“Que el Señor nos conceda el Espíritu que nos permita vivir como hijos de Dios”

Homilía en la Misa del miércoles de la III semana de Cuaresma, el 10 de marzo de 2021.

Nosotros tenemos la tendencia a pensar (también por una larga historia de un modo de concebir a Dios que no proviene de la Tradición cristiana, sino de otras Tradiciones que se nos han colado por dentro) a pensar que la Ley de Dios tiene, como tienen muchas veces las leyes humanas, algo de arbitrariedad. Es decir, que la Ley es ley porque Dios ha querido y nada más. No por ningún motivo intrínseco y que, si Dios ha querido que cosas de las que consideramos que están mal, estuvieran bien y nos lo hubiera enseñado así, pues sería así.

Eso es una concepción profundamente errónea de la Ley de Dios. Los Mandamientos de la Ley de Dios tienen una correspondencia profunda con la verdad de la Creación, con la verdad de nuestro ser, de nuestro corazón. Precisamente, por eso son una fuente de vida, de sabiduría, de alegría, de gozo. Y es que hay cosas que Dios no puede hacer. Es muy fácil decir: “Dios es omnipotente, por lo tanto puede hacer lo que quiera”. Pero Dios no puede mentir, por ejemplo; Dios no puede odiar, por ejemplo; y así, sucesivamente. Es decir, hay un vínculo profundo, profundísimo, y eso da luz, da luz sobre Dios y sobre el Ser de Dios; da luz sobre nuestras vidas. Dios es Amor. Ese es el Dios que hemos conocido en Jesucristo: Dios es la Verdad suma, el Bien sumo, la Belleza suma.

La Escritura no habla mucho de la belleza de Dios, pero habla constantemente de la Gloria de Dios. Y la Gloria de Dios es la palabra que tiene el mundo del Antiguo Testamento para hablar de Su Belleza. “Es el resplandor de Su Verdad”, como definiría santo Tomás la Belleza.

Entonces, efectivamente, hay cosas que Dios no puede porque es quien es. Es lo que es: la Verdad suma, el Bien sumo, es decir, el Amor sumo y la Belleza suma. Y verdad, amor y belleza están tan entrelazados entre sí mismos que, al final, todo eso es Dios. Y nosotros, como criaturas suyas, no lo somos igual que lo son la madera o los animales, sino que participamos de una manera especial del Ser de Dios, porque somos imagen y semejanza suya. Entonces, la Ley de Dios, Dios nos comunica caminos por los que podemos vivir más de acuerdo con la Voluntad de Dios. Pero es muy, muy importante que caigamos en la cuenta de que vivir según la Voluntad de Dios no es obedecer a un capricho de alguien que manda, sino que vivir más según la Voluntad de Dios nos permite ser nosotros mismos. Realmente, nos hace crecer como personas y cómo tenemos experiencia de ello. Pongo el ejemplo de la mentira, que ya subrayaba san Agustín y san Juan Pablo II lo puso de relieve en alguna ocasión. Dice: “La mayoría de los hombres mienten, pero nadie quiere que le mientan”. Nadie disfruta con que le mientan. Al revés, cuando uno se siente engañado, se siente de alguna manera humillado, como ofendido. ¿Por qué nos sentimos así? Porque, efectivamente, la mentira no corresponde no sólo a la Voluntad de Dios, sino a la exigencia más profunda de nuestro ser.

Los Mandamientos de la Ley de Dios son todos Mandamientos que están como inscritos también en nuestro ser, de una manera muy, muy profunda, por mucho que los violemos, y por mucho que, naturalmente, el mal no se presenta a nosotros nunca con capa de mal. Nadie buscaría el mal, nadie se enamora del mal, nadie quiere el mal. Si muchas veces caemos en el mal de una manera o de otra, por avaricia, lujuria, egoísmo, caemos porque se nos presenta con capa de bien. Y es verdad que lleva algo de bien para que podamos comernos esa píldora. Luego, como ese bien no es grande, no es lo que domina, sino que lleva consigo otra cosa, terminamos cayendo en la otra cosa. Los bienes de este mundo son un bien, pero vivir para acumularnos es una manera de ser esclavos. El amor entre un hombre y una mujer es un bien, lleva dentro de sí la exigencia de amor esponsal, o las exigencias que lleva consigo la amistad, lleva consigo la fidelidad, la gratuidad, todo un conjunto de cosas que hacen, que dan contenido a la estructura familiar y que dan contenido a una sociedad sana verdaderamente. La lujuria nunca se presenta como mal, se viste con capa de amor, pero ese amor es una forma de avaricia, es una forma deformada, contrahecha, del amor.

Cuando el Señor dice, por lo tanto, en el Evangelio de hoy que “el cielo y la tierra pasarán, pero Sus palabras no pasarán”, y no dejará de cumplirse ni una letra pequeña, ni una tilde de la Ley, no está convirtiéndonos en “tiquismiquis”, cumplidores de los aspectos exteriores; está invitándonos a que comprendamos cuál es el corazón y el alma de la Ley. El corazón y el alma de la Ley es, justamente, la realización de nuestra vocación humana de ser imagen y semejanza de Dios, parecernos a Dios. Eso está escrito en nuestro corazón. Hay una cosa que se llama “la ley de oro” que resume, y que se encuentra también fuera del mundo de la Escritura: “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Eso es como un principio que se encuentra inscrito de maneras distintas en muchas culturas. Cristo le puso a esa “ley de oro” una manera de cumplimiento que pone verdaderamente de manifiesto tanto la novedad del cristianismo como la plenitud de nuestra vocación en Cristo: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Es decir, que nuestro modo de amar, que nuestro modo de querer esté marcado por un amor, con un amor semejante a aquel con el que Dios nos ama a nosotros. Esa es la nueva Ley. Este es el Mandamiento nuevo que decía Jesús. El Mandamiento antiguo está inscrito en nuestro corazón. Amar como Dios no ama a nosotros es una novedad grande que necesita primero que recibamos el Espíritu de Dios, que necesita que tengamos el Espíritu de Dios en nosotros para que sea el Espíritu quien nos sugiera la belleza y el bien que hay en esa forma de amar.

Quiera el Señor quiera concedernos, de cara al Bautismo, de cara al Misterio Pascual que vamos a celebrar, de cara a nuestra renovación pascual, ese Espíritu que nos permita vivir como hijos de Dios y reflejarlo en todas nuestras acciones.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral
10 de marzo de 2021

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