“Que el Señor nos conceda vivir bien esta Cuaresma llenos de gozo por el amor a Jesucristo”

Homilía de D. Javier Martínez en la Eucaristía de imposición de la ceniza, en la S.I Catedral el 2 de marzo, y Jornada de ayuno y oración por la paz en Ucrania convocada por el Papa Francisco.

Ahora es el tiempo de la gracia, hoy es el día de la salvación.

Qué bien. Qué bien que nos conceda el Señor este tiempo de conversión. Es decir, de dirigir a Él nuestra mirada y, sobre todo, de dirigir a Él nuestro corazón, y pedirLe, con un corazón sencillo (al menos, esa es mi oración y la comparto con vosotros. Y quisiera que esa súplica fuera muy sencilla en mi vida): Conviérteme, Señor, para que me convierta. Cambia Tú mi corazón de piedra en un corazón de carne. Quita de mi la vanidad, el orgullo, la hipocresía, el deseo de ser reconocido por los demás, todo lo que no eres Tú y que impide que Tú puedas ser reconocido en mi vida, en nuestras vidas. Que Tú puedas ser reconocido a través de nuestros gestos más que a través de nuestras palabras, en nuestro modo de vivir, en nuestro modo de relacionarnos unos con otros, en nuestro modo de estar en este mundo y de estar en esta vida.

Y qué bien que la Iglesia nos ofrezca un año más este tiempo, que es un tiempo para ejercitarse, no es un tiempo para flagelarse. El flagelarnos viene siempre del espíritu del mundo. No es según el espíritu de Dios, nunca. El autoflagelo es una miseria del orgullo humano que le duele no estar a la altura de la talla que uno quisiera estar. Lo que la Iglesia quiere es que vivamos según el corazón de Dios. Y nos ofrece cada año tres prácticas, muy sencillas las tres. Prácticas en las cuales aprendemos a vivir para Dios. Y viviendo para Dios, a poder querer mejor o a querer bien a los demás. Esas tres prácticas son las tres que nos ha presentado el Evangelio de hoy. Y las tres son sencillas: la oración, la limosna y el ayuno.

Nos ha dicho el Señor en el Evangelio cómo hay que practicarlas, no para que los demás nos alaben, sino para que sea Dios quien pueda encontrar hueco en nuestro corazón, que es la única manera digna de ser vivida: vivir con el Señor, acoger al Señor en nuestras vidas, de forma que sea Su amor el motor de esas vidas. Hemos conocido a Jesucristo. Hemos conocido a Jesucristo y lo veneramos, lo amamos y sabemos que somos amados por Él. Pero pasa con nuestro amor a Jesucristo y con nuestra experiencia con Jesucristo como pasa con todas las cosas humanas: que se llenan de polvo, de fatiga, que somos dados al olvido, a no caer en la cuenta del tesoro que tenemos con haberlo conocido y con poderlo llevar con nosotros en nuestro camino de la vida. No sólo como, si Dios quiere, haremos este año en las procesiones de Semana Santa. Si el Señor no dispone otra cosa, vamos a celebrarlas con toda nuestra alma y con todo nuestro ser. Es ese honor de llevar como costaleros un trono, un paso, de hacer una estación de penitencia; es sólo un signo del honor que es llevar a Cristo en la vida: en nuestro trabajo, en nuestros estudios, en nuestras relaciones humanas, hasta en nuestra familia.

Diréis, estamos viviendo un momento –a nadie se os oculta- que es un momento nuevo en la historia de la humanidad. Esta guerra, esta invasión de Ucrania por las tropas rusas es una nueva herida en esta vieja Europa que fue cristiana. Yo pensaba, lo decía esta mañana en un acto. Dios mío, lo que ha sido el pueblo cristiano ruso. La de cosas que le debemos. Y yo me acordaba de tres pasos en mi vida: la lectura del “Peregrino ruso”, cuando era un adolescente; mucho después, “La Filocalia”, con selecciones de Padres de la Iglesia escogidas y que sólo se han conservado en ruso, padres del siglo II y del siglo III; y luego, esa obra profética de ese gran novelista que ha sido Dostoyevski y que ha sido un verdadero profeta de nuestro tiempo y de los males de nuestro tiempo. Una profesora que yo tuve que me abrió a mí el mundo de los cristianos de los primeros siglos en Oriente, era una mujer sin fe que se acercó a la fe leyendo a Dostoyevski y consagró su vida después a enseñar. Eso le hizo que se interesara por el monacato ruso y después por el monacato primitivo y era una gran experta en los primeros siglos de la Iglesia. No se trata de condenar ahora mismo al pueblo ruso. Esta misma tarde me decía alguien que en Rusia está habiendo manifestaciones y manifestaciones contra la guerra. Y que están llevándose a miles de personas a la cárcel por manifestarse contra la guerra. No son los pueblos los que se enemistan unos con otros. Somos arrastrados por las propagandas, por las mentiras que dominan muchas veces nuestras sociedades hiper desarrolladas o mal desarrolladas.

