Villardompardo se postra de rodillas ante el Amor de los Amores

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

Este domingo, solemnidad del Corpus Christi, Villardompardo despertó distinto. Amaneció con las calles en silencio, las fachadas limpias de cal y el alma encendida. No fue el sol de junio lo que lo transformó, ni el ruido de los preparativos. Lo transformó el amor al Santísimo. Un amor viejo, de pueblo, de tradición, de legado recibido, de corazón. Un amor que llevábamos meses cosiendo en las cocheras, entre cola, anillas o cualquier material difícil de imaginar.

Se celebró el Corpus. Y todos los altares elaborados fueron bonitos, porque todos eran casa al Señor. Cada calle de mi pueblo se ofreció entera. Pero yo vi especialmente bonito el de la Calle Ancha.

Porque levantaron un altar que no era de madera. Era de amor. Era una cruz como motivo central. Una cruz hecha de cristal. Frágil, luminosa. Una cruz que pesaba. Pesaba como pesa el dolor cuando la vida te arranca un trozo del corazón a mordiscos.

La pena había entrado por su puerta sin pedir permiso y se sentó a su mesa. Habían perdido a un ser querido. Y el vacío se notaba en cada rincón. Dolía. Dolía tanto que a veces el aire se hacía piedra. Y aun así no se paralizaron. No dejaron que el dolor ganara la batalla. Con las manos temblorosas, con los ojos llenos de lágrimas, pero firmes, con el alma rota pero en pie, hicieron una cruz de cristal para el Señor y levantaron un altar precioso.

Porque ese amor al Amor de los Amores heredado de nuestros mayores pudo más que el dolor.

Y yo lo entendí mirándola: esa cruz era ellos, era Ana con su luz, con su sonrisa, con su ejemplo y el ejemplo de su familia. Era su dolor hecho ofrenda. Cristal como su corazón, roto pero limpio. Cristal como sus lágrimas. Cristal como su fe, frágil a los ojos del mundo, pero capaz de sostener el cielo porque el dolor no los paralizó. Lo transformaron. Lo pusieron de rodillas delante del Santísimo. Convirtieron la ausencia en luz, la pérdida en oración.

Y ahí comprendí, como cada año, que el Corpus no es de los que tienen tiempo ni fuerzas. Es de los que tienen fe, aunque les tiemble el pulso y se les cierre la garganta. Es de los que, aun con el corazón partido, levantan una cruz de cristal para que pase Dios.

Este domingo, sí olió a Corpus en Villardompardo. Olió desde el alba, antes de que cantara el primer gallo. Olió a tomillo arrancado con rocío, a romero que guarda el secreto de la sierra, a hinojo, a incienso que subía lento, espeso, dibujando en el cielo las oraciones que no supimos decir con la boca.

Pero sobre todo olió a comunión. A la comunión más honda y más verdadera: la de los vecinos villarengos trabajando como una sola familia. La de un pueblo entero respirando al mismo ritmo, esperando al mismo Dios.

Meses llevábamos así. Enlazando una semana con otra sin darnos cuenta del cansancio. Robándole horas al sueño, al descanso, para perdernos en las cocheras. Allí, bajo bombillas que parecían estrellas, entre cola que se pegaba a la piel y flores que se hacían una a una fueron naciendo milagros pequeños, fuimos vistiendo a mi pueblo de fiesta. Haciendo altares que son casa para el Señor. Alfombras que son cartas de amor escritas con pétalos.

Calles que se desnudaron de lo cotidiano para vestirse de eternidad, de fe, de fiesta. Alfombras que no eran dibujos: eran promesas. Altares que no eran madera y tela: eran casa, eran espera, eran amor puesto en pie.

Porque el Corpus de Villardompardo no es solo tradición. Es catequesis al aire libre.

Es el Evangelio sin atril, sin micrófono, sin prisas. Es Dios explicado con colores, con esfuerzo, sin palabras, con manos callosas que perfuman de romero . Es el pueblo villarengo entero predicando bajito: “Aquí creemos. Aquí esperamos. Aquí amamos, aunque nos duela”. Fue la fe hecha calle, hecha pétalo, hecha esfuerzo, hecha cruz de cristal.

Y si algo nos movió el alma, si hubo un único latido que no se apagó noche tras noche, fue este: que todo brillara más que el sol al paso del Santísimo para que cuando la custodia procesionara por las calles no quede esquina sin flor ni corazón que no se arrodille por dentro. No por lo estético. No por el aplauso. No por la foto. Por la esencia. Por lo verdadero. Porque aquí el brillo no se mide en colores ni en adornos. Se mide en entrega. Se mide en las horas que nadie ve. Se mide en una cruz de cristal levantada con el corazón roto.

Eso hace grande a mi Corpus. Que no nació ayer. Se soñó en invierno, cuando aún hacía frío. Se rezó en silencio, cuando nadie miraba. Se sudó cuando el cuerpo pedía parar.

Y ayer, cuando la custodia salía por la puerta de la iglesia y mi pueblo entero enmudecía… se entiende el cansancio, las madrugadas… Entendemos que el cristal no se quiebra cuando hay fe. Que el dolor, puesto en manos de Dios, se vuelve luz. Que cada lágrima escondida, cada hora robada al sueño, cada alfombra pisada con reverencia, cada cruz levantada incluso con el corazón partido… había merecido la pena. Porque ver pasar a Jesús por las calles que huelen a tomillo, romero, a pueblo, a tradición…no se puede expresar con palabras.

Y un año más lo volví a sentir, con la piel erizada y el alma desnuda: el Corpus de Villardompardo no se puede contar. No se puede explicar con palabras. Hay que venir a verlo. Hay que escuchar el silencio espeso que cae del cielo cuando pasa Él. Hay que ver la luz atravesando una cruz de cristal y entender que el dolor también puede ser altar. Hay que sentir cómo se te encoge el pecho y se te ensancha la fe a la vez. Hay que oler a pueblo, a fe, a hogar, a Dios caminando despacio por mis calles.

Ayer olía a Corpus.
Olía a Villardompardo.
Olía a mi pueblo amando sin ruido, creyendo sin teatro, esperando sin prisa.
Olía a una cruz de cristal en la Calle Ancha recordándonos que, aunque la vida duela, la fe levanta altares porque todo villarengo ha recibido de sus mayores el mejor legado: EL AMOR AL AMOR DE LOS AMORES.

Loly Gay Calvache
Comunidad parroquial de Ntra. Sra. de Gracia de Villardompardo

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