¡Hablad a vuestros hijos del amor de Dios!

El Obispo de Málaga, Mons. Catalá, en la homilía pronunciada con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor, ha pedido a los padres de los niños que se bautizaban ese día que que hablen a sus hijos del amor de Dios. Que les anuncien el Evangelio de Jesucristo y que les indiquen el verdadero camino de la felicidad, que es el mismo Cristo.

BAUTISMO DEL SEÑOR

(Catedral-Málaga, 11 enero 2015)

Lecturas: Is 55, 1-11; Sal (Is 12, 2-6); 1 Jn 5, 1-9; Mc 1, 7-11.

1. Un saludo fraternal a nuestro hermano en el episcopado, D. Fernando, que en esta misma fiesta litúrgica hace un año fue nombrado por el Santo Padre Francisco Cardenal de la Santa Iglesia. Damos gracias a Dios por este regalo a su persona y a la Iglesia; y por la colaboración que está haciendo al Santo Padre y a nuestra iglesia particular. Saludo también a los sacerdotes concelebrantes y ministros del altar. Y de un modo especial a vosotros, padres, padrinos y familiares, que venís con vuestros hijos para que sean bautizados. ¡Enhorabuena! Y a todos los fieles que os unís a esta celebración os invito a que recordemos nuestro bautismo, dando gracias a Dios por este don.

2. La fiesta del Bautismo de Jesús pone fin al ciclo litúrgico de la Navidad, en la que celebramos el Nacimiento en la historia del Verbo eterno de Dios (cf. Jn 1, 14). En la Navidad y la Epifanía hemos celebrado el acontecimiento más importante de la historia: Dios se ha acercado en persona a la humanidad caída; y sigue acercándose a cada uno de nosotros por medio de su Hijo Jesucristo, a través de la Iglesia. La finalidad del misterio de la Encarnación es la salvación y la divinización del género humano. La encarnación del Hijo de Dios no terminó en el seno de la Virgen María, sino que recorrió todo el proceso humano, desde el nacimiento hasta la muerte. Jesucristo era la Vida, que venía a dar vida y luz a los hombres (cf. Jn 1, 4), que yacían en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1, 79).

3. Gracias a Jesucristo el ser humano puede renacer de Dios por la fe, como hemos escuchado en la primera carta de san Juan: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a aquel que da el ser ama también al que ha nacido de él» (1 Jn 5, 1). El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; ésta es la fe que se nos regala en el bautismo: la fe en Dios Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo.

Queridos padres, que venís hoy a la Iglesia a pedir el bautismo para vuestros hijos: os felicitamos por este gesto de amor hacia ellos. Les habéis dado la vida natural, como fruto de vuestro amor esponsal. Ahora con otro gesto de amor, emanado de la fe en Dios y del amor cristiano, queréis ofrecer a vuestros hijos el mejor regalo: la adopción filial divina y la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo. ¡Enhorabuena por este regalo que ofrecéis a vuestros hijos!

Con el bautismo dotáis a vuestros hijos de la fuerza divina para vencer el mal. Como nos ha recordado el apóstol Juan: «Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1 Jn 5, 4). Puede vencer, pues, al mundo quien «cree que Jesús es el Hijo de Dios» (1 Jn 5, 5). Y esta fe teologal es la que van a recibir hoy vuestros hijos.

4. Según el testimonio de los Evangelios fue un hecho históricamente cierto que Jesús acudiera al río Jordán, para ser bautizado por Juan. El acontecimiento del bautismo de Jesús ha causado siempre mucha admiración e incluso extrañeza. ¿Qué significado tiene el bautismo de Jesús? ¿Qué hace Jesús en la fila de los hombres pecadores? ¿Por qué realiza Él un bautismo de «penitencia y conversión»? El mismo Juan que le bautiza se extraña y dice: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14). Ciertamente Jesús no necesitaba el bautismo de Juan, porque era el Hijo de Dios y no tenía pecado. Jesús no vino a hacer gala de su condición divina, sino que, por libre decisión, se hizo semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado (cf. Flp 2, 7; Heb 4, 15). Jesús respondió a Juan que convenía que cumplieran la voluntad de Dios (cf. Mt 3,15). Con esta escena se inaugura de modo solemne el ministerio público de Jesús.

