María Elisabet Hesselbald

María Elisabet Hesselbald

En Roma, beata María Elisabet Hesselbald, virgen, la cual, oriunda de Suecia, después de varios años de trabajar en un hospital restauró la Orden de [Santa Brígida], notable por su solicitud hacia la contemplación, la caridad para con los necesitados y la unidad de los cristianos.

Nació en un pueblecito sueco llamado Fâglavik, el 4 de junio de 1870, siendo la quinta de una familia de trece hijos. Fue bautizada en el seno de la iglesia luterana. En el año de 1886, para ayudar al sostenimiento de su familia, se fue a trabajar en Kârlosborg y después en Estados Unidos como enfermera en el Hospital Roosevelt en Nueva York.

A través de su vida de oración y la devoción que se despertó en ella por la Virgen, fue orientándose hacia la Iglesia Católica y el 15 de agosto de 1902, en el Convento de la Visitación en Washington, recibió el sacramento del bautismo católico. Hizo un viaje a Roma, donde recibió el sacramento de la Confirmación. Visitó también el templo de Santa Brígida de Suecia, y allí escuchó la voz de Dios que le dijo: «Es aquí donde deseo que te pongas a mi servicio». El 25 de marzo de 1904 se estableció definitivamente en Roma en la casa de Santa Brígida junto a la congregación que allí vivía.

En 1906 San Pío X le concedió llevar el hábito de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida y de profesar sus votos religiosos como hija espiritual de la santa de Suecia. El 9 de septiembre de 1911, junto a otras 3 postulantes inglesas, refundó la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida con la misión de orar y trabajar especialmente por la unión de los cristianos de Escandinavia con la Iglesia Católica.

Durante y después de la II Guerra Mundial realizó sus obras de caridad en favor de los pobres y trabajando por el ecumenismo. Desde el inicio de su Fundación atendió su preocupación la formación de sus hijas espirituales para las que fue madre y maestra. Les recomendaba la unión con Dios, la ardiente flama de asemejarse al Divino Salvador, el amor a la Iglesia y al Romano Pontífice y de hacer oración para que existiera un solo redil y un solo Pastor añadiendo: «Este es el fin primario de nuestra vocación».

A sus hijas les decía continuamente: «Debemos nutrir un gran amor hacia Dios y hacia el prójimo, un amor fuerte, ardiente, que queme todas las imperfecciones, soporte fuertemente un acto de impaciencia, una palabra hiriente y con esto se presta a llegar con premura a un acto de caridad». La cruz que abrazó cristianamente durante su vida, se acentuó durante sus últimos años de vida. Murió en fama de santidad el 24 de abril de 1957. Fue beatificada por el papa San Juan Pablo II el 9 de abril del 2000.

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