Los nuevos mártires y Granada

De los casi quinientos mártires que se beatificarán próximamente en Roma, pocos tuvieron una relación directa con Granada, pues ninguno de los 23 procesos que componen esta beatificación se ha llevado en esta Diócesis. Por P. Javier Carnerero osst.

Como se ha difundido ampliamente por los medios de comunicación social, el 28 de octubre se celebrará en Roma la beatificación de 498 nuevos mártires de la persecución religiosa que sufrió España en los años de la República y la Guerra Civil. No quiero tratar aquí las causas y el alcance de tal persecución aunque sí apuntar que, ciertamente, superaban los mal llamados efectos colaterales de cualquier conflicto bélico, que se enmarcan en un clima político y social común a toda Europa y propio de las ideologías totalitarias y que se cebaba con instituciones que por principio no se sometían a su programa (desde ese punto de vista la Iglesia fue perseguida tanto por el nazismo como por el comunismo, que en eso, como en tantas otras cosas, se daban la mano, y en España lo fue desde el comienzo de la República con la anuencia de las autoridades).

Más importante que el contexto socio–político es el testimonio humano de los mártires y su mensaje cristiano de vida, de perdón y de valor. Eso es lo que la Iglesia ha expresado en el culto a sus mártires (que desde el inicio murieron perdonando como Cristo en la cruz), ya que la mayoría de los estructuras sociales en los que se dieron las persecuciones han desaparecido, a veces sin más recuerdo, pero no el recuerdo de la victoria de aquellos que con Jesús dieron la vida por amor.

De estos casi quinientos mártires, la verdad es que pocos tuvieron una relación directa con Granada, pues ninguno de los 23 procesos que componen esta beatificación se ha llevado en esta diócesis. Sin embargo, hoy quiero presentaros una figura que pienso que es interesante por su cercanía intelectual con nuestra ciudad y, sobre todo, con nuestra Universidad: Fr. Melchor Martínez Antuña, de la Orden de San Agustín. Este padre estudió en nuestra Universidad de Granada donde obtuvo la licenciatura de Filosofía y Letras; después se doctoró en Madrid en la especialidad de historia y cultura árabes y amplió estudios en el Cairo (Egipto) y en el Líbano. Erudito arabista, completó gran cantidad de trabajos, traducciones del árabe y reseñas bibliográficas (siendo importante su catalogación de escritos árabes de la biblioteca de San Lorenzo del Escorial de la que fue primer bibliotecario). A pesar de su joven edad (nació en 1889) su prestigio académico era grande y ya era académico correspondiente de la Academia de Historia (otros tres académicos agustinos murieron con él).

Profesor de la Escuela de Estudios Árabes de Madrid, recibió de ésta y de su homóloga aquí en Granada este sentido homenaje al publicar en la revista Al Andalus los trabajos que dejó entregados antes de su fallecimiento:

 “Al publicar el primero de ellos, las Escuelas de Estudios Árabes de Madrid y Granada rinden emocionado tributo de plegaria y recuerdo a la memoria del inolvidable compañero, mártir de la religión y de la ciencia”.

Parecido homenaje le hace desde el destierro Claudio Sánchez de Albornoz (Ministro del Gobierno republicano y Presidente de la República en el exilio) cuando publica su tesis doctoral en Argentina:

“Nunca pensó su autor [el P. Melchor] dejarla inédita [su tesis, defendida en el 1935]. No llegó a publicarla porque fue asesinado durante la revolución social que siguió al alzamiento militar de julio del 1936. Me había confiado tres copias de su estudio… he querido sólo aquí explicar mi limpieza de intención al dar a la estampa la tesis doctoral de Antuña, como había publicado sus versiones, inéditas también, de Ibn Riqa y de Ibn al–Fallad, siempre movido por el hispano sentimiento de fidelidad a la amistad en la vida y en la muerte”.

