Carta de Mons. Santiago García Aracil, Arzobispo de Mérida-Badajoz

Por su interés, publicamos la Carta que el Arzobispo de Mérida-Badajoz ofrece a sus fieles diocesanos ante una información calumniosa hacia su persona.

Queridos hermanos sacerdotes:

Siempre os escribo con gozo comunicándoos reflexiones personales que gusto compartir con vosotros, o invitándoos a participar en determinados acontecimientos y celebraciones de especial importancia eclesial, y por tanto, Diocesana. En esta ocasión mi carta pretende ayudaros a vencer el escándalo ocasionado por algún que otro sacerdote, hermano nuestro, que ha dado una información errónea, hiriente, calumniosa y motivadora de escándalo. A mí, al menos me escandalizaría que un obispo fuera capaz de actuar de la forma que se manifiesta en la información mediática. Con gran dolor sospecho que, como los periodistas no se lo inventan todo, ha tenido que haber alguna fuente presbiteral desgraciadamente insidiosa. Me hace pensar en ello el hecho de que la información cuente con la carta que un sacerdote envió al Sr. Nuncio, evidentemente, sin haber entablado comunicación alguna conmigo sobre el asunto que da a entender que tanto le preocupa.

En la nota informativa que me ha llegado se habla de cincuenta sacerdotes manifestando su sorpresa y desacuerdo sobre las obras que se están realizando en la Diócesis. Nadie me ha dado nombres. No es lo más elegante esconderse en el anonimato al tiempo que dan todos los detalles de la persona a quien evidencian, aireando además a los cuatros vientos noticias completamente falsas y calumniosas. Siento que no hayan recabado previamente la necesaria información que muchos sacerdotes compañeros suyos tienen porque yo mismo la he dado en distintas reuniones a diferentes grupos al final del curso pasado y en lo que va de este.

Nunca han denotado elegancia de espíritu ni el anonimato, ni la información no contrastada, sobre todo si es calumniosa. Siento este hecho sobre todo porque ofende al conjunto de los sacerdotes, que en nada participan de esta desafortunada manera de pensar y, menos aún, de actuar. En verdad estos modos no corresponden al estilo propio de un ministro del Señor que, el día de su ordenación prometió obediencia y respeto al Obispo. Este respeto tiene dos condiciones básicas: la fidelidad a la verdad y obrar con caridad. Puedo asegurar que el conjunto del clero de esta querida Archidiócesis tiene mejor estilo y más limpia vivencia de su condición sacerdotal.

Insisto en que todo lo que constituye motivo de disgusto y de desacuerdo en quienes lanzan al público la denuncia sin garantizar la verdad de lo que dicen, ha sido materia de información personal mía en distintos círculos, equipos o consejos sacerdotales. Vuestro obispo no esconde nada a sus colaboradores cuando afecta a la vida de la Archidiócesis. Así lo habéis comprobado incluso en asuntos personales míos.

Me parece una deformación grave de la verdad, afirmar que las obras que se realizan en el piso alto del Arzobispado pretendan construir un palacio. ¿Qué entienden por palacio? Hay que perdonar determinadas ignorancias. Pero debemos advertir que algunas de ellas, como ésta, constituyen grave deformación de la verdad, y perjudican a quien las promueve, a quien las va a utilizar sin rigor, y, sobre todo, a las gentes de buena voluntad que se van a escandalizar por ellas. Esta forma de actuar no es la más acorde con la urgencia de predicar el evangelio con obras y palabras. Esto es lo que corresponde a la misión evangelizadora en que se ocupan en nuestra diócesis las personas responsables.

El Sr. Arzobispo Coadjutor, que habitará la vivienda a que se hace referencia, y que nada tiene que ver con un palacio, es suficientemente sencillo y sincero como para haber manifestado sus enmiendas ya que conoce con detalle los planos del arquitecto y la intención de esta obra, y le ha parecido muy bien.

