su camino de servicio a Cristo y a la Iglesia. Mons. Santiago Gómez Sierra pidió que el Señor haga de ellos «servidores fieles de sus misterios, constructores de comunión y testigos de su amor».
Homilía íntegra del Obispo de Huelva
La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos sitúa ante una de las afirmaciones más sencillas y, al mismo tiempo, más revolucionarias del Evangelio: El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor (Mt 20,26).
Estas palabras de Jesús adquieren hoy una resonancia especial en nuestra Iglesia de Huelva, cuando Domingo y Yerso van a recibir el sacramento del Orden en el grado del diaconado. El mismo nombre de este ministerio contiene ya toda una misión: diácono significa servidor.
El servicio no es, por tanto, un aspecto secundario del diaconado, sino su misma razón de ser. El diácono recibe un ministerio que tiene en el servicio su centro y su medida. Y esto solo puede comprenderse desde Jesucristo, que es el verdadero modelo de todo ministerio en la Iglesia. Él, el Maestro y el Señor, no se limitó a enseñar el camino del servicio: lo recorrió hasta el extremo. Con su vida, sus palabras y sus obras, con su entrega en la cruz y con su victoria sobre la muerte, nos ha mostrado que la verdadera grandeza no consiste en ser servido, sino en entregar la propia vida por amor.
Por eso, en la oración colecta de esta celebración hemos pedido para quienes hoy reciben el diaconado tres dones particularmente necesarios: disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración.
La disponibilidad es necesaria porque el servidor no vive para sí mismo. Se pone a disposición de Dios y de los hermanos y aprende a reconocer, incluso en las necesidades concretas de quienes le rodean, la llamada del Señor.
La humildad es necesaria porque el ministerio no es una propiedad personal. No nos lo damos a nosotros mismos, sino que lo recibimos de Cristo a través de su Iglesia. El ministro no es dueño de aquello que se le confía; es su servidor y administrador.
Y es necesaria la oración porque nadie puede servir a Dios durante mucho tiempo si deja de vivir con Dios. El servicio cristiano no nace simplemente de nuestras capacidades, de nuestra generosidad o de nuestro esfuerzo. Nace de la unión con Cristo y se alimenta en la intimidad con Él.
San Pablo expresa de una manera particularmente hermosa qué significa ejercer un ministerio en la Iglesia: Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios(1 Cor 4,1).
Servidor y administrador. Dos palabras que contienen una concepción del ministerio radicalmente distinta de cualquier forma mundana de poder.
El administrador no es dueño de aquello que administra. Lo ha recibido, lo custodia, lo pone al servicio de los demás y sabe que, llegado el momento, tendrá que responder ante el verdadero Dueño. Por eso san Pablo añade: Lo que se busca en los administradores es que sean fieles (1 Cor 4,2).
No dice que se busque en ellos el éxito, la popularidad o el reconocimiento. Dice sencillamente que sean fieles.
La fidelidad es, en definitiva, la medida del ministerio cristiano.
Y esto nos lleva a una cuestión que san Pablo aborda en la comunidad de Corinto y que sigue teniendo plena actualidad: la relación con la opinión de los demás, con la crítica y con el juicio humano.
La comunidad de Corinto estaba marcada por divisiones. Unos se identificaban con Pablo; otros, con Apolo. Se comparaba a unos ministros con otros, se tomaba partido y se juzgaba. Frente a esta situación, Pablo manifiesta una libertad interior admirable: Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas… Mi juez es el Señor (1 Cor 4,3-4).
Pablo no desprecia a la comunidad ni rechaza la necesidad de examinar la propia conducta. Lo que afirma es algo mucho más profundo: el ministro de Cristo no puede vivir esclavo de la opinión de los hombres. Su criterio último no es el aplauso ni el rechazo, el éxito ni el fracaso, sino la fidelidad al Señor.
El aplauso de los hombres no garantiza la fidelidad, del mismo modo que la crítica de los hombres no demuestra necesariamente la infidelidad. El criterio último es el juicio de Dios.
Esto, sin embargo, no significa que debamos despreciar las críticas. Todo lo contrario. La humildad cristiana nos exige saber escuchar. Una crítica honesta puede ayudarnos a descubrir aquello que nosotros mismos no somos capaces de ver. Una corrección fraterna, aunque resulte dolorosa, puede convertirse en instrumento de la gracia. Quien recibe una responsabilidad en la Iglesia debe saber escuchar, examinarse, reconocer sus errores y corregirse cuando sea necesario.