Efectivamente, la persecución no se llevó sólo por delante a un religioso sacerdote sino a un eminente profesor y erudito; muchos de sus estudios, como los de tantos otros hombres de ciencia, probablemente se perdieron para siempre y tal vez, como en otros casos, la posibilidad misma de volverlos a reemprender al destruirse también los manuscritos, bibliotecas o archivos en los que estos trabajos se basaban. No es, sin embargo, la razón de estas letras dolerse del daño causado sino llamar la atención sobre el merecido homenaje a quién desde el estudio estuvo en algún modo unido a la ciencia de nuestra Ciudad (como alumno, como estudioso, como profesor), pues, aunque enseñaba en Madrid, ciertamente tuvo relación con nuestra Universidad, donde pronunció alguna conferencia. Me ha llamado la atención el título de una de ellas “Aspecto de la cultura del reino musulmán granadino: La Madraza y sus profesores”, pronunciada en la Escuela de Estudios Árabes el día 3 de marzo de 1934. No debe olvidarse que ambas escuelas nacieron hermanas y daban a luz juntas la prestigiosa revista Al Andalus, hoy sustituida por Al Qantara. Al Andalus, desgraciadamente, no llegó a publicar esta ponencia.

El P. Melchor murió en Paracuellos de Jarama, junto con muchos compañeros de su comunidad y otros cientos de sacerdotes y religiosos. Las crónicas de la Orden destacan que todos ellos murieron perdonando; ahora la Iglesia, al concederles el honor de los altares ensalza su amor a Dios y a los hombres, más fuerte que la muerte.

Los Padres Agustinos no tienen casa en nuestra diócesis pero si la tienen otros religiosos que con ellos beatifican a sus hijos (trinitarios, franciscanos, dominicos, carmelitas, salesianos, hermanos de las escuelas cristianas, maristas, adoratrices, etc.) a ellos se puede acudir si se tiene interés en participar en este evento de gozo para la Iglesia.

 
Los nuevos mártires y Granada (II)


Hace unos días publicaba en esta misma revista un artículo sobre los nuevos mártires que serán beatificados el próximo 28 de octubre. Otra vez vuelvo sobre este tema para presentaros otras figuras que tuvieron relación con nuestra diócesis. Si el otro día hablábamos de un religioso sacerdote, académico y erudito de ese mundo árabe tan entrañable para los granadinos, las figuras que hoy os presento son radicalmente distintas. Y eso es hermoso, pues los 498 mártires, pese a que muchos de ellos son religiosos profesos, nos dan un amplio abanico de edades, vocaciones, actividades, estratos sociales, etc. estando todos unidos en la fidelidad a Cristo.

Nuestras protagonistas, son mujeres sencillas, abnegadas en el trabajo silencioso de la Misión, consagradas a una hermosa tarea social en pro de la mujer en exclusión social. Qué paradójico, si me permitís, que nuestros beatos, a pesar de haber nacido a finales del s. XIX y a representar para muchos lo reaccionario y contrario a la modernidad, fuesen precisamente tan actuales en su actividad académica y en su trabajo social. Dionisia (Sulpicia) Rodríguez Anta, Emilia (Máxima) Echevarría Fernández y Sinforosa Díaz Fernández de la Sda. Familia fueron tres hermanas adoratrices que trabajaron en nuestra diócesis en periodos comprendidos entre 1905 y 1930; las dos últimas, además, emitieron su profesión perpetua en nuestra ciudad. Sus vidas no resaltaron como la del P. Melchor por los logros académicos y la familiaridad con personajes de la vida cultural de su tiempo; ellas trataban con las jóvenes maltratadas de la vida, las prostitutas. El amor que contemplaban en la Eucaristía lo testimoniaban en el servicio a las más pobres entre las pobres. La libertad que el Redentor nos trajo con su sacrificio, era rememorado por ellas no sólo en cada eucaristía sino en el compromiso diario con las muchachas que tenían acogidas en sus casas. Pero el Señor quiso pedirles más, quiso que rubricaran con su sangre derramada el compromiso de su vida consagrada hasta la muerte, las unió a sí, haciéndolas eucaristía, acción de gracias al Padre, sacrificio de holocausto y comunión, buen pan de Cristo como diría san Ignacio de Antioquia.

En mi anterior artículo os refería como los regímenes y contextos sociales que vivieron muchos mártires han desaparecido completamente mientras el testimonio de sus vidas permanece. Las religiosas adoratrices siguen trabajando en nuestra ciudad como entonces en su abnegada labor por la mujer y, después de 150 años sin triunfalistas proclamas, viven hoy el gozo de la beatificación de estas hermanas llamadas por Dios a un amor más grande; sintámonos muy unidos a ellas en la oración y pidamos al Padre que muchas jóvenes alentadas por estos testimonios puedan seguir su ejemplo de vivir, como ellas, la Eucaristía en el servicio.

