Retiro a los Religiosos de la «CONFER» Diocesana de Málaga (Misioneras Eucarísticas de Nazaret-Málaga)

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el Retiro a los Religiosos de la «CONFER» Diocesana de Málaga, celebrado en la Casa de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret de Málaga el 4 de diciembre de 2016.

RETIRO A LOS RELIGIOSOS
DE LA “CONFER” DIOCESANA DE MÁLAGA
(Misioneras Eucarísticas de Nazaret-Málaga, 4 diciembre 2016)

Lecturas: Is 11,1-10; Sal 71,1-2.7-8.12-13.17; Rm 15,4-9; Mt 3,1-12.
(Domingo Adviento II-A)

1.- Salir al desierto
Hemos reflexionado en las dos meditaciones precedentes del Retiro sobre la lectura del profeta Isaías y sobre la carta del san Pablo a los Romanos, propias del domingo segundo de Adviento. Meditamos ahora el texto del evangelio de san Mateo.
«Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando» (Mt 3,1). Juan sale de la ciudad amurallada, abandonando las comodidades y afrontando la vida a la intemperie. Él nos invita a salir de nuestra muralla, de nuestros narcisismos, de nuestra vida regalada, de nuestro cómodo castillo. 
Salgamos a la intemperie, donde el viento del Espíritu trae su acción regeneradora. No nos enfeudemos en argumentos que conducen al subjetivismo; no nos atrincheremos en nuestras posiciones personales. Hay que salir de uno mismo para encontrarse con Dios. Él nos llama para renovar la respuesta que le dimos en el inicio de nuestra vocación.
Somos llamados por la voz del Precursor a salir al desierto, al encuentro con la Palabra. Hoy sigue teniendo la misma fuerza aquella voz que resonó junto al río Jordán e identificó a quien venía como Hijo amado de Dios, a quien esperamos: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
Dios nos ofrece su salvación; acojámosla; salgamos de nosotros mismos y sentiremos el gozo de la relación salvadora y de la fecundidad de nuestra vida.

2.- El desierto, lugar de purificación
El Señor sacó a su pueblo de la esclavitud y lo condujo al desierto (cf. Ez 20,10). Allí el pueblo es purificado.
El desierto es la imagen más evocadora de la actitud que corresponde ante la Palabra divina; una actitud sin defensa, cara a cara, de tú a tú, ante quien desea ser la relación más transformadora e íntima, que puede llegar a ser de amor esponsal. Desierto es el ámbito de la soledad enamorada, donde se busca la estancia más íntima, que arranca la declaración de amor: “Señor, Tú eres mi Dios”.
    Desierto es el lugar de la Palabra: las Diez Palabras de vida del Decálogo (cf. Ex 31,18); desierto es lugar del pan del cielo, el “maná” (cf. Ex 16,4.14-18); desierto es el lugar del agua de la roca (cf. Nm 20,11-13). 
Desierto es el lugar de la tentación, de la infidelidad y del acrisolamiento de la fe, de lucha y de la victoria. 
    En este segundo domingo de Adviento, ¿nos hemos puesto ya en camino? ¿Estamos dispuestos a salir de nuestras comodidades? ¿Nos decidimos a un cambio de actitud? ¿Buscamos la renovación de la mente y del corazón? 

3.- Llamada a la conversión
Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando la conversión: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos» (Mt 3,2). 
La conversión es un cambio radical de mentalidad y de actitudes profundas, que luego se va manifestando en acciones nuevas, en una vida nueva.
A los fariseos y saduceos que iban a bautizarse, Juan les decía: «Dad el fruto que pide la conversión» (Mt 3,8). «Confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (Mt 3,6). 
    El bautismo de Juan era de penitencia: «Yo os bautizo con agua para que os convirtáis» (Mt 3,11). 
Pero el bautismo de Jesús es bautismo con Espíritu Santo: «El que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11). Este texto evoca la profecía de Isaías, que hemos escuchado.
El anuncio profético del reinado de Dios se presenta siempre acompañado de una llamada urgente a la conversión. Así lo vemos en la predicación de Isaías y en la de Juan, que es el último de los profetas. También aparece así en la predicación de Jesús, que comenzó en Galilea diciendo: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Por lo tanto, lo que tenemos que hacer cuando llega a nosotros la promesa de Dios es convertirnos.
La conversión a que nos invita el Bautista no se queda en un cambio superficial. Esta conversión debe empezar por el reconocimiento de nuestra situación de pecadores. Quien se reconoce pecador descubre que está necesitado de salvación. Quien busca la salvación tiene que volver a Dios, único verdadero salvador. No hay vuelta a Dios si no cambiamos nuestro corazón y nuestra mente. Es preciso cambiar nuestro modo de pensar, de ser, de actuar y existir. Es necesario cambiar las causas de nuestra situación de pecadores.
Y una conversión de este tipo, de mente y corazón, se proyecta necesariamente en la vida y en las obras. Si no hay obras de conversión y no aparecen frutos es señal de que, en realidad, no ha habido conversión.
En nuestra tarea pastoral tenemos un reto muy importante: ayudar a los destinatarios de nuestra acción evangelizadora y catequística a que vivan realmente una relación con el Señor que transforme su vida. Si preparamos a los niños, jóvenes y adultos solo para recibir sacramentos, sin que haya una auténtica conversión, no será posible que haya continuidad tras la celebración del sacramento.
Preparémonos en este Adviento para recibir al Señor, que viene a salvarnos. Preparemos el camino al Señor. Lo hacemos con la Virgen María, que supo acoger de manera exquisita la llegada de su Hijo. Amén.
    

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