Las cruces de Mayo en el Corazón de Cristo

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La hermandad del Resucitado de Santa Marina de Aguas Santas se une ala conmemoración del año Jubilar del Sagrado Corazón de Jesús. Hasta el próximo domingo, un total de 52 recintos celebran el día de la cruz.

La Fiesta popular de las Cruces en mayo está vinculada a la tradición de la Iglesia, que sitúa en este mes la fecha de la «invención», es decir «hallazgo» por Sant Elena de la «Verdadera Cruz» (Vera Crux), donde Cristo fue crucificado. Una celebración que alcanzó su máximo esplendor durante losa siglos XVIII y XIX. Al engalanarse las cruces, se indica el triunfo de Cristo sobre la muerte con su resurrección y podemos llegar a intuir que en ella «está la vida y el consuelo».

El sacerdote Daniel Alonso Porras, párroco de Nuestra Señora de la Asunción de La Rambla, nos acerca en este artículo al significado profundo de esta fiesta con profundo arraigo en Córdoba

Entre los numerosos festejos que colman y animan el mayo cordobés, la fiesta de las Cruces revela, ya en el nombre, su inequívoco origen cristiano. En ella, la Santa Cruz aparece profusamente adornada con flores u otros elementos ornamentales, y ligada a un ambiente claramente jubiloso. Ante esta exaltación de vida y alegría, algún turista poco informado podría preguntarse cómo es posible que un instrumento de tortura pueda estar en el centro de una celebración festiva. En efecto, los romanos no querían ni oír hablar de la cruz, instrumento de la crucifixión, que era la terrible pena capital destinada a castigar la sedición. Cicerón (in Verrem 11,5,72) la describe como crudelissimum teterrimunque supplicium, es decir, el tipo de pena de muerte más cruel y abominable. El mismo autor romano consideraba que ni siquiera se la debía nombrar o venir al pensamiento, a la vista o al oído de un ciudadano romano.

Del mismo modo, aunque San Pablo predicaba “un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos” (1 Cor 22), los primeros cristianos, en sus incipientes manifestaciones artísticas, prefirieron evitar la cruz y representar a Jesús como el Buen Pastor. Es cierto que no faltaron figuraciones simbólicas de la cruz, aunque comparecen de forma velada, especialmente a través del áncora, símbolo también de la esperanza. En definitiva, hubo que esperar a principios del siglo V para que la primera imagen de la crucifixión, todavía sin cruz, apareciera en un relieve de las puertas de la basílica romana de Santa Sabina.

¿Qué ocurrió pues para que, con el paso de los siglos, los cristianos no sólo asumieran la representación de Jesucristo crucificado, sino que, en un paso más, consintieran en exhibir la cruz florida, desprovista de Cristo?

En primer lugar, hay que referir que uno de los grandes avances sociales que se produjeron en el Imperio romano con la libertad de la Iglesia, decretada por Constantino el Grande en el edicto de Milán de 313, fue la abolición de la pena de muerte por crucifixión. Así, pasadas unas generaciones, ya nadie había tenido que sufrir la visión de la agonía de un crucificado. Además, la fiesta de la Invención (descubrimiento) de la Santa Cruz comenzó a conmemorarse desde antiguo, en relación con el relato del hallazgo por parte de Santa Elena, madre del emperador Constantino, de la auténtica Cruz de Cristo. Esta fiesta aparece en todos los calendarios y fuentes litúrgicas hispano mozárabes. En la Lex Romana Visigothorum, promulgada por Recesvinto en el año 654, y renovada por Ervigio en el 681, se menciona esta festividad comparándola, con respecto a su solemnidad, con las más importantes del año; y en el Leccionario de Silos, compuesto en torno al año 650, aparece con el nombre de dies Sanctae Crucis, lo que constituye el más antiguo testimonio de su conmemoración en España.

