Vigilia de oración de la Inmaculada Concepción (Santuario de la Virgen de la Victoria-Málaga)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la vigilia de oración de la Inmaculada Concepción celebrada en el Santuario de la Virgen de la Victoria de Málaga el 7 de diciembre de 2016.

VIGILIA DE ORACIÓN

DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

(Santuario de la Virgen de la Victoria-Málaga, 7 diciembre 2016)

Lecturas: Lc 2,41-52.

Déjate encontrar por Dios

1.- Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar. (Respuesta de la Asamblea: Sea por siempre bendito y alabado).

Quiero agradecer el testimonio de las cuatro personas que nos habéis alumbrado al compartir vuestra experiencia de llamada y respuesta.

Felicito a los que habéis coordinado esta Vigilia de la Inmaculada con este título: Déjate encontrar por Dios.

Los que habéis compartido vuestro testimonio habéis manifestado muy bien cómo actúa el Señor. No somos nosotros los que lo elegimos, es Dios el que viene a nuestra búsqueda. Es Él el que nos llama, es Él el que nos invita. Hay que dejarse encontrar por Él.

Así Él llamó a todos personajes que aparecen en el Evangelio: los apóstoles, los discípulos, la gente que le seguía. Salía al encuentro. El Señor viene a nosotros, no vamos nosotros detrás de Él buscándole. Inicialmente es Él el que nos invita y quién viene y quién se acerca. Dios siempre toma la iniciativa.

Sobre el texto del Evangelio de Lucas que hemos escuchado y representado quiero hacer tres breves reflexiones:

2.- Jesús subió al templo. Aquí cualquier israelita sacaría muchas consecuencias. El templo está en alto, es como subir a la montaña y para ello tenemos dejar algo atrás. La presencia de Dios está en lo alto, en las alturas y para llegar a Él hay que desprenderse de cosas.

Subir al templo. Los padres de Jesús solían subir cada año a Jerusalén (cf. Lc 2, 41) y Él empezó a subir cuando cumplió doce años (cf. Lc 2, 42).

Además, el templo es lugar de la presencia de Dios. El templo como lugar de la reunión de la comunidad. El templo es también para nosotros donde nos reunimos cada domingo, que se nos invita a celebrar la Eucaristía dominical. Hay que dejarse encontrar con Dios y por Dios cada domingo con la comunidad.

Benedicto XVI insistía mucho en que el cristiano no está solo, no vive solo su fe, no celebra solo. Lo hacemos en comunidad. Jesús sube al templo y se encuentra con la comunidad creyente y va con sus padres. Jesús, como chaval, se deja también encontrar por el Padre.

3.- Hay que ocuparse de las cosas de Dios. Jesús podría haber seguido con sus padres, podría haber dado excusas diciendo que era pequeño y que no podía quedarse solo, teniendo que irse con sus padres. Podemos inventar muchas excusas: los estudios, hacer una carrera, seguir nuestros propios planes… Jesús se ocupó de las cosas de Dios y se queda en Jerusalén dejando incluso a sus padres (cf. Lc 2, 43).

En ocasiones, ante ciertas llamadas de Dios, también hay que dejar a nuestros padres, porque el Señor es exigente en ese sentido; pero no nos impide ser humanos, tenemos que estar con la familia porque la queremos. Aun así, a veces, el Señor pide unas exigencias de renuncias.

Jesús se ocupó de las cosas de Dios: «Lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba» (Lc 2, 46-47).

Cuando sus padres notaron su ausencia, se volvieron a Jerusalén en su busca (cf. Lc 2, 44-45). Y ante el asombro de sus padres, responde con toda normalidad: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). «Pero ellos no comprendieron lo que les dijo» (Lc 2, 50).

A veces, nuestros padres, familia, amigos no entienden nuestras respuestas a Dios cuando nos invita a seguirlo más de cerca. Hay que secundar la llamada de Dios, la que sea. Déjate encontrar por Dios en la forma de vida que sea, no importa. No hay que empeñarse en seguirle de una manera concreta: como laico, en el matrimonio, en la vida profesional, como vida consagrada… No hay que empeñarse, hay que dejarse encontrar, hay que dejarse llevar, hay que escuchar a Dios. Preguntarle al Señor: ¿dónde quieres que viva?, ¿qué quieres que haga con mi vida?, ¿cómo quieres que te siga?

4.- Volver a las tareas cotidianas. Éste es el tercer momento de este proceso que estamos describiendo. Y se parecen muchos estos tres momentos a la escena del Tabor. Jesús subió a la montaña con los tres más íntimos, allí se transfiguró, les habló de lo que tenía que suceder: de su muerte y resurrección en Jerusalén, y bajaron después (cf. Mt 17, 1-13). Nadie se queda en el Tabor, nadie se queda en el templo.

Hay que volver a las tareas cotidianas: «Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2, 51). «Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).

Tras habernos encontrado de un modo especial con el Señor, también esta noche, Él nos pide que regresemos a nuestros lugares, a nuestra casa, a nuestra familia, a nuestra universidad, al lugar de trabajo, al instituto, a la pandilla, al grupo, a los vecinos. Hay que regresar para dar testimonio de lo que hemos vivido. Hay que volver a las tareas cotidianas y estar con la gente, sobre todo los que nos necesitan más.

Cuando uno se deja encontrar por Dios después es capaz de encontrarse con los hermanos. Eso es lo que nos pide el Señor ahora al final de este encuentro.

Cuando salgamos del templo que nos encontremos con los hermanos. Ese hermano puede ser tu padre, tu madre, tu hermano carnal, tu amigo, tu enemigo, aquel que te quiere, el que te odia, el compañero de clase, el no creyente… todo el mundo.

Le pedimos la Virgen, la Inmaculada, en esta Vigilia de gran fiesta de su Solemnidad que nos ayude a dejarnos encontrar por Jesús, su Hijo. Y que después nos acompañe de su mano para poder encontrarnos con los demás. Que así sea.

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