Pero también es necesario aprender a distinguir entre la corrección y la destrucción, entre la crítica sincera y la murmuración, entre la denuncia del mal y el deseo de desacreditar al hermano.
No toda crítica es mala, pero tampoco toda crítica es caridad.
La vida de la Iglesia se resiente gravemente cuando la palabra deja de estar al servicio de la verdad y de la caridad. La murmuración, la calumnia, la difamación, el juicio temerario o la insinuación maliciosa pueden destruir la buena fama de una persona y herir profundamente la comunión eclesial.
El papa Francisco utilizó en diversas ocasiones una expresión deliberadamente fuerte para referirse al chisme y a la murmuración: “El que chismorrea es un terrorista”. La imagen pretendía poner de manifiesto que quien habla mal de su hermano puede hacerle un daño semejante al de quien arroja una bomba: hiere, destruye y después continúa su camino como si nada hubiera sucedido. (Cf. Discurso en Loppiano, Florencia, 10-V-2028)
Quizá necesitamos palabras fuertes cuando hemos llegado a considerar normales comportamientos que, en realidad, destruyen la comunión.
Porque podemos hacer mucho daño sin levantar la voz y sin tocar físicamente a nadie. Podemos herir la reputación de una persona con una palabra, destruir su confianza con una sospecha, desacreditarla con una acusación no comprobada o sembrar dudas mediante una insinuación. Una conversación aparentemente privada puede multiplicarse y terminar causando un daño que ya nadie sabe reparar.
Hay palabras que no dejan heridas visibles, pero que pueden dejar heridas profundas.
En este contexto adquiere también especial fuerza la imagen evangélica de la cizaña, a la que el papa Francisco recurrió en distintas ocasiones para hablar de aquellos comportamientos que introducen división en la comunidad cristiana.
Sembrar cizaña significa introducir división allí donde debería existir comunión; alimentar sospechas; enfrentar a unos contra otros; convertir las diferencias en enemistades; presentar al hermano como adversario.
Y Francisco llegó a advertir que sembrar cizaña destruye la Iglesia. (Cf. Discurso a la Curia romana, 22-XII-2014).
Debemos tomar en serio estas palabras. La Iglesia puede vivir con legítimas diferencias de sensibilidad, de opinión, de perspectiva e incluso de criterios pastorales. Puede vivir con debates intensos, con correcciones firmes y con discrepancias. La unidad de la Iglesia no exige que todos pensemos exactamente lo mismo en aquellas cuestiones que admiten legítima diversidad.
Lo que la Iglesia no puede hacer sin herirse profundamente es convertir al hermano en enemigo.
Existe, además, un peligro particularmente sutil: esconder detrás de buenas intenciones aquello que termina provocando división. Podemos decir que hablamos “por el bien de la Iglesia”; podemos afirmar que nos mueve la preocupación por la verdad, por la doctrina, por la liturgia, por la moral, por la disciplina o por la fidelidad al Evangelio. Y, sin embargo, necesitamos preguntarnos siempre desde qué espíritu actuamos y qué estamos construyendo con nuestras palabras.
Porque la verdad no necesita la calumnia para defenderse.
La fidelidad a la Iglesia no necesita destruir la reputación de sus hijos.
La defensa de la doctrina y de la moral no nos autoriza a despreciar al hermano.
Podemos y debemos decir la verdad. Podemos y debemos corregir el error. Podemos y debemos defender aquello que hemos recibido de Cristo y de su Iglesia. Pero hemos de hacerlo siempre desde la caridad y buscando la comunión.
Esta enseñanza tiene una particular importancia para quienes hoy reciben el diaconado. El ministerio que van a recibir no los convierte en hombres de bandos ni los llama a alimentar enfrentamientos. No han sido ordenados para erigirse en jueces de sus hermanos, sino para servir.
El diácono está llamado a ser, de manera particular, servidor de la comunión.
Por eso tendrá que aprender a distinguir entre la valentía de decir la verdad y la soberbia de querer imponerla; entre la corrección fraterna y la humillación; entre la denuncia del mal y el deseo de destruir a quien consideramos equivocado.
