El evangelio de este V Domingo de Pascua se sitúa en un momento de intimidad y despedida. Jesús percibe la turbación de sus discípulos y responde no con explicaciones abstractas, sino con una invitación a la confianza: “No se turbe vuestro corazón”. La fe, en este contexto, no es mera adhesión intelectual, sino una relación viva que sostiene en la incertidumbre.
Tomás encarna la dificultad humana: querer comprender antes de confiar. Su pregunta —“¿cómo podemos saber el camino?”— es la de todo creyente que se siente desorientado. La respuesta de Jesús es contundente y personal: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”. No señala una ruta externa ni ofrece un método; se presenta a sí mismo. El cristianismo no es, por tanto, una doctrina que se sigue desde fuera, sino una persona que se acoge y se vive desde dentro.
Felipe, por su parte, expresa otro anhelo: ver a Dios de manera clara, sin mediaciones. Jesús corrige esa expectativa: quien lo ha visto a Él, ha visto al Padre. Aquí se revela el núcleo de la fe cristiana: Dios no es inaccesible ni distante, sino que se ha hecho visible en la vida concreta de Jesús. Sus palabras y obras son transparencia del Padre. Creer en Jesús implica reconocer en su humanidad el rostro mismo de Dios.
La primera lectura (Hch 6, 1-7) muestra cómo esta fe se traduce en organización y servicio. La comunidad, guiada por el Espíritu, elige a hombres “llenos del Espíritu Santo” para atender necesidades concretas. La fe no evade los problemas, los asume con responsabilidad. A su vez, la segunda lectura (1 Pe 2, 4-9) recuerda la identidad del creyente: “linaje elegido, sacerdocio real”. No se trata de un privilegio, sino de una misión: anunciar las maravillas de Dios con la propia vida.
El mensaje final del evangelio abre una perspectiva sorprendente: quien cree en Jesús realizará sus obras, e incluso mayores. No es una exageración retórica, sino la consecuencia de la comunión con Él. La fe auténtica no se queda en consuelo interior; se convierte en acción transformadora.
En un mundo marcado por la incertidumbre y la búsqueda de sentido, estas palabras siguen siendo actuales. Jesús no elimina las preguntas, pero ofrece una certeza más profunda: el camino no es un mapa, es una presencia. Caminar con Él es habitar ya, anticipadamente, esa “casa del Padre” que promete.
Delegación Diocesana para las Comunicaciones Sociales y Oficina de Prensa
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