Históricamente, conocemos el descubrimiento del Santo Sepulcro por el testimonio de Eusebio de Cesarea (De vita Costantini III, XXVIII), quien nos informa de que “Apenas la superficie original del piso, que estaba debajo de la tierra, apareció, inmediata y contrariamente a todas las expectativas, el venerable y respetado monumento a la resurrección de Nuestro Señor fue descubierto”. Además, según otros relatos, Santa Elena habría encontrado tres cruces ocultas. Para descubrir cuál de ellas era la verdadera, fueron aplicadas una a una sobre un joven muerto, el cual resucitó al serle impuesta la tercera, que sería la de Cristo. Así pues, el día en que fue encontrada la Cruz, el tres de mayo, habría comenzado desde entonces a celebrarse con solemnidad.

De cualquier modo, la Cruz, que desde la resurrección de nuestro Señor Jesucristo es instrumento de vida y no de muerte, continuó adquiriendo cada vez mayores connotaciones salvíficas y de triunfo sobre la muerte o la herejía. En efecto, los artistas medievales solían pintar de verde la cruz, como instrumento de la regeneración del género humano asegurada por el sacrificio de Cristo (J. Chevalier Diccionario de los símbolos, p. 1060). Curiosamente, la cruz verde, es decir, la cruz reverdecida, símbolo del triunfo de Jesús sobre la muerte, constituyó también el emblema del Santo Oficio de la Inquisición. No es extraño, pues el Tribunal se estableció para mantener la pureza de la fe y de las costumbres. Cada auto de fe, en definitiva, era un triunfo de la verdadera doctrina frente a los errores, por lo que la presencia de la cruz verde simbolizaba adecuadamente el cometido de esta institución.

Otro modo de representar el triunfo de la Cruz fue revestirla de oro, como se hizo con la Vera Crux y se aprecia aún en numerosas cruces de guía de nuestras cofradías, o incluso en algunos crucificados. En el mismo sentido, Kiko Argüello, iniciador de las Comunidades Neocatecumenales, diseñó una cruz dorada para las celebraciones, que recibiría el nombre, entre los catecúmenos, de “Cruz Gloriosa”.

La mística también contempló la Cruz reverdecida; por ejemplo, sor Juana de la Encarnación se refiere a ella como “lecho florido donde hallo a mi Amado, jardín precioso de celestiales delicias” (Passion de Christo, 1720). Es esta una imagen que aparece incluso en autores más modernos, como atestigua Rubén Darío, quien escribe en su soneto la espiga

Aún verde está y cubierto de flores el madero,
Bajo sus ramas llenas de amor pace el cordero
Y en la espiga de oro y luz duerme la misa.

Pero, ¿cómo pasó la celebración de esta fiesta litúrgica a nuestras calles y plazas? En realidad, a pesar de la venerable antigüedad que presenta la conmemoración de esta solemnidad, apenas hay referencias antiguas de festejos populares en la fiesta de la Santa Cruz. Los primeros testimonios inequívocos que conocemos se remontan al siglo XVIII, aunque el silencio de las fuentes no supone necesariamente que algunas manifestaciones festivas no pudieran existir con anterioridad. En todo caso, parece que la celebración popular de la Cruz de Mayo, tal como hoy la conocemos, alcanzó su máximo esplendor durante los siglos XVIII y XIX.

Las celebraciones populares en torno a esta venerable fiesta siguen, pues, existiendo, aun cuando han sido considerablemente desprovistas de su sentido original. No obstante, es apreciable el hecho de que, durante estos días, cientos de cordobeses y foráneos quieran disfrutar de sus momentos de esparcimiento y diversión bajo la presencia de hermosas cruces floridas, que, como faros que expanden su luz bienhechora, proliferan en nuestras hermosas plazas, recordando a todos los que las contemplen y admiren que, como afirmó Santa Teresa de Jesús,

En la cruz está la vida y el consuelo,

y ella sola es el camino para el cielo.

Daniel Alonso Porras, párroco de Nuestra Señora de la Asunción de La Rambla

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