«Un nuevo Pentecostés: del Espíritu a la esperanza», comentario al Evangelio de la Solemnidad de Pentecostés – B

Foto: Pentecostés. El Greco (Hacia 1600). Museo del Prado, Madrid.

Después de haber celebrado el misterio de la ascensión del Señor, como continuidad entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia (Hch 1,1-8), ahora se presenta el momento adecuado para la venida del Espíritu Santo, prometido por el Resucitado a sus discípulos (Lc 24,49; Jn 20,21-22). Así, este Domingo celebramos la Solemnidad de Pentecostés: un misterio de novedad y de fecundidad, que sirve para comprendernos y para comprender a la Iglesia, de la cual somos miembros vivos.

Propongo comenzar por una reflexión, siempre vigente, del patriarca Ignacio IV Hazim,  primado de la Iglesia ortodoxa de Antioquía:

Sin el Espíritu Santo,
Dios está lejos,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia, una simple organización,
la autoridad, una dominación,
la misión, una propaganda,
el culto, una evocación
y el actuar cristiano, una moral de esclavos.

La primera lectura (Hch 2,1-11), en los términos establecidos por Lucas, su autor, destaca la importancia de la comunicación. Ciertamente, ellos «estaban todos juntos en el mismo lugar», lo cual es la condición principal para el encuentro. No se trata únicamente de unas coordenadas espacio-temporales (tampoco era así en la Ascensión), sino de la concordia, es decir los corazones que están juntos en la asamblea (ekklesía).

La comunicación es siempre un misterio. Implica salir del propio ámbito y adentrarse, siempre descalzos, en la esfera del otro, más aún, del Otro. En este sentido, Pentecostés ha sido interpretado en la exégesis antigua como un milagro de comunicación en contraposición a Babel (Gén 11,1-9). De esta manera, se propone a los creyentes la escucha de la Palabra, en un mar de palabras; la respuesta a la Palabra de Dios, en un sinfín de discusiones, rechazos y protestas; el amor a Dios y el perdón al prójimo como continuación del mandato del amor, siempre nuevo y necesario.

El autor de Hechos insiste en que el grupo sobre el que desciende el Espíritu forma un bloque, de tal manera que pasa a un segundo plano la cuestión de a quién incluye el «todos» (Hch 2,1): ¿Los Doce? ¿Los Doce junto con la madre de Jesús y las demás mujeres (Hch 1,13-14)? ¿Los ciento veinte mencionados en Hch 1,15? La ambigüedad del narrador refuerza la amplitud del «todos»: si Lucas no lo ha definido ¿Qué necesidad tenemos nosotros de fomentar la exclusión en la recepción del Espíritu Santo? Esta apertura del primer Pentecostés recuerda a la Iglesia la necesidad de acoger −también hoy− para poder comunicar y hacer que Dios siga hablando y manifestándose a los creyentes. Es necesario volver a preguntarnos si los protagonistas de los dos primeros capítulos de Hechos son los Doce o en realidad son Jesús y el Espíritu. Quizás, Lucas quiera destacar la continuidad, comunicación y encuentro entre ellos, mostrando que el núcleo se va abriendo, cada vez más, en un continuo proceso de apertura, alegría y evangelización, paradigma del anuncio en nuestros días.

El autor de Hechos muestra el relato de Pentecostés como un acontecimiento fundacional, una explosión de palabras inspiradas, la renovación de la Alianza de Dios con su pueblo, abierta a la universalidad. El “microcosmos” reunido en Jerusalén (Hch 2,8-11) pone de manifiesto que el Espíritu está abierto a la totalidad del mundo y tiene su inicio en Israel; ejemplo de escucha y falta de fe; de infidelidad a Dios y de esperanza en los momentos más difíciles.

Volviendo a la reflexión inicial, el Espíritu Santo sigue siendo en nuestra sociedad, como en muchos ambientes de los tiempos de Jesús, el gran desconocido y, en otros casos, el gran incomprendido. En el Espíritu, el Evangelio del pasado recibe un impulso hacia un futuro más luminoso. El Espíritu de la verdad sueña por nosotros. Cuando el Espíritu llegue, nosotros estaremos soñándolo y viviéndolo, o lo que es lo mismo:

Con el Espíritu Santo,
Dios está cerca, con nosotros,
Cristo permanece en el presente,
el Evangelio es Palabra viva,
la Iglesia, una gran asamblea,
la autoridad, un servicio,
la misión, una alegría,
el culto, un misterio glorioso
y el actuar cristiano, una moral de esperanza.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector electo del Seminario Diocesano de Huelva

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