«Quería vivir en un país donde se respetaran los derechos humanos»

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Alain Diabanza, intentó saltar tres veces la valla que lo separaba de Ceuta, finamente llegó a la playa del Tarajal, casi inconsciente, agarrado a aun neumático. Hoy está casado y pertenece a la comunidad parroquial del Carmen en Málaga capital.

Alain Diabanza tenía 24 años cuando decidió salir de la República Democrática del Congo. «Mi país lleva muchos años en guerra, desde la independencia, vivimos en una guerra intermitente. Hemos vivido la guerra del petróleo, la del diamante, la del oro y actualmente estamos sufriendo la guerra del coltán, un material que se usa para fabricar los teléfonos móviles y las televisiones de plasma. Se calcula que el Congo tiene el 80% de este material a nivel mundial, pero desde que empezó esta guerra llevamos más de ocho millones de muertos y los refugiados son muchos más. Esta situación hace que en lugar de tener un país rico, tengamos un país de miseria, donde los asesinatos y las violaciones de los derechos humanos son constantes. El pueblo no está viviendo, está sobreviviendo».

Becado por la Iglesia

Perteneciente a una familia humilde, aún más empobrecida con las guerras, Alain explica que tuvo la suerte de estudiar con una beca de la Iglesia Católica, gracias a la Diócesis de Matadi (en la provincia de Bas-Congo) donde vivía. «Eso me permitió ir a la universidad, donde me licencié en Filología Francesa y comencé a trabajar en un colegio católico. Pero la situación de la enseñanza es muy difícil, son muchos los profesores asesinados o perseguidos. Esto, unido al hambre y la continua violación de los derechos humanos, hizo que en 2002 tomara la decisión de marcharme. Pero con 40 euros al mes que cobraba, sólo pude permitirme llegar a Angola, donde me dediqué a dar clases particulares de francés a los niños de las familias ricas. Así, gané bastante dinero para poder comprar un billete de avión hasta Senegal y de allí, me fui a Marruecos. La mayoría de la gente hace la ruta andando o en autobús de un país a otro. Generalmente, cuando llegamos a un país, nos instalamos, trabajamos unos años en la construcción o en trabajos pesados para conseguir dinero y poder viajar al próximo país. Yo conozco a gente que ha tardado hasta 10 años en llegar a Marruecos. Pero se trata de un viaje peligroso, porque hay muchas mafias. Cuando llegué a Marruecos ya no tenía dinero, lo había gastado todo en el billete de avión y ahí empezó mi segundo calvario, porque no sabía dónde iba a vivir. Empecé a buscar en la calle a los subsaharianos y encontré a un congoleño, que se iba a la montaña porque no podía permitirse vivir en Rabat. Entonces le dije: “me voy contigo”. Me fui a la montaña sin nada, y allí encontré a más de mil personas viviendo como animales. Dormíamos en unas tiendas de campaña fabricadas con bolsas de plástico en torno a un árbol, sujetas con piedras para que no se las llevara el viento. La comida la conseguíamos gracias a la mendicidad. Todos los días uno de nosotros bajaba a la ciudad a pedir comida. Allí nos daban patatas, tomates…».

Tres veces intentó saltar la valla que lo separaba de Ceuta, en grupos reducidos, por la noche, con dos escaleras fabricadas con palos y trozos de ropa, pero no lo consiguió. Fue entonces cuando decidió hacerlo a nado a través del Mediterráneo. «Nos habían dicho que para poder cruzar por el mar, necesitábamos un salvavidas, unas aletas y un traje de neopreno, pero yo no tenía dinero. Así que los sábados acudíamos al mercado para ofrecernos a llevar las bolsas y así nos daban 50 céntimos o un euro. Pero también era peligroso porque estaba vigilado por la policía marroquí. Tras varios meses pude comprar unas aletas, la cámara de un neumático pinchada, que reparamos y usamos de salvavidas y lo del neopreno era impensable. Nos dijeron que, si nos untábamos el cuerpo con aceite de oliva, podríamos evitar el frío. Pero eso no sirve de nada. Tras dos kilómetros nadando de noche, llegué a la playa del Tarajal, casi inconsciente. Allí nos estaba esperando la policía, que, en lugar de deportarnos, nos llevó al hospital y, posteriormente, al CETI de Ceuta, donde estuve dos meses. Sabía que podía morir pero no había marcha atrás, o moría ahogado como muchos otros o vivía como un animal y eso, no era vida. Posteriormente me trajeron al centro que CEAR tiene en Málaga, donde residí un año». 

Ya en España, continua Diabanza, «aprendí español y estudié un módulo de Electricidad. Gracias a eso, trabajé en la construcción durante muchos años. Ahora que he podido homologar mi título, estoy trabajando aquí, en el propio CEAR, como técnico de integración social, y me encanta poder ayudar a mis hermanos, porque para mí todo el que llega aquí es mi hermano. Me veo reflejado en su rostro porque yo pasé por lo mismo. Hoy día estoy casado y pertenezco a la comunidad parroquial del Carmen, donde organizamos actividades para poder mandar dinero a una comunidad de religiosas de Ruanda que trabaja con niños».

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