Los suelos y el futuro del planeta

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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

A veces lo más importante pasa desapercibido. Multitud son los que valoran el suelo solo como un compuesto de minerales y polvo. En realidad, los suelos son uno de los ecosistemas vivos más portentosos de nuestro planeta, donde millones de insectos, plantas, bacterias, hongos y otros organismos fundamentales —la mayoría invisibles al ojo humano— están en un vertiginoso proceso de incesante creación, composición y descomposición de materia orgánica y vida.

De unos suelos saludables depende gran parte de la preservación de la Tierra y de la conservación de la vida humana. Viene bien poner de relieve esta afirmación con motivo del Día Mundial del Suelo, que desde el año 2014 se celebra cada 5 de diciembre, según un acuerdo de la Asamblea General de la ONU.

Aunque hay cultivos sin suelo (hidropónicos, sobre sustrato inerte y aeropónicos), la gran mayoría de la agricultura mundial y de la producción de alimentos se vincula a los suelos. En cambio, la degradación de los suelos supone un serio inconveniente para el desarrollo agrario y la alimentación. En este año 2021 el lema escogido para esta Jornada Mundial es: “Detener la salinidad de los suelos, aumentar su productividad”. Por ello, y pensando particularmente en la gente que trabaja en el campo, dedicamos los siguientes párrafos a presentar algunas consideraciones sobre el impacto de la salinización en la productividad de los suelos agrícolas. El escrito se divide en tres apartados, ampliamente inspirados en el conocido método pastoral del ver-juzgar-actuar.

Algunos datos de la realidad

En primer lugar, conviene recordar que hay suelos naturalmente salinos y sódicos (sobre todo en regiones áridas, semi-áridas y costeras) que no son, en sí mismos, zonas degradadas y que, de hecho, acogen valiosos ecosistemas bien adaptados a esas condiciones. El problema aparece en los suelos salinos o sódicos como consecuencia de prácticas humanas no sostenibles o por efecto del cambio climático. Los efectos más serios tienen que ver con el desequilibrio nutricional, la pérdida de la biodiversidad, la corrosión de la estructura del subsuelo y la disminución del agua disponible. Se calcula que el coste asociado a la degradación de los suelos y a la pérdida de producción de cosechas, debido a la salinización, asciende a 27.300 millones de dólares anuales. En distintas regiones del planeta se constata también el efecto que la salinización de los suelos tiene en las migraciones forzadas de personas que deben abandonar sus tierras de cultivo al volverse estas baldías.

Algunas iluminaciones bíblicas

 Ya en el libro del Deuteronomio se recoge la observación de que el exceso de sal en los suelos provoca la infertilidad de estos. El autor sagrado constata el efecto de la abundancia de azufre y sal: “Tierra calcinada, donde no se siembra, ni brota, ni crece la hierba” (Dt 29,22). En este caso, y en otras ocasiones, se interpreta esta salinización esterilizante como un castigo divino, de acuerdo con la visión veterotestamentaria de la retribución. Así, el salmista señala que el Señor transforma “la tierra fértil en salinas, por la maldad de los que moran en ella” (Sal 107,34). Otras veces se alude explícitamente a la destructiva acción humana, como en el episodio del asedio de Siquén por parte de Abimelec, que atacó la ciudad y “al fin la conquistó, pasó a cuchillo a todos sus habitantes, la arrasó y la sembró de sal” (Jue 9,45). De manera general, la tierra salobre acaba siendo imagen de aflicción y pobreza, como dice el profeta Sofonías: “Campo de ortigas y mina de sal, una desolación perpetua” (Sof 2,9), o Jeremías: “Cardo estepario que no llegará a ver la lluvia, habitará un desierto abrasado, tierra salobre e inhóspita” (Jer 17,6).

También, Jesús empleó la imagen de la sal, en este caso como metáfora referida al dinamismo evangelizador del Reino y de sus discípulos. Dice que sus seguidores son “la sal de la tierra” (Mt 5,13). Y advierte: “La sal es buena; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la sazonarán? Vosotros tened sal y estad en paz con los demás” (Mc 9,50). Evidentemente, el sentido no se refiere a las cuestiones de sostenibilidad agrícola. Pero sí podemos recordar, con esta imagen, que la sal no es mala en sí misma. El suelo necesita un equilibrio armónico entre sus diversos componentes orgánicos e inorgánicos, incluyendo las sales minerales. Lo malo es que la sal “se vuelva insípida” o que vuelva insípidos los suelos, que acabe agotando la estructura del suelo, su capacidad nutritiva y su dinámica regenerativa.

Algunas pistas de acción

La Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) sugiere algunas iniciativas prácticas para frenar la salinidad de los suelos y aumentar su productividad, tanto para la sociedad en su conjunto como, específicamente, para los agricultores. Como medidas preventivas, conviene regar con agua de la calidad adecuada al tipo de suelo y emplear el método de riego que mejor corresponda; mejorar los drenajes; favorecer la reforestación y el sostenimiento de la cubierta vegetal; controlar el bombeo de aguas y supervisar la salinidad de las aguas superficiales y freáticas; emplear fertilizantes de un modo proporcionado y racional. Como medidas de manejo de suelos afectados por la salinización resultan útiles las siguientes sugerencias: practicar la agricultura halofita, empleando cultivos tolerantes a la sal; en el caso de suelos salinos, disminuir la evaporación, cubriendo los semilleros con mantillo; en el caso de suelos sódicos, añadir complementos químicos como cal o yeso; mejorar la percolación del agua; añadir materia orgánica que favorezca la formación de estructura del suelo. De manera general, es bueno crear conciencia de la importancia y el impacto de los suelos afectados por la salinidad, promoviendo así medidas preventivas y sistemas agrícolas sostenibles, adaptados a este tipo de suelos. Asimismo, es necesario favorecer la innovación tecnológica, la sistematización del conocimiento y la difusión de buenas prácticas.

En definitiva, el cuidado de nuestro planeta empieza por algo tan primordial como no dañar el suelo. Lo mismo que velamos por la pureza del agua o la limpieza del aire, hemos de preservar nuestros suelos, pues de ello depende que los seres vivos sigan teniendo comida y un lugar donde vivir.

Si todos ponemos de nuestra parte y actuamos responsablemente, evitaremos muchas de las amenazas que en poco tiempo pueden transformar un suelo rico y fértil en un terreno yermo y sin vida. Nos ayudará a ello recordar unas hermosas palabras del papa Francisco en su encíclica sobre el cuidado de la casa común, que nos servirán para a caer en la cuenta de que nada de lo que hemos mencionado está lejos de nosotros, aunque vivamos en un contexto urbano o parezca que estamos alejados de la salinización de los suelos. En realidad, “todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios” (Laudato Si’, n. 84). A la inversa, unos suelos deteriorados, una menor producción de alimentos y un incremento de la malnutrición en el mundo son factores que hieren sobre todo a los más vulnerables, cuyo sufrimiento no deja de desgarrar el corazón de Dios.

 

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

 

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