Misa “In Coena Domini” del Jueves Santo (Catedral-Málaga).

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada con motivo de la Misa “In Coena Domini” del Jueves Santo en la Catedral de Málaga el 4 de abril de 2012.

MISA “IN COENA DOMINI” DEL JUEVES SANTO

(Catedral-Málaga, 5 abril 2012)

Mons. Fernando Sebastián

Arzobispo emérito de Pamplona

Lecturas: Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15.

La celebración litúrgica de esta tarde es honda y conmovedora. El Jueves Santo es para nosotros un día de intimidad y de profunda piedad. Las lecturas que acabamos de escuchar nos sitúan ante tres grandes estampas.

La Pascua salvadora de Dios;

La institución de la Eucaristía;

Y el lavatorio de los pies.

1.- Pascua quiere decir, paso, presencia, actuación. Los judíos celebraban cada año solemnemente el recuerdo de la PASCUA SALVADORA DE DIOS. Cuando el Señor los liberó de la cautividad de Egipto. El Dios de la Alianza quebró la resistencia del Faraón matando a los primogénitos de todo el país. Aquella fue una liberación social, política, terrena. Un anticipo de la gran liberación de Jesús, la liberación del perdón de los pecados, de la reconciliación con Dios y de la resurrección para la vida eterna.

2.- En este marco de la celebración de la Pascua salvadora de Dios, cuando celebraba esta fiesta con sus discípulos, instituyó Jesús el sacramento de su cuerpo y de su sangre, el sacramento de su muerte redentora y de nuestra salvación. La Pascua de Dios es una Pascua permanente, definitiva. Dios está siempre con nosotros para salvarnos de todo mal. En esta noche del Cenáculo, Jesús dio gracias al Padre por esta Pascua universal, vivió en su corazón su propia muerte, ya muy cercana, la aceptó, la ofreció como sacrificio de adoración y de alabanza, venciendo para siempre el poder del pecado en el mundo. La vive en su corazón como una oración de obediencia y de alabanza. Su muerte es la verdadera Pascua salvadora. La vivió y nos la entregó para que pudiéramos recubrirnos con ella, entrar en ella y vivir en nuestro corazón ese mismo sacrificio de adoración y fidelidad que nos libra del pecado y nos hace hijos y amigos de Dios para siempre. “Cada vez que coméis su carne y bebéis su sangre recordáis su muerte hasta que vuelva”. La Eucaristía nos hace contemporáneos de Jesús, nos permite participar en su oración de obediencia y de fidelidad, como si estuviéramos en el cenáculo con los Apóstoles, como si estuviéramos en el Calvario con María, con Juan y las mujeres devotas, discípulas de Jesús.

3.- En el evangelio de Juan no se nos cuenta la institución de la Eucaristía, pero el evangelista nos ha conservado esa escena increíble de Jesús lavando los pies de sus discípulos. Este gesto de Jesús es otra manera de expresar el significado y el contenido de su muerte. Lavar los pies es propio de los siervos, es un acto de humildad y de servicio. Jesús, con ese gesto, nos quiso dejar una lección definitiva. En la vida, lo importante, lo decisivo, es el amor. No cualquier amor, sino el amor humilde, el amor servicial y desinteresado, el amor discreto, sacrificado y fiel, como es el amor de Dios, como es su propio amor. Ese amor que él ha practicado durante toda su vida y que ahora llega a su punto más alto en el ofrecimiento del Calvario.

“Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho, lo hagáis también vosotros”.

Nos cuesta mucho trabajo entenderlo. Queremos triunfar, queremos llegar muy arriba, que nuestros seres queridos triunfen en la vida. No acabamos nunca de convencernos de que el verdadero éxito en la vida es imitar en todo a Jesucristo entregándonos, por amor de Dios, al amor y al servicio humilde de los demás.

Dentro de pocos minutos, el Sr. Obispo lavará los pies de doce varones; ellos recuerdan a los doce apóstoles a quienes Jesús lavó los pies y representan también al pueblo de Dios y a la sociedad entera a quienes el Obispo tiene que atender y servir en el nombre de Jesús y con su mismo espíritu de amor y de servicio.

                Todos los cristianos nos tenemos que amar y servir como hermanos, de manera que formemos una verdadera familia, unidos con el mismo amor de Jesús. Si tenemos el espíritu de Jesús tenemos que amarnos y servirnos unos a otros como el Señor Jesús nos ama a todos y dio la vida por todos.

                La Iglesia entera, todos los cristianos, estemos donde estemos, tenemos que ser imitadores de Jesús en el amor, en el servicio, en la preocupación sincera por el bien de los demás. Cada familia cristiana, en su bloque, en su barrio, en el conjunto de la sociedad tiene que ser una presencia del amor de Dios que quiere el bien de todos, una presencia del amor acogedor de Jesús que dio la vida por todos. De este modo podemos ser todos misioneros de la fe y de la salvación de Dios en el terreno real y concreto de la vida cotidiana.

                Que la Virgen María, imitadora fiel del amor de Jesús nos haga crecer a todos en el amor humilde y servicial y haga que los cristianos seamos en el mundo testigos y colaboradores del amor y de la misericordia del Dios de la salvación.

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