Tendrá que aprender también a custodiar algo que es muy frágil y, al mismo tiempo, esencial para la vida de una comunidad cristiana: la buena fama, la dignidad y la confianza del hermano.
Servir significa también cuidar. Cuidar a las personas, cuidar la comunión, cuidar la verdad y cuidar aquello que la Iglesia confía a nuestras manos.
Por eso, queridos Domingo y Yerso, recordad siempre las palabras de san Pablo: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.
No sois dueños de los misterios de Dios. No sois dueños de la Iglesia. No sois dueños de las personas a las que vais a servir. Todo lo habéis recibido. Y todo lo tendréis que poner un día delante del Señor.
Por eso resulta tan importante la última afirmación de san Pablo: Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece (1 Cor 4,5).
Al final, no serán nuestras apariencias las que hablen por nosotros. No será el aplauso de los hombres. No será nuestra popularidad. No serán siquiera los juicios que otros hayan hecho sobre nosotros.
Será la verdad de nuestro corazón delante de Dios.
Esta perspectiva libera y, al mismo tiempo, compromete. Libera de la necesidad de vivir pendientes del reconocimiento ajeno y compromete a vivir con una conciencia recta ante el Señor. El ministro de Cristo no está llamado a agradar a todos, sino a ser fiel. Y la fidelidad exige tanto humildad para aceptar una corrección justa como fortaleza para permanecer en la verdad cuando esta no resulte popular.
Queridos Domingo y Yerso:
La Iglesia necesita hoy hombres que sepan servir de verdad. Hombres que amen a la Iglesia incluso cuando tengan que sufrir por ella; que no busquen el aplauso, sino la fidelidad; que estén preocupados, ante todo, por la salvación de las almas.
Necesitamos santos. Necesitamos servidores.
Y para ser servidores necesitáis permanecer siempre como discípulos.
No olvidéis nunca esta verdad fundamental: para ser ministros fieles, tenéis que ser discípulos.
Vuestro ministerio solo dará fruto si nace de una amistad profunda con Jesucristo. No basta con hacer cosas por Él: hay que permanecer en Él. No basta con hablar de Cristo: hay que vivir de Cristo. No basta con servir en nombre de Cristo: hay que dejar que Cristo forme en nosotros su mismo corazón de servidor.
El Evangelio de hoy nos muestra ese corazón:
El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20,26-28).
Y todo esto solo será posible si permanecéis cerca de Cristo.
Por eso, junto a la disponibilidad y a la humildad, hemos pedido para vosotros perseverancia en la oración.
No abandonéis nunca la oración diaria. Habrá momentos de alegría y momentos de cansancio; días en los que experimentéis el fruto de vuestro servicio y otros en los que quizá no veáis sus resultados; personas que agradezcan vuestra entrega y otras que tal vez no la comprendan. En todos esos momentos, volved a Cristo.
Antes de ser servidores de los demás, necesitamos reconocer que nosotros mismos somos ovejas del único Pastor. Él nos conduce, nos sostiene, nos alimenta y nos busca cuando nos perdemos.
Solo quien se deja cuidar por Cristo puede aprender verdaderamente a cuidar de los demás.
Por eso, entrad hoy en vuestro ministerio con un corazón humilde, disponible y orante.
Pidamos hoy la intercesión de la Virgen María, humilde Sierva del Señor. Ella supo ponerse enteramente a disposición de Dios y responder con toda su vida: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).
Que María os enseñe a pronunciar cada día vuestro propio fiat.
Y que ella os acompañe siempre para que vuestro ministerio sea verdaderamente un servicio a Cristo y a su Iglesia.
Monseñor José Ángel Saiz Meneses dedica su carta dominical a la educación, con motivo del inicio del curso escolar. “No se trata solamente de transmitir conocimientos, adquirir competencias o preparar buenos profesionales”, explica el prelado, sino que educar significa “ayudar a cada persona a descubrir quién es, para qué vive y cómo puede poner los dones recibidos al servicio de los demás”.
Al respecto, el arzobispo recuerda que fe y razón “no pueden presentarse como mundos enfrentados”, más bien, la educación cristiana implica “enseñar a pensar sin miedo, a preguntar sin prejuicios y a reconocer que la verdad es mayor que nosotros”.