Esta misma mañana yo participaba en un acto con un patriarca ortodoxo que pertenece al Patriarcado de Moscú pero que es por nacimiento ucraniano. Y me decía él su dolor.

Esta Cuaresma que nace con la herida en nuestro pueblo, porque no pensemos que esté lejos, aunque la sigamos en los medios, la televisión, lo que vemos no es una película de Netflix; lo que vemos es una tragedia que si el Señor nos diera… también nosotros abriríamos… (el pueblo polaco se ha abierto de par en par para recibir víctimas de un tipo o de otro). Si el Señor nos diera a nosotros, pues también nosotros nos abriríamos y recogeríamos en nuestras familias a refugiados ucranianos. Es una situación tan tremenda que nos muestra, sencillamente, la urgencia de convertirnos, de volvernos a Dios. Y de protestar en nuestro corazón y con nuestra palabra contra toda forma de injusticia, de búsqueda de poder que humille, que maltrate, que trate de apoderarse del otro.

Señor, tú nos has hecho hijos tuyos y quieres que vivamos como hijos tuyos. Y nos propones, aparte del rito de la ceniza, estos caminos. El Papa ha pedido que el día de hoy fuese un día especial de oración y de ayuno. Y yo lo recuerdo ahora para que lo vivamos más así, en el tiempo que queda, este día. Pero que este tiempo de Cuaresma sea verdaderamente un tiempo de ejercitarnos en la vida de un cristiano. El amor a los demás que es la limosna, el desprendimiento de uno mismo y de los bienes de este mundo que viene con la frugalidad, con la práctica del ayuno, que se entrena uno en él, en la práctica del ayuno; a saber que no nos dominen las cosas, que no nos dominen nuestras pasiones. Y la limosna, que no es la limosna que damos a un mendigo. Es una vida que esté regida por la caridad. A veces es más importante una limosna de un cuarto de hora de tiempo que damos a alguien de nuestra familia, o de una llamada de teléfono, o de una limosna que damos a veces para quitarnos al mendigo de en medio o para que no venga detrás de nosotros.

Pero vuelvo al principio. La situación en la que está el mundo es tan evidente que necesita del testimonio cristiano, que no es de héroes. Estamos a la sombra de los mártires que hemos celebrado el domingo. Eran cristianos del montón a quienes el Señor les ha dado la gracia del martirio, para que nosotros descubramos la belleza de ser cristianos del montón. La belleza de ser agradecida y orgullosamente cristianos, porque es el bien más grande que tenemos. El lema “Tu Gracia vale más que la vida”: teniéndoTe a Ti, Señor, lo tenemos todos; si no Te tuviéramos a Ti, aunque tuviéramos el mundo entero no tendríamos nada. Ni un sentido para la vida, ni significado para el amor, ni una razón por la que vivir, por la que amar, por la que perdonar, ni siquiera alguien a quien acudir cuando somos nosotros los que necesitamos ser perdonados.

Que el Señor nos conceda vivir bien esta Cuaresma, celebrar la Semana Santa llenos de gozo por el amor a Jesucristo y porque podemos volver a celebrarla, y comenzar en la Pascua como si acabáramos de ser creados por el Señor con el gozo de una vida siempre nueva, eternamente nueva. Esa es la vida que Dios, que el Señor nos ha prometido y que no dejará de cumplir, porque nunca ha dejado Dios de cumplir sus promesas.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

S.I Catedral
2 de marzo de 2022

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