Dedicación de un nuevo altar en la Parroquia de San Pedro Apóstol de Mengíbar

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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

En la tarde del pasado domingo, 14 de febrero, el Obispo de la Diócesis, Don Amadeo Rodríguez Magro, dedicó el nuevo altar de la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de la villa de Mengíbar, en presencia del Vicario General, D. Francisco Juan Martínez Rojas; del párroco de San Pedro Apóstol, D. Antonio Lara Polaina; del Arcipreste y párroco de la Inmaculada de esta misma villa, D. Miguel Ángel Solas León; y de otros dos presbíteros concelebrantes, D. Antonio Garrido Colomina y D. Luis Juan Gallardo Anguita. Asimismo, estuvieron presentes diversas autoridades locales, cantero y constructores, y el pueblo fiel, hasta completar el aforo permitido en este tiempo de pandemia.

El nuevo mobiliario litúrgico está inspirado en muchos elementos renacentistas de la misma iglesia, estando plenamente integrado en el edificio, aunque no estemos acostumbrados a contemplar una realización de este tipo. De los tres elementos, el altares el más importante, seguido del ambón y la sede. Cada uno tiene su espacio y su simbolismo en la liturgia.

La sede es el lugar donde somos presididos por Cristo Buen Pastor, en aquellos que son los sucesores de los apóstoles, los obispos, y sus colaboradores más inmediatos, los presbíteros, los párrocos, los pastores propios de una comunidad concreta, que guían al pueblo santo de Dios en su nombre.

El ambón (ἄμβων: lugar elevado) es donde Cristo, verdadero Profeta y Maestro, continúa anunciándonos su Palabra. Pues cada vez que se leen las Escrituras en el iglesia es el mismo Cristo quien nos habla. Nosotros somos su voz, pero Él es la Palabra. Y Cristo Resucitado, por eso, junto al ambón, se ha colocado el candelabro pascual, como anuncio permanente de la Resurrección, que ilumina y actualiza cada página de la Escritura. El nuevo ambón, o mesa de la Palabra, no es un simple atril portátil o mueble, sino que está fijo y tiene su importancia, destacando por su amplitud, sobriedad y belleza, y contando con el espacio necesario para desarrollar la celebración de la Palabra, estando situado en un primer plano y a la vista de todos, en las mismas escaleras, y hacia fuera, entre el espacio de la asamblea y el presbiterio, porque la Palabra de Dios es la que nos introduce y nos lleva a la Eucaristía. Construir un ambón de esta forma y proporciones es darle una mayor importancia a la Palabra de Dios, al mismo tiempo que todo un reclamo ecuménico, por lo que ha supuesto el descubrimiento de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.

Y el altar, que es la razón primera y última de todo el edificio, la celebración de la Eucaristía, donde Cristo, Sacerdote Víctima y Altar, continúa ofreciéndose y alimentándonos con su Cuerpo y con su Sangre. El altar es, al mismo tiempo, mesa y ara, que actualiza el único sacrificio redentor del Señor. Y esas dos dimensiones han quedado plasmadas en este altar. Por un lado es ‘mesa’ porque, en su diseño, cuenta con cuatro pilares, y es ‘ara’ porque todo su perímetro, de forma rectangular, está cerrado, como un ‘sepulcro’. La tradición de la Iglesia primitiva era celebrar la Eucaristía sobre las tumbas de los mártires, costumbre que continuó, y de ahí el colocar debajo o dentro o encima de los altares las reliquias de aquellos que habían sido los primeros en confesar su fe, uniéndose al sacrificio de Cristo con el derramamiento de su sangre. Por esta razón, en este altar se ha incluido una reliquia ‘ex ossibus’ (fragmento óseo) de San Eufrasio, obispo de Iliturgi (cerca de Mengíbar), tan vinculado a este zona, donde tuvo su sede episcopal. Se da la peculiaridad, que el frontal de este altar recoge un fragmento pétreo de una tumba funeraria de la ciudad de Iliturgi, y que, desde la construcción de la iglesia de San Pedro (s. XVI), se encontraba, como material reutilizado, formando parte del muro de la misma, concretamente como dintel de la ventana de la pared del antiguo coro, y que, al ampliarla, con motivo de las obras de 1970, apareció, como tantas otras piedras del mismo edificio, que imaginamos que pudieron ser trasladadas desde la ciudad romana, o desde la fortaleza del castillo, y reutilizadas en su construcción. La decoración de este hermoso frontal, una guirnalda de frutos y flores, sostenida por dos pequeños ángeles, esto da una alusión al paraíso, a la eternidad, haciendo de este altar el puente entre el cielo y la tierra, el lugar donde ya se vive esa realidad eterna, porque la Eucaristía, que se celebra sobre el altar, es ya “anticipo de la gloria futura”, como decía Santo Tomás de Aquino. Y, al ser de piedra, también hace alusión simbólica a Cristo, “piedra angular” de todo el edificio, que somos la Iglesia que Él fundó y que permanece viva en peregrinación hacia la casa del Padre. El altar recibe, cada mañana, esa luz natural del sol, que atraviesa por sus vidrieras, reflejándose sobre él, sobre todo el domingo, la Pascua semanal, el día de la Resurrección, cuando la Iglesia se reúne en torno al altar, toda una alusión simbólica al misterio que se celebra.

Tanto el altar, como la sede y el ambón son los lugares de la gracia. Por eso no debemos contemplar las iglesias sólo como museos, sino como los lugares donde se reúnen los cristianos. Así deben explicarlo los guías turísticos. Porque lo más importante de un templo cristiano no es el edificio en sí, el continente, sino el contenido y, sobretodo, lo que se realiza dentro de él. El protagonista de todo lo que ocurre en su interior es Cristo Resucitado, que sigue vivo y continúa invitándonos a sentarnos en torno a su mesa.

El Obispo, en su homilía, subrayó que la Liturgia de la Dedicación es una hermosa catequesis sobre el misterio cristiano, presentando con todo detalle cada uno de los espacios celebrativos y su importancia para la vida cristiana.

“Este nuevo mobiliario litúrgico, como todo lo que se ha hecho a lo largo de los años, ha sido gracias a la ayuda recibida de tanta gente buena del pueblo de Mengíbar, fundamentalmente de la colaboración generosa de su Ayuntamiento, y también de otras entidades locales, pero sobre todo de los donativos de los cristianos de a pie, de esos pequeños granos de arena, que continúan construyendo este edificio, que llamamos iglesia. Nuestro agradecimiento por la gran ayuda prestada, sin nombrar a nadie, en la preparación y realización de este nuevo mobiliario litúrgico. Dios lo sabe y eso es lo más importante. Aquí hay mucho amor, amor a Dios y amor a nuestro pueblo y, sobre todo, a nuestra parroquia de San Pedro, en la que nos iniciamos en la fe y en la que hemos vivido los momentos más importantes de nuestra vida. Que todo lo que hemos hecho sea para la gloria de Dios”. Estas fueron las palabras que el párroco dirigió al señor Obispo, agradeciéndole su presencia y cercanía, así como al Vicario General de la Diócesis, a los compañeros y a todo el pueblo de Dios, que pudo participar en la solemne celebración. El Obispo manifestó, de una forma especial, su afecto al párroco y a todos los asistentes.

Parroquia de San Pedro Apóstol de Mengíbar

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