Además, don José Ángel ensalza la figura del profesorado, figura principal que lleva a cabo la misión de enseñar.
Finalmente, en su carta, monseñor Saiz pide que las escuelas y universidades sean “lugares de encuentro entre saberes, culturas y personas; espacios donde la verdad sea buscada con libertad y donde cada uno pueda descubrir su vocación”.
Este sábado concluyó el triduo en honor a Santa Eufemia. La procesión de las candelas tuvo lugar el domingo 13 por la tarde. La Misa votiva será el miércoles 16.
Santa Eufemia, patrona de Antequera
//A.J. GUERRERO
Tras la procesión, el martes 15 de septiembre a las 23,30 horas, la devota Teresa Molina rezará a la Santa en la víspera de su festividad, así como habrá candela en la plaza de Santiago.
Y el miércoles 16 de septiembre, festividad de Santa Eufemia, el templo permanecerá abierto de 11 a 13,30 horas y de 17 hasta la función votiva que tendrá lugar a las 20 horas. Será presidida por el párroco Francisco de Paula Aurioles y se trata de la misa más antigua que se celebra en toda la Diócesis de Málaga. Se le ofrece desde 1410 cuando el Infante don Fernando, conocido desde entonces como «el de Antequera», reconquistó la ciudad y le dio a la tierra: su patrona, escudo de armas y primer alcaide.
Este sábado concluye el Triduo en honor a Santa Eufemia con Exposición del Santísimo a las 19,30 horas y celebración de la Eucaristía a las 20 horas en su templo conventual.
La procesión de las candelas tendrá lugar el domingo 13 por la tarde.
Santa Eufemia, patrona de Antequera
La tarde dominical saldrá la procesión a las 18.00 horas desde su templo, para empezar por calle San Pedro a cuya plaza llegará sobre las 18,45 horas. Allí habrá oración ante el pórtico de la parroquia que vive unida a la de Santiago, a la que pertenece Santa Eufemia. Se tiene previsto que se le ofrezca la primera de las candelas a la imagen patronal.
La Agrupación Musical La Estrella de Jaén será quien ponga sentimiento a las oraciones hechas mecidas de los hermanacos de la Santa de Calcedonia. De ahí, saldrá a la Cruz Blanca para bajar por calle Lucena y entrar en la peatonal y cofrade Duranes en torno a las 19,30 horas. Seguirá por Plazuela Puri Campos, Acera Alta y entrada a la Plaza de San Francisco en torno a las 20 horas. Se llegará a la puerta del templo de San Francisco donde este año se celebran los 800 años de su muerte. Allí se encenderá la segunda de las candelas. Entrada por Juana Jugán, Cristo de los Avisos, Carrera de Madre Carmen y a las 21 horas regresará a su Plaza de Santiago donde se le ofrecerá la tercera y última de las candelas previstas, culminando la procesión.
Oración y función votiva
Tras la procesión, el martes 15 de septiembre a las 23,30 horas, la devota Teresa Molina rezará a la Santa en la víspera de su festividad, así como habrá candela en la plaza de Santiago. Y el miércoles 16 de septiembre, festividad de Santa Eufemia, el templo permanecerá abierto de 11 a 13,30 horas y de 17 hasta la función votiva que tendrá lugar a las 20 horas. Será presidida por el párroco Francisco de Paula Aurioles y se trata de la misa más antigua que se celebra en toda la Diócesis de Málaga. Se le ofrece desde 1410 cuando el Infante don Fernando, conocido desde entonces como «el de Antequera», reconquistó la ciudad y le dio a la tierra: su patrona, escudo de armas y primer alcaide.
La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería y el Palacio Episcopal. San Indalecio, Varón apostólico y mártir según la tradición, es el Obispo fundador de la Iglesia de Almería, que comenzó siendo la Iglesia hispanorromana de Urci.
En la jornada de este viernes, 11 de septiembre, los miembros de la comisión se han reunido con el Sr. Obispo, acompañados por el director del Secretariado Diocesano para la Causa de los Santos, D. Rubén Sánchez Arancibia y el párroco de Nerva, D. Juan José Travé.