Las hermanas adoratrices preparan la peregrinación y os invito a acompañarlas en su alegría. Para ello podéis contactar con: H. Pilar Uríbarri, C/. Ramírez de Arellano n.º 11 91/4136230– 28043 Madrid, o con las comunidades de religiosas en Granada.

 

Los nuevos mártires y Granada (III)

 

Vuelvo de nuevo en estas líneas a presentaros un mártir relacionado con nuestra ciudad; esta vez es un sacerdote del clero secular de Córdoba, aunque forma parte del proceso de los PP. Salesianos por su vinculación como cooperador, junto con otros dos laicos también cooperadores: una madre de familia con una hija de pocos años y un joven catequista de 22 años. Su relación con nuestra ciudad es de tipo académico ya que en ella estudió Derecho, al menos un año (1897-98). Sin embargo, mi interés en esta figura no depende tanto de esto, pues ya nos detuvimos en un eminente erudito, sino en el sacerdote y el pastor. De todas formas no quiero olvidar que fue un hombre entregado al estudio con un brillante currículum académico, vocación al estudio que fácilmente aprendería entre sus profesores salesianos de Utrera.

 
D. Antonio Rodríguez Blanco fue un hombre de grandes dotes, estimado por sus superiores y que sin gran dificultad podría haber accedido a prelacías y puestos de autoridad, pero Dios quiso para él la vida parroquial, primero en su villa natal Pedroche, apenas un año, y después de dos cursos como profesor en el seminario, en Pozoblanco, su destino definitivo. Entrañable el elogio que hace de él el Sr. Obispo: “tendría cargos para darle en el palacio episcopal; pero como es un santo, lo envío a Pozoblanco para que sustituya a su tío, fallecido con fama de grandes virtudes”.

Los testimonios recogidos en el proceso de beatificación inciden en su celo pastoral, presentándolo como un incansable predicador y excelente director de almas, asiduo al confesionario, donde esperaba a los fieles y que procuraba que éstos murieran habiendo recibido los sacramentos; trabajando siempre por la gloria de Dios, él mismo enseñaba el catecismo a los niños, si era necesario. Un trabajo de tal intensidad (teniendo además en cuenta que nunca dejo de lado sus intereses académicos) tenía su base en una gran piedad, que era percibida (y esto es extremadamente importante) por sus coetáneos; así, resaltan su constancia en la oración, su amor a la Virgen y a la Eucaristía, lo edificante que era en la celebración, su fidelidad al sacramento de la confesión para él mismo y su interés por progresar en el camino en la perfección, no avergonzándose de pedir ayuda para limar sus defectos. Quince meses antes de su martirio, el Siervo de Dios hizo unos ejercicios espirituales; en ellos se propuso dejarse crucificar con Cristo por los hombres a los que era enviado como pastor, insiste en la contemplación del crucificado y en su amor a Cristo como remedios para vencer su amor propio y su vanagloria, confiándose en la amorosa mirada de la Virgen de quien se dice su esclavo.

Si todo esto fuese poco para ver en él un modelo de párroco tenaz y entregado, ejemplar por su celo y devoción, el supremo testimonio que el Señor le pidió rubricó estas virtudes y su entrega por su pueblo, principal anhelo de un pastor. Frases como “si me matan, en el cielo podré hacer más por vosotros” nos hacen ver cómo estaba su esperanza puesta en Dios; pero lejos de alejarle de la realidad, lo entregaban a ella con un coraje inusitado. Consiguió que se anulase una orden que impedía a los católicos asistir a la misa dominical tiempo antes de que la situación se desbordara. Cuando la situación empeoró y ya se tenían noticias de trágicos sucesos (entre ellos en su propio pueblo natal, con la muerte de familiares directos), muchos le aconsejaron de marcharse pero él no quiso abandonar su parroquia; a la fuerza tomó algunas precauciones, como ceder la sotana o vivir en otro lugar, pero rehusaba esconderse y siguió ejerciendo el ministerio bautizando a los niños que en esos días nacían, quería ir a celebrar al hospital, etc.

