Apertura del curso 2016-2017 en los Centros Teológicos (Seminario-Málaga)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la apertura del curso 2016-2017 en los Centros Teológicos (Seminario-Málaga) celebrada el 7 de octubre de 2016.

APERTURA DEL CURSO 2016-2017
EN LOS CENTROS TEOLÓGICOS
(Seminario-Málaga, 7 octubre 2016)

Lecturas: Gal 3,7-13; Sal 110,1-6; Lc 11,15-26.
(Fiesta de la Virgen del Rosario)

1.- Hijos de la fe, reconciliados por Cristo
Sr. Cardenal, sacerdotes concelebrantes, profesores y alumnos, fieles todos que os unís en esta celebración a la apertura de nuestros Centros teológicos.
Pablo, en la lectura que acabamos de escuchar, nos considera hijos de la fe reconciliados con Cristo y por Cristo. Él reconoce que se es hijo de Abrahán por la fe (cf. Gal 3,7); y que Dios justificó a Abrahán por la fe y justifica «a los gentiles por la fe» (Gal 3,8). El diálogo fe-ley en Pablo es muy importante, como conocen bien los biblistas.
Somos salvados, pues, y reconciliados con el Padre por la fe en Cristo Jesús. Nadie es salvado por las obras de la ley: «Cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición» (Gal 3,10); porque nadie es capaz de cumplir plenamente la ley. De eso tenemos todo experiencia. No cumplimos al pie de la letra ni plenamente la ley del Señor; por eso todos necesitamos pedir perdón al Señor. «Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente» (Gal 3,11). Por eso «el justo por la fe vivirá» (Gal 3,11).
La vida que recibimos es por la justificación que el Señor nos da mediante la fe en Cristo Jesús. Cristo nos ha reconciliado con el Padre y nos ha rescatado de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros (cf. Gal 3,13).
Esta verdad revelada, –que no se puede alcanzar por la simple razón, por la inteligencia, ni por deducciones lógicas–, la tenéis que hacer carne propia, queridos estudiantes de teología. No son simples palabras; y aunque puedan ser difíciles de entender intelectualmente, hay que darles el asentimiento del corazón, hay que darle el asentimiento de la fe. Si no se viven en la intimidad de uno mismo, resulta muy difícil que se proclamen y anuncien a los demás. Esto forma parte del misterio de Cristo, el misterio de Dios. Y como dice la Palabra es un misterio.
Me gustó mucho la diferencia que un filósofo francés, de la época del existencialismo, Gabriel Marcel, distinguía entre la palabra problema y misterio. El problema, venido del término griego πρόβλημα (próblēma), es algo que está delante de mí, o que es lanzado delante de mí, como una pelota. Es una cuestión que está fuera de mí y puedo resolver. El misterio no es algo que está fuera de mí y que pueda resolver. El misterio me envuelve, estoy dentro de él, pero me envuelve dentro y fuera. No me puedo separar del misterio, no puedo distanciarme de Dios, porque me penetra más íntimamente de lo que yo puedo penetrar en Él.
O se vive el misterio de la fe, del amor, de la esperanza, o se vive o no se puede anunciar. Los estudiantes de teología y los profesores, los que nos dedicamos a los asuntos de la fe necesitamos hacerlo así, vivir el misterio, dejarnos envolver por el misterio. No hacer de Dios un problema. Ni de la Iglesia, un problema, ni de la fe. No es un problema. No son cuestiones a debatir. Es algo a lo que el Señor nos invita a vivir y a ser testigos después o simultáneamente.
Debéis hacer un esfuerzo por unir fe y vida, tan separada en nuestra época, tan profundamente cortada. Por una parte, parece que uno cree verdades, aunque sean reveladas, y por otra va su vida. Como dicen vulgarmente: cada uno va a su bola. Esto es fundamental en todo cristiano y más aún en quien recibe la misión ministerial de servir al Evangelio. Sea en el ministerio sacerdotal, sea en la tarea que el Señor le concede a cada uno. Servir al Evangelio pide eso.