Por Decreto Episcopal de fecha 2 de septiembre, el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, ha nombrado a los miembros de la Comisión Histórica y Archivística de la causa de beatificación de la Sierva de Dios Madre Luisa Sosa Fontenla, que estará integrada por los siguientes miembros:
María Cinta Reglado Ortega
Aquilino Delgado Domínguez
Encarnación María Domínguez Durán
Julio Andrés Gutiérrez García
Hna. Inmaculada Florencio Pérez
Durante el encuentro, Mons. Gómez Sierra ha animado a los miembros de la comisión a ejercer con responsabilidad y fidelidad las funciones que les han sido encomendadas, conforme a las normas canónicas que regulan el desarrollo de las causas de beatificación.
Los miembros de la Comisión Histórica y Archivística se han presentado personalmente ante el Obispo y han expresado su deseo de cumplir fielmente con la misión que les ha sido confiada, poniendo su trabajo al servicio de la Iglesia y del adecuado desarrollo de la causa de beatificación de la Sierva de Dios Madre Luisa Sosa Fontenla.
Posteriormente, el acto ha continuado en la capilla del Obispado, donde los miembros de la comisión han prestado juramento de sus respectivos cargos ante el Sr. Obispo. El Canciller de la Diócesis ha dado fe de este acto.
La jornada ha concluido con el rezo del Ángelus. A continuación, Mons. Santiago Gómez Sierra ha impartido su bendición a los miembros de la comisión, encomendando al Señor los trabajos que ahora comienzan en el marco de esta causa de beatificación.
Con la constitución de esta comisión se da un nuevo paso en el camino de la causa de beatificación de la Sierva de Dios Madre Luisa Sosa Fontenla, confiando estos trabajos a la guía del Señor y al servicio de la Iglesia.
El sacerdote diocesano Juan Manuel Barreiro (Islas Chafarinas, Melilla, 1958) lleva viviendo más de 30 años en las tierras de la Misión Diocesana de Venezuela. Las dificultades económicas y políticas que sufren le han impedido venir a visitar a la familia y los amigos en los últimos años y este verano ha conseguido liberar unos días para conocer en persona al nuevo obispo, Mons. Satué, y regresar a su Málaga y a su Melilla.
Juan Manuel Barreiro
E. LLAMAS
Es usted el corazón misionero de esta diócesis, el sacerdote diocesano que permanece en la Misión Diocesana. ¿Cómo está la situación en Venezuela?
Muy difícil. La población vivió un alegrón cuando el gobierno norteamericano extrajo a Maduro, pero han dejado a los mismos gobernando y, además bajo su patrocinio. Esto ha supuesto un desaliento en la población, a lo que se suma que la situación económica es muy complicada. Nuestra misión está formada por dos parroquias que funcionan como una unidad pastoral, Nuestra Señora del Carmen en La Urbana y Nuestra Señora del Valle en Morichalito (Los Pijiguaos), ocupando el extremo Sur-Occidente del Estado Bolívar y de la Arquidiócesis de Ciudad Bolívar, con una extensión territorial en torno a los 15.000 kilómetros cuadrados. Estamos muy en el interior del país, somos la periferia de la periferia y la pena es que, tanto adultos como jóvenes y niños, y hasta sacerdotes, están deseando salir del país. Es muy complicado vivir en la situación que vivimos.
Pero usted permanece en la misión, ¿cuántos años hace que se marchó?
Desde 1990, unos cuantos. A nuestro querido D. Ramón Buxarrais se le ocurrió la bendita idea de enviarme ese año y allí sigo muy feliz, la verdad. Echando mucho de menos a los compañeros. Ya se han cumplido cinco años del fallecimiento de nuestro querido padre Manolo Lozano. El próximo 12 de diciembre celebraremos 40 años de la misión diocesana, que comenzó con los padres Agustín Zambrana, José Pulido y Manolo Lozano. José y Manolo nos acompañan ya desde el cielo.
¿Qué lo lleva a permanecer en Venezuela?
El Señor. En Venezuela hay un dicho muy conocido: “con Dios y la Virgen, a todos lados”, y así es, de otra forma no se entiende. A veces me miro en el espejo y me digo, “Juan Manuel, ¿qué estás haciendo aquí?”, y me respondo: “la voluntad del Señor”.
¿Qué radiografía haría de los pueblos con los que comparte su vida?
