Las raíces hebreas del cristianismo según Rafael Vázquez

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¿Por qué la Semana Santa cambia cada año de fecha? Si, para los cristianos, la Pascua es la Resurrección de Jesús, ¿por qué Jesús la celebra con sus discípulos antes de su muerte? ¿Por qué el pan ázimo y el vino formaban parte de aquel banquete y del actual de la Eucaristía? Son preguntas que encuentran respuesta en las raíces hebreas del cristianismo en las que profundiza Rafael Vázquez, delegado de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso y profesor de los Centros Teológicos de la Diócesis.

«En la “última cena” comieron los panes ázimos, las hierbas amargas y tomaron las copas de vino según indicaba el ritual de esta cena»

Los lazos entre la Pascua hebrea y la cristiana son muy estrechos. Ambas recuerdan el “paso” del Señor. Como recuerda Rafael Vázquez, «la fiesta de la Pascua (Pesah) conmemora para el judío que Dios “pasó de largo” por las puertas de los hijos de Israel en Egipto (Ex 12,23). En su origen, esta fiesta se remonta a la fiesta de la primavera, que coincide con el 15 del mes de Nisán siguiendo el calendario hebreo, en el que los pastores y los agricultores festejaban el nacimiento de los corderos y las cosechas, se sacrificaba un cordero y se celebraba un banquete familiar. A esta fiesta se vinculó la memoria de la liberación del pueblo de Israel de Egipto y dura siete días en Israel y ocho en la diáspora.

Jesús, como judío, celebraba cada año la fiesta de la Pascua, y acudía a la ciudad santa de Jerusalén para poderlo hacer en torno al Templo, lugar de la presencia de Dios. A la caída del sol se reúne con sus discípulos para celebrar la cena ritual de la Pascua en la que hoy llamamos su “última cena”. Comerán los panes ázimos, las hierbas amargas, y tomarán las copas de vino según indicaba el ritual de esta cena (en la Pascua judía son cuatro copas entre las que se intercalan salmos, bendiciones, relato de la historia de salvación, etc.). Sin embargo, Jesús le da un nuevo sentido a esa cena pascual, anticipando en ella su sacrificio en la cruz, como consecuencia de una vida entregada a hacer la voluntad del Padre. Por ello, si para los judíos la Pascua recuerda la alianza establecida por Dios con su pueblo, para los cristianos la última cena pascual de Jesús será la Nueva Alianza establecida por Dios con la humanidad de una manera única y definitiva. Jesús se identifica con el cordero ofrecido en sacrifico en la cruz, y por la excelencia de este sacrificio, esta Pascua se hace definitiva.

La Eucaristía, Memorial Pascual

Tras la Resurrección, los cristianos interpretan aquella “última cena” a la luz de la Muerte y Resurrección de Cristo, y entienden aquellas palabras de Jesús en la cena. Él se ha quedado en el pan y el vino, y les ha pedido que hagan aquello “en su memoria”. Cada vez que celebramos la Eucaristía los cristianos hacemos “memorial” de la Nueva Alianza establecida por Dios en Cristo con toda la humanidad. Cristo ha sido el nuevo y definitivo “paso” (pascua) de Dios, y con este paso nos ha libertado de la muerte, como a los judíos en Egipto, y nos ha hecho pasar por las aguas del Mar Rojo, ofreciéndonos la salvación definitiva.

Es por ello que la celebración de la Pascua de Resurrección varía cada año de fecha, porque toma como referencia el calendario hebreo, ya que nuestra Pascua tiene sus raíces en la Pascua judía».

Pero las raíces judías del cristianismo se extienden mucho más allá de la Pascua. ¿Dónde podemos encontrar más vestigios hebreos en nuestra Iglesia? Para Vázquez, «cristianos y judíos son irrevocablemente interdependientes. Jesús fue un judío, fue circuncidado y sus padres cumplieron con todas las tradiciones del judaísmo, fue formado en el ambiente religioso del judaísmo, acudía a la Sinagoga los sábados, subía a Jerusalén año tras año para celebrar la Pascua, etc. Por eso es imprescindible conocer el judaísmo para profundizar en el misterio del judío Jesús de Nazaret.

María fue una judía

Los primeros discípulos también fueron judíos, la misma Virgen María fue una judía, san José era judío, y el anuncio del reino de Dios lo realiza Jesús en un ambiente judío y en las categorías propias de su época y de su cultura. No se pueden entender, por tanto, las enseñanzas de Jesús o de sus discípulos sin colocarlas dentro del horizonte judío».

Las relaciones de la Iglesia con el pueblo judío no siempre han sido buenas, pero esto ha cambiado en el último medio siglo, como detalla el delegado de Diálogo Interreligioso: «el cambio se produce fundamentalmente a partir de la celebración del Concilio Vaticano II (1962-65). Ahí la Iglesia toma conciencia, especialmente con la declaración Nostra aetate, de que el diálogo entre judíos y cristianos no es optativo sino un deber. En 1974 el papa Pablo VI puso en marcha la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos, que depende organizativamente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, curiosamente no del Secretariado para el Diálogo Interreligioso, como cabría esperar. La Iglesia ha tenido una especial consideración con el judaísmo por los estrechos e íntimos vínculos que tiene con el cristianismo.

Estas nuevas relaciones encuentran reflejo en nuestra diócesis donde existen cuatro comunidades judías con sus cuatro sinagogas: Málaga, Torremolinos, Marbella y Melilla. Existen relaciones de familiaridad con los rabinos y presidentes de las comunidades judías presentes en Málaga. Cada año se participa en la celebración de la fiesta de la Hanuká, que tiene lugar en torno a diciembre, se realizan mesas redondas abordando temas desde las diversas religiones, y oraciones interreligiosas.

Antonio Moreno Ruiz

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