La Purísima

Carta semanal del Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández

El 8 de diciembre es una fiesta muy grande en el calendario litúrgico. Celebramos la fiesta solemne de María Santísima en su Inmaculada Concepción. Celebramos que María ha sido el primer fruto de la Redención de Cristo, el fruto más logrado. Celebramos que María fue librada de todo pecado, antes de cometerlo. Fue librada incluso del pecado original. En esta fiesta celebramos la Purísima, la llena de gracias, nuestra Madre del cielo.

En el camino del adviento y en el camino de la vida, María ocupa un puesto singular, porque ella es la que lleva en su seno al Hijo de Dios hecho hombre en su vientre virginal por obra del Espíritu Santo. Cuando esperamos que venga el Salvador, la miramos a ella, que lo lleva en su vientre para darlo al mundo en la Nochebuena y en cada Eucaristía. María representa la ternura del adviento. Y a ella le pedimos que nos enseñe y nos ayude a tratar a Jesús como lo trató ella, a acogerlo con un corazón puro, a abrazarlo con todo el amor del mundo, a darlo a los demás como nuestro mejor tesoro.

El tiempo de adviento es un tiempo de esperanza. Una gran esperanza, la esperanza de la venida de Jesús al final. Todo es pasajero, todo tiene fecha de caducidad, todo pasa. Jesucristo permanece para siempre. Él ha venido a nuestra orilla para llevarnos a la suya, él se ha hecho hombre para hacernos a nosotros hijos de Dios. La plenitud de nuestra vida no está aquí, en lo que vemos, en lo que alcanzan nuestras capacidades. La plenitud de nuestra vida está más allá, está en el cielo. Por eso, nuestro deseo de vivir siempre quedará saciado pasando por la muerte para el encuentro definitivo con el Señor. Llegaremos a la plenitud cuando hayamos sido despojados de todo (incluso de nuestro cuerpo) y del todo, y podamos así ser plenamente revestidos de gloria.

¡Ven, Señor Jesús! (Maranatha) es la más antigua oración cristiana que se conoce. Aquellas primeras comunidades deseaban ardientemente la venida gloriosa del Señor, e invocaban continuamente esta venida: Ven, Señor Jesús. La repetimos continuamente en la Eucaristía, “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”. Sería una contradicción que repitiéramos una y otra vez esta invocación, y cuando aparecen los síntomas de la venida del Señor, que viene a recogernos, nos asustara esta llegada. Somos ciudadanos del cielo, no ciudadanos de la tierra para siempre. El paraíso terrenal no existe, aunque algunas ideologías modernas lo dibujen como utopía o aunque tengamos la secreta aspiración de vivir felices en la tierra para siempre. El paraíso está en el cielo y el paso de esta vida a la otra supone un despojamiento, una ruptura, un desgarro. Ven, Señor Jesús es la invocación de que llegue el día definitivo en el que nos encontremos con el Señor para siempre, en un abrazo eterno.

En María ya se ha cumplido esa plenitud, ese final. Ella participa de la gloria de su Hijo, a quien ha acompañado en el camino de la pasión y de la muerte en Cruz. María sigue acompañando a sus hijos que sufren, está más cerca de aquellos que más lo necesitan para darles la esperanza de que llegarán a la plenitud.

El tiempo de adviento es tiempo de esperanza y tiempo de purificación de esa esperanza. Nada ni nadie de este mundo podrá llenarnos. Sólo Dios podrá hacerlo, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Él. El tiempo de adviento purifique nuestra memoria, mirando al pasado y proyectándonos en el futuro, acogidos a su infinita misericordia.

Que el tiempo de adviento con María os prepara para la venida del Señor.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández González

Obispo de Córdoba

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