El pueblo vive una situación de sufrimiento prolongado. Han sido 28 años de un régimen que ha sometido al pueblo. Esto ha provocado un gran éxodo de más de ocho millones de venezolanos que han salido del país. Y eso es muy duro para este pueblo, pues son gente apegada a su tierra. Pero la necesidad ha sido superior a cualquier otra cosa. Muchas veces, me siento un tanto frustrado por no poder aliviar la tristeza en la que vive el pueblo, por la falta de futuro. Un pueblo que es alegre por naturaleza. Toda esta situación deja también marcas espirituales. Las siento en la comunidad eclesial en la que sirvo. Pero, pese a tanta desesperanza, es un pueblo muy generoso que se levanta una y otra vez.
Son varios los proyectos de desarrollo que tienen en marcha en la misión. Con la situación económica actual, ¿cómo los sostienen?
Se han visto muy limitados por los problemas económicos, la dificultad de las comunicaciones, las malas carreteras, la falta de combustible…
¿Qué le pide a la Iglesia de Málaga?
En primer lugar, que sigan rezando por la misión, que tiene acento malagueño. Cuenten con ella, no se olviden. En segundo lugar, que colaboren, como vienen haciendo, en las necesidades de esta sociedad tan quebrada pero fuerte para seguir adelante y esperar los tiempos nuevos.
Después de tantos años, ¿le sigue sorprendiendo el pueblo venezolano?
Yo siempre digo que Venezuela me acogió con un abrazo caluroso. Y después me cautivó el corazón y yo se lo presté. Después de tantos años, sigo aprendiendo de este pueblo, de su alegría, su sencillez, su nobleza…
¿Cómo se sigue recuperando el país del terremoto reciente? Ya nos contó que en la misión, por estar tan al interior no lo sintieron, pero han estado disponibles para toda ayuda.
Así es. Se está recuperando con dificultad. Sobre todo porque hubo muchas dificultades oficiales para que llegaran los envíos humanitarios desde fuera, hemos sido los propios venezolanos (yo tengo la doble nacionalidad) quienes hemos salido al paso de las necesidades. De verdad que fue una situación que vivimos con mucha emoción y la gente está muy agradecida por esa red de ayuda que continúa activa.
¿Ve presente a Dios en la misión diocesana, Juan Manuel?
Constantemente porque se me presenta como niño, niña, hombre, mujer, indio, criollo… Dios está muy cercano, muy presente.
¿Cómo lo reciben sus compañeros sacerdotes cuando viene de vacaciones?
Encuentro en ellos el cariño y la comprensión, otra cosa es que me hagan caso cuando los invito a venirse a la misión (sonríe), pero en mis hermanos sacerdotes y en toda la Iglesia de Málaga y de Melilla encuentro la acogida de mi familia.
El pasado miércoles, 9 de septiembre, comenzaron los trabajos preparatorios para la ejecución de la intervención de mejora y consolidación del terreno bajo la iglesia del Sagrario de Málaga, mediante un sistema de inyecciones armadas. Las primeras perforaciones e inyecciones comenzaron el lunes 14 de septiembre.
Espacio ya acotado para los trabajos en Calle Santa María, junto a la Puerta del Perdón
Esta actuación constituye una nueva fase dentro del proceso de intervención iniciado en 2016, a raíz de la aparición de una importante grieta en el edificio. Los distintos estudios realizados desde entonces han permitido determinar la necesidad de actuar sobre el terreno de cimentación con el objetivo de mejorar sus características geomecánicas, aumentar su capacidad portante, homogeneizar su comportamiento y reducir los posibles asientos que pudieran afectar al monumento.
La solución adoptada consiste en la realización de inyecciones armadas de lechada de cemento, ejecutadas mediante perforaciones de pequeño diámetro en las que se introducen tubos de acero provistos de válvulas. A través de ellos se inyecta de manera controlada la lechada de cemento a diferentes profundidades, consiguiendo impregnar y consolidar progresivamente el terreno.
La intervención supondrá la ejecución de numerosas perforaciones e inyecciones, en torno a 150 operaciones de tratamiento, distribuidas tanto en el exterior como en el interior del edificio. Las perforaciones podrán alcanzar cotas próximas a los 19 metros de profundidad y presentan diferentes inclinaciones, determinadas específicamente en proyecto para adaptarse tanto a las necesidades estructurales como a las condiciones del subsuelo.
