Ante la Jornada Mundial del enfermo: «El poder curativo de la fe»

Artículo publicado en el Semanario «Fiesta» de la Diócesis de Granada del Delegado de Pastoral de la salud, con motivo de la Campaña del Enfermo que comienza con la Jornada Mundial del Enfermo, que celebramos el 11 de febrero.

Con la celebración de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, el próximo 11 de febrero, se abre la Campaña del Enfermo del presente año que se culminará con la Pascua del Enfermo, el 13 de mayo, celebrando el VI Domingo de Pascua.

La Campaña de 2012 está dedicada al “poder curativo de la fe”. El lema está tomado del tema para la Jornada Mundial del Enfermo: Levántate y vete, tu fe te ha salvado (Lc 17, 19), que desde el Consejo Pontificio para la Salud ya nos adelantaban para el trienio 2010-2013. Este año, en concreto, “la gracia especial de los sacramentos”.  

El anhelo de obtener la curación de las enfermedades es tan antiguo como la aspiración a la existencia y a la salud. En los grandes acontecimientos de la existencia la fe aparece con todo su realismo: “Dios no me ha dado la gracia de creer”, decía un ateo ante la proximidad de la muerte. En el don de la fe se abre el ser humano a la fuerza curativa y salvadora que proviene de Dios y actúa en el interior de la persona.

Parece evidente que el hombre de hoy busca apasionadamente la salud, pero quizás de lo que está necesitado es de salvación. Por ello, los objetivos de esta campaña son: 1) Reflexionar sobre la necesidad de sanación-salvación del hombre de hoy y sobre los caminos a través de los que la busca; 2) estudiar el poder curativo-salvífico de la fe en la enfermedad; 3) cultivar la dimensión saludable de la fe y de los sacramentos en la vida; y 4) celebrar el poder curativo de la fe y de los sacramentos en la enfermedad.

A la luz de la Campaña del Enfermo y mi reciente peregrinar con un grupo de hermanos sacerdotes a Tierra Santa, reflexiono: Hace dos mil años, en tierras de Galilea, cuando un pobre de solemnidad caía enfermo, no tenía posibilidad de acudir al médico. Normalmente, su familia no se conformaba con tenerlo en casa esperando su muerte. Cuando el sol empezaba a calentar, sacaban a los enfermos a la plaza del pueblo o a la cuneta de los caminos. Ahí los tenían hasta la puesta de sol. No era una forma de desentenderse de ellos. Muy al contrario. Intuían que mantenerlos encerrados en casa les llevaría a un estado depresivo y morirían antes. Los sacaban a la plaza porque sabían que a lo largo del día posiblemente alguien se pararía a hablar con ellos, y no faltaría quien les diera unas palabras de consuelo. Aunque la mayoría pasaban indiferentes preocupados por sus propios problemas. Utilizaban la única medicina que estaba a su alcance: la “medicina del consuelo”. Una medicina más eficaz que muchas de las “tradicionales” que se usaban en aquel tiempo.

Cuando uno lee los relatos de los evangelios se encuentra con que Jesús se encontraba frecuentemente con enfermos, en las plazas de los pueblos, en los caminos… Nunca fue indiferente frente a ninguno de ellos. A todos se acercó. A todos les tomó de la mano, aunque la ley prohibiera tocarlos porque quedabas “impuro”. Para todos tuvo palabras de consuelo. Pero cada hombre, mujer o niño que sufría le revolvía las entrañas. Sabía que Dios siente un entrañable cariño por cada uno de sus hijos, sin ponerse a juzgar su conducta.

No era partidario de hacer milagros. No quería que la gente lo siguiera por su condición de “curandero”, sino porque estaban dispuestos a colaborar en la construcción del Reino hasta dar su vida. Pero ante el sufrimiento humano su sensibilidad podía más.

Y recorrió las tierras galileas curando enfermos, para demostrar que el sufrimiento no era un castigo de Dios. Al contrario, la voluntad del Padre era la salud y la felicidad de los hombres. Por eso, se acercó a sus hermanos consolando de palabra y con hechos.

Ministerio de la consolación

Ministerio significa servicio. Todos estamos llamados al servicio de la consolación. Con frecuencia pasamos de forma indiferente, volviendo la cabeza hacia otro lado, frente a los hermanos que sufren. Pensamos: ¡bastantes problemas tengo yo, como para ocuparme de los de los otros! No caemos en la cuenta de que eso es una forma de empobrecernos como personas. Difícilmente podamos hacer milagros como los de Jesús. Pero, por mal que estemos, todos encerramos en nuestro interior una gran riqueza: la capacidad de consolar, de ejercer el servicio de la consolación. Cuando lo hacemos, hasta nuestros problemas parecen menos importantes.

¡Cuántas veces quisiéramos hacer al menos un milagro de los que hizo Jesús! Y chocamos contra el duro muro de la realidad que nos hace ver nuestras limitaciones. Pero siempre, incluso en las situaciones más extremas, podemos ofrecer el servicio de la consolación, del estar cerca del que sufre, de ofrecerle nuestra compañía, nuestro tiempo, nuestro interés… No somos súper-héroes, la riqueza más importante que podemos ofrecer es la debilidad de nuestra cercanía… el resto podemos dejarlo en manos de Dios.

Si somos ricos en capacidad de consolación, habremos ofrecido un servicio valioso y habremos crecido como personas. Con el enunciado “el poder curativo de la fe” emprendemos una nueva campaña, un camino vivido con el coraje y con la pasión de quien tiene la certeza de preguntar ya desde ahora aquello que constituirá la felicidad para siempre: el amor del Dios Trino. 

Nuestra Señora de Lourdes, nuestra Madre y Patrona de las Angustias, nos sigan ayudando a estar al lado y acompañar y consolar a los que sufren.

José Gabriel Martín Rodríguez
Delegado Diocesano de Pastoral de la salud de Granada  

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