Los jóvenes dieron el sí, como la Patrona

El Santuario de Santa María de la Victoria, patrona de la Diócesis de Málaga, ha sido el lugar elegido para que los jóvenes celebren la vigilia de la Inmaculada. En el transcurso de la misma Mons. Catalá alentó a los jóvenes a dar el sí a Dios sin reservas como hizo la Santísima Virgen.

Homilía del Obispo de Málaga en la Vigilia de la Inmaculada.

VIGILIA DE LA INMACULADA

(Santuario de Santa María de la Victoria-Málaga, 7 diciembre 2014)

Lecturas: Lc 1, 30-32.35.38.

1. Hay un hecho verificado: todo el mundo busca la felicidad, porque el ser humano está llamado desde el fondo de su ser a la felicidad. Dios, que es el creador, ha puesto en el corazón humano el anhelo de felicidad y el ansia de compartir la vida divina, que es plenitud de la vida humana. Al cabeza de la humanidad y a sus descendientes Dios los creó a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26). Cuando los primeros padres de la humanidad perdieron el estado de gracia por el pecado original, Dios prometió la salvación y la renovación humana. Dios no abandonó al ser humano a su suerte; sino que se ha acercado al hombre, irrumpiendo en la historia con la encarnación del Hijo Jesús.

La Virgen María entra de lleno en ese plan de Dios, como nos narra el libro del Génesis:«Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gn 3, 15). El Hijo de María, entrando en la historia, vencería después el mal y la muerte, cumpliéndose así la promesa de salvación. Dios ha querido contar con María para llevar a cabo la historia de salvación; y María ha respondido afirmativamente con su «Sí».

2. Esta noche celebramos con María la victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, del bien sobre el mal, de la alegría sobre la tristeza, de la felicidad sobre la aflicción. La Virgen María es el ejemplar humano más preclaro y eminente, por ser toda llena de gracia y de alegría. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios» (Lc 1, 30). La alegría es expresión de la felicidad vivida. Una vida humana sin alegría es una vida triste y vacía. El ser humano necesita la alegría. Dios quiere colmar al hombre de sus bienes divinos. Allí donde hay alegría hay creación y creatividad, donde está Dios, nace la alegría; donde está Dios hay felicidad; donde está Dios hay amor. El «Sí» de María a la voluntad de Dios es motivo de alegría para todo el mundo, porque toda la humanidad se beneficia de la presencia salvadora del Verbo encarnado. El ángel le confirma a María que su hijo es el Hijo de Dios: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1, 31-32).

3. La Virgen María con su «Sí» nos anima a responder también al Señor con nuestro «sí» a su voluntad. María contestó al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Su «Sí» es motivo de alegría para el mundo, necesitado de amor. En nuestro entorno encontramos situaciones de desamor, de individualismo, de tristeza, de egoísmo, de abandono, de rechazo. Nuestros pequeños «sí» no tienen la dimensión amplia del «Sí» de María, ni repercuten en todo el mundo; pero pueden ayudar a cambiar algunas situaciones de desamor en alegría y en felicidad, cuando nos acercamos a los necesitados, a las personas solas, a quienes viven abandonados y excluidos, a los enfermos, a los emigrantes, a quienes sufren cualquier vejación o maltrato. También nuestro «sí» produce alegría y felicidad al compartir nuestra fe y proclamar la Buena Nueva.

4. En esta noche a los pies de la Virgen y ante Jesús Sacramentado quiero decirles a mis estimados sacerdotes: Muchas gracias por vuestro «sí» al Señor; el «sí» que cada día ejercéis en el ministerio sacerdotal, cuya misión recibisteis en el sacramento del Orden. ¡Seguid dando ese «sí» cada día y muchas gracias por ello! Quiero agradecer también el «sí» de tantos religiosos y religiosas, que consagraron su vida viviendo los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia; y entregando su vida en esa especial consagración. ¡Gracias por vuestro «sí»! La Iglesia y el mundo os necesitan; y necesitan ver un ejemplo de donación total.

También deseo dar gracias por el «sí» de los esposos que, con amor, engendran a sus hijos y los educan en la fe. Y a tantos laicos que, en sus diversas profesiones, familias, trabajos, dicen «sí» a lo que el Señor les pide Y ahora quiero dirigirme de modo especial a vosotros, queridos jóvenes. Podéis ser pequeños promotores de alegría y felicidad, presencias del amor de Dios en un mundo egoísta, estrellas que alumbran en medio de la oscuridad. Dios espera vuestro «sí» para renovar el mundo, para cambiar a mejor nuestra sociedad, para llenar de felicidad los corazones y derramar alegría en las vidas de nuestros contemporáneos. ¡Seguid diciendo «sí» al Señor! Y preguntadle qué quiere él de vosotros y qué misión quiere confiaros.

5. En el testimoniosobre la vida consagrada, dado por la Hermana Belén, carmelita descalza, nos ha dicho que «Dios se da del todo, cuando uno se da del todo». Me permito comentar dicha frase matizando que en la medida en que uno se da, en esa misma medida Dios le llena. No es porque Dios no se da del todo, sino porque nosotros no nos damos del todo; si nos vaciamos totalmente por dentro, Dios nos llena plenamente. En la medida en que me doy y me vacío de mí mismo, me lleno más de Dios. Y esta progresión es hasta el infinito, porque el amor no tiene límites.

Deseo terminar con una cita del papa Francisco,que nos pide que «no nos cansemosde aprender de María, de admirar y contemplar su belleza, de dejarnos guiar por Ella, que nos lleva siempre a la fuente original y a la plenitud de la auténtica, la belleza infinita, la de Dios, revelada en Cristo, el Hijo del Padre, y el Hijo de María» (Discurso a las Academias Pontificias, Vaticano, 20.11.2014). Como estamos en el Santuario de nuestra Patrona, le pedimos a la Virgen de la Victoria que nos ayude a responder «sí» a la voluntad de Dios en nuestras vidas. Amén.

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