Uno de los principales condicionantes de la actuación ha sido la presencia de restos arqueológicos bajo la iglesia del Sagrario y en su entorno inmediato. Durante los últimos años se han llevado a cabo distintas intervenciones y trabajos arqueológicos destinados a conocer con mayor precisión estos restos y su relación con las zonas en las que estaba previsto actuar.
Para ello se han estudiado individualmente las diferentes perforaciones, elaborándose secciones específicas que han permitido comprobar sus trayectorias y modificar su posición allí donde se ha detectado una posible interferencia con restos arqueológicos.
La disposición finalmente adoptada es, por tanto, el resultado de un trabajo coordinado entre la dirección arqueológica, la ingeniería responsable de la intervención, los técnicos de la Delegación de Cultura y los arquitectos redactores y directores del proyecto, buscando compatibilizar la eficacia de la consolidación del terreno con la mínima afección posible a los restos arqueológicos existentes.
Con carácter general, las inyecciones propiamente dichas comenzarán a partir de la cota aproximada de –8,40 metros, reduciendo de este modo la incidencia del tratamiento sobre los niveles arqueológicos más superficiales. Además, durante toda la ejecución se llevará a cabo un seguimiento arqueológico específico, que permitirá controlar el desarrollo de las perforaciones y adoptar las medidas necesarias ante cualquier circunstancia no prevista.
FASES DE EJECUCIÓN DE LOS TRABAJOS
La ejecución se desarrollará por fases, comenzando por las inyecciones exteriores y realizando posteriormente las situadas en el interior del edificio.
Los primeros trabajos se efectuarán en la fachada de la iglesia del Sagrario a calle Santa María, comenzando en la zona situada frente a la Puerta del Perdón. Durante estas operaciones, la portada será convenientemente protegida mediante lonas para evitar posibles manchas o salpicaduras derivadas de los trabajos.
Desde este punto, los trabajos avanzarán progresivamente de oeste a este a lo largo de la fachada de calle Santa María, en dirección hacia la Puerta de las Cadenas. Una vez completada esta zona, la intervención continuará en el Patio de las Cadenas. Finalmente, se ejecutarán las perforaciones previstas en el interior, correspondientes a la zona de la cripta de la iglesia del Sagrario.
Las perforaciones e inyecciones se realizarán de manera secuencial y controlada, evitando trabajar simultáneamente sobre puntos excesivamente próximos y registrando durante el proceso parámetros como la presión, el caudal y el volumen de lechada introducido.
El ritmo previsto de ejecución será de aproximadamente una o dos inyecciones diarias, aunque dependerá de las condiciones que se vayan encontrando durante los trabajos y de la respuesta del terreno en cada punto de intervención.
De acuerdo con esta previsión, la duración estimada de esta fase de la obra es de unos nueve meses. No obstante, se trata de una actuación especialmente minuciosa, en la que cada perforación debe ejecutarse y controlarse de forma individualizada, por lo que los plazos podrán ajustarse en función del desarrollo real de los trabajos.
El comienzo de esta fase supone un hito significativo dentro de un proceso iniciado hace ya una década, en el que el conocimiento progresivo del edificio, de su cimentación y de las condiciones de su subsuelo ha permitido definir con precisión la intervención. El objetivo final es mejorar la estabilidad de la iglesia del Sagrario mediante una actuación compatible con la conservación del monumento y con la presencia de los restos arqueológicos existentes en el subsuelo.
El pasado miércoles, 9 de septiembre, comenzaron los trabajos preparatorios para la ejecución de la intervención de mejora y consolidación del terreno bajo la iglesia del Sagrario de Málaga, mediante un sistema de inyecciones armadas. Está previsto que, si los trabajos preparatorios se desarrollan conforme a lo programado, las primeras perforaciones e inyecciones comiencen el lunes 14 de septiembre.
Espacio ya acotado para los trabajos en Calle Santa María, junto a la Puerta del Perdón
Esta actuación constituye una nueva fase dentro del proceso de intervención iniciado en 2016, a raíz de la aparición de una importante grieta en el edificio. Los distintos estudios realizados desde entonces han permitido determinar la necesidad de actuar sobre el terreno de cimentación con el objetivo de mejorar sus características geomecánicas, aumentar su capacidad portante, homogeneizar su comportamiento y reducir los posibles asientos que pudieran afectar al monumento.