En muchos países los cristianos (y otras confesiones religiosas) no pueden vivir su fe con libertad, siendo ésta apenas consentida en el ámbito privado, o abiertamente perseguida como una lacra perniciosa. En estos lugares viven agentes pastorales, sacerdotes, consagrados o laicos que con gran riesgo, incluso de su vida, llevan la palabra de Dios, los sacramentos y el don de la fe a esas pobres gentes. Nosotros, sin embargo, gozando en buena medida de paz y libertad, nos enzarzamos en discusiones inútiles, hacemos dejación de nuestras obligaciones y no damos testimonio de nuestra fe aplanados por el hedonismo reinante, más fuerte que la persecución abierta. Ojala que testimonios como el de este santo sacerdote, mártir de Cristo, puedan ensanchar en nuestra alma el deseo de ser fieles y coherentes. Don Antonio Rodríguez Blanco, murió corriendo hacia la cruz del cementerio a la que pidió abrazarse antes de morir, los que lo ajusticiaron creyeron impedir esta última voluntad, pero el Señor colmó con creces su deseo.

Los padres Salesianos organizan también una peregrinación a la que os animo a uniros si es vuestro deseo. Para más información pueden dirigirse al P. José Martín Pulido 954426812 o a las comunidades de salesianos de Granada.

 

Los nuevos mártires y Granada (IV)

 

Hoy quiero presentaros unos mártires que no estuvieron en Granada, ni tienen relación directa con ella, pero que murieron en un santuario de gran devoción para muchos granadinos, el Real Santuario de la Virgen de la Cabeza. La difusión de esta advocación mariana por nuestra diócesis y la vecina de Guadix es evidente desde Colomera a Motril; son muchas las cofradías, ermitas e incluso las parroquias que la tienen como titular. Entre las cofradías: Colomera, Granada, Benalúa de las Villas, Olivares, Montillana, Montejícar, Illora, Zújar, Churriana de la Vega; y entre las parroquias se encuentran Ogijares, Motril, Capileira y Notáez. En Granada capital la cofradía es muy antigua y la imagen llegó a dar nombre a un convento carmelita hoy desaparecido. También en Cogollos de Guadix y Galera, en el Marquesado y en el Valle del Zalabí existe esta devoción mariana. Aunque no todas las advocaciones de la Virgen de la Cabeza presentes en Granada se enlazan con el Santuario, como la de Cozvíjar o Motril, que tienen su propia leyenda, esta extraordinaria extensión parece bastante lógica, si tenemos en cuenta la antigüedad del Santuario y su difusión; así, defienden algunos que el origen de esta devoción en la peregrinación de Exfiliana sea la repoblación con gentes de Jaén posterior a la expulsión de los moriscos, pese a que en la misma se conserva una leyenda particular de la aparición. Es por ello que la beatificación de los “padres del Santuario”, como cariñosamente se llama a los religiosos que regentan esta institución, podrá ser de interés y de gozo para muchos de vosotros.

Los Trinitarios llevaban poco tiempo en el cerro del cabezo, desde 1930, y su llegada había colmado de gran satisfacción al pueblo cristiano pues, pese a la precariedad de las comunicaciones y la dureza de vivir en un lugar tan aislado, el culto y la atención a los peregrinos se había mejorado considerablemente. No era para menos, pues uno de aquellos primeros frailes, el P. Félix de la Virgen, fue proclamado venerable por Juan Pablo II, reconocimiento de la Iglesia de sus virtudes heroicas. Al año siguiente se comenzó la construcción del convento junto a la ermita. Seis años llevaban por tanto los frailes trinitarios en el Santuario cuando comenzaron los desórdenes; la comunidad se componía de cinco padres y un hermano: José María de Jesús (superior), Prudencio de la Cruz, Segundo de Santa Teresa, Fernando de la Resurrección, Juan de Jesús y María, y el hermano cooperador fray Luciano Aguirre. Se conserva un relato detallado del arresto y la muerte de los padres, gracias a la crónica que nos dejó el P. José María de Jesús que sobrevivió, después de muchas penalidades en la cárcel, junto con P. Fernando y el hermano Luciano.

Es paradójico que la llegada de los milicianos al Santuario, ante las sospechas de que en él se refugiaban fuerzas rebeldes, fue propiciada por los mismos padres que les invitaron hacer un registro minucioso del mismo que les persuadiera de lo infundado de sus temores. De nada sirvió; días más tarde se les pidió que abandonaran el recinto (con la orden expresa de abatirlos si no lo hacían). Los religiosos pudieron consumir las especies eucarísticas y despedirse de la Virgen; cuenta el superior cómo en ese acto “se rezó la estación y se cantó la Salve Regina… ¡sorprendente escena! Los mismos milicianos respondían, a coro, a los rezos y cantos de los religiosos”.

