“Sor Ana de la Cruz fue una mujer llena de Dios”

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Antonio Llamas ha presentado un libro sobre la condesa de Feria que fue monja de clausura y discípula de San Juan de Ávila

Un nuevo libro, obra del canónico lectoral, Antonio Llamas, ha visto la luz para seguir la huella de Sor Ana de la Cruz Ponce de León. Este libro, editado por la Diputación Cordobesa, es un encargo de la Comunidad del Convento de Santa Clara de Montilla, mientras crece la fama de santidad de Sor Ana. Antonio Llamas es un reconocido biblista y gran conocedor de la palabra. Antonio Llamas es doctor en filosofía y letras por la Universidad de Salamanca, en filología bíblica trilingüe y en teología bíblica por la universidad de comillas en Madrid y licenciado en ciencias bíblicas en Roma en el Pontificio Instituto Bíblico. La presentación del libro tuvo lugar el viernes, 13 febrero, en la iglesia del convento de Santa Clara de Montilla.

¿Cuál fue el origen, la motivación primera para abordar este estudio?

Yo sabía de la existencia de Sor Ana de la Cruz Ponce de León, que era condesa de Feria porque su padre era conde de Feria. Ella era natural de Montilla, nace en 1527 y está en relación con las grandes personalidades de ese siglo, que es el que va a alumbrar el siglo de oro de España. Ana de la Cruz tuvo que ser una mujer muy bella y muy educada, con una inteligencia muy ágil y que sabía quién era ella, quién era el mundo y quién era Dios. Esto lo tenía muy claro en su esquema. Basta ver lo que los biógrafos, de lo poquito que hay escrito, dicen de ella y saber que se dirigía con Juan de Ávila.

En Montilla creó escuela porque de condesa a monja de clausura hay un gran espacio. Asumió la pobreza, ser virgen, en el sentido pleno de la palabra, porque ella tuvo algún hijo, pero cuando estaba casada. La pobreza, la virginidad y la obediencia a Dios. Estaba enamorada de Dios, su esposo era Dios. Entonces, con estos mimbres, pensando y repensando, reescribiendo y volviendo a escribir, surgió esta obra.

¿Qué fuentes utiliza usted para escribir el libro?

Fundamentalmente, el libro lo he escrito por mis conocimientos bíblicos no porque yo sea historiador, que no lo soy.

¿Qué parte del proceso de investigación ha resultado más difícil, más sorprendente para usted?

Pues yo digo que todo porque yo conocía a Ana de nombre, que había sido discípula del Maestro Ávila, pero cuando me he metido a analizar todo el proceso de su vida, la historia suya como religiosa del convento de Santa Clara, he visto a una mujer llena de Dios, que estaba en continuo diálogo con el Señor y que muchas veces se le olvidaba en la vida de comunidad hasta que tenía que alimentarse o tenía que compartir con las hermanas. Ella estaba con el Señor y se olvidaba de todo para estar con Él.

Por otra parte, me ha encantado que esta mujer, en su tiempo, siendo una mujer de clase noble y su familia muy adinerada, ella siempre optó por la sencillez en el trato, en su vida, en su forma y sobre todo cuando se consagró a Dios como religiosa clarisa franciscana. Es decir, tiene toda la huella de Francisco de Asís y de Clara, dos santos que vivieron muy plenamente la fe cristiana, testigos del Dios verdadero y de Cristo resucitado. Y de ellos aprendió Ana de la Cruz Ponce de León que estaba rodeada de gente muy importante. Por ejemplo, conoció y trató a Juan de la Cruz, Fray Luis de Granada, Ignacio de Loyola o San Francisco Solano. Sor Ana era una mujer sencilla. He disfrutado escribiendo este libro.

¿Hay algún mensaje que Sor Ana pueda darnos a la sociedad de hoy, del siglo XXI, ella que vivió rodeada de santos y que engendró toda una filosofía de vida?

Yo diría que vivir con sencillez, pero esa sencillez ha de estar fundamentada en Dios, que es amor. Para ella la vida no era lo que nosotros pensamos, tener, poseer, estar estupendamente, gozar de todo lo bueno. Ella, que vivió en palacios, no tenía ni siquiera un lecho para dormir en condiciones, normalmente Ana de la Cruz dormía en el suelo áspero y frío de aquellas celdas que todavía existen en el convento de Santa Clara en Montilla. Era una mujer muy coherente con lo que Dios le pedía y con lo que ella le daba. La coherencia es lo que lleva a la persona creyente a ser testigo de Jesucristo resucitado.

No lo palpamos, no lo vemos, pero no hace falta porque sé que está ahí y me acompaña. Cuando estás seguro de lo que estás haciendo, estás sereno, recobras alegría, la serenidad es uno de los baluartes de tu vida; por otra parte todo eso te induce a decir Dios mío cómo me has dado tanto, cómo tengo yo tanta responsabilidad o cómo trabajo, y esto le ocurría a Sor Ana de la Cruz.

Con este libro usted hace una aportación importante en la bibliografía de Sor Ana, ¿qué consejo daría a los investigadores para seguir profundizando en esta figura?

Que escudriñasen en la documentación que hay del siglo XVI sobre todo en la ciudad de Montilla y especialmente en la biblioteca que cedió Manuel Ruiz Luque a la Casa de las Aguas.


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