La vivencia del malestar en la vida sacerdotal

Diócesis de Málaga
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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Miguel Ruiz Prada, castellanoleonés, es licenciado tanto en psicología por la Universidad Pontificia de Comillas como en Estudios Eclesiásticos por la Universidad Pontificia de Salamanca y entre sus investigaciones contempla el síndrome de Burnout en los sacerdotes.

Cuando se habla de la vivencia del malestar en la vida sacerdotal, ¿qué entiende exactamente? ¿Se trata solo de cuadros clínicos o también de crisis existenciales, desgaste pastoral, soledad, duelo, frustración?
– Hay muchos elementos que pueden generar menos o más malestar en la vida de un sacerdote. Pueden ser heridas vividas en la infancia (de rechazo, abandono, humillación…) que han dejado una huella biográfica tan profunda que vuelven a brotar, una y otra vez, en situaciones de conflicto o cansancio.
Otro foco de malestar es el contexto social, eclesial y organizativo: la falta de resultados pastorales inmediatos, la lentitud en los procesos de evangelización, la escasa credibilidad después de los escándalos dentro de la Iglesia, el trato frío y distante por parte de algunos responsables diocesanos, la desconfianza de la autoridad hacia las conductas proactivas y creativas, etc.
También se vive con sufrimiento la sobrecarga laboral, la dispersión de tareas y el hecho de tener que hacer frente a múltiples demandas que llegan desde los distintos organismos diocesanos, así como desde la feligresía. Una dosis elevada de estrés, sostenida durante mucho tiempo, puede derivar en un síndrome de burnout. El sacerdote queda “quemado”, experimentando agotamiento emocional, frialdad relacional y pérdida de autoestima. Cuando el sacerdote se quema, el proceso de recuperación es muy lento. En este sentido, podemos ver la vivencia de malestar como un continuo de menor a mayor. Hablamos de psicopatología cuando el nivel de sufrimiento es elevado e interfiere significativamente en la vida ordinaria del sujeto (trabajo, familia, ocio, etc.)

Últimamente hemos conocido dolorosísimos casos que han alertado sobre la importancia de este ámbito. Es evidente que un sacerdote, como cualquier persona, puede experimentar malestar, sinsentido, crisis, ansiedad o miedo. Pero ¿se siente con libertad para expresarlo? ¿Influye la imagen social del sacerdote —como hombre “fuerte” o “siempre disponible”— en esa dificultad? Y lo que es más importante, ¿encuentra espacios seguros donde hacerlo, sin temor a ser juzgado o estigmatizado?
– Evidentemente, un sacerdote es un ser humano que goza y sufre como todos, que lidia con las dificultades con menor o mayor acierto. Hay todo un repertorio de conductas de huida, de evitación y escape, que inicialmente alivian los problemas, pero que a la larga los perpetúan, sobre todo si derivan en una adicción. El rol sacerdotal es un facilitador de encuentros en muchos contextos. Ofrece un marco previsible de relación para aquellos que buscan en el presbítero una persona de referencia y confianza. Sin embargo, a menudo se depositan demasiadas expectativas idealizadas en el sacerdote que éste puede vivir con gran tensión. Puede llegar incluso a construir un personaje externo demasiado “perfecto” en contraste con una vivencia interna de desajuste y compensaciones. En este sentido, una comunicación basada en la asertividad y autenticidad, así como la presencia de una red de apoyo significativa, pueden ayudar al cura a aceptar y regular mejor su mundo emocional.

En su experiencia, ¿cuáles son los principales “talones de Aquiles” en la vida sacerdotal: la soledad, la sobrecarga pastoral, la falta de vínculos significativos, las tensiones afectivas? ¿Qué factores inciden con más fuerza en la salud mental de los presbíteros hoy?
– Además de otras fragilidades que tienen que ver con la condición humana o con el sufrimiento que genera el mundo moderno, tecnológico y acelerado, los “talones de Aquiles” de los sacerdotes guardan relación con aspectos específicos de su realidad cotidiana: la vida en soledad a veces experimentada como vacío y sinsentido, con la sensación de ser “bichos raros”; la dificultad para generar vínculos significativos y expresar adecuadamente el afecto que sea coherente con una vida célibe (por miedo a transgredir, se opta por relaciones superficiales y distantes); el difícil equilibrio entre una vida entregada y el necesario autocuidado (sacerdotes que se exprimen o sacerdotes que se refugian en sus espacios seguros); el hecho de seguir en activo varios años después de la jubilación con la sensación de falta de ilusiones y fuerzas, etc.

