“Bajo Tu manto, Madre, nos sentimos protegidos”

Homilía en la Eucaristía del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, ofrecida por la intención de los hermanos palieros de la Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, el 27 de septiembre de 2020. Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada de Jesucristo (amada hasta la muerte), Pueblo Santo de Dios;

queridos sacerdote concelebrantes;

Hermano Mayor, miembros de la Junta Directiva;

Y queridos hermanos todos, que nos seguís a través de las cámaras de televisión diocesana y todos aquellos que van a venir a lo largo del día y de estos próximos días, a poner sus vidas y, sobre todo, sus sufrimientos, sus ansiedades, a los pies de Cristo y de la Imagen de Nuestra Señora.

Hoy es justo un día para eso. Venimos todos, y como la vida humana es siempre dramática, siempre marcada por el contraste entre unos anhelos de alegría, de felicidad, de verdad, de bien y de belleza infinitos; y luego, la trama de la vida, que por unas razones o por otras y de una manera misteriosa, porque no siempre nosotros somos “responsables”, al menos de una manera plena, de lo que nos sucede, sino que lo padecemos: las enfermedades las padecemos, algunas circunstancias, muchas, en nuestra vida, las padecemos… No somos dueños de todo, ni de nosotros mismos ni de lo que nos rodea; entonces, la vida humana siempre es dramática.

Había un drama relativo (pero que no era drama), antes del pecado, en el Paraíso, porque estábamos hechos para el árbol de la vida. Estábamos hechos para Dios, pero sólo podíamos alcanzar a Dios obedeciendo, acogiendo su voluntad y fiándoos de Él. No lo hemos hecho. No nos hemos fiado del Señor. Hemos preferido fiarnos de nosotros mismos. Y entonces, eso ha sembrado como una especie de cáncer en nuestra humanidad y en nuestra historia, que tiene mucho que ver con las cosas mismas que padecemos. Es verdad, una úlcera de estómago también puede tener mucho que ver con el estrés y con modos de sufrimientos que uno soporta y que aguanta. Hasta una serie de cólicos de hígado, de cólicos de riñón, he sabido yo que tienen que tienen que ver con sufrimientos morales. Quiero decir, que hay muchas enfermedades que son psicosomáticas, en las que pesa también una parte sufrimientos que son de naturaleza moral y no sólo de naturaleza física. Pero es verdad que todos tenemos una condición mortal y que, más tarde y más temprano, aunque sea de la edad, tendremos que despedirnos de nuestra peregrinación y acceder a la vida definitiva. Pero mientras estamos peregrinando, esa vida es dura, es pesada muchas veces y ese es nuestro drama. Y acudimos a Nuestra Señora a depositar a sus pies dolores físicos que tenemos.

Había, no sé si era un refrán o un dicho gracioso (…): “El que, cuando ha cumplido cincuenta años, al ponerse los zapatos por la mañana, no le duele ningún hueso, es que se ha muerto’”. (…) es verdad, y cincuenta años hoy los tiene cualquiera. Entonces, le presentamos nuestros dolores de huesos, le presentamos nuestra humanidad como es, le presentamos nuestras heridas morales, que todos llevamos de cosas que hemos padecido, de circunstancias que nos han hecho daño, de traiciones que hemos vivido, de cobardías o de ser manipulados o instrumentalizados por los intereses de otros. Todo eso de lo que nos damos cuenta y mentiras; cuánto daño hace cuando uno se da cuenta de que te están mintiendo, y eso cuánto envenena nuestro corazón. Eso, de las cosas que nos vienen de fuera, pero también de las cosas que nos vienen de dentro. Cuánto nos envenena nuestra envidia, nuestro egoísmo, nuestra avaricia, nuestra lujuria. Si queréis, todas las pasiones vienen a ser formas de avaricia, de una manera o de otra. Pero cuánto nos envenenan. Cuánto hacen fea una vida que, sin embargo, hemos recibido para que sea bonita, para que sea bella.

Pues, todo ese dolor, de fuera y de dentro, todas esas heridas, todo ese mal incluso nuestros pecados… Juan Pablo II hablaba, al comienzo de la primera de sus Encíclicas –“El Redentor del hombre”-: “El hombre no puede vivir sin amor. Cuando le falta el amor en la vida, la vida se le vuelve oscura, nebulosa, confusa, y él mismo no sabe cómo desenvolverse en ella”. Por eso tenemos necesidad de acercarnos a Jesucristo. De acercarnos a Jesucristo, fuente y culminación de todo amor. Y tenemos que acercarnos con nuestras limitaciones, con nuestras vidas como son, con nuestro carácter y -dice él- “con nuestra pecaminosidad”, hasta con nuestros pecados.

Señor, nos presentamos ante Ti, pobres, pequeños, heridos, tal como estamos. A lo mejor, desangrándonos.

