“La Cuaresma, un tiempo fuerte de conversión”

Mensaje de D. Javier Martínez, arzobispo de Granada, para el tiempo litúrgico de Cuaresma, que comienza el 17 de febrero de 2021.

Estamos a las puertas de la Cuaresma. Como todos los tiempos litúrgicos, son tiempos educativos. Tiempos en los que la Iglesia quiere ponernos de relieve especialmente un aspecto, o unos aspectos esenciales de la vida cristiana. En ese sentido, la Cuaresma es un tiempo fuerte y el pueblo cristiano lo ha entendido siempre así.

Un tiempo fuerte de conversión, que no significa simplemente hacer propósitos de ser mejores. La conversión es algo mucho más importante, porque tiene que ver con volver nuestra mirada a Dios. Y yo diría que, en este año, cuando llevamos más de un año de limitaciones de todo tipo causadas por la pandemia, necesitamos volvernos a Dios de una manera especial. Necesitamos a Dios. Te necesitamos Señor. Necesitamos Tu Presencia. Pero para eso también necesitamos volvernos hacia Ti. Volvernos hacia Ti y necesitamos las tres cosas que la Iglesia nos propone en la Cuaresma. La primera de ellas la oración. Pueden hacerse oraciones que uno tiene en un devocionario o en un libro; pueden hacerse las oraciones que todos conocemos desde niños; pueden hacerse oraciones muy sencillas, jaculatorias: “Señor, ten piedad”. Se puede repetir mil veces: “Señor, ten piedad”. Y es una oración que si el corazón la dice de manera sincera, es una oración preciosa que jamás el Señor deja de escuchar.

Pero hay que volverse a Dios, porque tenemos necesidad de Dios. Justo la fragilidad, la vulnerabilidad que se ha puesto de manifiesto en nuestras vidas, que nos ha destronado de nuestra condición de dueños del tiempo y del espacio, dueños de la historia, dueños de nuestros proyectos de vida, nos ha destronado de esa situación. Nos hace sentirnos criaturas mortales, frágiles, a veces con el dolor de la pérdida de un ser querido muy cerca de nosotros. Sentimos un poco, como en los terremotos, que la tierra tiembla debajo de nuestras pies. Tenemos necesidad, Señor, de saber que Tú permaneces; que Tu amor permanece para siempre; que Tu fidelidad es eterna y que Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre.

Necesitamos edificar nuestra vida, nuestros deseos y nuestras acciones sobre esa roca que Tú eres, para que tiendan también hacia Ti, que eres el único objetivo en la vida que no queremos perder, porque todos los demás los perdemos, más tarde o más temprano. Tú eres el único que realmente puedes sostener la fatiga y el trabajo que significa vivir y dar sentido y contenido, y una alegría verdadera a las cosas bellas, que también se dan en nuestras vida constantemente.

Mis queridos hermanos, la oración es vital, porque es la expresión de nuestra vuelva, de nuestra conversión a Dios. Y luego, la Iglesia nos enseña otras dos cosas, que son útiles y que yo creo que es necesario volver a ellas. El ayuno, es decir, no me refiero a una aplicación -si queréis, pequeña, demente- de las leyes sobre el ayuno que ha dado la Iglesia en otros tiempos. Pero sí una conciencia de que podemos vivir con lo necesario y nada más que con lo necesario; que podemos prescindir de muchas cosas que no son necesarias. Y que el objetivo de la vida no es acumular, no sólo en la comida, sino también en la vida; sino que el objetivo de la vida es compartir. Y para eso hay que aprender a prescindir de cosas, que, no siendo necesarias, podemos pasar sin ellas y se las podremos compartir con otros.

Mis queridos hermanos, el último camino que la Iglesia nos propone todos los años para la Cuaresma es la limosna. Pero yo os invitaría que no pensáramos en la limosna como un gesto aislado, sino como una actitud a aprender. En realidad, las tres cosas de la Cuaresma: el estar vueltos hacia Dios, el aprender a no depender de las cosas de este mundo, ni de la posesión de las cosas de este mundo, empezando por la comida, y de compartir con nuestros hermanos, son tres cosas que nos hacen más humanos, son tres cosas que Dios quiere para nosotros, porque también ellas nos hacen crecer. Sobre todo ellas nos hacen crecer: crecer como personas, crecer en nuestra vocación de seres humanos. Y sólo ellas hacen posible un mundo, no sólo que se parezca más al designio de Dios, sino, porque se parece más al designio de Dios, más digno de ser vivido, más alegre, más bonito.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

16 de febrero de 2021

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