Homilía en el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Mons. Ginés García Beltrán, Obispo de Guadix, el 13 de abril de 2014.

«Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo» (salmo 47), cantamos con el salmista. Con estas mismas voces y con un espíritu firme y alegre acompañamos a Cristo Jesús que entra triunfante en Jerusalén. Como los niños hebreos, queremos anunciar que el que viene es «el más bello de los hombres», el que nos da el ejemplo más grande de un amor que no tiene medida, porque la medida del amor es no tenerla.

La celebración del Domingo de Ramos nos introduce en el camino pascual de Cristo, nuestro Redentor. Dos momentos marcan la celebración de esta fiesta: por una parte, la entrada triunfal de Jesús en la ciudad de Jerusalén, que nosotros hemos acompañado con palmas y olivos; y, por otra, la proclamación de la pasión que acabamos de escuchar y que nos introduce en el misterio de lo que vamos a celebrar en los próximos días. Todo nos habla, en esta semana, del triunfo del Señor.

La memoria de la entrada de Jesús en la ciudad santa de Jerusalén, aclamado por sus discípulos, por su amigos y por el pueblo es anuncio de su victoria en la cruz. Es evidente que los que gritaban aquel día no eran conscientes del momento que vivían, y mucho menos, del sentido del signo que realizaban. Se habrían espantado al saber que Jesús iba a morir con la muerte de los malvados, que el profeta de Nazaret cargaría con la ignominia de una muerte de cruz. La victoria del Mesías había de realizarse por un camino muy distinto al que lo realizan los poderes del mundo; su éxito en nada se parece al éxito de los vencedores del mundo.

Nosotros hoy, sí sabemos cuál es el camino del Mesías, pero no basta con saber, es necesario gustar, sentir, compartir el camino del Hijo del Hombre. En el horizonte está la cruz. Por eso es necesario que adquiramos los mismos sentimientos de Cristo, como nos decía San Pablo en la carta a los Filipenses. Esta celebración ha de ser un momento de meditación, de contemplación sincera de los misterios que vamos a celebrar a lo largo de esta semana. Como Moisés en el monte del Señor hemos de descalzarnos porque el lugar que pisamos es sagrado. Cada una de las palabras, cada uno de los gestos que vamos a realizar están cargados de significado, pero no cualquier significado, sino de aquel que es salvación.

El evangelio que introduce la celebración de este domingo nos narra la entrada de Jesús en Jerusalén; el texto sagrado es un verdadero envío misionero. Las palabras de Jesús son las mismas que utiliza el Señor en el envío que hace a sus discípulos en otros momentos de la historia evangélica. Los envía de dos en dos, y los envía con un verbo imperativo: Id. Como aquellos discípulos, también nosotros somos enviados a contar las maravillas que ha hecho el Señor por su entrega obediente y generosa, por la que nos ha conseguido la salvación. No podemos callar el ejemplo del Señor, ejemplo de una vida sumisa a la voluntad de Dios; no podemos callar las enseñanzas de la pasión del Señor, verdadero testimonio para los hombres; no podemos callar la gozosa experiencia de su resurrección gloriosa. No callemos, mis queridos hermanos, el amor que Dios nos tiene y que ha manifestado en la encarnación y muerte de nuestro Salvador en la cruz.

La lectura de la pasión de Jesús que hemos escuchado según San Mateo no necesita muchos comentarios; permitidme sólo alguna consideración que quiere ser invitación y exhortación a vivir esta Semana Santa con un verdadero espíritu cristiano. No basta con recordar, con repetir ritualmente unos gestos, hemos de vivir, experimentar, hacer memoria viva de nuestra salvación.

San Mateo comienza su relato de la pasión con el anuncio de una traición y de una fidelidad. Mientras Judas, uno de los discípulos organiza la entrega de Jesús por unas cuantas monedas- se ha puesto precio al hombre-, Jesús quiere celebrar la Pascua con sus discípulos. Judas traiciona, Jesús cumple la promesa de Dios realizando la nueva y eterna alianza. Cómo no descubrir aquí nuestra propia historia y la historia de la humanidad. Trenzadas de traición y fidelidad avanza nuestra vida y la propia historia de los hombres. En nuestro afán de ser libres de cualquier dependencia, incluso de la del Creador, traicionamos lo que somos y a lo que estamos llamados; y ante esto, la respuesta es siempre la fidelidad del Dios que viene con nosotros. Silencios, miradas, gestos, humillaciones, son las respuestas de fidelidad de Dios a los hombres. Es lo que hemos contemplado en la pasión. Cristo es el signo definitivo de la fidelidad de Dios a los hombres.