 “Los trinitarios del Santuario estaban a oscuras de la persecución total contra la religión desatada en aquellos días.” Con en esa inocencia no eran capaces de comprender la causa de su expulsión: “¿Por qué nos echan de aquí? ¿Es que tienen alguna queja de nosotros, sea moral, sea administrativa?”. “No tenemos ninguna queja de ustedes. Comprendemos la injusticia, pero como este régimen no admite frailes, tienen que bajar del Cerro.” Los milicianos aconsejaron a los padres quitarse los hábitos; sólo el Padre Prudencio no consintió y cuando el miliciano le advirtió del peligro que corría, él contestó: “No importa, si por eso nos matan, estamos muy conformes de morir como religiosos”.

En Andujar (ciudad en cuyo término está el Santuario) los religiosos debieron hospedarse en distintas casas; los padres Prudencio y Segundo lo hicieron juntos, recuerdan sus anfitriones cómo se pasaban el día rezando y preparándose para la muerte, seguros de que era su fin; efectivamente, apenas dos días después de bajar del Santuario, con la excusa de interrogarles, los sacaron de allí y en una calle les dispararon por la espalda, según el testimonio de los vecinos a los que conminaron a encerrarse en sus casas. El P. Segundo minutos antes les había ofrecido un cigarrillo. Era el 31 de julio de 1936.

El P. Juan de Jesús y María apenas llevaba cuatro meses en la comunidad; había llegado desde Madrid, donde era rector de la Iglesia de san Ignacio de los Vascos, confiada a la Orden, y que fue incendiada en los disturbios marzo del 36, lo que le turbó mucho. El P. Provincial vio la conveniencia de salvaguardarlo enviándolo al campo. Su martirio fue más largo y doloroso que el de sus hermanos, primero porque ya comenzó en su iglesia de Madrid, segundo porque su estancia en la cárcel fue larga, cuatro meses en Andujar y después a Jaén, hasta la noche del 2 al 3 de abril de 1937. En Jaén, su cárcel, junto a otros muchos, fue la santa Iglesia Catedral, en un lugar burlescamente llamado “Villa Cisneros” por estar reservado a los condenados a muerte; los sacerdotes no estaban oficialmente condenados a la pena capital, pero se les dispuso allí para que acompañasen a bien morir a los otros reos que por las noches eran llamados por nombre. De nada le valió esa circunstancia a nuestro padre Juan, que también fue llamado al martirio; se confesó con otro sacerdote y junto con muchos compañeros sacerdotes salió para recibir la palma de la victoria; incitados por D. Francisco Solís, el cortejo fue cantando al martirio; así lo testimonió tiempo después un miliciano presente: “todos se pusieron a cantar. ¡A cantar, don José! Esto no se ha visto nunca. ¡Pues sí, a cantar! ¡Cómo les pondría la cabeza! Y seguían cantando mientras disparaban los fusiles. ¡Esto no se ha visto nunca!”.

“Cantando hasta la muerte. Estremecedora escena martirial. El último recuerdo de don Bartolomé Torres, el sacerdote con quien se confesó el P. Juan antes de salir de la Catedral, fue precisamente ese: iba entonando cánticos piadosos. Seguramente, entre el numeroso grupo destacaría la bella voz de bajo del religioso trinitario que hiciera las delicias de los madrileños en la iglesia de San Ignacio. Cantando… hermosa manera de confesar a Cristo en los últimos momentos por parte de aquellos que, en semejantes circunstancias, gozaron de la más amplia libertad de espíritu”.

 
Cantemos como ellos al Señor por la alegría de su victoria, por el gozo de su testimonio, por la gracia de la beatificación. Los padres trinitarios preparan una peregrinación; si algún devoto de la Virgen quiere acompañarles puede ponerse en contacto con el Santuario, o con el P. Rafael Márquez en Andújar tel. 953500239, o en la página web www.trinitarios.net.

