«Incluso uno solo de estos pequeños» (Mt 18, 5)
112ª Jornada Mundial del Migrante y refugiado 2026
El domingo 27 de septiembre, la Iglesia celebra la 112ª Jornada Mundial del Migrante y Refugiado; lo hace bajo el lema evangélico: “Incluso uno solo de estos pequeños” (cf. Mt 18, 5), en un contexto señalado por la movilidad humana a gran escala. En este caso, el Papa León XIV nos invita a centrar la mirada en los niños y adolescentes.
No nos hallamos ante una realidad aislada. Aun admitiendo que el hecho producido a finales de julio en la ciudad autónoma de Ceuta sobrepasa el ámbito migratorio, el hecho en sí certifica la migración de los menores como un fenómeno estructural. Estos niños y adolescentes tienen derecho a gozar del cariño y el cuidado de su propia familia, sin embargo, por razones de todo tipo, se ven forzados a emprender viajes peligrosos viéndose expuestos, de esta manera, a la trata y otro tipo de violencias. Es más, con frecuencia, los que llegan al lugar soñado se encuentran con barreras legales, sociales e ideológicas, viviendo experiencias que marcan para siempre su desarrollo integral.
El fenómeno migratorio puede ser contemplado desde distintos puntos de vista y observado con varias miradas. Una de ellas, sumamente peligrosa y contagiosa, es la cuantitativa que reduce a un número a cada migrante. Es la mirada mayoritaria entre los gestores de la vida pública, los sociólogos, los responsables de los estudios estadísticos, preocupados de calcular cuántos llegan, cuánto nos cuestan, qué beneficio nos pueden aportar…
El lema nos invita a superar este reduccionismo y a descubrir el valor único e irrepetible de cada niño y adolescente migrante. Acabemos con la mirada pragmática que valora lo cuantitativo, la eficiencia. Como dice el Papa León XIV, “cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión” (MH 112). Trabajemos, pues, por recuperar la dimensión de la dignidad humana que es propia de cada hombre y mujer, “simplemente por el hecho de existir” (MH 52-53). Esforcémonos también por atender a la dimensión personal: cada pequeño migrante es un ser único, con capacidades y aspiraciones, como cualquier niño o adolescente de nuestra propia familia.
A esta mirada cercana, familiar, incluso emotiva, hemos de añadir otra que movilice nuestra responsabilidad ética y, sobre todo, la que adopta la perspectiva evangélica. Efectivamente, el Evangelio nos desvela que acoger a uno de estos pequeños no es solo un acto generoso y filantrópico, sino también un encuentro con el mismo Jesucristo (cf. Mt 18, 5).
En el mundo judío, aunque los hijos eran considerados una bendición divina, socialmente entraban en la categoría de los desvalidos y marginados. En desacuerdo con esta práctica, cuando Jesús descubre la inquietud de sus discípulos por saber quién es el más grande en el reino de los cielos, se esfuerza en hacer ver que la verdadera grandeza no está en el poder, sino en el abajamiento. Al mismo tiempo, pide a la comunidad una doble acción: ponerse en las manos de Dios como niños y acoger a los más débiles.
Somos conscientes de que nos encontramos ante una realidad muy compleja que ha de abordarse desde distintos ámbitos. A nivel personal, hemos de apoyar a la población receptora en la reclamación de sus derechos, barriendo al mismo tiempo de la mente los prejuicios y abriendo los ojos y el corazón para descubrir en el migrante, especialmente en el pequeño, un hijo de Dios, un hermano. Como comunidad creyente, acojamos y apoyemos su integración y promoción. Y, en fin, como ciudadanos, exijamos a los responsables un mayor compromiso en la ayuda internacional, que favorezcan el derecho a no inmigrar, que luchen contra las mafias evitando la inmigración irregular y, en definitiva, que lejos de un uso partidista, creen condiciones respetuosas con su dignidad.
+ Jesús, Obispo de Córdoba

