A la espera del Espíritu Santo en Pentecostés en una Iglesia sinodal

El tiempo de Pascua es tiempo de vida en el Resucitado, de cuyo costado fluye el Espíritu Santo como agua viva para todos los que acuden a él. “«El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,37-39). El Espíritu Santo brota del corazón de Cristo glorificado. El tiempo de Pascua es tiempo de recibir a raudales ese torrente de agua viva que es el Espíritu santo que brota del costado de Cristo.

El Espíritu Santo es el alma de nuestra alma, es el alma de la Iglesia, es la persona divina que lo renueva todo, que todo lo hace nuevo. Por eso, es tiempo de clamar con profunda sed: “Ven Espíritu santo”, llénanos con tu gracia, ilumínanos con tu luz, fortalécenos con tu fuerza. De ello nos habla Jesús en este domingo, de una persona divina que enviará desde el seno del Padre y que vendrá a morar en nuestros corazones. El será el Paráclito, el abogado defensor que está a nuestro lado, de nuestra parte, para defendernos a lo largo de nuestra vida. Un abogado gratuito, que nos defiende en los peligros, que rebate a nuestros enemigos, que nos da y nos refuerza en la conciencia de hijos de Dios, para que disfrutemos como hijos.

La vida cristiana consiste en dejarse mover por el Espíritu Santo. “Los que se dejan mover por el Espíritu Santo, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14). En muchas ocasiones nos mueven nuestros intereses, nuestro egoísmo, otras veces nos mueven finalidades buenas, pero puramente humanas. Sólo cuando nos mueve el Espíritu Santo, nuestra vida adquiere sentido cristiano y valor redentor. En resumen, nuestro camino en la vida consiste en ir apartando otras motivaciones, y dejarnos mover cada vez más por el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, y por tanto, hemos de estar a la escucha de lo que el Espíritu dice en cada momento a su Iglesia. Nos habla la Palabra de Dios de aquella primera Iglesia, que era conducida por el Espíritu, y vivía en sintonía con el Espíritu. Hoy, nos invita el Papa Francisco a ponernos a la escucha de este mismo Espíritu santo para entender lo que el Espíritu dice a la Iglesia de nuestro tiempo. Es lo que llamamos sinodalidad. Ya desde el comienzo, la Iglesia se reunía en Sinodo, en Concilio para salir al paso de los retos que planteaba la evangelización: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables” (Hech 15,28).

Hoy nos encontramos con nuevos retos para llevar a cabo la misión evangelizadora de la Iglesia, la misión que Cristo nos ha confiado. Y se nos llama a vivir la sinodalidad, es decir, la escucha del Espíritu que nos habla en la oración, en la Palabra de Dios, en los sacramentos, en los acontecimientos y a través de los hermanos. La Iglesia está viva y se interroga cómo podemos evangelizar en un mundo pagano, en un mundo en el que muchos se han apartado de la Iglesia en esa apostasía silenciosa, que padece sobre todo nuestro continente europeo. La escucha de unos a otros en la apertura al Espíritu Santo nos dará la clave para responder a estos nuevos retos.

El Espíritu santo es más potente que todas las dificultades que nos rodean. Abrimos nuestros corazones a esa acción potente del Espíritu y nos disponemos para cambiar el mundo, como lugar donde Dios quiere habitar y renovar todas las cosas. Ven Espíritu santo, y renuévanos.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

 

 

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