 
Los nuevos mártires y Granada (V)

 
Como última figura de esta pequeña serie que os he querido presentar para prepararnos a la beatificación, quiero mostraros un laico, D. Álvaro Santos Cejudo. No me consta que trabajara en Granada, aunque muy bien podría haber traído su tren hasta aquí en su condición de maquinista de RENFE, en los muchos viajes que tuvo que hacer en su vida. Pero aunque su figura no esté relacionada con nuestra ciudad, no podría dejar estas líneas sin presentar entre ellas alguno de los laicos que serán beatificados el próximo 28 de octubre. Entre ellos hay madres de familia, jóvenes catequistas, padres de religiosos, adoradores nocturnos, cooperadores salesianos, miembros de Acción Católica; pero teniendo que elegir he escogido a este hombre trabajador, padre de familia, adorador nocturno, por serme más cercano.

Fue adorador nocturno en el convento de Alcázar de San Juan de los PP Trinitarios en el que yo entré en la Orden hace ya 25 años, allí asistió a todas las vigilias de su turno que su trabajo le permitía, aun a costa de quedarse sin cenar por haber llegado tarde de un viaje o a pesar de tener que salir pronto por la mañana y no poder descansar. Paradójicamente, esa misma iglesia fue su última morada, ya que fue convertida en lugar de detención e interrogatorio después de sacrificada la comunidad, y allí lo llevaron con el pretexto de interrogarlo y ese mismo día que le mataron. Me es muy cercano pues como sacerdote presidí en nuestra iglesia alguna vigilia del grupo de adoradores, que aún permanece, y recuerdo, también, cómo un venerable padre me narraba las atrocidades que se hicieron en nuestro convento, dónde estaba la sala de los interrogatorios, cómo encontraron el convento cuando volvieron allí.

Este buen hombre, fue fiel seguidor y defensor de Dios y de sus ministros, aunque no fuera lo políticamente correcto entre sus compañeros y le valiese que algunos le señalasen con el dedo o le apuntasen con un arma. Pero él confió en el Señor, al que amaba, se aferró a la promesa de que Él no nos prueba por encima de nuestras fuerzas y que derramar la sangre por Cristo limpia todas nuestras culpas, diciendo: “mis enemigos no podrán nunca hacerme más daño que el que Dios les permita”. Un hombre de tierna piedad, bueno y cabal en su estado y oficio, no dejaba la misa diaria cuando podía y cuando su oficio se lo impedía lo sentía amargamente; se quitaba de comer no sólo por los necesitados (nunca fumó para que a su madre no le faltase para vivir) sino para sostener a la Iglesia en sus necesidades, llegando a dar para la colecta del Domud lo que ciertamente le hacía falta para comer, diciendo a sus hijas: “Hazte cuenta que no damos nada, que lo damos al que todo lo da, y Él hará que podamos pasar estos días con lo que tenemos en casa”.

No dudo en ofrecer a Dios con generosidad los sacrificios con los que le fue probando durante su vida, ni cuando se llevó a su mujer, ni cuando sus hijas le dijeron que querían ser religiosas, a pesar de que se quedaría solo; es más, todo ello le acercó más a Dios. Probado en lo poco fue llamado a más grande servicio. Inculcó en sus hijos el amor a Dios, a la Iglesia, el gusto por la oración en familia, por las buenas lecturas, la libertad de espíritu contra las modas y los respetos humanos. Por todo ello era llamado por sus coetáneos “beato”, una palabra que en ciertos ambientes se ha convertido en un insulto y que en aquellos días aciagos era una condena de muerte. Esa fue la culpa de D. Álvaro Santos Cejudo, ser beato, no perder la misa, rezar asiduamente el rosario y el trisagio, defender a los sacerdotes, tener dos hijas religiosas y llevar una vida digna como hombre y como cristiano. Ahora la Iglesia lo proclama así, beato (=bienaventurado), como hizo a la Virgen su prima santa Isabel cuando, al recibirla en su casa, la criatura saltó en su vientre: “bienaventurada tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

El día de su arresto algunos compañeros intentaron salvarlo; de hecho evitaron que se le ejecutaran allí mismo, pero no pudieron evitar que fuese llevado a la prisión. En ella compartió suerte con algunos hermanos de la Salle y sacerdotes seculares, con los que rezaba el rosario, confesaba y sufría las mismas vejaciones con los que sus captores se cebaban con estos ministros de Dios. De allí pasó al convento de Alcázar y de ahí fue sacado para ser fusilado el 17 de septiembre de 1936 a los 56 años de edad. Sus restos reposan en esa misma iglesia por voluntad de sus dos hijas, monjas trinitarias.

 

 

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