Por la Inmaculada, seis nuevos diáconos (+ dos)

Estamos muy contentos este año, porque Dios ha estado grande con nosotros, muy
grande. Yo personalmente le doy gracias, porque en el año de mis bodas de oro
sacerdotales recibo este gran regalo de ocho nuevos sacerdotes, que serán ordenados
Dios mediante el próximo 29 de junio. Lo considero un guiño cariñoso del Señor hacia
este pobre obispo, cuya más alta misión es la de darle sacerdotes a la Iglesia.
Pero es alegría de toda la Iglesia, especialmente de la Iglesia diocesana de Córdoba,
porque estas ordenaciones culminan todo un proceso, un camino vocacional en el que
han intervenido los padres cristianos, los sacerdotes, los catequistas, los colegios, la
pastoral juvenil y vocacional, en fin, toda la comunidad parroquial, donde cada uno de
estos jóvenes ha madurado su vocación sacerdotal. La fiesta de la Inmaculada ya es
importante por sí misma; en Córdoba, además, va premiada con la ordenación diaconal
año tras año de los que caminan hacia el sacerdocio, hacia el presbiterado.
¿Qué celebramos por la Inmaculada? Celebramos que María es toda pura, la purísima,
sin mancha de pecado, ni siquiera de pecado original, la llena de gracia. Así la llamó el
ángel en la Anunciación: “Alégrate, la llena de gracia…” No se trata de un piropo
exagerado de tantos que hay por el mundo, y en los que hay parte de verdad y parte de
exageración. Dios por medio de su ángel nos revela que esta mujer está llena de gracia,
(en griego, kejaritomene). Sobre ella se ha volcado Dios, librándola del pecado desde el
primer momento de su existencia y sosteniéndola en un SÍ permanente y creciente a lo
largo de toda su vida. Y la ha llenado de su gracia y de las virtudes y dones propios de
la vida cristiana, de la vida según el Espíritu.
Da gusto mirarla, contemplarla. Nosotros que somos pecadores, mirando a María,
descansa nuestro corazón y nuestra mirada. Pues, contemplamos en ella lo que un día
Dios quiere darnos a nosotros en plenitud. Ella es sin pecado, nosotros llegaremos al
cielo sin pecado también. Ella es llena de gracia, nosotros llegaremos a la meta en la
plenitud de la gracia. Ciertamente, ella en su medida, que es medida superlativa,
nosotros en nuestra medida, en la medida de cada uno, según la medida del donde Cristo
(cf Ef. 4,7). La fiesta de la Inmaculada es, por tanto, una fiesta de esperanza, pues nos
señala la meta a donde todos hemos de llegar un día.
Y en este día precioso de la Inmaculada, las ordenaciones de diáconos, año tras año. De
manera que en años sucesivos cada uno pueda celebrar a la Virgen, celebrando su
consagración definitiva al Señor en el diaconado, puesto en manos de María Santísima.
El diaconado es el primer grado del sacramento del Orden, por el cual Jesucristo
continúa su presencia sacramental en la Iglesia. Todos los sacramentos están confiados
al sacramento del Orden, cada uno en su nivel propio. Cuando Jesucristo llama a un
joven al sacerdocio ministerial, lo llama para que le haga presente con su vida y su
corazón para todos aquellos a los que irá destinado. El diaconado es una nueva efusión
del Espíritu Santo, que transforma el corazón humano, haciéndolo prolongación del
corazón de Cristo. Un corazón para amar sin límite y sin ninguna posesión, un corazón
habilitado para un amor oblativo, que se acerca a todos y no se queda con nadie, que
busca especialmente a los más necesitados para hacerles partícipes del amor
misericordioso de Dios.

En el diaconado se hace la promesa de celibato para toda la vida, se hace el compromiso
de la Liturgia de la Horas, se promete obediencia al obispo y se recibe el Evangelio para
predicarlo hoy a todas las gentes. Oremos por los nuevos diáconos, que pronto serán
ordenados presbíteros y nos alegramos porque María Inmaculada nos regala en este día
seis nuevos diáconos, que unidos a los dos ya ordenados, completarán el grupo de ocho
nuevos presbíteros a final de este curso.
Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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