Romerías pascuales en nuestra diócesis

Vámonos, vámonos al campo por romero,

vámonos, vámonos

por romero y por amor…

Esta balada de la mañana de la Cruz, que escribiera el poeta de Moguer, bien puede servir para ilustrar el ambiente colorista y alegre de lo que suponen las romerías pascuales que salpican nuestra Diócesis de Huelva. Casi siempre, un mismo escenario, aunque en diferentes geografías: una caravana de fieles que, bien andando, bien a caballo, o sobre carruajes, se ponen en camino hacia una pequeña o grande ermita, generalmente donde se venera una antigua y querida imagen de María, en otros casos la de un santo, o la Cruz. Es un ciclo que se abre con el Domingo de la Pascua de Resurrección, concretamente en el Prado de Osma: la Virgen de Piedras Albas que ampara a los pueblos de El Almendro y Villanueva de los Castillejos.

Es un recorrido en el tiempo, que, a la par que va avanzando el calendario litúrgico, va jalonando un hermoso rosario de piropos a la Madre del Resucitado: la Peña de Puebla de Guzmán, que es como decir el Andévalo en romería; la Coronada de Calañas, junto al Odiel; de la Blanca en Villablanca; de la Esperanza en el Lunes de Albillo de Cumbres Mayores; de las Flores en Encinasola; de la Coronada en Cortelazor; la Auxiliadora en Pozo del Camino; el Carmen en Mazagón; los Remedios en Aljaraque; Reina del Mundo en Corrales (junto a San José); Montemayor en Moguer; Bella en Lepe. Hay más piropos, hay más nombres para llamar a María. Aquí quedan sólo pergueñados algunos de ellos. Cuando llega Pentecostés, el Rocío, que traspasa nuestras propias fronteras.

Toda la provincia parece gritar a una sola voz, y cuando termina en un lugar se comienza a gritar en otro, el Regina Coeli que pone la madre Iglesia en nuestros labios en este tiempo de la Pascua:

Reina del cielo, alégrate. Aleluya. Y con ella nos alegramos y hacemos fiesta.

Porque el Señor a quien has merecido llevar, Aleluya. El fruto bendito de tu vientre, el que llevas en tus imágenes y presentas orgullosa, el mismo al que nombramos en cada avemaría.

Ha resucitado, según su palabra. Aleluya. Él es la esperanza de este pueblo que camina de la mano de María, como un niño, que busca el arrumaco y la ternura de la Madre.

Ruega al Señor por nosotros. Aleluya. Porque Tú, nuestra Madre, eres poderosa ante Jesucristo. Porque Tú, nuestra Madre, le dices como en Caná: «No tienen vino».

Gózate y alégrate, Virgen María. Aleluya. Sí, porque en tu gozo está el nuestro.

Porque ha resucitado el Señor verdaderamente. Aleluya. ¡Sí, Aleluya! Cristo vive y por eso nuestra fe nos lleva a la fiesta, al gozo verdadero como pregustación de lo que aún no es, pero será. Por eso celebramos la Eucaristía en cada romería.

Las romerías pascuales, expresión de la piedad popular en la alegría de la Pascua, también celebran la Cruz Gloriosa, florecida como un almendro, porque jamás el bosque dio mejor tributo en hoja , en flor y en fruto. La Cruz vacía y florecida, símbolo de la Resurrección y la Muerte vencida. Almonaster la Real, La Palma del Condado, Lucena del Puerto, Villarrasa, Rociana del Condado, Punta Umbría, etc…

Y los santos: San Isidro Labrador en La Ribera, Gibraleón, Paterna del Campo, entre otros lugares; San Mamés en Aroche; San Benito en El Cerro de Andévalo. Son sólo algunos ejemplos de cómo la alegría pascual se expresa también en torno a los santos, nuestros hermanos que nos precedieron en el signo de la fe en Cristo Resucitado.

En definitiva, nuestra tierra, –como sus habitantes (redimidos los hombres y el cosmos)– exulta con la Resurrección, y puede canta con la liturgia pascual: La bella flor que en el suelo/plantada se vio marchita/ya torna, ya resucita,/ya su olor inunda el cielo. Y como un eco, los romeros, que van al campo por romero y por amor, podrán repetir: Hoy la cristiandad se quita/sus vestiduras de duelo./Ya torna, ya resucita,/ya su olor inunda el cielo. Amén.

Juan de Robles

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