2.- Las obras de Dios son dignas de estudio
El salmista exclama: «Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman» (Sal 110,2). ¡Precioso! Las obras del Señor son dignas de estudio para los que las aman, para los que aprecian, para el que lo valora, para el que tiene fe, para que quiere vivir en sintonía con Dios. Precisamente la tarea de los profesores y alumnos de teología es estudiar las personas de Dios Trino y su obra maravillosa de la Salvación y de la Creación. Ese es el objetivo.
La obra de Dios es digna de estudio, queridos estudiantes y hay que dedicar horas y tiempo a estudiar. El otro día se lo decía también a los seminaristas. Vuestra tarea ahora es el estudio fundamentalmente.
Tenéis una hermosa tarea: adentraros en el misterio divino y descubrir el «esplendor y belleza» de su obra (Sal 110,3). Esto es como un océano. Uno se mete en el agua, –recordad lo de problema y misterio–, uno entra en un ambiente que le rodea, que le cubre, entra en el misterio, entra en el océano infinito, porque tiene por delante un infinito, no se acabará, no descubrirá toda la magnificencia de Dios, toda la bondad de Dios, toda la hermosura de Dios. El salmista invita a descubrir «el esplendor y la belleza» de la obra divina.
    «El Señor es piadoso y clemente» (Sal 110,4) y recuerda siempre su alianza (cf. Sal 110,5). Dios es misericordioso, como hemos podido meditar y vivir en este Año de la Misericordia que está por concluir.
    ¡Escrutad las Escrituras y penetrad en el misterio divino! Pero eso se hace más con la oración que con la inteligencia. Como alguien ha dicho «hacer teología de rodillas», adorando, contemplando, orando. Como decía santo Tomás que no distinguía cuando rezaba o cuando estudiaba, o cuando estudiaba o cuando rezaba. Si rezaba estudiaba y si estudiaba rezaba.
Decía el papa Juan Pablo II a los estudiantes de las universidades romanas hace ya un par de décadas: «La formación es una participación creativa en la acción redentora de Dios. Es entrar con el alma y con el corazón en la escuela de Jesucristo “con toda humildad, mansedumbre y paciencia, sobrellevándoos mutuamente con amor” (Ef 4, 2). El apóstol nos da a conocer con estas palabras qué tipo de discípulo de Cristo es él y cómo debe ser todo discípulo» (Homilía en la inauguración del curso académico, 3. Vaticano, 26.10.1990).
«La formación es una participación creativa en la acción redentora de Dios», ¡esto es precioso!

3.- El Reino de Dios ha llegado a nosotros
Algunos contemporáneos de Jesús lo criticaban y decían que echaba a los demonios «por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios» (Lc 11,15); y otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo (cf. Lc 11,16). Unos y otros incrédulos, ninguno creía en Jesús ni se fiaban de Él.
Conocedor Jesús de los vacuos pensamientos de sus interlocutores, les respondía que «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina» (Lc 11,17). No se puede estar a favor y a la vez en contra de alguien. O estamos con Jesús o estamos en contra, como dice él mismo: «El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama» (Lc 11,23).
Queridos amigos, debéis explicar a nuestros contemporáneos que no se puede ser cristiano aceptando muchas de las ideas que hoy circulan en nuestra sociedad, que son contrarias a la fe. Oímos muchas veces decir que alguien se declara cristiano, pero asume y defiende lo mismo que los no-creyentes, es decir, los paganos. No se puede estar y no estar a la vez.
Queridos profesores y estudiantes de teología, «vuestra tarea prioritaria es la misma que la de Jesús: conocer y dar a conocer la auténtica imagen de Dios. “Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3): en esto consiste para los hombres la vida eterna, y por esto el Hijo de Dios vino al mundo, para que «tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10)» (Juan Pablo II, Homilía en la inauguración del curso de las universidades eclesiásticas romanas, 3. Vaticano, 20.10.2000).
Hoy estamos celebrando la fiesta de la Virgen del Rosario, la liturgia es de la fiesta de la Virgen. No hemos puesto la votiva del Espíritu Santo porque pensamos que respetar la liturgia de cada día, que a mí me encanta hacerlo, también es una manera de vivir la fe y de enriquecernos. Y la Virgen es sede de la sabiduría. Invocar, por tanto, al Espíritu en esta eucaristía de inicio de curso, de apertura oficial del año académico en una fiesta de la Virgen, sede de la sabiduría, es ya en sí un gozo.
Pedimos a la Santísima Virgen María, sede de la sabiduría y Madre de Misericordia, que nos sostenga en la tarea de profundizar y adentrarnos en el estudio de la teología, en el misterio de Dios, y nos ayude a ser contemplativos de la Bondad y Belleza suprema. Amén.

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