Las obras del Seminario tienen su motivación en la defensa del edificio muy deteriorado y con el peligro de graves consecuencias en el resto ya restaurado (como son el Salón de Actos, el Comedor grande y la cocina). Estas obras se están realizando de acuerdo con la información que he dado repetidas veces a los hermanos presbíteros que han querido escucharme.

La situación de la Biblioteca era verdaderamente preocupante por el peligro que corrían los fondos entre los que se cuentan obras de inmenso valor que supongo conocéis. La intervención en la Biblioteca era necesaria, además, porque había interferencias entre el acceso a la sala de lectura y la autonomía que requiere la vida del Seminario y del Colegio diocesano.

A la vista de esta información absolutamente veraz que os doy, cabe preguntarse: ¿Es honesto calificar este cometido en favor del patrimonio de la Diócesis como causa de gastos «llamativos, inoportunos y escandalosos por innecesarios»? ¡Ay, Señor! ¡Qué fácil es hablar sin conocer, y qué cómodo es juzgar sin buscar la debida información! Yo siento que estas afirmaciones hayan salido del clero. ¿No os parece? Pero, una vez más quiero decir que nuestro clero no es así, gracias a Dios. Este patrimonio calumnioso lo ostenta sólo, como ya he dicho, un grupúsculo insignificante. Sepan estos hermanos que, a pesar de todo, cuentan con mi indulgencia y con mi afecto personal.

Respecto de los costes de las obras debo deciros que son conocidos por el Consejo Diocesano de Asuntos económicos y por el Colegio de Consultores, y que no corresponden a las cantidades citadas en la tendenciosa información que se ha publicado. Los gastos, muy reducidos por cierto, de la obra realizada en el Arzobispado están pagados por un dinero de libre disposición del Obispo que yo no he utilizado para mi casa ni para mis necesidades, y que no será agotado con esta obra de menor envergadura y cuantía de la imaginada por algunos.

Añado que la afirmación de que el total llegará o pasará los tres millones de euros es, sencillamente, falsa. Y es vergonzoso que portavoces de cotilleos, o responsables de medios de información tendenciosa desfiguren la realidad inventando lujos impensables en estas obras, cuya sola mención ha escandalizado a los trabajadores que las llevan a cabo. ¡Qué barbaridad! ¿Puede haber gente tan mala que utilice la pluma para calumniar sin fundamento ?

No quiero descender a las acusaciones difamatorias contra mí que se incluyen en el paquete informativo, porque denigran a quien las ha facilitado como veraces, y a quien las ha instrumentalizado y hecho públicas. Esto es, sencillamente, una grave calumnia. Yo estudié en el catecismo que la calumnia se perdona cuando hay propósito de devolver la fama sustraída o dañada injustamente. La sensatez y buen espíritu del presbiterio diocesano supera con creces las cotas que alcanzan los autores de los escritos que desgraciadamente nos ocupan.

No me entretengo más. Agradecería que tanto a mí como a los obispos que podáis tener en lo sucesivo les tratéis como vosotros gustáis ser tratados. Puedo aseguraros que las constantes llamadas telefónicas me manifiestan tanto disgusto por estos hechos, como escándalo, porque, piensan que, de una forma u otra, provienen de algunos sacerdotes.

Sabed que vuestro actual obispo no guarda secretos con sus sacerdotes en lo que se refiere a la diócesis, tanto en el orden material como en el espiritual. Puesto que me reúno frecuentemente con vosotros, y la puerta de mi despacho y de mi casa están siempre abiertas a todos, y mi mesa disponible, como saben muchos, no habléis de oídas. Fundamentaos bien. Estoy a vuestra disposición.

En la comunión eclesial cabe la discrepancia en lo opinable, pero no la ligereza al hablar, ni la falta de estilo sacerdotal al comportarse con los hermanos.

Gracias por prestarme vuestra paciente atención. Y ya sabéis: cuando tengáis la necesidad de saber algo de primera mano, sin abandonaros a imaginaciones, acudid a vuestro obispo. Seréis muy bien recibidos.

Un cordial abrazo de vuestro obispo y hermano.

+ Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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