Entrevista a Mons. Orozco en la revista Iluminare, con motivo de la Jornada de la Infancia Misionera

Diócesis de Guadix
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La diócesis de Guadix es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, erigida en 1492 y, según la tradición, procedente de la diócesis de Acci, fundada por San Torcuato en el siglo I. Su sede es la catedral de Guadix.

Entrevista a Mons. Orozco en la revista Iluminare, con motivo de la Jornada de la Infancia Misionera

 

Entrevista a Mons. Francisco Jesús Orozco, obispo de Guadix

“Los niños forman parte de la gran misión que Jesús confió a su Iglesia

Nacido el año 1970, Mons. Francisco Jesús Orozco Mengíbar desarrolló su ministerio sacerdotal en la diócesis de Córdoba, hasta que, a finales de 2018, fue nombrado y ordenado obispo de Guadix. En la Conferencia Episcopal Española es, desde 2020, miembro de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros niños y niñas para que cada uno pueda descubrir quién es a los ojos de Dios?

Lo primero y el mejor regalo para los niños es recordarles que son hijos muy amados de Dios. A veces los niños reciben mensajes que les hacen du- dar de su valor: notas escolares, comparaciones, exigencias, familias rotas en las que no cuenta lo que ellos quieren y sienten. Especial- mente los niños que más su- fren en el mundo pueden experimentar que no son ama- dos. Frente a eso, la fe les re- gala una verdad preciosa: Dios los ha pensado únicos y los quiere tal como son, aunque cada día han de trabajar por ser mejores. Ayudarles a descubrirlo significa enseñarles a rezar con sencillez, a dar gracias por la vida, a escuchar la Palabra de Jesús. Con gestos cotidianos de cariño, de acogida y de escucha, los adultos también les mostramos que son valiosos a los ojos de Dios. Y al experimentar que son muy importantes para Jesús, la estima de la fe les construye como caminos de esperanza para el bien común en la Iglesia.

¿Qué tiene que ver identificar la propia misión con ser uno mismo?

La misión no es algo añadido, como una tarea extra, sino la forma de vivir nuestra identidad. Cuando un niño descubre lo que le gusta, lo que sabe hacer bien, y lo pone al servicio de los de- más, está encontrando su misión. Ser uno mismo es aceptar con alegría los dones recibidos y ponerlos en camino. Así, misión y autenticidad van unidas: solo siendo quien Dios ha soñado que seas puedes vivir tu misión en plenitud. La misión es anunciar a todos el amor del Señor desde lo que somos: hijos amados.

¿Están los más pequeños bien predispuestos a la apertura hacia los demás y al apostolado? ¿Cómo ayudarles a crecer en este sentido?

Los niños son naturalmente abiertos: saben compartir, se alegran del bien de los demás y tienen un corazón sensible ante quien sufre. Nuestra tarea es cuidar esa apertura para que no se cierre con el egoísmo, la indiferencia, ni con las consecuencias de las malas decisiones de los adultos que les rodean. ¿Cómo ayudarles? Dándoles ejemplo en casa y en la parroquia, mostrándoles que servir a otros es fuente de alegría. Cuando un niño participa en una campaña solidaria, reza por otros o colabora en su grupo, aprende que su vida tiene un impacto positivo en el mundo, haciendo felices a otros con su vida.

¿De qué modo contribuye Infancia Misionera a que cada niño ocupe “su” lugar en la gran misión de la Iglesia?

La Infancia Misionera enseña a los niños que no son solo receptores, sino protagonistas. Les ayuda a descubrir que la Iglesia es familia universal y que ellos tienen un lugar en ella, con sus oraciones, con sus pequeños gestos de generosidad y con su ilusión. Así crecen sabiendo que su fe tiene una dimensión misionera y que no están solos: millones de niños en todo el mundo viven lo mismo y juntos forman parte de la gran misión que Jesús confió a su Iglesia.

¿Es verdaderamente posible para los niños ayudarse entre sí con la oración y el compartir, a pesar de las distancias y de las desigualdades de nuestro mundo? ¿Cómo les ayuda esto a ser más “ellos mismos”?

Sí, es posible y sucede. Los niños rezan con una fe sencilla y sincera que llega al corazón de Dios. Cuando un niño en España reza por otro en África u otro continente, y a la vez comparte una pequeña ayuda material, está experimentando que la fraternidad no tiene fronteras. Esto les hace más auténticos, comprometidos y protagonistas con la suerte del mundo, porque descubren que su vida está hecha para amar. Al dar y recibir, aprenden que ser ellos mismos significa vivir abiertos a los demás, no encerrados en sus propios problemas.

¿Estamos mostrando a los niños de hoy la opción misionera ad gentes y ad vitam? ¿Podemos hacerlo mejor?

Lo hacemos, pero todavía nos queda mucho más por hacer. Los niños necesitan conocer testimonios de misioneros que han entregado la vida para anunciar a Jesús en lugares leja- nos. Esos ejemplos despiertan su imaginación y les hacen soñar con un mundo más grande que el suyo. No escondamos a los niños el sufrimiento del mundo ni los encapsulemos en una vida fácil y de corta visión. Podemos hacerlo mejor si, desde pequeños, les ayudamos a ver la misión no como algo extraño o heroico, sino como parte natural de la vida cristiana. Hemos de enseñarles a ser agradecidos con todo lo que poseen y solidarios en el dolor de quienes no lo tienen. Hablarles del “sí” generoso de tantos misioneros abre la puerta para que un día ellos también se planteen, como Iglesia, entregarse del todo en la misión ad gentes y ad vitam.

Rafael Santos

Revista Iluminare

 

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