¿Cómo suele recibir un ministro ordenado la propuesta de un acompañamiento terapéutico? ¿Se vive todavía como un signo de debilidad o de fracaso espiritual? ¿Qué resistencias aparecen con más frecuencia?
– Aquí la diferencia está en quién toma la iniciativa. Hay patologías, como la ansiedad o la depresión, que generan tanto sufrimiento en el sacerdote que es él mismo quien acude a pedir ayuda, aunque es cierto que se tarda mucho en dar el paso por vergüenza o por miedo a asumir los cambios que la terapia va a exigir. Una vez dado el paso, son personas que enseguida se vinculan al proceso terapéutico.
Otro caso es el de los sacerdotes, con elementos de personalidad más oscuros (narcisismo, maquiavelismo, etc.), que pueden generar bastante sufrimiento en su comunidad por sus actitudes excesivamente autoritarias, rígidas o poco respetuosas. En este caso, es la institución la que insiste al sacerdote en que asuma el trabajo terapéutico. Aquí el nivel de resistencia y de no aceptación de responsabilidades es mucho mayor.

La presencia de mujeres y laicos en la formación de los seminaristas es imprescindible en su maduración afectiva
¿De qué manera se relacionan la madurez psicológica y el crecimiento en la fe en la vida de un sacerdote? ¿Son procesos que avanzan necesariamente juntos o pueden desarrollarse a ritmos distintos? ¿Puede darse una fe sólida con fragilidades afectivas importantes? ¿Qué riesgos comporta esa posible disociación?
– Es cierto que ha habido biografías de santos que, a pesar de mostrar importantes elementos de inmadurez humana, llevaron una vida espiritual plena e hicieron de su vida una entrega radical. Quizá aquellos elementos de psicopatología que generan más sufrimiento en el individuo que en los demás pueden ser más compatibles con el proceso de maduración y santificación.
Aquí suele ser de gran utilidad ver en Jesucristo la perfecta síntesis entre la madurez humana y espiritual. Hay muchos elementos de los evangelios que podemos utilizar en el trabajo con sacerdotes y personas consagradas que convergen en una propuesta integral. Por ejemplo, ver en Jesús a un ser humano con una “vida unificada” que le llevaba a una entrega radical en jornadas maratonianas de aliviar el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, a retirarse durante horas a un sitio aparte para poder descansar o encontrarse con el Padre. O también ver en Jesús una persona significativa en la expresión de los afectos, que tocaba y se dejaba tocar, dignificando la vida de quien se encontraba con él, sin elementos posesivos o instrumentalizadores.

En su opinión, ¿se aborda suficientemente la madurez humana y afectiva en los seminarios? ¿Se prioriza lo académico o lo espiritual en detrimento de lo emocional? ¿Qué cambios concretos podrían introducirse en la formación inicial para prevenir crisis futuras? ¿Y qué papel debería tener la formación permanente en este ámbito?
– Los nuevos planes de formación de los seminarios incluyen una evaluación psicológica de los candidatos (mejor al comienzo del proceso de formación). Además, junto con la formación intelectual, pastoral y espiritual de los seminaristas, sé que existe la presencia de profesionales de la psicología que les ayudan en su camino de maduración humana. Con las distintas generaciones de seminaristas, se ha ido dando una importancia progresiva a la madurez psicológica de los candidatos. Aquí, la presencia de mujeres y laicos en la formación de los seminaristas es imprescindible en su maduración afectiva. A pesar de posibles desajustes ya comentados, es cierto que el clero suele ser un colectivo con una mayor capacidad de introspección y autoconocimiento que otros colectivos profesionales. Aunque es cierto que la educación emocional puede ser la asignatura pendiente en personas que han desarrollado quizá más la dimensión intelectual de su formación.

Ana María Medina

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