El camino de la cruz es un camino misterioso. Nos cuesta comprender por qué hemos sido salvados en una cruz. ¿No podía Dios habernos salvado de otra manera?, nos hemos preguntado muchas veces, y muchos se preguntan y levantan un muro que les hace imposible la fe. Dios nos ha salvado en la cruz porque es el modo de mostrarnos su amor, llegando hasta lo más hondo del alma humana, llegando a las profundidades del amor. Aunque parezca duro, es el modo de respectar nuestra libertad. La tentación más grave que nos puede amenazar como creyentes es esperar la salvación evitando la cruz, la Pascua; conocer y aceptar a un Dios sin Pascua. ¿Acaso se puede dar el amor como limosna, desde arriba? ¿No baja el amado a la tierra de la amada para entregarle su amor? Dios ha bajado, y nos ha amado como nosotros podemos ser amados, como necesitamos ser amados, con un amor que libera, que salva.

En la primera lectura, el profeta Isaías, nos ha presentado al Siervo del Señor, en el que nosotros vemos un anuncio de Cristo. El Siervo asume su misión, no sin dolor, pero confiado, sabe que no se verá defraudado. Cumple con una misión, que asume voluntariamente, sin echarse atrás, ni resistirse, con una fuerte conciencia que es instrumento de salvación. Como dice San Beda, el Venerable: «Así será evidente para todos que él va a sufrir la pasión por su propia voluntad, no a la fuerza». El Siervo, a pesar del sufrimiento, no queda confundido; el dolor, la fuerza de la pasión, no lo confunden, sabe dónde va, y va voluntariamente. Cristo es el Siervo del Señor que comparte nuestros sufrimientos y dolores para poder decir al abatido una palabra de aliento. Es capaz de compadecerse de nosotros porque ha compartido nuestros dolores. Santa Ángela de Foligno sintió como Dios le decía: «Como ves, no te he amado de broma». Sí, hermanos, Dios no nos ha amado de broma. Nos ha amado, y nos ama, de verdad, hasta el extremo. El amor de Dios, manifestado en la Pascua de Cristo, es el acontecimiento más real de la historia, no es una leyenda, no es un mito, es una verdad gozosa, para experimentar y gustar cada momento de nuestra vida.

Nuestra respuesta a este amor, sólo puede ser la de compartir los mismos sentimientos de Cristo, Las palabras de San Pablo en su carta a los Filipenses son la mejor síntesis para este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Obediencia, humildad, generosidad, entrega son los sentimientos que expresan el misterio del abajamiento del mismo Dios, que no hizo alarde de su categoría divina, sino que se despojó y se hizo uno de nosotros, hasta compartir la muerte más ignominiosa. A los misterios de la Pascua sólo se puede entrar desde la obediencia a la voluntad de Dios, desde la humildad y la entrega.

Os invito, queridos hermanos, a pedir al Espíritu Santo que ponga en nuestros corazones estos sentimientos de Cristo, que nos hagan vivir en profundidad los misterios de nuestra salvación. Por nuestra parte, hagamos ambiente para vivir estos días santamente. La oración, la meditación de la Palabra de Dios y la participación en las celebraciones litúrgicas, así como los actos de piedad y el acompañamiento de la piedad popular en las estaciones de penitencia, sin olvidar el recogimiento y la austeridad de vida, serán, sin duda, la mejor actitud para estar cerca del Señor y compartir su camino de cruz y resurrección.

Acompañemos a Jesús que entra en Jerusalén, vayamos hasta su resurrección que es la victoria sobre el mal y la muerte; esa fuerza imparable que lleva al mundo y a la historia hasta su consumación al final de los tiempos, cuando nazcan el cielo y la tierra nuevos.

+ Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix

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