
Del 29 de enero al 1 de febrero, la Casa de Espiritualidad de San Juan de Ávila, en La Yedra, abrió sus puertas para celebrar un nuevo Cursillo de Cristiandad, el número 339 de nuestra diócesis y que contó con la participación de 17 nuevos cursillistas. Lo que para muchos comenzó el jueves por la tarde como un paréntesis necesario frente al caos y al ruido de la rutina, terminó siendo una experiencia que ha marcado un antes y un después en el corazón de todos los que allí nos citamos.
Aquella primera tarde, la casa estaba repleta de caras desconocidas y de dudas. Sin embargo, estos tres días han sido mucho más que un simple ‘break’ para recargar las pilas. Ha sido un tiempo de encuentro profundo donde, por fin, nos hemos permitido escucharnos a nosotros mismos, a los demás y, sobre todo, a Dios. Un Dios que no es una idea lejana ni un concepto teórico, sino que nos ha hablado con nombre y apellidos, haciéndose presente en cada rincón y en cada silencio de La Yedra.
Aunque la reflexión personal se encuentra muy presente en el cursillo, pronto descubrimos que el Cursillo no es un camino solitario. Lo más sorprendente es la conexión que se genera entre personas de todo tipo y condición cuando decidimos dejar fuera las máscaras que solemos usar para encajar en el mundo. En ese clima de confianza, donde se habla con el corazón en la mano, descubrimos que nuestros miedos y nuestras ganas de algo más son compartidos. Es ahí donde la vulnerabilidad se convierte en el puente más auténtico para conectar con el otro, obrando el milagro de convertir al desconocido en hermano.
Esta transformación es lo que da sentido al término “De Colores”. No es solo un lema alegre, sino la descripción de cómo cambia nuestra mirada tras la experiencia. Al terminar, la realidad exterior sigue siendo la misma, pero nosotros ya no la vemos igual: hemos recuperado la capacidad de ver matices donde antes todo era gris o plano. Al abrir el corazón al Señor, cada uno de nosotros ha recibido el abrazo cálido del Padre y la conciencia de que somos los protagonistas de nuestra propia historia.
Nada de esto habría sido posible sin la arquitectura espiritual que sostiene cada cursillo. Esta obra ha dado fruto gracias, en primer lugar, a la gracia de Dios y al motor invisible de las miles de personas que, con su oración diaria (su “palanca”), han sostenido cada momento.También, por supuesto, al equipo de doce responsables con Lydia Rull Martos como coordinadora; a nuestro consiliario D. Sebastián Guerrero Fernández y al viceconsiliario D. Carlos Moreno Galiano; junto a los cuatro compañeros de cocina que, dejándose guiar por el Espíritu Santo, buscaron en todo momento ser cauce para que el amor de Dios llegara a cada corazón.
Hoy, al arrancar este “Cuarto Día”, nos vamos con la satisfacción de ver cómo Dios ha convertido las dudas en certezas. Ya no caminamos con las manos vacías; llevamos con nosotros las herramientas necesarias para transformar nuestra realidad. Nos toca ahora, con la alegría del reencuentro y la fuerza de lo vivido, ser los encargados de hacer de este mundo un lugar de colores.
Joaquín Ruiz
Cursillos de Cristiandad
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