¿Y por qué nos presentamos ante Ti? ¿Por qué nos presentamos especialmente ante Tu Madre y nos acogemos al manto de Tu Madre? Una de las cosas más bellas que yo he dicho una vez en este año en la Novena (porque me acompañan constantemente y me parece que son una preciosidad) ha sido que las oraciones de la Iglesia a la Virgen son siempre oraciones “de reserva”. Es decir, cuando hemos acudido al Señor, cuando Le hemos pedido al Señor mil cosas, cuando hemos acudido a todos los santos, ¿quién nos queda? Siempre, siempre nos queda nuestra Madre. Y quien decía esta frase la explicaba diciendo: “No hay una sola oración de la que la Iglesia hace a la Virgen que no la pueda hacer todo ser humano”, hasta el más grande de los pecadores. Casi, hasta una persona -diríamos- que no practica, que está decepcionada de la Iglesia, que está decepcionada de la vida de los cristianos, incluso que tiene sólo esa fe que no llega ni siquiera a ser fe, sino que es la duda de que a lo mejor hay algo y uno dice “por si acaso, Señora, no me abandones”. Si Le pedimos que nos toque la lotería de Navidad es muy probable que no nos escuche. A veces, si Le pedimos que nos dé trabajo y, a veces, si Le pedimos que nos dé salud, es probable que no nos escuche si nuestro cuerpo está muy herido o si tenemos mucha edad. Pero cuando Le pedimos, “Señora, no me abandones, que yo pueda vivir con la certeza de que Tu Hijo y Tú estáis conmigo siempre”; que yo pueda vivir con la confianza de que el amor de Cristo no se aparta de mí jamás, por muy miserable que yo haya sido, por muy desgraciado que haya sido. El Señor lo sabía cuando me creó; sabía todo lo que iba a ser mi vida, todos mis límites, todas mis circunstancias, las sabía todas y no se echó atrás de dar Su sangre y Su vida por mí. Y Tú, unida a Su Pasión, recibiste a Juan, y en Juan nos recibiste a todos nosotros. Recibiste a Juan como hijo. Dice san Bernardo en el Oficio de Lectura de hoy: “Menudo cambio. Cambiar al Hijo de Dios por un siervo”, como Juan, aunque fuera el más amigo del Señor, pero en él nos recibías a todos y no te has avergonzado nunca de nosotros.

Aquí, en la Virgen de las Angustias, cantamos la frase “protégenos con Tu manto”. Y yo, cada vez que canto esa frase, me acuerdo de una virgen, que suele haber más bien en el norte de Europa, donde ella levanta el manto y debajo del manto hay un montón de hombrecitos y de mujeres colocados allí debajo del manto, y me parece siempre una Virgen muy bonita, porque es una imagen de Ella.

“Que el Señor no nos vea a nosotros; que vea a Tu Madre”. Y los sacerdotes levantamos las manos en la liturgia, para que el Señor no nos vea a nosotros; que vea a Su Hijo en la oración que hacemos en nombre de la Iglesia. Todos, todos podemos, todos, seamos quien seamos, sea nuestra historia la que sea, aunque estemos desangrándonos si queréis hasta de crispación y de rabia, todos podemos acudir a Ti. Porque, desde que el Hijo de Dios se encarnó—también lo ha dicho el magisterio muchas veces—, se ha unido en cierto modo a todo hombre, y eso significa que no hay gesto de amor que no sea un poquito una participación en el amor de Cristo, y que no hay sufrimiento humano que no sea una participación en la Pasión de Cristo. Yo sufro, pero es Cristo quien sufre en mi. Yo amo, pero es Cristo quien ama en mí. Yo grito, pero es Cristo quien grita en mí, quien vive y se ofrece a su Padre a través de ese sufrimiento mío, y le ofrece mi pobre vida, mi pobre vida se la está ofreciendo el Señor.

En la Eucaristía todo eso sucede de una manera que llamamos sacramental, porque es la única manera que tenemos en la Tradición latina de decirlo. Significa, en realidad, “misteriosa”, es decir, sucede de una manera a través de los gestos de la Iglesia y de las Palabras que el Señor nos ha enseñado y transmitido. Sucede verdaderamente de una forma misteriosa, pero sucede. Es Cristo quien se ofrece al Padre, pero se ofrece con todos nosotros. Y unida a Él está Su Madre y Su Madre es nuestra Madre. Y bajo Su manto, a lo mejor no nos atrevemos a estar en otro lugar delante de Dios, incluso el día del Juicio. Yo me moriría de vergüenza seguramente el día del Juicio. Decía algún Padre de la Iglesia que, en el día del Juicio, todos nuestros hermanos van a ver nuestros pecados y yo lo pienso y digo: “Señor, me voy a morir de vergüenza cuando vean mi tibieza, mi mediocridad, mi hipocresía a veces, mis pecados todos”. Y, sin embargo, debajo del manto de la Virgen me siento absolutamente tranquilo y hasta no me importa que se vean esos pecados. Han sido redimidos por el Señor y, en ese momento, no tendré en mí más que cantos de alabanza y lágrimas, probablemente de gratitud, de gratitud al Señor, por haberme querido tanto sin haberlo merecido nunca.

Ese es el significado más profundo de esta fiesta y ese es el significado que sin formularlo en estas palabras el pueblo cristiano entiende perfectamente. (…) Acudimos a Ti, Señora, porque todos tenemos la necesidad de la Misericordia de Dios y acudimos a Ti, Señora, porque bajo Tu manto nos sentimos protegidos de una manera especial por esa misericordia infinita de Dios. Y ojalá nos des, como respuesta a esa Misericordia, un amor parecido al tuyo, de forma que no sólo podamos saber que Cristo sufre en mí los sufrimientos de todos los hombres y los míos, y que por lo tanto no estoy solo cuando sufro, sino que pueda yo ofrecerlos como Tú, junto a Tu Hijo, también por la salvación del mundo, también porque la Misericordia del Señor pueda llegar a todos. Y “a todos” es “a todos”, sin excepción, sin ninguna excepción, a la humanidad entera, porque la Sangre de Cristo tiene un valor que es infinitamente mayor que el de todo el mal del mundo.

Vamos a profesar nuestra fe, llenos de gratitud y de alegría.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de septiembre de 2020

Basílica de Nuestra Señora de las Angustias (Granada)

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