La solución adoptada consiste en la realización de inyecciones armadas de lechada de cemento, ejecutadas mediante perforaciones de pequeño diámetro en las que se introducen tubos de acero provistos de válvulas. A través de ellos se inyecta de manera controlada la lechada de cemento a diferentes profundidades, consiguiendo impregnar y consolidar progresivamente el terreno.
La intervención supondrá la ejecución de numerosas perforaciones e inyecciones, en torno a 150 operaciones de tratamiento, distribuidas tanto en el exterior como en el interior del edificio. Las perforaciones podrán alcanzar cotas próximas a los 19 metros de profundidad y presentan diferentes inclinaciones, determinadas específicamente en proyecto para adaptarse tanto a las necesidades estructurales como a las condiciones del subsuelo.
Uno de los principales condicionantes de la actuación ha sido la presencia de restos arqueológicos bajo la iglesia del Sagrario y en su entorno inmediato. Durante los últimos años se han llevado a cabo distintas intervenciones y trabajos arqueológicos destinados a conocer con mayor precisión estos restos y su relación con las zonas en las que estaba previsto actuar.
Para ello se han estudiado individualmente las diferentes perforaciones, elaborándose secciones específicas que han permitido comprobar sus trayectorias y modificar su posición allí donde se ha detectado una posible interferencia con restos arqueológicos.
La disposición finalmente adoptada es, por tanto, el resultado de un trabajo coordinado entre la dirección arqueológica, la ingeniería responsable de la intervención, los técnicos de la Delegación de Cultura y los arquitectos redactores y directores del proyecto, buscando compatibilizar la eficacia de la consolidación del terreno con la mínima afección posible a los restos arqueológicos existentes.
Con carácter general, las inyecciones propiamente dichas comenzarán a partir de la cota aproximada de –8,40 metros, reduciendo de este modo la incidencia del tratamiento sobre los niveles arqueológicos más superficiales. Además, durante toda la ejecución se llevará a cabo un seguimiento arqueológico específico, que permitirá controlar el desarrollo de las perforaciones y adoptar las medidas necesarias ante cualquier circunstancia no prevista.
FASES DE EJECUCIÓN DE LOS TRABAJOS
La ejecución se desarrollará por fases, comenzando por las inyecciones exteriores y realizando posteriormente las situadas en el interior del edificio.
Los primeros trabajos se efectuarán en la fachada de la iglesia del Sagrario a calle Santa María, comenzando en la zona situada frente a la Puerta del Perdón. Durante estas operaciones, la portada será convenientemente protegida mediante lonas para evitar posibles manchas o salpicaduras derivadas de los trabajos.
Desde este punto, los trabajos avanzarán progresivamente de oeste a este a lo largo de la fachada de calle Santa María, en dirección hacia la Puerta de las Cadenas. Una vez completada esta zona, la intervención continuará en el Patio de las Cadenas. Finalmente, se ejecutarán las perforaciones previstas en el interior, correspondientes a la zona de la cripta de la iglesia del Sagrario.
Las perforaciones e inyecciones se realizarán de manera secuencial y controlada, evitando trabajar simultáneamente sobre puntos excesivamente próximos y registrando durante el proceso parámetros como la presión, el caudal y el volumen de lechada introducido.
El ritmo previsto de ejecución será de aproximadamente una o dos inyecciones diarias, aunque dependerá de las condiciones que se vayan encontrando durante los trabajos y de la respuesta del terreno en cada punto de intervención.
De acuerdo con esta previsión, la duración estimada de esta fase de la obra es de unos nueve meses. No obstante, se trata de una actuación especialmente minuciosa, en la que cada perforación debe ejecutarse y controlarse de forma individualizada, por lo que los plazos podrán ajustarse en función del desarrollo real de los trabajos.
El comienzo de esta fase supone un hito significativo dentro de un proceso iniciado hace ya una década, en el que el conocimiento progresivo del edificio, de su cimentación y de las condiciones de su subsuelo ha permitido definir con precisión la intervención. El objetivo final es mejorar la estabilidad de la iglesia del Sagrario mediante una actuación compatible con la conservación del monumento y con la presencia de los restos arqueológicos existentes en el subsuelo.