
Lucas también aborda comportamientos que se dan en la sociedad, en la religión, en las familias y en todo grupo humano, donde, llevados por la soberbia de considerarnos o desear ser mejores y más importantes que los demás, ser reconocidos en un status superior y tener privilegios que nos distingan de los demás, nos esforzamos por destacar y adquirir más autoridad. Esto repercute en las relaciones interpersonales creando división, desigualdad y marginación.
Situados en un banquete, que es una fiesta de encuentro y amistad, y siendo Jesús invitado por un fariseo cumplidor de la Ley, el Señor se siente incómodo por cómo actúan algunos de los invitados que compiten por los primeros puestos.
Este escenario lo aprovecha Jesús no sólo para denunciar abiertamente el hecho, sino para corregir y enseñarnos a sus discípulos que nosotros tenemos que ser diferentes porque tenemos otros valores que él ha venido a mostrarnos con su ejemplaridad y que son los que transformarán el mundo. Esos valores son los del Reino de Dios.
Somos invitados por el Señor a pasar de la lucha y la competitividad entre nosotros, que nos enemista, a vivir desde la humildad y la compasión con los demás, que nos confraterniza. El cristianismo no va de éxitos, recompensas y premios que engordan a nuestro ego, sino de poner a los demás, y especialmente a los más vulnerables, en el centro de nuestras vidas.
Podremos presumir de mucho. Pero si nos falta la caridad, desde la humildad y la gratuidad, también tenemos mucho de lo que avergonzarnos, porque ante Dios: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.
Emilio J., sacerdote
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