El sueño del Cardenal Herrera cumple 60 años

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Antes de las Escuelas Rurales, el 70 % de la población rural de la Diócesis era analfabeta. Este año se cumple el 60 aniversario de su creación y lo celebran en la Escuela Rural del Albaicín.

El primer destino de Silveria González, maestra rural durante más de 40 años, fue Villalba, cerca de Coín: «tenía la escuela llenita de niños porque era la primera maestra que iba a esa aldea. Todos los días daba clases a cuatro grupos: a primera hora de la mañana venían los mayores, después era el turno de los pequeños, para que no tuvieran que madrugar, por la tarde venían las muchachas y les enseñaba a coser, así se hacían su ajuar y se preparaban la ropa para cuando se casaran. Y por la noche venían los jóvenes, que ya habían terminado la faena. Muchachos a los que veía arar el campo por la ventana mientras daba las clases que estudiaban las tablas de multiplicar o el abecedario mientras los bueyes hacían su descanso para poder continuar haciendo surcos».

Ella es solo un ejemplo del ejército de maestros, en su mayoría mujeres, que mandó D. Ángel Herrera Oria a los campos de la diócesis, donde el analfabetismo llegaba al 70 por ciento. Y es que, como decía el que fuera obispo de Málaga: «el pueblo tiene derecho a la educación: la elemental, la profesional, la técnica; y si hay aptitudes y voluntad, a la universitaria inclusive. Porque al elevar al pueblo, le ponéis en condiciones de que él mismo se gane el pan y de que él mismo produzca el pan para los demás; de que pase a ser de necesitado a productor que entrega a otros».

Francisco García Mota

Nada ilustra mejor que una historia y eso, el canónigo D. Francisco García Mota lo sabe como nadie, por eso cuando se le pregunta por las Escuelas Rurales, de las que fue presidente durante casi 20 años, dice así: «recuerdo una ocasión en la que se desplazó hasta aquí un inspector del Ministerio de Educación a ver qué era eso de las Escuelas Rurales porque con la ley del 70 había que suprimirlas. Entonces lo llevamos a una escuela que está por al antigua carretera de Colmenar. Al llegar allí estaban los niños en la escuela con sus baberitos blancos, en silencio, trabajando. Era una imagen preciosa.

Aquel hombre al ver la escena se quedó impresionado -en aquella época no se podía haber avisado a la maestra porque no había teléfono- fue de improviso. La escuela tenía una puerta al fondo, y el señor preguntó: ‘¿qué es aquella puerta?’. Le expliqué que allí estaba el altar, porque el aula servía de capilla y de escuela, entonces me preguntó: ‘¿puede usted abrirla?’. Cuando abrí las puertas, se arrodilló, se le saltaron las lágrimas y me dijo: ‘esto no se puede suprimir’. Pero ahí no queda la cosa, al terminar la visita tomamos otro camino rural y nos encontramos una Escuela Nacional, que estaba en un cortijo. Las mesas estaban hechas con cajas de cerveza con un tablón encima y allí estudiaban los niños. Entonces le dije al inspector: ‘aquellas son nuestras escuelas y esta es la escuela de ustedes’ y finalmente no se suprimieron las Escuelas Rurales».

Beatriz Lafuente

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