Un encaje de piedra y luz: la catedral jiennense dedicada a la Virgen Asunta

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

Hay en Jaén una catedral que no pesa, una mole de piedra redimida por la geometría que parece ascender cielo arriba, ligera y graciosa como un pensamiento divinizado. Dedicada en su raíz profunda al augusto misterio de la Asunción de Nuestra Señora, el templo gótico y renacentista signado por la destreza de Andrés de Vandelvira no es solo un relicario monumental o una cima del clasicismo español; es, ante todo, una teología cantada, una partitura de sillares e impostas donde la materia proclama el triunfo de la carne glorificada.

Escribir sobre la Asunción desde la contemplación de la magna Iglesia asentada en la Plaza de Santa María es adentrarse en un poema de proporciones exactas. Como en las liras y sonetos de pura arquitectura verbal, aquí nada sobra y nada desentona. María no asciende al cielo en medio del caos, sino en el orden supremo de la gracia, y Jaén le labró un trono de luz para celebrar que una hija de nuestra estirpe habita ya, en cuerpo y alma, el corazón mismo de la Trinidad.

Al alzarse ante la fachada principal de la Catedral de Jaén, la mirada es llamada inevitablemente hacia arriba. Las dos torres gemelas, serenas y altivas, custodian un frontis que se abre como un retablo de piedra clara bajo el sol de Andalucía. En el centro, presidiéndolo todo, la figura de la Virgen Asunta nos recuerda la victoria definitiva del ser humano. La que es Causa de nuestra alegría no es una diosa lejana; es la muchacha de Nazaret, la tierra nuestra, el barro bendito que ha sido elevado a las alturas más impensables. Gerardo Diego, que supo cantar a las catedrales con oído de músico y mano de geómetra, habría visto en esta fachada una estrofa perfecta:

Luz de Jaén en la piedra clara,
arbotante y moldura en su desvelo,
sube la Virgen que al espacio amara,
mástil de fe que se levanta al cielo.

En un mundo contemporáneo a menudo marcado por el desencanto o el extravío del sentido, la contemplación de la Madre de Dios en la portada jiennense nos devuelve la dignidad perdida. María en su Asunción proclama que el cuerpo humano no es un estorbo, ni una cárcel mutable, ni un mero instrumento de consumo, sino un espacio sagrado destinado a la eternidad. La piedra dormida de la cantera se hizo catedral; la carne mortal de la Virgen se hizo gloria inacabable.

Si penetramos en las naves del primer templo diocesano, la bóveda de crucería y las columnas purísimas organizan un espacio donde la luz no hiere, sino que alumbra y consuela. Es una arquitectura limpia, de serenidad casi maternal. Y es precisamente aquí donde el dogma de la Asunción cobra su rostro más humano y cotidiano: el de la maternidad. La Estrella de la mañana brilla en los cielos porque antes fue el sagrario vivo del Dios hecho hombre. Sus manos cuajadas de oficio, sus pies cansados de los caminos de Judea, sus ojos que velaron el sueño del Redentor y lloraron al pie de la Cruz… todo ese amor encarnado y silencioso fue asumido en la Gloria. Para las madres de familia de hoy, que con frecuencia bregan en el anonimato contra la prisa, la incomprensión y las fatigas diarias del hogar y el trabajo, esta celebración mariana es una promesa y una caricia. María les dice que ningún gesto de amor se pierde: las noches insomnes, las plegarias calladas, el esfuerzo por educar a la prole en el bien y sostener el hogar no caen en el olvido. Les recuerda asimismo que la cotidianidad es camino de santidad: la Asunción nos enseña que lo ordinario se transforma en sagrado cuando se entrega por amor. A nuestras madres la Virgen les susurra también que tienen una Madre en el cielo: María no se ha ido para despreocuparse; desde su trono celestial, sigue ejerciendo su maternidad espiritual con mirada atenta y corazón intercesor. Como el templo jiennense sostiene sus pesadas bóvedas sobre la solidez de sus pilares, las madres sostienen el mundo sobre la columna invisible de su fe y su entrega. En la Asunta ven su propio destino glorioso: todo el bien sembrado en la tierra florecerá para siempre en la presencia de Dios.

Al llegar a la sacristía de nuestra catedral —acaso la pieza maestra del Renacimiento español— la sorpresa del visitante es absoluta. Las columnas exentas, los relieves sutiles, la armonía espacial revelan la mente de un joven arquitecto que no tuvo miedo de soñar a lo grande ni de desafiar las leyes del peso y la gravedad. Vandelvira audaz, portento de la arquitectura, levantó una obra inmortal para la eternidad. Su intrepidez habla directamente a los jóvenes de hoy. Su voz creyente se une al ejemplo de la Virgen en un tiempo sofocado por la inmediatez, la desidia y el miedo al compromiso duradero. Como dique a esas veleidades, la fiesta de la Asunción es una llamada vibrante a la grandeza de la fidelidad. María Asunta es la joven que se arriesgó del todo, la que confió sin reservas en la palabra de Gabriel y cuya vida se convirtió en la aventura más hermosa de la historia. Las alturas de las naves de Jaén invitan a la juventud a no conformarse con volar raso. «¡No os conforméis con menos que el cielo!», parece gritar cada moldura, cada relieve de esta seo monumental.

En la solemnidad del 15 de agosto, cuando el estío abrasa los olivares de la campiña jiennense, la Catedral se yergue como un oasis de fresca eternidad. Sus campanas al vuelo no doblan por la muerte de la Virgen, sino que repican por su Dormición y su posterior y radiante despertar en los brazos del Padre. Gerardo Diego solía buscar la música oculta en las formas de las cosas. Si escuchamos con el alma la arquitectura de la Catedral de Jaén, oiremos una sinfonía mariana inolvidable. Es la sinfonía de la esperanza cristiana: la certidumbre de que nuestra carne flaca, amenazada por el dolor, la enfermedad y el paso implacable de los años, tiene reservada una estancia en la Casa del Rey.

Subes, María, y al subir nos dejas
la huella limpia de tu pie en la arena,
en esta nave de altas tejas
donde la muerte se volvió serena.
Jaén te canta en su catedralicia
sombra de piedra, música esculpida,
donde la gracia de tu faz desquicia
la sombra vil para otorgar la vida.

La Asunción de Nuestra Señora no es un dogma lejano ni una abstracción teológica; es la fiesta de nuestro propio porvenir. Al contemplar a la que es Consuelo de los afligidos elevada sobre los ángeles en los relieves de la catedral de Jaén, las madres de familia encuentran alivio para sus afanes y los jóvenes descubren un rumbo claro para sus ideales. Mirando las torres que buscan el azul, la Iglesia entera renueva su fe y comprende que, mientras caminamos entre las sombras del presente, ya tenemos en el cielo una Madre, una Reina y una Catedral no hecha por manos humanas, donde nos aguarda el gozo plenamente recobrado.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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