5. El profeta Isaías nos ha mostrado la acción benefactora de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres con la imagen poética de la lluvia: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar… Así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié» (Is 55, 10-11). La Palabra eterna de Dios, Jesucristo, desciende como la lluvia suave y beneficiosa para empapar la tierra y hacerla fecunda; para salvarla, para renovarla; para divinizarla. Entendiendo por «tierra» a la «humanidad».

Juan el Bautista lleva a cabo un bautismo de agua; pero anuncia que Jesús llevará a cabo su obra no por un bautismo de agua, sino por el bautismo en el Espíritu. Dice Juan: «Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1, 8). La «lluvia especial» que trae Jesús es la gracia del Espíritu, que transforma los corazones, hace a los hombres hijos adoptivos de Dios y los inserta en su vida, para alimentarlos con la savia de su vid. Jesús es la vid y nosotros los sarmientos (cf. Jn 15, 5), insertos e injertados en Él. El Señor invita a todos los sedientos a beber de su agua (cf. Is 55, 1); a sacar con gozo agua verdadera «de los hontanares de salvación» (Is 12, 3).

Estimados padres, que hoy venís a bautizar a vuestros hijos, ofrecedles siempre el agua de salvación; ofrecedles el agua del don del Espíritu Santo, el agua que salta hasta la vida eterna, como le dijo Jesús a la samaritana (cf. Jn4, 14). ¡Hablad a vuestros hijos del amor de Dios! ¡Anunciadles el Evangelio de Jesucristo! ¡Enseñadles la Palabra de Vida, que es Cristo! ¡Amaestradles e indicadles el verdadero camino de la felicidad, que es el mismo Cristo! Él es Camino, Verdad y Vida (cf. Jn, 14, 6). Fuera de Él no hay felicidad verdadera, ni hay verdad auténtica; fuera de Él caminamos a oscuras y a trompicones. ¡Enseñad a vuestros hijos el verdadero camino de la Vida eterna, del amor, del perdón, de la paz, de la fe, de la esperanza cristiana!

6. Juan el Bautista llamaba a su pueblo al río Jordán, por el que el pueblo del Éxodo entró en la Tierra prometida. Para entrar en la tierra prometida había que atravesar el Jordán; para entrar en la vida eterna, la tierra prometida de Dios y para entrar en la Iglesia, que hace presente el reino de Dios, hay que pasar el Jordán; es decir, hay que dejarse bautizar. Juan el Bautista invitaba a comenzar, por la penitencia y el perdón de los pecados, una etapa nueva.Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios, imprime como hombre un nuevo rumbo a la historia y comienza con él una nueva era. No son los gestos humanos, ni las acciones penitenciales los que cambian el horizonte de la historia y de la humanidad, sino la aceptación del amor de Dios por la fe, para que él sea verdaderamente el Señor de nuestra vida y de nuestra historia.

El día de nuestro bautismo comenzó una nueva etapa en nuestra vida: Dios nos adoptó como hijos y nos hizo partícipes de su divinidad. Hoy comienza para estos niños una nueva etapa en su vida: son hechos hijos de Dios e incorporados a la comunidad eclesial, viviendo la fraternidad cristiana; pasan de la muerte del pecado a la vida del Espíritu; salen de las tinieblas a la Luz de Cristo; inician una nueva vida de gracia.

Pedimos a la Santísima Virgen María, que los acompañe en esta nueva vida, que hoy comienzan; y que los cuide con su maternal intercesión. Queridos padres, os animo a que acudáis al Santuario de Santa María de la Victoria, nuestra Patrona, para presentar a la Virgen a vuestros hijos y ponerlos bajo su manto protector. Demos todos gracias a Dios por el bautismo, que hemos recibido, y que la Virgen nos acompañe hacia la patria del cielo. Amén.

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