Nuestros misioneros llevan el Evangelio a Caicara del Orinoco

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Este domingo 11 de mayo se celebra el Día de la Misión Diocesana de Caicara del Orinoco. Hace más de 55 años que llegaron los primeros misioneros diocesanos a Venezuela. Hoy día atienden tres parroquias con una extensión el doble que toda la diócesis de Málaga.

«El apoyo a la actividad misionera es una característica esencial a nuestro ser Iglesia católica y diocesana», afirma el delegado de Misiones, Luis Jiménez, quien reconoce que «en este sentido, nuestra Diócesis ha dado siempre un apoyo constante a la actividad misionera de la Iglesia».

Hace más de 55 años de la llegada de los primeros misioneros diocesanos a Venezuela. En la actualidad forman un equipo de tres sacerdotes diocesanos: Juan Manuel Barreiro, Juan de Jesús Báez y Manuel Lozano que trabajan en comunión con sacerdotes nativos. Atienden tres parroquias y varios proyectos de desarrollo, formación y salud, que tienen una extensión de 45.000 km2, el doble de la diócesis de Málaga. Además atienden numerosas capillas y centros pastorales en cientos de caseríos y comunidades dispersas por todo el municipio Cedeño, el más grande de Venezuela.

El delegado de Misiones, Luis Jiménez, ha visitado recientemente la Misión Diocesana. Uno de los días de su visita acompañó al sacerdote Manuel Lozano, para conocer de cerca la realidad de la misión por las comunidades de Nuestra Señora de la Luz, Sagrado Corazón de Jesús, Manca de Leoni, San Juan Bosco, La Teja 2, Nuestra Señora de Coromoto, Rómulo Gallegos, Chaguaramal,

Sagrada Familia… y una nueva construcción que llevará el nombre de Nueva Esmeralda y en la que «el padre Manuel se siente pionero y misionero de frontera abriendo nuevas comunidades como hiciera el gran san Pablo».

«Aquí venimos a evangelizar y al mismo tiempo somos evangelizados. Aprendemos tanto de estas personas sencillas en su hospitalidad y acogida, la expresión sencilla de su fe, el deseo de conocer a Jesús y el hambre de Dios. Aquí sí que olemos a ovejas. Estamos siempre con ellos y junto a ellos», asegura el padre Manuel Lozano.

El colofón de la visita de Luis fue conocer los proyectos de promoción humana y desarrollo que tienen en marcha. «Camino de sueños es una unidad de atención a niños y niñas con necesidades especiales. Disponen de servicio de pedagogía, tutorías, estímulos, asistencia a los padres…Es un centro lleno de amor donde se refleja la ternura del buen Dios para con los más débiles. Y allí está el padre Juande, su promotor, poniendo lo mejor de sí mismo. En el Centro Taller Nuclearizado APEP nuestros misioneros, con la encomiable y abnegada labor de docentes y voluntarios laicos, están realizando una labor de promoción de los jóvenes, capacitándolos para el trabajo y enseñándoles un oficio. Asisten unos 500 jóvenes semanales. Por último, también pude conocer la escuela de adultos Madre del Amor Doloroso, en el que se imparte educación primaria y secundaria, educación técnica y capacitación laboral», explica Luis. Y concluye «sería bueno que nuestros sacerdotes diocesanos fueran a visitar esta misión que es el orgullo misionero de nuestra Diócesis».

LA VOCACIÓN MISIONERA ¿MERECE LA PENA?

El delegado de Misiones, Luis Jiménez, explica que «a través del Evangelio vemos que los seguidores de Jesús son personas normales y corrientes, como Pedro, el más ‘ordinario’ de todos: generoso y temeroso, fiel e infiel, fuerte y débil, inteligente…y que no entiende nada. El misionero es un cristiano que se siente llamado, que ha puesto a Jesús en el centro de su vida, que como Pablo, todo lo estima basura con tal de ganar a Cristo y que nos dice: ¡Ay de mí si no evangelizare! Una característica importante de un misionero es salir, traspasar las frontera, ir allí donde más falta hace transmitir alegría y esperanza, ir a compartir con los más pobres de la tierra. Y todo porque se fía totalmente de Dios. Pone su vida en manos de Dios. Mi experiencia como misionero en Tanzania me ha llenado y me ha hecho inmensamente feliz al saber que por lo menos estaba contribuyendo a la construcción de un mundo mejor, más humano, donde la dignidad de las personas es reconocida. Compartiendo con los más pobres y olvidados del mundo. En definitiva, hoy, como ayer, ante la pregunta: ¿Merece la pena ser misionero? Vivo en la convicción de que ha sido la mejor opción de mi vida».

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