Homilía de Mons. Catalá en el Día de la Anunciación del Señor

El Obispo de Málaga en la Catedral de Málaga en la Fiesta de la Anunciación del Señor, Jornada por la Vida.

Lecturas: Is 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hb 10, 4-10; Lc 1, 26-38.

La humanidad redimida y salvada

1. La Encarnación del Hijo de Dios, que hoy celebramos, nos alienta a una actitud de sobrecogimiento y de admiración ante un acontecimiento tan inaudito y sorprendente. ¿Cómo es posible que Dios adquiera naturaleza humana? Ya resulta asombroso que Dios se revele al hombre y se manifieste como ser misericordioso y perdonador, que ama la vida. Pero es desconcertante que se haga uno de nosotros, asumiendo nuestra frágil naturaleza humana. El plan que Dios tenía previsto desde antiguo era redimir a la humanidad, haciéndose Él mismo hombre. Hoy celebramos este acontecimiento del infinito amor divino, que es capaz de hacerse criatura para unirse al ser humano.

2. El ángel Gabriel fue enviado por Dios «a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1, 27). La que era «llena de gracia» (cf. Lc 1, 28) quedó transformada por obra del Espíritu Santo y se convirtió en Madre del Hijo del Dios (cf. Lc 1, 35). La misma Virgen estaba desconcertada y turbada por el anuncio del ángel (cf. Lc 1, 29); pero aceptó el mensaje y asumió la misión: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 31). Este acontecimiento cambió la historia de la humanidad. Todo esto nos lleva a una actitud de reconocimiento y de acción de gracias. El Hijo de Dios acompaña a la humanidad en su camino terrenal. El Hijo del Altísimo se acerca a los hombres de todos los tiempos, para asumir su humanidad, su fragilidad y su pecado. ¡Cuánta alegría en la casa de los humanos por la entrañable visita del Salvador del mundo!

3. El Verbo de Dios se hace carne humana; la divinidad se une a la humanidad sin confundirse con ella; y a su vez, la humanidad es elevada, dignificada y divinizada. Acontece una nueva Alianza en la historia de la humanidad. Se cumplen las profecías bíblicas y el ser humano ya no será esclavo, sino amado, desposado, asumido por Dios en su Hijo, que se hace hombre por la acción divina en el seno de una Virgen nazarena. Ciertamente se comprueba que «para Dios nada hay imposible» (Lc 1, 37), como hemos escuchado en el Evangelio. Este acontecimiento nos impulsa a la adoración. El Hijo de Dios se ha hecho «Dios con nosotros». Pero el hombre sigue siendo criatura y su distancia con el Creador es infinita. La criatura debe adorar a su Señor, aunque éste se acerque a él y acorte las distancias. Hoy, como volveremos a hacer en Navidad, después de las palabras del Credo: «Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre», nos arrodillaremos y haremos un acto de adoración en silencio.

4. Por el misterio de la Encarnación, aunque el hombre ha pecado, ya no tiene que esconderse como hicieron nuestros primeros padres, porque es adoptado como hijo. Por el misterio de la Encarnación nuestra humanidad es redimida; sigue siendo frágil y vulnerable, pero recupera la fortaleza en Aquel que ha asumido su debilidad. Por el misterio de la Encarnación todo ser humano se convierte en sacramento del Hijo de Dios y se nos desvela nuestra semejanza divina, recobrando la conciencia de lo que somos. La humanidad de Jesucristo es la puerta de acceso al Padre. A través del Hijo podemos gozar de los tesoros y secretos de Dios, como nos dice santa Teresa: «Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. Muy muchas veces lo he visto por experiencia. Hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos» (Santa Teresa, Vida 22, 6).

5. Por el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios se realiza el plan divino, por el que el ser humano es restablecido en su relación de amistad con su Creador, como nos recordó el papa Juan Pablo II en su primera encíclica: «A través de la Encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería darle al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, 1). Dios ha sabido trocar el pecado de la humanidad y redimir al hombre, enalteciéndolo y divinizándolo. De manera sublime el pecado original y los pecados de la humanidad han sido perdonados; y la culpa ha traído un Salvador, como cantamos en la liturgia del Viernes Santo: «¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!»

6. La fiesta litúrgica de la Encarnación del Hijo de Dios nos invita a valorar y a celebrar la vida humana; si el Hijo de Dios se ha hecho hombre, es que la vida humana tiene un altísimo valor y dignidad, porque él la ha elevado y divinizado. A medida que el hombre ha avanzado en conocimientos científicos y técnicos se podía pensar que los pondría al servicio de la vida humana; pero desgraciadamente no ha sido así. Nuestra época, de gran desarrollo científico, se ha caracterizado, más bien, por su agresividad contra la vida humana. Dominan las ideologías de la «cultura de la muerte», como ya definió hace años el beato Juan Pablo II (cf. Ecclesia in Europa, 95), que pretenden aniquilar la vida humana en sus primeras fases, antes del nacimiento, o en su etapa final, sin respetar su proceso natural. El papa Francisco ha afirmado que «una sociedad que abandona a los niños y que margina a los ancianos corta sus raíces y oscurece su futuro» (Discurso a los participantes en la plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, 25.10.2013). En la encíclica Evangelium vitae Juan Pablo II habla de «mentalidad anticonceptiva», «mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad» (n. 13), «mentalidad eugenésica» (n. 63), «mentalidad de este mundo» (n. 82). Si esta es la mentalidad de nuestra época, es necesario que, al menos los cristianos, hagamos un cambio de mentalidad a favor de la vida humana y ayudemos a otros a valorarla en su justa medida.

7. Hoy celebramos la Jornada por la Vida. Los cristianos queremos alzar nuestras voces por los que no tienen voz y proclamar el valor y la dignidad de la vida humana, desde la concepción y hasta su muerte natural, sin interrupción de ninguna clase y por ningún motivo. La Encarnación del Hijo de Dios enaltece la dignidad de la vida humana. Es Jesucristo quien revela al hombre el misterio del hombre, como dice el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 22). La Iglesia es la madre que a todos acoge con entrañas de misericordia y nos anuncia a Jesucristo, el Evangelio de la Vida. Muchas veces el derecho a la vida viene arrinconado y pisoteado por otros mal llamados «derechos», impuestos en nombre del progreso. Resuenan claras y valientes las palabras del papa Francisco: «No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana» (Evangelii gaudium, 214). Defender y valorar la vida humana es un bien, en esta sociedad que se desintegra en falsas ideologías, bajo apariencia de novedad y progreso. El Papa nos invita a defender al «concebido y no nacido», aportando soluciones para evitar profundas angustias y resolver situaciones difíciles y duras. A veces se acusa a los cristianos de querer imponer la propia moral a toda la sociedad; no es esa nuestra pretensión. Son los legisladores quienes tienen la tarea de aprobar las leyes; pero tenemos la obligación de defender la vida humana en todas sus fases y circunstancias. No vamos contra nadie, vamos a favor de la vida; nuestro lema es: «¡Sí a la vida!».

Pedimos a la Santísima Virgen María, Madre de la Vida, Jesucristo, que nos ayude a valor y a cuidar la vida humana. Le pedimos que nos abra los ojos, para que sepamos contemplar la maravillosa realidad de la vida humana, como don de Dios. Le pedimos que nos ayude a construir la civilización del amor, como decía el papa Juan Pablo II, con el anuncio del evangelio de la familia y de vida.

Amén.

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