Nuestros mártires, inscritos en el Libro de la Vida

Han pasado 85 años de aquel momento supremo, en el que cada uno de nuestros mártires entregó su vida por Cristo en una muerte cruenta, producida por el odio contra Dios y contra la religión católica. Cada uno de ellos aceptó este sacrificio supremo con un amor más grande, que hace olvidar la crueldad del suplicio, y ahora son presentados en medio de la Iglesia como un testimonio vivo de vida cristiana y como intercesores ante Dios para nuestra diócesis de Córdoba

El próximo 16 de octubre, Dios mediante, en la Catedral de Córdoba serán beatificados 127 mártires de la diócesis de Córdoba en solemne celebración presidida por el cardenal Marcello Semeraro, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, que lo hace en nombre y con la autoridad del Papa Francisco. Es un momento precioso, en el que la Iglesia madre glorifica a sus hijos, que a su vez engalanan a la Iglesia Esposa para presentarse llena de gloria ante su Esposo Cristo. Es un acto directamente pontificio, es decir, del Papa Francisco, que envía un delegado para celebrarlo en Córdoba. Es por tanto, un momento de profunda comunión eclesial con el Papa y con los santos del cielo.

Ellos quedarán inscritos en el Libro de la Vida del Cordero (cf Ap 21,17). Ellos “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12,11). “¿Quiénes son estos y de dónde vienen?: estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero… y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7,13ss). Los ojos de la fe y del amor nos hacen contemplar esta muchedumbre de mártires, que se unen a otros grupos que van siendo glorificados, con verdadera emoción e incluso conmoción espiritual.

En la profunda comunión de los santos, en esa solidaridad que Cristo ha establecido por su encarnación, nos sentimos agraciados con esta nube inmensa de testigos, que estimulan nuestra fe: “En consecuencia, teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos con constancia en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, que en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hbr 12, 1-2). Y junto a él, con su Madre santísima están nuestros mártires. A la larga lista de mártires que Córdoba ha dado a la Iglesia, se unen estos recientes, cuyos parientes y conocidos viven entre nosotros, y de cuya intercesión participamos todos.

En ellos se verifica el misterio pascual de Cristo, su muerte y resurrección. En ellos se cumple esa realidad que tanto nos cuesta asumir: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?” (Lc 24, 25-26). Verdaderamente nuestros mártires han entrado en la gloria eterna por el camino del sufrimiento, -y qué sufrimiento-. Ahora, ellos y nosotros gozamos con la gloria de la que disfrutan, “pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará” (Rm 8, 18). Pensar en ellos llena nuestro corazón de alegría espiritual.

Invito a toda la diócesis de Córdoba a prepararse y vivir este momento de gracia especial para la Iglesia, y particularmente para nuestra diócesis. No es uno, y ya merecería la pena. Son 127. Dejemos a un lado cualquier postura mezquina y corta de miras. Ampliemos la mirada, para ver en el horizonte a esta nube inmensa de testigos, que nos estimulan en el camino de nuestra vida cristiana. Os invito también a la Vigilia que celebraremos en la víspera y a la Misa de acción de gracias, que celebraremos el domingo siguiente. Todo en la Catedral, templo principal de la diócesis.

Que ellos nos bendigan desde el cielo a todos los que aún peregrinamos por la tierra.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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